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Archivos de: Noviembre 2008

HISTORIA DE LA REBELION POPULAR DE 1814

por joseleon71 @ Jueves, 20. Nov, 2008 - 06:39:20 pm

JUAN USLAR PIETRI
(Edime. Caracas-Madrid. 1972)

portada

Prólogo

Terremoto

Primer capítulo
LA REPÚBLICA ES COMO UN JUEGO DE NIÑOS

I. Los timoratos
II. Se aflojan las cadenas
III. El castigo de Dios

Miranda

Segundo capítulo
VENEZUELA ES DE LOS ISLEÑOS

I. El monstruo se despierta
II. Su Excelencia el General Monteverde

Independencia

Tercer capítulo
LA DICTADURA DE LOS BLANCOS

I. La democracia en los labios y la aristocracia en el corazón
II. El Libertador

boves

Cuarto capítulo
EL JEFE DEL MOVIMIENTO POPULAR

I. El contrabandista
II. El demócrata
III. Atila

Emigración_a_Oriente_Tito_Salas

Quinto capítulo
LA DEMOCRACIA EN ACCIÓN

I. Caracas tiembla
II. El pulpero de Taguay
III. La lucha
IV. El terror

Toussaint

Sexto capítulo
LOS NEGROS MANDANDO

I. El baile
II. El sepulcro
III. La huida
VI. El lanzazo

Epílogo

contraportada

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___________________________________


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Prologo

por joseleon71 @ Jueves, 20. Nov, 2008 - 06:11:01 pm

Îndice
portada

La Rebelión Popular de Venezuela en 1814 no fue un simple acontecimiento local, natural en la lucha. Sino el suceso social de más envergadura que registra la Historia de la Emancipación americana. No encontramos un hecho igual en ninguna parte del Continente, si exceptuamos al Santo Domingo colonial, que pueda ser comparado al de Venezuela.
En ningún momento se vio algo semejante en la lucha por la Independencia de las otras Repúblicas. Los ilustres Libertadores de Argentina, Cuba, Estados Unidos, Uruguay, etcétera, no se llegaron a ver en el terrible caso de Bolívar y los suyos. Por todas partes se decidían las Independencias con dos o tres batallas importantes contra las autoridades españolas. El pueblo o era patriota o indiferente, o luchaba como simple mercenario, sin ideal y sin sentimientos por la causa realista. Pero en Venezuela, y eso es lo interesante del asunto, hubo además de la guerra de Independencia una' revolución, estructuralmente hablando, contra los patriotas que hacían la Independencia. Revolución ésta que no tuvo que ver nada con el Rey de España ni con el realismo, sino que todo lo contrario, tuvo características democráticas y niveladoras.
Por eso en el estudio de la Rebelión Popular se resalta de manera poderosa la labor de Bolívar y de sus lugartenientes. Pues, además de sostener nuestros libertadores una guerra a muerte con España, mantenían una lucha contra los mismos venezolanos que peleaban por la libertad social. El libertador ha tenido que ser un hombre extraordinario, superior, para haber podido resistir aquella oleada de sangre, imponérsele y dominarla, haciéndola suya, para luego ir a luchar contra la autoridad despótica del Rey de España. El supo aprovecharla y domarla como un potro cerrero y hasta llevarla por las vías de la Independencia de la patria. Y hay que señalar, que esa Rebelión fue un movimiento tanto o más sangriento que la Jacquerie y que la misma Revolución francesa.
Lo que resulta bastante extraño es que hasta ahora, si exceptuamos las formidables lineadas de nuestro gran sociólogo Laureano Vallenilla Lanz, nadie había presentado el fenómeno de la rebelión como un acontecimiento social de primera magnitud. Las pocas veces que se le ha hecho mención en la historia, es para presentar a 1814 como una explosión del realismo frenético de nuestros llaneros, pero sin ahondar jamás las verdaderas causas. .
No me explico cómo ha sido posible interpretar como realismo la rebelión por el solo hecho de decirse realista. El que haya observado un poco al pueblo venezolano, democrático hasta los tuétanos, no puede afirmar que hubiese sido éste capaz de ser partidario del Rey y de los privilegios. En América, los portavoces de la autoridad del Monarca, los que inculcaban amor al Rey, eran los sacerdotes. En aquellas regiones americanas, como Pasto (Colombia), donde el cura tenía un estrecho contacto con sus feligreses se daba la posibilidad del caso que por presión del párroco se lanzaran los habitantes de la comarca a luchar en favor del Rey. Pero en Venezuela, donde si se exceptúan algunas de las principales ciudades, no había religiosidad en el verdadero sentido de la palabra. En sitios como en los llanos o en los lejanos campos donde era muy difícil que llegara la voz del sacerdote, donde apenas se tenían nociones vagas de lo que era el Cristianismo, mal iban a saber lo que significaba el Rey. Aquellas insurreccionadas montoneras que iban saqueando y matando blancos, cometiendo sacrilegios en las iglesias, ensangrentando altares, no podían ser jamás realistas, ni representantes del orden y la religión. Lo que sucedía era que aquellos hombres abrazaban las banderas realistas como un pretexto para satisfacer sus odios de clase, para realizar la libertad social que anhelaban. Porque de haber estado los poseedores del lado de los realistas ellos hubiesen sido, sin lugar a dudas, fervorosos patriotas. La rebelión, pues, bajo las banderas del Rey no fue más que un pretexto.
En realidad, si observamos bien la actitud de nuestros congresantes de 1811, y aun la de nuestros promotores de la Independencia, veremos que sentían una intuición muy clara de lo que iba a suceder. Todos temían que se repitiese, en caso de darse libertades, las mismas escenas que azotaron a Santo Domingo a final del siglo XVIII, isla ésta donde los esclavos degollaron a los blancos dueños de las plantaciones. Temían, pues, y lo decían abiertamente que la igualdad política significaba en cierta manera abrir el dique de las "castas", y que éstas irían a perseguir, como consecuencia lógica, la igualdad social. Preveían inconscientemente lo que luego sucedió. Pues todavía estaban frescas las hazañas del zambo Chirinos, todavía se conocían las heroicas aventuras de Andresote, aun se comentaban con temor las matanzas del negro Miguel. Diariamente se veían esclavos que se escapaban de las plantaciones de sus amos para refugiarse en los bosques y llevar desde allí una vida de asesinatos camineros. Hasta que un buen día traían al negro cimarrón, y en el patio de la Hacienda, amarrado a un botalón, le daban delante de todo el negraje doscientos buenos latigazos que hacían brotar la pulpa roja de la espalda del condenado.
Y solamente gracias a los discursos demagógicos de la Sociedad Patriótica, tal como lo veremos en estas páginas, es que se provoca una declaración de absoluta independencia. Pues si bien estaba en los corazones de todos aquellos congresantes, que en realidad la querían, a la vez temían que para sus intereses fuera más perjudicial que una moderada separación de España. Y luego, por sus indecisiones, aquellos hombres iban a ser las víctimas de un "Terror" mucho más sangriento y espantoso que el del 93. Pues si bien en Francia la revolución fue exclusivamente en París, en Venezuela fue en todas partes, principalmente en el campo. La nuestra fue mucho más popular entre las masas que la francesa. Más agraria que citadina. Boves, Rosete, Antoñanzas, Diegote, Morales y el zambo Machado penetraron mucho más dentro de la psicología de su ambiente que Robespierre, que el carnicero Legendre, que Marat, que Saint-Just, que Maillard Baboeuf y tantos otros. Fueron estructuralmente más revolucionarios y mucho más emprendedores que los apóstoles del jacobismo. Prueba de esto fue el cariño que las turbas revolucionarias sintieron por ellos a la hora de la desaparición. Cuando murió Boves sólo hubo un inmenso silencio a su alrededor. Nadie entre sus hombres aplaudió el lanzazo que le sacó las entrañas. En cambio, cuando Robespierre fue guillotinado y su cabeza destilando sangre fue ofrecida al público, el pueblo aplaudió hasta calentarse las manos, y las viejas tejedoras rieron hasta más no poder enseñando sus dientes negros al cielo de París.
Por eso es injusto callar la Rebelión del catorce. No solamente en lo que respecta al interés social que significa tal movimiento, sino porque es necesario destacar que los triunfadores de La Puerta, la Villa de Aragua, San Marcos y Urica fueron tan venezolanos como los de Carabobo, Vigirimas, Araure y San Mateo. La rebelión es un hecho venezolano, provocado por condiciones extrañas a nuestra verdadera conciencia nacional, tal como fue el clasicismo colonial. Pero nunca por estar aquellos sangrientos lanceros en contra de la patria que les vio nacer. Los hombres de Bolívar y los de Boves luchaban regando generosamente su sangre por ideales que, aparentemente distintos, convergían en la libertad.
En la elaboración de este trabajo he seguido un orden hasta cierto punto clásico en la narración de los acontecimientos. Pero, como lo notará el lector, he saltado por todos aquellos sucesos, que sin poseer un interés extraordinario para la historia, no tenían nada que ver con la rebelión popular, propósito de estas páginas. Por eso aquí se encuentran algunos puntos que corrientemente apenas se mencionan, bastante desarrollados, y otros en cambio apenas esbozados.
En la composición de los capítulos he buscado más que todo el suceso, el hecho destacado, el lugar o la frase. En la realización de los acontecimientos y en las descripciones he seguido la sistemática moderna que exige el origen y la fuente de cada afirmación que se hace. En la bibliografía, a pesar de no encontrarse casi libros ni documentos de la época que estudiamos por la ausencia prácticamente total de hombres que escribieran memorias o conservasen apuntes, hemos preferido el "yo vi" o el historiador de la época que conoció a los actores y a las víctimas, que el especialista moderno. Al propio tiempo de haber destacado el sentido estructural de los acontecimientos, tanto sociales como económicos, he tratado de remozar, de darle nueva vida, al viejo método de "colorido ambiental" que tan bien le va a la Historia, y en especial, a la pequeña historia de una época determinada, de un individuo o de un momento, siempre y cuando semejante color no signifique fantasía y sobre todo fantasía que pueda perjudicar a la realidad.
Antes de terminar, quiero dedicar estas páginas al pueblo venezolano. A Simón Bolívar, el Libertador, símbolo de la libertad y de la unidad de la patria Y a todos aquellos hombres que, luchando ardientemente contra la dominación española, lograron un día conquistar la Independencia y el bienestar para esta heroica y gloriosa tierra de Venezuela, mi Venezuela.

