por
joseleon71
@ Jueves, 20. Nov, 2008 - 05:54:41 pm
Îndice

Ya efectuado el paso del 19 de abril no quedaba otra salida a los señores que jugaban a la revolución que seguir el camino trazado por los acontecimientos o retractarse de lo hecho. No había lugar para una tercera posición, intermedia, que hubiese sido, sin lugar a dudas, la escogida por aquel grupo de hombres, ricos terratenientes en su mayor parte y por lo tanto timoratos e indecisos.
El grupo que efectuó indirectamente el 19 de abril no fue, a excepción de un puñado de revoltosos, un grupo revolucionario. Ni mucho menos. Era un conjunto de hombres moderados, a los que para el porvenir de sus negocios no convenía el monopolio económico de esa España decadente y atrasada de la cual eran vasallos obligados. Querían la independencia de la patria mientras esa independencia no significara, en manera alguna, lesión de los intereses por los cuales efectuaban semejante movimiento. Es decir, ni guerra con España ni trastornos internos. "Yo conozco los principales personajes del Congreso de Venezuela, dice Dauxion-Lavaysse en una carta, éstos no son hombres de grandes miras ni facciosos, son simplemente propietarios que desean la independencia de su país" (1).
Los hombres de 1810, y que en general eran los mismos, física o espiritualmente, de l811, no estaban dispuestos en manera alguna a llevar las cosas a un punto extremado que pudiera, en un caso determinado, resultarles más perjudicial que la situación estática e intolerante de España. Por eso veremos que en el transcurso de los primeros tiempos el Congreso Nacional será moderado, y tiene que crearse, para espolear a este grupo de hombres y decidirlos por el cinco de julio, ese club girondino que la historia conoce como la Sociedad Patriótica.
La situación social, de conjunto, en que se encuentra esa Venezuela de 1811 precursora de la Independencia, es la siguiente. Primero un grupo bastante reducido, compuesto por los empleados españoles y criollos de los distintos ramos administrativos; por los hacendados españoles y por el enjambre de pequeños comerciantes, canarios en su mayoría, que deseaban ardientemente la vuelta al viejo régimen, a la eterna colonia, donde solamente podrían sobrevivir y conservar alguna importancia social (Ver nota 1). Este grupo, por consecuencia lógica, ha de crear el descontento, ha de azuzar, cuando los trágicos días del terremoto, al clero y al fanatismo contra la incipiente Independencia; y más tarde, cuando vea todo perdido, recurrirá, como medio último y desesperado, a la temida insurrección de las "castas", armando los negros del Tuy contra los blancos mantuanos y contra Miranda.
El segundo grupo está compuesto por los grandes propietarios y comerciantes ligados a la producción nacional. En su mayor parte, con pocas excepciones, es un grupo que desea la Independencia, pero la desea en el fondo, sin derramamiento de sangre, sin escándalo, calladamente. No quiere exteriorizar su descontento porque- en general tiene mucho que perder. Con el beneplácito de este grupo es que se realiza el 19 de abril, pero es también este grupo quien condena a Miranda cuando sus primeras intentonas libertadoras. Quiere independencia sin guerra, y libertad con pueblo esclavo y sumiso. Este grupo es el que por presión de los demagogos de la Sociedad Patriótica declarará la Independencia, pero también será él el que por sus contradicciones internas ocasionará la pérdida de la Primera República y preparará con sus pequeñas rencillas y complejos de clase el advenimiento de esa gran oleada de sangre que fue la rebelión popular de 1814.
El tercer grupo es el de los insurrectos, compuesto en su mayor parte por jóvenes pertenecientes a la clase media o a la nobleza. Estos últimos, ricos herederos como los Bolívar o los Ribas, impregnados de la filosofía revolucionaria francesa y plenos de idealismo nacional, a quienes nada les importa perder posesiones y fortunas con tal de ver una bandera propia ondeando sobre el suelo de la patria. Son ellos los fundadores de la libertad. Desde la austera tribuna de la Sociedad Patriótica van a ir pulsando la opinión de una manera tal que, llegado el momento, los "timoratos" van a tener que doblegarse y someterse, hasta tener que sumarse, muchas veces a la fuerza, a este hermoso grupo pleno de idealismo y de libertad.
El cuarto grupo es el pueblo; libres y esclavos, negros y mestizos, formando en un 95 por 100 lo que en aquellas épocas se denominaba "las castas" o también con un cierto sentido de desprecio "el negraje", aunque fueran indios o simplemente mestizos. Este grupo está sometido por completo a la ignorancia y al aislamiento espiritual más absoluto. No tiene noción de lo que puede ser la patria, la familia o la religión. Es un grupo que en teoría es humano pero en la práctica se considera como animal, o como intermedio entre la bestia y el hombre. Ven al blanco con el odio intenso de la inferioridad forzada. Por generaciones han tenido que doblegarse a los caprichos más pequeños de sus amos y al látigo, material o moral, de sus capataces. El libre se diferencia del esclavo en el solo aspecto de que no es esclavo. Muchas veces no se le paga nada o muy poco, con el agravante de que tiene que cargar consigo mismo, mientras el verdadero esclavo, como propiedad, es protegido por el amo.