París, diciembre de 1953.

I. Los timoratos

por joseleon71 @ Jueves, 20. Nov, 2008 - 05:54:41 pm

Îndice
portada

Ya efectuado el paso del 19 de abril no quedaba otra salida a los señores que jugaban a la revolución que seguir el camino trazado por los acontecimientos o retractarse de lo hecho. No había lugar para una tercera posición, intermedia, que hubiese sido, sin lugar a dudas, la escogida por aquel grupo de hombres, ricos terratenientes en su mayor parte y por lo tanto timoratos e indecisos.
El grupo que efectuó indirectamente el 19 de abril no fue, a excepción de un puñado de revoltosos, un grupo revolucionario. Ni mucho menos. Era un conjunto de hombres moderados, a los que para el porvenir de sus negocios no convenía el monopolio económico de esa España decadente y atrasada de la cual eran vasallos obligados. Querían la independencia de la patria mientras esa independencia no significara, en manera alguna, lesión de los intereses por los cuales efectuaban semejante movimiento. Es decir, ni guerra con España ni trastornos internos. "Yo conozco los principales personajes del Congreso de Venezuela, dice Dauxion-Lavaysse en una carta, éstos no son hombres de grandes miras ni facciosos, son simplemente propietarios que desean la independencia de su país" (1).
Los hombres de 1810, y que en general eran los mismos, física o espiritualmente, de l811, no estaban dispuestos en manera alguna a llevar las cosas a un punto extremado que pudiera, en un caso determinado, resultarles más perjudicial que la situación estática e intolerante de España. Por eso veremos que en el transcurso de los primeros tiempos el Congreso Nacional será moderado, y tiene que crearse, para espolear a este grupo de hombres y decidirlos por el cinco de julio, ese club girondino que la historia conoce como la Sociedad Patriótica.
La situación social, de conjunto, en que se encuentra esa Venezuela de 1811 precursora de la Independencia, es la siguiente. Primero un grupo bastante reducido, compuesto por los empleados españoles y criollos de los distintos ramos administrativos; por los hacendados españoles y por el enjambre de pequeños comerciantes, canarios en su mayoría, que deseaban ardientemente la vuelta al viejo régimen, a la eterna colonia, donde solamente podrían sobrevivir y conservar alguna importancia social (Ver nota 1). Este grupo, por consecuencia lógica, ha de crear el descontento, ha de azuzar, cuando los trágicos días del terremoto, al clero y al fanatismo contra la incipiente Independencia; y más tarde, cuando vea todo perdido, recurrirá, como medio último y desesperado, a la temida insurrección de las "castas", armando los negros del Tuy contra los blancos mantuanos y contra Miranda.
El segundo grupo está compuesto por los grandes propietarios y comerciantes ligados a la producción nacional. En su mayor parte, con pocas excepciones, es un grupo que desea la Independencia, pero la desea en el fondo, sin derramamiento de sangre, sin escándalo, calladamente. No quiere exteriorizar su descontento porque- en general tiene mucho que perder. Con el beneplácito de este grupo es que se realiza el 19 de abril, pero es también este grupo quien condena a Miranda cuando sus primeras intentonas libertadoras. Quiere independencia sin guerra, y libertad con pueblo esclavo y sumiso. Este grupo es el que por presión de los demagogos de la Sociedad Patriótica declarará la Independencia, pero también será él el que por sus contradicciones internas ocasionará la pérdida de la Primera República y preparará con sus pequeñas rencillas y complejos de clase el advenimiento de esa gran oleada de sangre que fue la rebelión popular de 1814.
El tercer grupo es el de los insurrectos, compuesto en su mayor parte por jóvenes pertenecientes a la clase media o a la nobleza. Estos últimos, ricos herederos como los Bolívar o los Ribas, impregnados de la filosofía revolucionaria francesa y plenos de idealismo nacional, a quienes nada les importa perder posesiones y fortunas con tal de ver una bandera propia ondeando sobre el suelo de la patria. Son ellos los fundadores de la libertad. Desde la austera tribuna de la Sociedad Patriótica van a ir pulsando la opinión de una manera tal que, llegado el momento, los "timoratos" van a tener que doblegarse y someterse, hasta tener que sumarse, muchas veces a la fuerza, a este hermoso grupo pleno de idealismo y de libertad.
El cuarto grupo es el pueblo; libres y esclavos, negros y mestizos, formando en un 95 por 100 lo que en aquellas épocas se denominaba "las castas" o también con un cierto sentido de desprecio "el negraje", aunque fueran indios o simplemente mestizos. Este grupo está sometido por completo a la ignorancia y al aislamiento espiritual más absoluto. No tiene noción de lo que puede ser la patria, la familia o la religión. Es un grupo que en teoría es humano pero en la práctica se considera como animal, o como intermedio entre la bestia y el hombre. Ven al blanco con el odio intenso de la inferioridad forzada. Por generaciones han tenido que doblegarse a los caprichos más pequeños de sus amos y al látigo, material o moral, de sus capataces. El libre se diferencia del esclavo en el solo aspecto de que no es esclavo. Muchas veces no se le paga nada o muy poco, con el agravante de que tiene que cargar consigo mismo, mientras el verdadero esclavo, como propiedad, es protegido por el amo.
Tal es, poco más o menos, el conjunto social en que se hallaba dividido el país después del 19 de abril, fecha en que comenzamos este análisis.
Apenas llegado el General Miranda, de Inglaterra, invitado por el grupo extremista de la nobleza, cuando los moderados inician su presión para eliminarle o apartarle, como un peligro cierto de desorden. Miranda, por su parte, no es hombre que pueda ser derrotado por tan poca cosa, y organiza con el grupo extremista un Club revolucionario inspirado en los de la Francia de 1789 para poder ir impulsando la opinión hacia una libertad absoluta con respecto a España y con respecto a la multitud de prejuicios de casta que exhibían los moderados o "timoratos" de la nobleza venezolana. Es, pues, Miranda su organizador y su espíritu. "A fin de dar mayor fuerza a los partidarios de la causa patriótica, dice Palacio Fajardo, testigo de los acontecimientos, el General Miranda propuso establecer un Club donde los ciudadanos se reunieran para discutir las cuestiones de interés general; un abogado de gran erudición, don Francisco Espejo, le secundó poderosamente en esta ocasión, y el Club fue establecido con el nombre de la Sociedad Patriótica" (2)
Allí se reúnen todos los exaltados, gritan, vociferan, ofenden a los moderados; dejan las ventanas abiertas de par en par para que el pueblo pueda empaparse de los discursos que se dicen en bien de la libertad y en contra de los prejuicios. Se dictan las normas que se han de seguir y la política que ha de llevar al Congreso. Se ennoblecen y se destruyen reputaciones, se halaga al pueblo que hasta ayer no fue más que el "populacho", se va revolucionando todas las conciencias. Y logran, mediante esa línea de conducta, una cosa ignorada e imposible en la Venezuela colonial, esto es, una opinión pública. Una opinión pública dirigida por la Saciedad, bien entendido, pero al fin y al cabo una opinión. Miranda consigue de esta manera un triunfo personal sobre los "timoratos", sus viejos enemigos.; pues con la Sociedad y la opinión en sus manos el camino le está abierto para hacer doblegar a los descendientes de aquellos grandes señores que injuriaron a don Sebastián, su padre, tratándole de pardo y que luego cuando su expedición libertadora habrían de escribir una carta al Rey llena de sumisión. Por eso la primera arma que esgrime Miranda es explotar el odio de la gente de color y exaltar los rencores escondidos bajo la opresión. Sus discursos y proclamas de igualdad y libertad han de ser los primeros martillazos a la cadena que ha de reventar en 1814 ocasionando la gran rebelión popular y sepultando, sin quererlo é1, toda la organización de los blancos, la República y trescientos años de colonialismo sostenido.
El Club de la Sociedad Patriótica estaba situado en la esquina del mismo nombre, en la Casa en que habla tenido su sede la "Sociedad de Economía y Amigos del País" mandada a establecer cuando el Rey Don Carlos III (3). Cada vez que los oradores agitaban en el Club, la calle se llenaba de esclavos y hombres de color que oían por primera vez lo que jamás les habían dicho. "El pueblo de Caracas, dice Palacio, compuesto principalmente de mulatos, escuchaba con interés los argumentos que les ofrecía los medios de obtener una existencia política" (4). La Sociedad aprovechó el día de la conmemoración del 19 de abril para demostrar al Congreso y a la Nación su fuerza y su popularidad. El grupo de los "revoltosos", que Lovera nos pinta de manera magistral en su "19 de abril de 1810" con sus altos sombreros negros, sus capas sombrías y aire conspirador, son los mismos que en este primer aniversario patrio se lanzan a la calle con el fin de agitar y reunir masas populares. "Después del servicio divino, dice Palacio Fajardo, los habitantes se dispersaron por las calles, todos vestidos con sus trajes festivos, llevando en sus sombreros cucardas rojas, amarillas y azules. Grupos de músicos, seguidos de danzantes, recorrían la ciudad cantando aires patrióticos. Los miembros de la Sociedad Patriótica atravesaban en procesión las principales calles llevando banderas apropiadas a esta fiesta. Personajes de consideración de Caracas se juntaron al cortejo, se vió en esta ocasión a muchos grupos de indios de los alrededores, jugando y danzando a su manera, más cándida que graciosa; la alegría se reflejaba en todos los rostros, las mutuas felicitaciones eran vivamente experimentadas en todas partes. La noche trajo más gente en busca de alegría, Caracas fué enteramente iluminada, los edificios públicos y muchas casas particulares ofrecían inscripciones y emblemas ejecutados todos con tanto gusto como gracia. Los diferentes grupos de músicos continuaban llenando el ambiente de sonidos melodiosos, y la alegría de los habitantes pareció aumentar a medida que el calor del día declinaba. Pequeños teatros elevados en diferentes sitios de la ciudad procuraban nuevas diversiones al pueblo, quien manifestó el más vivo entusiasmo" (5).
La Independencia estaba conducida por buen camino. La demostración había sido todo un éxito y ni los enemigos más acérrimos podrían ya oponerse abiertamente a la Sociedad Patriótica, dueña del espíritu del pueblo caraqueño. Los asiduos oyentes del Club se multiplicaron convirtiéndose aquella calle en verdadera "Corte de Milagros", donde los más audaces se agarraban de los balaustres de las ventanas. Por las calles empezaron a aparecer grupos amenazadores que dirigiéndose a todos los paseantes entonaban la sangrienta canción que en enero del mismo año se había publicado en la imprenta de J. Baillio y Ca. situada en la esquina del Palacio Arzobispal. El estribillo decía:

Viva tan sólo el Pueblo,
El Pueblo soberano:
Mueran los opresores,
Mueran sus partidarios
(6).

Entre los principales exaltados que se contaban en aquellos tiempos estaba José Félix Ribas, quien habíase visto envuelto, poco tiempo antes, en una conspiración que tenía por fin el levantamiento de las clases oprimidas contra la hegemonía de los blancos poseedores (Ver nota 2).
El Congreso temía. Temía que la libertad pura, virginiana, que tanto deseaba se le empezase a corromper merced a las gestiones demagógicas de la Sociedad Patriótica. Temía que una libertad popular, "sans-culotte", sería una exposición constante para sus más caros intereses (Ver nota 3) . Tanto más cuanto que ya en 1811 esos discursos encendedores hacían prever a los moderados el curso que más tarde tomaría la Independencia, rumbo que los agitadores no se sospechaban. Bien es sabido que generalmente los que inician las revoluciones acaban por ser devorados por ellas, pues aquellos que al principio surgen como agitadores al fin terminan como moderados; nuevas figuras aparecen entonces obedeciendo al cambio impetuoso de las circunstancias, al devenir constante de esa vorágine humana que es la revolución. A situación diferente, hombres diferentes. Tal es el lema interno, inconsciente, que guía a los movimientos populares. Y hoy en día vemos, después de tantos años de aquellos días de 1811, que ninguno de los miembros de la Sociedad Patriótica llegó a ser, en su momento oportuno, jefe de la rebelión popular, terminaron más bien por ser perjudicados en sus intereses, lo mismo que les sucedió a los "timoratos".
Y así vemos a Bolívar desterrado, a Ribas' con la cabeza en una pica, y los otros o muertos o escondidos en las selvas huyendo como desesperadas bestias de las lanzas inclementes de la rebelión 'popular, desencadenada inconscientemente por ellos con sus ardientes discursos de la Sociedad Patriótica.
El temor de los moderados crecía cada día y cada día veían con peores ojos al Club agitador que les llevaba directamente a la ruina: Urquinaona, criollo realista que asistió a aquella lucha entre la Sociedad y el Congreso, opinaba con el criterio de los moderados de la época diciendo que la Sociedad estaba compuesta por "los más inmorales y los más libertinos" y lleno de indignación reaccionaria, agregaba con mucha amargura que esta Sociedad se proponía el espantoso crimen de "disipar la ignorancia de los pueblos, elevar las ideas de los ciudadanos a la más alta dignidad de un hombre libre, constituir el Estado, manifestar que en Venezuela no debería haber otro Rey que el que crió el Universo, ni otro gobierno que el que ella se constituya, y hacer palpable la falsedad de los derechos que la preocupación podía atribuir aún a Fernando de Borbón" (7).
Pero a pesar de todos estos juicios, falsos o verdaderos, veremos que aquellos revolucionarios de la Sociedad Patriótica, pertenecientes en su mayoría a la nobleza o a la burguesía y ligados con lazos familiares al grupo de los "timoratos", no se daban cuenta de lo que estaban haciendo. En ese juego a la democracia tenían tanto que perder como los "timoratos". Destruyendo a los moderados con las armas de la absoluta libertad y del igualitarismo se destruían a ellos mismos. Ese grupo de hombres distinguidos no medían la catástrofe cuando en Julio de 1811, con sus vociferaciones demagógicas, pedían las libertades rousseaunianas para los esclavos que llenaban sus haciendas y para la multitud que rugía al eco de sus palabras. No podían prever en aquel momento de sublimación espiritual que estaban abriendo las compuertas del alud igualitario que debía ahogarlos a todos por igual. No podían imaginarse que aquellos mismos esclavos siguiendo los emblemas revolucionarios de Andresote, de José Leonardo Chirino y del Negro Miguel, guiados por capataces, pulperos y contrabandistas y aprovechando las libertades por ellos inconscientemente propagadas fueran, en un arrebato de furor igualitario, a asesinar a sus mujeres, a sus hijos y a ellos mismos, sembrando por todas partes la ruina y la desolación al propio tiempo que la libertad social; fundando un gobierno popular y democrático, sin nobles y sin ricos, representado por aquellos forajidos que fueron Boves, Rosete, Suazola y Antoñanzas. Si esos revolucionarios hubieran podido prever las consecuencias de sus discursos encendedores y de sus pequeñas rencillas, la Sociedad Patriótica no se habría fundado y la Independencia hubiera tomado otro rumbo, pero en historia no es bueno modificar lo sucedido ni adelantar lo ocurrido.
Observando la conducta de nuestros patriotas en aquellos primeros años de ilusión y de lucha, dice José Domingo Díaz que la Independencia "hasta entonces no había presentado todo su aspecto feroz, y era semejante a una reunión de niños que jugaban a gobierno" (8). En realidad era una observación acertada la de Díaz.
Por aquellos últimos días del mes de junio, precursores de la Independencia, un hecho vino a demostrar la importancia que había adquirido el pueblo caraqueño ante el Congreso. Este decidió mudarse para la Capilla de la Universidad el jueves 22, pues el pequeño salón que el Conde de San Javier había puesto a la disposición para las deliberaciones no tenía cabida para un auditorio numeroso (9).
La poca distancia que existía entre la Capilla y la esquina de Sociedad y la amplitud de la "barra" dentro de las sesiones de la Asamblea demostraban claramente el triunfo del Club popular (Ver nota 4).
Miranda, por su parte, aprovechaba la situación reinante, de odio a la nobleza y a los ricos, para vengarse con sus discursos demoledores del señorío mantuano que había vejado a su padre y que, en los tiempos de sus expediciones libertadoras en Coro y Ocumare, habían tornado parte, corno ya lo hemos dicho, por el Rey y el colonialismo. Poudenx, inapreciable testigo de los acontecimientos que estamos relatando y enemigo declarado del futuro Generalísimo, escribe que "el establecimiento de la Sociedad Patriótica le facilitó (a Miranda) los medios de calentar el espíritu del bajo pueblo; y sus discursos, junto a las vociferaciones de algunos individuos que le eran adictos, contribuyeron al éxito de sus proyectos. No dejó escapar ninguna ocasión de volver odiosos a sus adversarios ante el populacho. Comprendiendo también de cuánta utilidad podía serle el poder eclesiástico, tuvo cuidado de halagar muy bien al Arzobispo y al clero; y volviendo a su provecho la conducta imprudente de las familias poderosas, se formó numerosos partidarios, escogidos entre aquellos que estaban descontentos de las altanerías de los Mantuanos. De allí surgieron dos partidos muy distintos: el partido de Miranda y el de la alta nobleza. Perú este último llevaba en sí los gérmenes de la desunión; y las miras ambiciosas de algunas de las principales familias favorecían de esta manera y sin quererlo, las maniobras de Miranda. Los Toro, los Tovar, los Montilla, los Ustáriz, los Ribas, deseando llegar a los primeros empleos, buscaban a suplantarse recíprocamente" (10).
Por eso toda esta serie de acontecimientos vinieron a contribuir a la formación de ese mal concepto, que, luego después de aquellos agitados años tendrían de la Sociedad Patriótica sus más viejos fundadores. O'Leary, que en sus opiniones sobre acontecimientos anteriores a su llegada a Venezuela era fiel repetidor de los juicios del Libertador, decía, hablando de la fundación del célebre Club: "Habíase formado una sociedad patriótica que, arrogándose el derecho de discutir y decidir las medidas adoptadas por el gobierno, contribuía a aumentar las dificultades que rodeaban a los patriotas, hostilizando al partido moderado que apoyaba al ejecutivo" (11). El propio Bolívar quien fue destacada figura de la Sociedad no vuelve a mencionada más, ni una sola vez, en d resto de su existencia. ¿Querría olvidarla? ¿No sería más bien que aquello hombres, una vez pasada esa juventud generosa y emprendedora, comprendieran que la Sociedad que ellos fundaran había sido más perjudicial que beneficiosa para la clase a que pertenecían, para la Independencia y para la patria? Una cosa es verdad: la Sociedad Patriótica contribuyó en mucho, tal como la hemos venido señalando, a la destrucción de la estructura colonial y a la derrota de la Segunda República, fundada por Bolívar y Ribas, eminentes demagogos del Club revolucionario.
Para los primeros días de julio de 1811 la atmósfera de Caracas estaba extremadamente recargada. El Congreso iba retrocediendo cada vez más, perdiendo todos sus argumentos en contra de una declaración de independencia absoluta. Los agitadores presionaban, "jóvenes ardientes formaban por doquiera reuniones más o menos clandestinas, acaloraban la plebe, reunían y se preparaban a la guerra en nombre de la libertad. Las clases antes oprimidas y vejadas bullían y se arremolinaban en torno de la bandera reformadora que les prometía goces y derechos. Aquí la tendencia era destruir lo pasado y arrebatar algo a los que todo poseían" (12).
Miranda, quien en las elecciones de marzo del mismo año había sido nombrado como diputado por el Pao, era el portador oficial de las ideas de la Sociedad Patriótica ante el Congreso. Con su fraseología elocuente trataba de decidir por la libertad a aquel "grupo de sujetos timoratos y buenos realistas, y algunos honrados labradores que jamás habían oído cuestiones políticas de gobierno, y que cifraban toda su felicidad en el cultivo de las haciendas, en la educación de sus hijos y en la obediencia a aquella autoridad paternal, que con tanto acierto y provecho había gobernado a sus respetables ascendientes” (13)
Otros sucesos vinieron a agravar la situación. La llegada de Montenegro, y luego su traición escapándose con importantes documentos de la Junta Suprema. Los conatos de insurrección y los desmanes de los realistas de Guayana. Las maquinaciones de Cortabarría, celoso agente de los comerciantes de Cádiz, quien llegó a Venezuela con el propósito de organizar la insurrección. Y, en fin, las mil manifestaciones populares y sucesos de orden social hicieron que los mismos congresantes empezaran a ver la independencia como una necesidad inevitable (Ver nota 5).
"Antes de las resultas de nuestra transformación política, decía un manifiesto firmado por Rodríguez Domínguez, llegaban cada día a nuestras manos motivos para hacer, por cada uno de ellos, lo que hicimos después de tres siglos de miseria y degradación" (14).
Al mismo tiempo los agricultores y grandes hacendados se quejaban porque los negros no querían trabajar como antes, la fiebre revolucionaria e igualitaria había llegado hasta los campos más apartados. Se hablaba ya, no sin espanto de los que, tenían algo que perder, de una matanza de blancos y de la instauración de un gobierno popular, jacobino. Se decía también que los españoles organizaban desde Coro y Guayana expediciones contra el centro del país para imponer por la sangre los derechos de Don Fernando VII, Rey de España.
Como todos estos quebraderos de cabeza se los achacaban a la Sociedad Patriótica y a sus ilustres componentes, no faltaron personas que propusiesen su completa disolución. "Algunos diputados -dice Roscio- hicieron ayer moción (8 de junio) para que se extinguiese pero prevaleció el dictamen de que se corrigiesen sus vicios para que con sus buenas reglas pudiese ser útil" (15). El Congreso estaba tratando de anular la Sociedad Patriótica bajo el pretexto de que era otro Congreso; cosa completamente ilegal si podía ser probada.
La Sociedad Patriótica, en vista de la situación tan tensa, empieza a efervecer. "No es que haya dos Congresos, dice Simón Bolívar desde su tribuna revolucionaria. ¿Cómo fomentar el cisma los que más conocen la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva, para animamos a la gloriosa empresa de nuestra libertad. Unirnos para reposar y dormir en los brazos de la apatía, ayer fue mengua, hoy es una traición. Se discute en el Congreso Nacional lo que debiera estar decidido. Y, ¿qué dicen? Que deberíamos empezar por una Confederación: ¡Como si todos no estuviéramos confederados contra la tiranía extranjera! ¿Qué debemos esperar los resultados de la política de España? ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos, o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son triste efecto de las antiguas cadenas. ¡Que los grandes proyectos deben prepararse con calma! ¿Trescientos años de calma no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía? La Junta Patriótica respeta, como debe, al Congreso de la Nación; pero el Congreso debe oír a la Junta Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios. Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sudamericana. Vacilar es perdemos. Propongo que una comisión del seno del este cuerpo lleve al Soberano Congreso estos sentimientos" (16).
Es de suponer el entusiasmo que tales palabras ocasionarían en los concurrentes y en la barra plena de hombres del pueblo. A su vez Coto Paúl toma la palabra para defender al Club contra los ataques de los moderados, quieres les llaman anarquistas en señal de desprecio y de temor. "¡La anarquía! Esa es la libertad, cuando para huir de la tiranía desata el cinto y desnuda la cabellera ondosa. ¡La anarquía! Cuando los dioses de los débiles, la desconfianza y el pavor la maldicen, yo caigo de rodillas a su presencia. Señores: Que la anarquía, con la antorcha de las furias en la mano nos guíe al Congreso, para que su humo embriague a los facciosos del orden, y la sigan por calles y plazas, gritando: ¡Libertad! Para reanimar el mar muerto del Congreso estamos aquí en la alta montaña de la santa demagogia. Cuando ésta haya destruido lo presente, y espectros sangrientos hayan venido por nosotros, sobre el campo que haya labrado la guerra se alzará la libertad...” (17).
Este excelente discurso de Coto Paúl encerraba inconscientemente toda una predicción sobre los sucesos que luego se sucederían en Venezuela.
El mismo día, 3 de julio, mientras la Sociedad sesionaba se discutía en el Congreso la posibilidad de una absoluta independencia. Las barras estaban llenas de miembros del Club que iban y venían llevando las últimas noticias sobre las discusiones de la Asamblea y aplaudiendo o chiflando las proposiciones que eran o no ce su agrado. El 4 de julio la Sociedad envió una Comisión al Congreso portadora de un discurso de Miguel Peña. El Presidente les concede la palabra, a pesar de carecer de diputación de cuerpo el Club de la Sociedad. Allí se precisa rara que la Independencia sea declarada. El Presidente, Rodríguez Domínguez, se encarga de preguntar al Ejecutivo si creía prudente la discusión del asunto. El Ejecutivo contesta afirmativamente. Entonces se decide que la discusión de tan importante cuestión ha de llevarse a cabo el próximo día 5.
Desde temprano la ciudad está despierta y el pueblo, al igual que la juventud revolucionaria, ocupa las puertas y tribunas de la Capilla (Ver nota 6). Cuando van entrando 1os diputados a ocupar sus puestos amenazan de muerte a los moderados (18). "Nunca tanta gente se había visto allí, ni jamás se observara en los oyentes el porte descomedido que en la ocasión tuvieron. Vítores y aplausos ruidosos y sin fin resonaban cada vez que tornaba o dejaba la palabra un diputado republicano: las opiniones equívocas eran acogidas con risotadas, silbos y amenazas" (19).
Rodríguez Domínguez en su calidad de presidente, y después de haber oído las diferentes opiniones, comenzó a llamar a los diputados para que omitiesen su voto. Llamado Felipe Fermín Paúl, propuso una ley previa que estaba en los corazones de todos aquellos hombres que veían su seguridad amenazada por el pueblo y por los energúmenos de la Sociedad Patriótica. Propuso, pues, una ley previa que contuviese los excesos de licencia, insubordinación y libertinaje que pudieran presentarse una vez declarada la Independencia. Al oír esta proposición, inmediatamente comenzó la barra a chiflar y a gritar, demostrando así su desagrado.
Antonio Nicolás Briceño, de Mérida, propuso, en vista de la actitud amenazadora del público, que además de la ley previa de Paúl se estableciese en lo futuro el sistema de votación secreta para evitar irrespetos y violencias. Maya, de La Grita, estuvo francamente contra la independencia, alegando con habilidad, posiblemente para no tener desagrados con exaltados, que sus instrucciones le prohibían votar la cuestión. Briceño contestó a su vez que las suyas eran iguales y que a pesar de todo iba a votar.
En general, la mayoría de las opiniones fueron favorables y cuando se procedió a la votación final todos estuvieron por la Independencia definitiva, con excepción hecha del Padre Maya (20).
Apenas Caracas conoce la noticia el júbilo es general. La bandera de Venezuela, que había diseñado Miranda, es ondeada por primera vez. La primera vez. La de España es despedazada; los bustos y cuadros de Fernando VII que estaban en los edificios públicos y en las casas realistas más conocidos fueron destruidos (Ver nota 7). "Aquellos jóvenes, dice Díaz, en el delirio de su triunfo corrieron por las calles: despedazaron y arrastraron las banderas y escarapelas españolas: sustituyeron las que tenían preparadas, e hicieron correr igualmente con una bandera de sedición a la Sociedad Patriótica, club numeroso establecido por Miranda, y compuesto de hombres de todas castas y condiciones, cuyas violentas decisiones llegaron a ser la norma de las del Gobierno. En todo el día y la noche las atroces pero indecentes furias de la revolución agitaron violentamente los espíritus sediciosos. Yo los vi correr por las calles en mangas de camisa y llenos de vino, dando alaridos y arrastrando los retratos de Su Majestad, que habían arrancado de todos los lugares donde se encontraban. Aquellos pelotones de hombres de la revolución, negros, mulatos, blancos, españoles y americanos, corrían de una plaza a otra, en donde oradores energúmenos incitaban al populacho al desenfreno y a la licencia. Mientras tanto, todos los hombres honrados, ocultos en sus casas, apenas osaban ver desde sus ventanas entreabiertas a los que pasaban por sus calles. El cansancio, o el estupor causado por la embriaguez, terminaron con la noche tan escandalosas bacanales" (21).
Así transcurrió el primer día de nuestra Independencia. Día solemne y trascendental en la historia de la Patria, a pesar de que los mismos historiadores de la época, por los sangrientos acontecimientos que luego se sucedieron, no consideraron como debía ser tan extraordinario suceso, más bien llegaron al extremo de mirar esta patriótica medida como" arriesgada y acaso imprudente" (22).

Notas

1. Depons anota que casi todos los pulperos de la Capitanía General eran canarios. También es interesante observar que la mayor parte de los jefes realistas que lucharon en Venezuela durante la formidable insurrección popular de 1814 fueron pequeños comerciantes, pulperos y tenderos.

2. En 1810 trató de sublevar a los negros para terminar toda casta europea y apoderarse del mando de Caracas. La Junta Revolucionaria, temiendo sus sangrientos designios, le desterró Ignominiosamente a Curazao» (URQUINAONA, Memorias, pág. 345).

3. «Allí -en el Congreso- no tuvieron la principal parte ni representaron el principal papel los hombres de las revoluciones , los que nada tienen que perder; los que deben su fortuna al desorden, y nada esperan del Imperio de las leyes, de la religión y de las costumbres» (José Domingo Díaz, Recuerdos de la Rei7elión de Caracas, pág. 21).

4. «Deseoso S. M. de que el público pueda presenciar con más comodidades las sesiones del Congreso, y no siendo bastantes el Salón del Palacio para contener cómodamente a representantes y espectadores, se ha trasladado desde ayer a la Capilla de la Universidad, ínterin se da al salón la extensión y la capacidad que debe de tener» («Gaceta de Caracas», núm. 360, del viernes 23 de junio de 1811).

5. «Con este fin se aceleraron tumultuariamente las Cortes que deseaba la Nación, que resistía el gobierno comercial de Cádlz, y que se creyeron al fin necesarias para contener el torrente de libertad y la justicia, que rompía por todas partes los diques de la opresión y de la Iniquidad en el nuevo mundo; pero todavía se creyó que el hábito de obedecer, reconocer y depender sería en nosotros superior al desengaño que a tanta costa acabábamos de adquirir (Documentos Interesantes relativos a Caracas. Manifestación que hace al mundo la Confederación de Venezuela. página ll6. Londres, 1812).

6. La Capilla donde se reunía el Congreso era, según la conocida pintura de Lovera, una sala amplia y larga con tres grandes ventanas en la pared oeste. Su entrada estaba en la parte correspondiente al lado norte, justamente hacia donde está hoy la plaza Bolívar, y por ella se dirigían los diputados a sus asientos y el público a las tribunas, situadas éstas encima de la entrada, en el lugar que en las iglesias corresponde al coro. En el lado sur enfrente de la entrada, estaba el sillón de la presidencia y una mesa. (N. del A.)

7. «El pabellón de Fernando VII fue reemplazado por un estandarte rojo, amarillo y azul. En su ángulo superior se veían un indio rodeado de los atributos de la libertad y del comercio» (Poudens, Memoire pour servir à l’Histoire de la Révolution de Caracas. París, 1825. Pág. 43).

II. Se aflojan las cadenas

por joseleon71 @ Jueves, 20. Nov, 2008 - 05:51:51 pm

Al Gobierno de la nueva República le esperaba una tarea muy difícil. El mismo día de la instauración del Poder Ejecutivo se supo de una conspiración de negros contra los señores del Congreso capitaneada por un tal Galindo, quien, según el decir de muchas gentes, era partidario de Miranda .
A su vez, los enemigos de la nueva nacionalidad preparaban un complot contra todos los patriotas, proyectaban poner a los españoles y canarios en los puestos claves y volver al estado de sumisión anterior a 1810. Este movimiento estaba organizado, según declaraciones de los cabecillas de la conspiración, por "americanos y europeos, compuesto de lo más selecto del clero secular y regular, y lo más distinguido del vecindario de la capital y de fuera" 23. Pero en realidad estas declaraciones eran desde todo punto de vista exageradas, al menos los que dieron la cara y aparecieron jefes directos de la insurrección, fueron don Juan Díaz Flores, mercader natural de Canarias; don José María Sánchez, de Caracas y Francisco de Azpurúa (24).
Valencia, Caracas, Los Teques y otras poblaciones de los alrededores de la capital se iban a insurreccionar en "nombre del Rey de España" contando para esto con la cooperación de Puerto Cabello, y sobre todo con el envío de tropas españolas desde Maracaibo, que permanecía realista (25). Todo estaba preparado lo mejor posible, pero a última hora, como suele suceder en estos casos, hubo una traición. El plan fue denunciado por don N. Barona y el Gobierno procedió inmediatamente a efectuar los arrestos necesarios.
Sabiendo los conspiradores que estaban denunciados decidieron alzarse en Los Teques a eso de las tres de la tarde del 11 de julio. En esta población se reunieron sesenta canarios montados en mulas, armados de trabucos y con los pechos cubiertos con hojas de lata, a guisa de armadura, gritando furiosa mente "viva el Rey y mueran los traidores" (26).
También hablan prometido la libertad a los negros de Caracas con tal de que se sumaran a la revuelta (27), pero nada sucedió. En cambio, en Valencia, la conspiración triunfaba apoderándose de la ciudad y proclamando a Fernando VII. Al mismo tiempo la revuelta de Los Teques era dominada completamente antes de las cuatro de la tarde, pues los quijotescos contrarrevolucionarios hablan fracasado en su plan de apoderarse del depósito de armas para poder marchar a la capital de la nueva República (28). El pueblo, azuzado por las autoridades patriotas, se lanzó armado de sables y cuchillos contra los conspiradores a los que dominaron fácilmente y sin efusión de sangre (29).
Entretanto, en Valencia, los revolucionarios realistas habían insurreccionado, en vista de hacerse un mayor número de tropas adictas, a todos los negros de los alrededores, dictando proclamas igualitarias y reivindicaciones sociales, dando la libertad a los esclavos y la igualdad a los pardos (30). Todos los descontentos por rivalidades feudales con Caracas se sumaron al movimiento, pues deseaban que la capital de la República fuese Valencia. Inmediatamente procedieron a repartir armas que hablan recibido, días atrás y en secreto, a todo el pueblo insurreccionado (31).
El ataque a Valencia, luego después de haberse enarbolado la bandera de Castilla, hubiese sido lo más indicado. Pero el Gobierno estaba indeciso, con grandes divergencias en su seno, sin conocer a ciencia cierta quiénes estaban en la conllpiración y quiénes eran leales, desconfiando los unos de los otros y con la agravante de no tener apenas sino seis días en el poder. La única decisión que se tomó fue esperar para ver qué nuevos focos brotaban y sobre todo para ver quién en la capital estaba y quién no estaba con el nuevo orden de cosas. Se pasaron varios días con las tropas acantonadas en los cuarteles hasta que, viendo que la situación en Caracas era normal, se resolvió enviar a un miembro de la alta nobleza y enemigo de los extremistas y en especial de Miranda, al Marqués del Toro, al frente de numeroso ejército (32).
Mientras el Marqués se dirigía a Valencia, los fracasados conspiradores de Los Teques estaban engrillados en prisiones. Más tarde fueron condenados a muerte una quincena entre los principales y fusilados, pues no había por ese entonces, por falta de ejecuciones, un verdugo competente que les ahorcase, siendo necesario para cumplir la condena que después de muertos fuesen colgados y sus miembros descuartizados. Para mayor escarmiento entre los canarios caraqueños, fueron cortadas sus cabezas y expuestas en picas y cajas en las principales plazas y avenidas de la capital (33).
La situación de Valencia, más que grave era interesante, pues por primera vez se usaba de "las castas" para organizar un movimiento popular y darle todo el empuje necesario. Demostrando así que quien más ofrecía y halagaba era efectivamente el dueño de las circunstancias. Por otra parte, la insurrección de Valencia con sus libertades extremadas se había pronto conocido en todo el territorio patriota, ocasionando, como era lógico que sucediese, continuas deserciones tanto en el ejército como en las esclavitudes de las haciendas, creando una situación de sobresalto para los viajeros que se encontraban en lugares apartados con esclavos "cimarrones". En la Gaceta de Caracas del 26 de julio de 1811 aparece la siguiente noticia: "El Supremo Poder Ejecutivo ha mandado establecer, en todos los partidos sujetos a una Justicia Mayor, Patrullas o Guardias Nacionales para la aprehensión de esclavos fugitivos; los cuales, visitando y examinando con frecuencia los Repartimientos, Haciendas, Montes y Valles, harán que se guarde el debido orden en esta parte de nuestra población destinada a la cultura de las tierras, embarazando que se separen de ella por caprichos, desaplicación, vicio u otros motivos perjudiciales a la tranquilidad del país. De orden del Gobierno se comunica al público esta determinación para que llegue a noticia de todos... A esta importancia primera se asocian otras muchas que el Gobierno ha tenido presentes al concebir este establecimiento; pues si protege las penosas tareas de los propietarios de las tierras, no favorece menos la tranquilidad de los partidos rurales, embarazando los robos y asesinatos en caminos desiertos. Los soldados de estas escoltas ambulantes pueden además servir muy bien en diferentes ocasiones para otros objectos de mayor importancia y gravedad por el conocido y frecuentado, con el exercito de sus funciones. La esclavitud honrada y laboriosa nada debe temer de estas medidas de economía y seguridad, con que el Gobierno procura el bien de los habitantes del país".
Ya los "mantuanos" iban recogiendo poco a poco su fruto de libertades ideales, de papel, viendo que el equilibrio que era la base de su preponderancia social empezaba a resquebrajarse. Por eso tenía razón el ex Capitán General Emparan cuando escribía: "Si ya no están los mantuanos arrepentidos de su desatinada insurrección, muy poco pueden tardarse en arrepentirse; pero siempre será tarde. Como quiera que los mulatos y negros son 10 ó 12 por un blanco, habrán éstos de sufrir la ley que aquéllos quieran imponerles; y siempre están expuestos a los mismos desastres que sufrieron los franceses dominicanos: tal es la felicidad que se han traído los insurgentes de Caracas con su revolución" (34).
Esa demagogia realista de insurreccionar "las castas" contra los patriotas en la ciudad de Valencia, debería en el futuro traer resultados funestos para uno y otro bando. Dice Heredia, célebre realista, que "desde entonces quedó arraigado en Valencia el odio mortal entre blancos y pardos, que tan funesto ha sido allí y en toda la provincia por donde se propaga, sin que pueda calcularse cuáles serán los últimos efectos de este mal; que todavía dura. Los guerrilleros, que después quisieron formar partido bajo la voz del Rey, excitaron esta rivalidad, llegando a ser proverbio en la boca de los europeos exaltados que los pardos eran fieles, y revolucionarios los blancos criollos, con quienes eran necesario acabar" (35).
El Marqués, militar de opereta, no podía hacer otra cosa en Valencia que fracasar, y en realidad fracasó. Fue necesario que los mantuanos caraqueños cedieran ante la presión de los extremistas y nombraran jefe del ejército de Valencia al General Miranda quien era el más indicado para llevar a cabo esta empresa por sus conocimientos y su prestigio. Era, pues, una derrota grave para el partido noble y moderado la salida del Marqués; pero este partido no ha de amilanarse, apenas nombrado Miranda ha de comenzar una serie de intrigas y contraórdenes para perjudicar al Generalísimo, precipitando con sus maniobras la caída de la primera República y la entrada de Monteverde, resultados éstos preferibles a que un plebeyo amigo de los pardos fuera a aprovecharse de la República por ellos organizada y dirigida (36).
Apenas Miranda es nombrado jefe del ejército, que con un ataque decidido y audaz toma a Valencia, a pesar de la heroica resistencia del cuartel de pardos, terminando de esta manera con el foco principal de la insurrección que pretendía acabar con la República a los siete días de haberse constituido.
Pero si la insurrección estaba dominada, no lo estaba por eso el peligro de invasión realista. Coro organizaba una expedición contra Valencia a favor de los insurrectos, y Miranda se ve en el caso de pedirle al Congreso permiso para seguir a Coro a luchar contra los refuerzos. El permiso es negado por el Congreso dejando que la expedición siguiera su rumbo, llamando más bien a Miranda para que se defendiese de las acusaciones e intrigas que le tenían sus enemigos, personajes éstos que preferían que la patria cayese en manos de los españoles que en la dirección de un supuesto enemigo de sus intereses.
Cuando Miranda entra en Caracas por la vía de Antímano, es recibido por el pueblo en medio de las más grandes aclamaciones. Manifestación ésta que significaba, además del apoyo popular, una especie de desafío a la actitud del Congreso y reprobación por las falsas acusaciones que hadan al ídolo de la Sociedad Patriótica. Poudenx que presenciaba la entrada, dice: "Las gentes de color mostraban un entusiasmo particular por su persona. Iban delante de él gritando ¡Viva el General Miranda!; pero poca gente distinguida tomó parte en este festejo. En el momento en que hada su entrada, se observaron dos negros a caballo, que lanzaban dinero al populacho, teniendo el aspecto de pagar las aclamaciones de que era objeto el General" (37).
En los días en que se luchaba por la ciudad de Valencia había en Caracas una vigilancia y una censura extraordinarias. La Sociedad Patriótica, imitando en esto al Comité de Salud Pública, presionaba al Congreso para que tomase las medidas más extremadas contra los espías y conspiradores. En el Morning Chronicle, periódico adicto a la causa patriótica, aparecía una carta escrita, por un testigo de aquellos acontecimientos, fechada en La Guaira el 3 de agosto de .1811, que decía así: "Todo es confusión en la América Meridional, todos los días hay prisiones de gente que se sospecha de tramas contra el Gobierno y los forasteros temen mucho reunirse; en una palabra, estamos en una entera suspensión, no sólo de comercio, sino aún de sociedad: la orden del día es: libertad e igualdad. Ayer salí de Caracas a las cinco de la tarde, y entonces aún no se sabía del ejército que se había mandado contra Valencia... Las conjeturas son varias y todos los días se reciben despachos del General Miranda; pero no se dan al público; también se equipan diariamente voluntarios por el Gobierno; se matan y están puestas en perchas las cabezas de los traidores, con un letrero debajo que dice: "Este hombre ha muerto por traidor a su patria." Dos fueron ahorcados ayer, condenados por la Sociedad Patriótica, pero no se dijeron sus delitos. El tiempo de las prisiones a media noche: un piquete entra en la casa, hace salir de la cama al reo, y a la mañana siguiente pierde la vida. Aquí tenemos por cosa peligrosa el que nos vean reunidos hablando en la calle, y más peligroso que todo el criticar al Gobierno. Aun cuando nos juntamos en reuniones particulares, no sabemos si nuestros criados son nuestros espías. Esta es exactamente la situación del país" (38).
El Congreso comenzó a licenciar las tropas de Miranda dejando sin defensa "a la República ante la invasión realista, pues "sus enemigos (los de Miranda), escribe el mismo Poudenx, gustaron más no tener ejército, que tener uno que estuviese bajo su influencia inmediata. Las primeras operaciones de su campaña fueron atacadas en el Congreso con animosidad; y entre sus enemigos, aquellos que más se distinguieron por su encarnizamiento, estaban los Toro y un Tovar" (39).
Miranda se presentó ante el Congreso, contestó a los cargos que se le hacían, exhibió documentos y probó, de una manera irrefutable, su inocencia. Pero el Congreso, no queriendo tomar ninguna iniciativa que hiriese los intereses de los principales personajes de la nobleza, aplazó su decisión para otra oportunidad (40).
La situación siguió, hasta fines de 1811, bastante estable dentro de su inestabilidad. El único suceso de importancia fue una conspiración develada "cuyo objeto, según J. D. Díaz, era dar la preferencia a las castas sobre la raza blanca, y cuyos principales autores eran blancos, de los conjurados del 19 de abril" (41).
La entrada del año de 1812 se caracterizó por un gran malestar económico generalizado en toda la República. Este malestar era resultante: de las luchas internas entre los promotores de la Independencia por sus prejuicios de clase; de la desatinada política financiera que perjudicaba especialmente al pequeño comerciante, al pulpero, al empleado, al trabajador, al cura. Pues, la necesidad de crear un papel moneda sin ningún respaldo, y la desconfianza general del público, contribuyeron al pánico. El propio Bolívar dijo que se vieron obligados "a recurrir al peligroso expediente de establecer el papel moneda, sin otra garantía que la fuerza y las rentas imaginarias de la Confederación. Esta nueva moneda pareció a los ojos de los más una violación manifiesta del derecho de propiedad, porque se conceptuaban despojados de objetos de intrínseco valor, en cambio de otros cuyo precio era incierto, y alto ideal. El papel moneda remató el descontento de los estólidos pueblos internos, que llamaron al comandante de las tropas españolas, para que viniese a librarlos de una moneda que veían con más horror que la servidumbre" (42).
Esta idea del papel moneda habla nacido a imitación de los "asignados" de la Francia revolucionaria. Pero mientras los asignados tenían una base que los respaldaba, como eran las inmensas propiedades de los nobles emigrados, en Venezuela no había tierra que los protegiera ni ninguna otra clase de riqueza. Tal principio no podía ser cubierto sino por la violencia. Habla que obligar al ciudadano a aceptar papel contra plata, "por ello, dice Heredia, era necesario que la fuerza pública se interpusiera en todas las negociaciones más menudas, pues la ley obligaba a recibir el billete y a pagar en plata el quebrado de medio real, siempre que fuese preciso; sobre 10 cual ocurrían cincuenta pleitos al día en cada taberna o pulpería, porque muchos iban sin necesidad a comprar cualquier cosa sólo por tomar el medio de la vuelta" (43).
El estado de ánimo de los mismos patriotas había decaído mucho con el malestar económico surgido por los inconvenientes de la división del país y de la crisis del papel moneda, "algunos diputados del Congreso, dice el mismo Heredia, me han asegurado que al tiempo de su traslación a Valencia ellos y otros muchos estaban convencidos de que la nueva República no podía durar muchos meses y que se acabaría como los juegos de muchachos" (44).
La fabricación del papel moneda fue confiada a un hombre que, según el decir del propio Poudenx, nunca en su vida había grabado . Esto se prestaba al fraude. Apenas salidos los "asignados" empezaron a resentirse los hombres del campo a vender sus productos por valores imaginarios, y la diferencia que se estableció entre el papel moneda y la plata entorpeció enormemente la transacciones comerciales. Hubo lugares en donde se negaron a aceptar semejante moneda (45).
La inflación fue tremenda. No hubo ningún economista dentro del grupo de hombres que gobernaban a Venezuela que hubiese visto o remediado la situación, sólo había aficionados o "entendidos" en las ciencias económicas, faltaba una verdadera política financiera que pudiera sanear al país. El trabajador y el empleado seguían ganando igual a los tiempos de la plata, un mismo jornal; mientras que la desconfianza por el papel moneda hacía subir los precios de los productos a sumas fabulosas que aquellos hombres no podían materialmente alcanzar. Los precios llegaron a subir en ciertos renglones a un mil por ciento condenando a una muerte segura al que no poseía tierras o era rico.
Trágico es el cuadro que nos pinta Urquinaona: "La arroba de carne cuyo precio corriente era el de cuatro reales en plata, llegó a valer 48 en asignados. El dulce llamado papelón valía un real en plata cada porción de tres libras y a peso fuerte en moneda de papel. Su mismo descrédito cortó la circulación del numerario, porque todos lo reservaban, deseando salir de un papel sin garantía, a costa de cualquier sacrificio. Los habitantes del interior que surtían la capital de carnes, quesos, mulas y caballos, abandonaron el tráfico, y satisfechos de que a sus remotas poblaciones no alcanzaban los tiros del despotismo, se mantenían en sus casas, vendiendo a plata u oro alguna parte del producto de sus haciendas, mientras que al contorno de Caracas no le quedaba sino el recurso lamentable de recibir vales insignificantes, abandonar sus cosechas o exponerse a. sufrir la pena prescripta a los usurpadores". Esto se agravaba aún más, según el decir de Urquinaona, por las leyes demagógicas que trataban de ganarse a los pardos "elevándoles a la clase de ciudadanos, cuando poco antes ni los reconocían ni los trataban como a hombres, singularmente en los penosos trabajos de las haciendas. A la inhumanidad de conducirlos al matadero para sostener sus delirios se agregó la imprevisión de exponerlos a convertirse en fieras por la libertad excesiva a que los hicieron pasar de repente halagándolos con la preconizada igualdad, sin prever que constituyendo una propiedad autorizada por leyes y costumbres, e interesante a la agricultura territorial, pudo esta alteración repentina provocar un choque peligroso con los poseedores, y males mucho más funestos que la esclavitud" (48).
Si a este enorme malestar agregamos la actitud hostil del clero por la proyectada ley de someterlos a tribunales ordinarios según la nueva Constitución de Ustariz calcada de la norteamericana, comprenderemos que aquella República no tenía ningún sostén. El comercio y toda la nación descontenta por la política financiera de hambre y ruina. La nobleza, que era el Congreso, estaba descontenta también por el cariz peligroso que estaba tomando la Independencia bajo la influencia de los extremistas. El bajo pueblo descontento también porque el Congreso y la Sociedad Patriótica les habían dejado ver la igualdad de papel y ahora querían la igualdad práctica. Y, por último, el clero que temía perder con la República todas las prerrogativas feudales que la Corona de España les había tolerado.
El país, pues, sólo esperaba la ocasión para volver a los viejos tiempos de tranquilidad y orden. Los grandes terratenientes autores indirectos de la Independencia anhelaban la vuelta a la seguridad. El clero a la estabilidad de sus prerrogativas. El bajo pueblo a eliminar los gobernantes mantuanos, pues, según la genial observación de Juan Vicente González "el mando político de los que eran sus señores naturales no era para el pueblo la libertad, sino una argolla más añadida a la cadena" (47). Y los comerciantes, los empleados, los productores y el público en general en tener de nuevo una moneda firme y estable, respaldada por la plata o el oro, y no por falsas ilusiones.
Venezuela, por esta serie de razones poderosas, deseaba la vuelta de los españoles. Sólo con un golpe de brisa se desplomaría el castillo de naipes de la República. Y la ocasión se presentó más fuerte aún de lo que podía esperarse. El castillo no se desplomó por un golpe de brisa sino por un espantoso terremoto, y España volvió bajo la figura inexperta y mediocre de Domingo Monteverde.

III. El castigo de Dios

por joseleon71 @ Jueves, 20. Nov, 2008 - 05:49:47 pm

Monteverde comenzó su campaña de Venezuela con un acto de insubordinación. Se apropió indebidamente del mando de las tropas realistas y decidió marchar al centro a destruir la República. Este acto de indisciplina contra Millares y Cevallos, sus verdaderos jefes, creaba un nuevo problema en la colonia que sería el origen de una serie de in subordinaciones.
El primer contacto que tiene Monteverde con las tropas patriotas es en los alrededores de Coro, con el ejército de observación de Jalón, al cual derrota a los pocos momentos de haber comenzado la batalla, pues, la caballería patriota en lugar de cargar sobre el enemigo atacó a sus mismos compañeros de infantería, pasando inmediatamente al servicio del capitán español. Jalón apenas tuvo tiempo para huir con un puñado de fieles a San Carlos. Esto sucedía el 22 de marzo de 1812, año fatal para la primera República (48).
El 26 del mismo mes un sacudimiento de tierra que venía en dirección del oeste de Venezuela destruyó a Caracas y a casi toda La Guaira, no dejando en este puerto prácticamente ninguna casa en pie, a excepción del edificio de la Aduana, que aun se conserva. El terremoto tuvo lugar a las cuatro y siete minutos de la tarde y su duración fue de un minuto y cincuenta segundos (49). Era Jueves Santo y todo el mundo se encontraba en la iglesia. Jueves Santo había sido también el 19 de abril de 1810, primer paso de nuestra Independencia. Por esta razón decían los fanáticos azuzados por el clero:
Jueves Santo la hicieron
Jueves Santo la pagaron
(50).

"Este día, dice un testigo presencial, el pueblo se había reunido en las iglesias, y parte de las tropas se encontraba en sus cuarteles. En veintiséis segundos todo fue destruido y la flor de la generación de esta ciudad fue sepultada bajo los escombros... Los gritos de misericordia salían de todas partes. El pueblo se reunió en las plazas públicas, de rodillas, implorando la clemencia divina. Los gemidos de los desgraciados heridos, retirados debajo de los escombros por sus parientes y amigos, y la continuación de los movimientos de la tierra, llevaron a las almas más valientes el estupor y el espanto; en fin, nada puede ser comparado al espectáculo espantoso que presentaba esta desgraciada ciudad. El Gobierno se reunió en la plaza de la catedral, y de allí dirigieron socorros hacia los diferentes puntos de la capital; pero lo que puso peor la situación de esta ciudad fue la falta absoluta de medicinas, de alimentos y de todos los objetos necesarios en tales circunstancias" (51).
Más grave no podía ser la situación, y el clero no estaba dispuesto a dejar escapar semejante oportunidad para dar un remate definitivo a la tambaleante República. Se explotó hasta lo infinito el sentido religioso del pueblo, haciendo ver como un castigo del cielo el terremoto que azotaba al país . Muchos individuos, excitados por el espectáculo de la muerte y la destrucción, creyeron ver la Virgen en la cumbre del Ávila, a pesar de estar el día nublado (52). Los que hasta entonces habían vivido en concubinaje se apresuraron a casarse, teniendo por altar las ruinas humeantes de la ciudad. Se calcularon en quinientos los matrimonios así contraídos (53). Los sacerdotes acusaban al Congreso de haberles arrebatado sus fueros y viejas prerrogativas. Un tal Fray Felipe Mota, de la Congregación de Santo Domingo, predicaba sobre las ruinas del convento de San Jacinto contra la moribunda República, diciendo que "aquel espantoso sacudimiento era un castigo visible del cielo por haber desconocido al que estaba destinado por Dios para gobernar estos pueblos, y que habiendo concedido dos años para el arrepentimiento continuaban en su pecado" (54). Bolívar, quien era uno de los oyentes, se dispuso a echar de su improvisado púlpito al fanático fraile. "Jamás, dice José Domingo Díaz, que en esos instantes llegaba de Traposos, se me olvidará este momento, en lo más elevado encontré a don Simón Bolívar que en mangas de camisa trepaba por las ruinas. En su semblante estaba pintado el sumo terror o la suma desesperación. Me vio y me dirigió estaos impías y extravagantes palabras: "Si se opone la o Naturaleza, lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca" (55). Estas frases de Bolívar, llenas de fe y seguridad en el triunfo de la patria y en el dominio de la Naturaleza por la fuerza de la voluntad, lo representaban, desde aquel momento, como el más capaz entre todos para fundar las bases de la nacionalidad venezolana.
En aquel nefasto día la mayor parte de las tropas patriotas fueron diezmadas en sus cuarteles. Causa de ello fué que, pocos días antes, por la actitud insistente de Miranda de atacar al enemigo, el Congreso había ordenado la salida de un gran ejército acantonado en Caracas. Pero a última hora hubo una contraorden bastante misteriosa. Dice Poudenx, "hay que creer que esta contraorden fue ocasionada por el temor de una sublevación de las gentes de color, pues generalmente se creía que la semana iba a terminar en escenas sangrientas" (56).
La patria estaba, después del terremoto, al borde del caos. No se veía salvación posible en ninguna medida. No se esperaban milagros. Pocos días antes de estos sucesos el Congreso, para evitar las rencillas feudales de los valencianos, se había trasladado a Valencia con el pretexto de estar mejor situado para hacer frente a las circunstancias. Como jefe absoluto del ejército patriota había sido designado el fracasado Marqués del Toro. Pero este nombramiento fue revocado gracias a la feliz intervención del grupo democrático, que logró fuese Miranda el encargado de tan importante dirección.
A Miranda se le entregaba el mando de un ejército que prácticamente no existía y se le ordenaba salvar una situación que todos confesaban como completamente perdida. Su posición no podía ser más crítica.

BIBLIOGRAFIA DEL CAPITULO PRIMERO
1. C. PARRA-PÉREZ, Miranda et la Révolution Française. París, 1925. Pág. 451.
2. MANUEL PALACIO, Esquisse de la Révolution de l'Amerique Espagnole Edit. P. Mongie l'Ainé. París, 1817. Pág. 113.
3. E. BERNARDO NÚÑEZ, La ciudad de los techos rojos (calles y esquinas de Caracas). En dos vols. Tipografía Vargas. Caracas, 1947. Tomo I, pág. 124.
4. MANUEL PALACIO, Op. Cit, pág. 113.
5. MANUEL PALACIO, Op. Cit, págs. 11 y 112.
6. PEDRO GRASES, La Conspiración de Gual y España y el Ideario de la Independencia. Publicaciones del Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Caracas, 1949. Pág. 227.
7. PEDRO DE URQUINAONA y PARDO, Memorias de Urquinaona. Editorial América. Biblioteca Ayacucho. Madrid, 1917. Págs. 47 y 48.
8. JOSÉ DOMINGO DíAZ, Recuerdos sobre la rebelión de Caracas. Imprenta de León Amarita. Madrid, 1829. Pág. 32.
9. E. BERNARDO NÚÑEZ, Op. Cit, pág. 119.
10. H. POUDENX, Mémorie pour servir a l'Histoire de la Révolution de la Capit'ainerie Générale de Caracas. De l'Abdication de Charles IV jusqu'au mois d'Aout 1814. París, 1825. Paginas 39 y 40.
11. SIMÓN B. O'LEARY. Memorias del general O'Leary, traducidas del inglés por su hijo Simón B. O'Leary, por orden del Gobierno de Venezuela y bajo los auspicios de su Presidente, general Guzmán Blanco. Imprenta Monitor. Caracas, 1883. Pág. 60.
12. RAFAEL MARÍA BARALT y RAMÓN DÍAZ, Resumen de la Historia de Venezuela. Imprenta de H. Fournier. París, 1841. Página 60.
13. MARIANO TORRENTE, Historia de la Revolución Hispano-Americana. En tres vols. Imprenta de León Amarita. Madrid, 1829. Tomo I, pág. 222.
14. Documentos interesantes relativos a Caracas. Manifiesto que hace al mundo la Confederación de Venezuela; Imprenta de Longman and Co. Londres, 1812. Pág. 64.
15. Carta de Juan Germán Roscio a Andrés Bello sobre la política en 1811. «Boletín de la Academia de la Historia», núm. 129, pág. 44.
16. Discursos y proclamas de Simón Bolívar, prologado por R. Blanco Fombona. EdiL Garnier. París, 1913. Pág. 4.
17. JUAN VICENTE GONZÁLEZ, Biografía del general José Félix Ribas. Edit, América. Biblioteca Ayacucho. Madrid, 1917. Páginas 45 y 46.
18. JOSÉ DOMINGO DíAZ, Op. Cit, pág. 32.
19. RAFAEL MARíA BARALT y RAMÓN DÍAZ, Op. Cit, págs. 63 y 64.
20. ELOY G. GONZÁLEZ, Al margen de la epopeya. Edlt. Elite. Caracas, 1953. Págs. 17-19. Libro de actas del Supremo Congreso de Venezuela en 1811 y 1812. Publicaclón oficial acordada por el ciudadano general Juan Vicente Gómez. Lit. del Comercio. Caracas, 1926.
21. JOSÉ DoMINGO DÍAZ, Op. Cit, pág. 33.
22. J. M. RESTREPO, Historia de la Revolución de la República de Colombia. Cuatro vols. Imprenta de J. Jacquin. Bezanzón, 1858. Tomo II, pág. 20.
23. FRANCISCO DE AZPÚRUA, Observaciones a los recuerdos que sobre la rebelión de Caracas acaba de publicar en esta Corte don José Domingo Díaz, intendente que ha sido de la isla de Puerto Rico. Imprenta de don Eusebio Aguado. Madrid, 1829. Pág. 24.
24. FRANCISCO DE AZPÚRUA, Op. Cit, págs. 22 y 23. JOSÉ DOMINGO DIAZ, Op. Cit, págs. 33 y 34.
25. JOSÉ DOMINGO DIAZ, Op. Cit, pág. 34.
26. JOSÉ DOMINGO DIAZ, Op. Cit, pág. 34.
27. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 47.
28. MANUEL PALACIO, Op. Cit, pág. 114.
29. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 45. «Gaceta de Caracas., núm. 41, del día 16 de julio de 1811.
30. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 45.
31. MANUEL PALACIO, Op. Cit, pág. 114.
32. MANUEL PALACIO, Op. Cit, pág. 115.
33. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 48. MANUEL PALACIO, Op. Cit, página 116. FR.ANCISCO DE AZPÚRUA, Op. Cit, pág. 24. JOSÉ DOMINGO DÍAZ, Op. Cit, pág. 34.
34. LAUREANO V ALLENILLA LANZ, Cesarismo democrático. Imp. El Cojo. Caracas, 1919. Pág. 123.
35. JOSÉ FRANCISCO HEREDIA, Memorias sobre las Revoluciones de Venezuela. Edlt. Garnler. París, 1895. Págs. 30 y 31.
36. FRANCISCO JAVIER YÁNEZ, Relación documentada de los principales Sucesos ocurridos en Venezuela desde que se declaró Estado independiente hasta el año de 1821. En tres vols. Edlt. Elite. Caracas, 1943. Págs. 5-13.
37. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 52.
38. JUAN VICENTE GONZÁLEZ, Op. Cit, pág. 188.
39. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 53.
40. FRANCISCO JAVIER YÁNEZ, Op. Cit, pág. 14.
41. JOSÉ DOMINGO DÍAZ, Op. Cit, pág. 36.
42. SIMÓN BOLíVAR, Obras completas. En dos vols. Edlt. Lex Habana, 1947. Edición oficial. Tomo 1, pág. 1001.
43. JOSÉ FRANCISCO HEREDIA, Op. Cit, pág. 35.
44. JOSÉ FRANCISCO HEREDlA, Op. Cit, pág. 35.
45. H. POUDENX, Op. Cit, págs. 55 y 56.
46. PEDRO DE URQUlNAONA y PARDO, Op. Cit, págs. 46 y 47.
47. JUAN VICENTE GONZÁLEZ, Op. Cit, pág. 194.
48. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 62.
49. FRANCISCO JAVIER YÁNEZ, Op. Cit, pág. 26.
50. ARÍSTIDES ROJAS, Leyendas históricas de Venezuela. Segunda serie. Impr. y Lit. del Gobierno Nacional. Caracas, 1891. Pág. 184.
51. H. POUDENX, Op. cit págs. 64 y 65.
52. H. POUDENX, Op. cit pág. 65.
53. H. POUDENX, Op. cit, pág. 65.
54. FRANCISCO JAVIER YÁNEZ, Op. Cit, pág. 27.
55. JOSÉ DOMINGO DíAZ, Op. Cit pág. 39.
56. H. POUDENX, Op. Cit, pág. 62.

I. El monstruo se despierta

por joseleon71 @ Jueves, 20. Nov, 2008 - 05:42:25 pm

Miranda estableció su cuartel en Maracay y se dispuso a organizar la defensa; pues atacar era casi imposible con un material humano prácticamente derrotado, que iba a la lucha sin ningún ideal, sin ningún fin. A su vez el Marqués del Toro fue nombrado para que reclutase en Los Llanos, pertrechos, hombres y caballos para la desesperada defensa que se proyectaba hacer. Su gestión fracasó, pues no encontró en aquellas poblaciones gente dispuesta a ayudar a la República, más que la veían representada por este aristócrata. El marques, viendo su fracaso se marchó a Cumaná y de allí siguió a las isla de Granada (1), no sin que antes apareciesen unos versos cuyas dos primeras líneas decían así:

Ya este pueblo se ve ahíto
de marqueses y pelucas...
(2)

Monteverde no había sufrido nada con el terremoto, sus tropas se encontraban fuera del radio de destrucción, nueva prueba que los fanáticos esgrimieron para demostrar el sentido religioso y divino de su cruzada. Aprovechando este estado de ánimo comenzó su avance no encontrando prácticamente resistencia de parte de los patriotas. Por los campos donde pasaba los campesinos salían a ofrecérsele como reclutas, engrosando así su ejército.
El Gobierno republicano, en vista del avance enemigo, abandonó Valencia, la cual fue tomada al poco tiempo por el capitán español. Miranda concentró sus tropas en el desfiladero de La Cabrera, cerca del lago de Valencia. Era ésta, sin lugar a dudas, una espléndida posición para hacer frente al enemigo e impedir su avance hacia Caracas. Pero los habitantes de los alrededores, partidarios de los realistas, mostraron a Monteverde un pasaje desconocido por los patriotas, con lo que consiguió eludir el desfiladero y situarse en la espalda del ejército de Miranda. Este al conocer su situación y temiendo verse envuelto y sin salida posible, decidió retirarse a la Victoria en buena formación. Los realistas atacaron pero siempre fueron rechazados con pérdidas considerables (3).
Monteverde, mal conductor y peor general, cada vez que trataba de atacar salía rechazado sin lograr otra cosa que la progresiva disminución de sus municiones. Miranda aprovechaba la situación estática en que se encontraba para reorganizar el ejército y darle un sentido de cuerpo moderno, según los conceptos que conocía. La infantería de Ducayala, por ejemplo, carecía de armas, pues las habían perdido cuando el terremoto y tuvieron que ser dotados con picas mientras se conseguían fusiles. Miranda, en razón a los acontecimientos, fue nombrado dictador de Venezuela con plenos poderes.
Los ataques del enemigo eran constantes. Una vez traía a su cabeza al Padre Hernández, quien habíase visto envuelto en el asunto de Valencia, y perdonado en su calidad de sacerdote contra la propia voluntad de Miranda, había sido designado como Vicario General del Ejército Republicano, pasándose a1 enemigo en la primera oportunidad. Ahora venía contra los patriotas "armado de un crucifijo de madera, marchaba a la cabeza de las tropas de Monteverde, envalentonándolos a masacrar a los hombres que le habían perdonado" (4).
En San Mateo sufre Monteverde -una grave derrota que asegura a Miranda . Miranda, aunque comete el error de no perseguirlo, tiene la situación en sus manos y por primera vez en todo ese tiempo se vislumbra una cierta posibilidad de triunfo para la República.
Es interesante hacer notar aquí que a Miranda se le ha objetado como causa de su derrota en Venezuela el desconocimiento casi total del país. Esto tiene, como es lógico, su parte de verdad; pero, en cambio, no hay que olvidar la serie de factores internos, y que estamos aquí exponiendo, que contribuyeron a su fracaso y a la caída de la primera República. Pero es necesario señalar que hombres que desconocían más que Miranda a Venezuela triunfaron en las diferentes batallas donde se encontraron. Con solo señalar a Morillo y al propio Monteverde en el bando realista, y a