Tal es, poco más o menos, el conjunto social en que se hallaba dividido el país después del 19 de abril, fecha en que comenzamos este análisis.
Apenas llegado el General Miranda, de Inglaterra, invitado por el grupo extremista de la nobleza, cuando los moderados inician su presión para eliminarle o apartarle, como un peligro cierto de desorden. Miranda, por su parte, no es hombre que pueda ser derrotado por tan poca cosa, y organiza con el grupo extremista un Club revolucionario inspirado en los de la Francia de 1789 para poder ir impulsando la opinión hacia una libertad absoluta con respecto a España y con respecto a la multitud de prejuicios de casta que exhibían los moderados o "timoratos" de la nobleza venezolana. Es, pues, Miranda su organizador y su espíritu. "A fin de dar mayor fuerza a los partidarios de la causa patriótica, dice Palacio Fajardo, testigo de los acontecimientos, el General Miranda propuso establecer un Club donde los ciudadanos se reunieran para discutir las cuestiones de interés general; un abogado de gran erudición, don Francisco Espejo, le secundó poderosamente en esta ocasión, y el Club fue establecido con el nombre de la Sociedad Patriótica" (2)
Allí se reúnen todos los exaltados, gritan, vociferan, ofenden a los moderados; dejan las ventanas abiertas de par en par para que el pueblo pueda empaparse de los discursos que se dicen en bien de la libertad y en contra de los prejuicios. Se dictan las normas que se han de seguir y la política que ha de llevar al Congreso. Se ennoblecen y se destruyen reputaciones, se halaga al pueblo que hasta ayer no fue más que el "populacho", se va revolucionando todas las conciencias. Y logran, mediante esa línea de conducta, una cosa ignorada e imposible en la Venezuela colonial, esto es, una opinión pública. Una opinión pública dirigida por la Saciedad, bien entendido, pero al fin y al cabo una opinión. Miranda consigue de esta manera un triunfo personal sobre los "timoratos", sus viejos enemigos.; pues con la Sociedad y la opinión en sus manos el camino le está abierto para hacer doblegar a los descendientes de aquellos grandes señores que injuriaron a don Sebastián, su padre, tratándole de pardo y que luego cuando su expedición libertadora habrían de escribir una carta al Rey llena de sumisión. Por eso la primera arma que esgrime Miranda es explotar el odio de la gente de color y exaltar los rencores escondidos bajo la opresión. Sus discursos y proclamas de igualdad y libertad han de ser los primeros martillazos a la cadena que ha de reventar en 1814 ocasionando la gran rebelión popular y sepultando, sin quererlo é1, toda la organización de los blancos, la República y trescientos años de colonialismo sostenido.
El Club de la Sociedad Patriótica estaba situado en la esquina del mismo nombre, en la Casa en que habla tenido su sede la "Sociedad de Economía y Amigos del País" mandada a establecer cuando el Rey Don Carlos III (3). Cada vez que los oradores agitaban en el Club, la calle se llenaba de esclavos y hombres de color que oían por primera vez lo que jamás les habían dicho. "El pueblo de Caracas, dice Palacio, compuesto principalmente de mulatos, escuchaba con interés los argumentos que les ofrecía los medios de obtener una existencia política" (4). La Sociedad aprovechó el día de la conmemoración del 19 de abril para demostrar al Congreso y a la Nación su fuerza y su popularidad. El grupo de los "revoltosos", que Lovera nos pinta de manera magistral en su "19 de abril de 1810" con sus altos sombreros negros, sus capas sombrías y aire conspirador, son los mismos que en este primer aniversario patrio se lanzan a la calle con el fin de agitar y reunir masas populares. "Después del servicio divino, dice Palacio Fajardo, los habitantes se dispersaron por las calles, todos vestidos con sus trajes festivos, llevando en sus sombreros cucardas rojas, amarillas y azules. Grupos de músicos, seguidos de danzantes, recorrían la ciudad cantando aires patrióticos. Los miembros de la Sociedad Patriótica atravesaban en procesión las principales calles llevando banderas apropiadas a esta fiesta. Personajes de consideración de Caracas se juntaron al cortejo, se vió en esta ocasión a muchos grupos de indios de los alrededores, jugando y danzando a su manera, más cándida que graciosa; la alegría se reflejaba en todos los rostros, las mutuas felicitaciones eran vivamente experimentadas en todas partes. La noche trajo más gente en busca de alegría, Caracas fué enteramente iluminada, los edificios públicos y muchas casas particulares ofrecían inscripciones y emblemas ejecutados todos con tanto gusto como gracia. Los diferentes grupos de músicos continuaban llenando el ambiente de sonidos melodiosos, y la alegría de los habitantes pareció aumentar a medida que el calor del día declinaba. Pequeños teatros elevados en diferentes sitios de la ciudad procuraban nuevas diversiones al pueblo, quien manifestó el más vivo entusiasmo" (5).
La Independencia estaba conducida por buen camino. La demostración había sido todo un éxito y ni los enemigos más acérrimos podrían ya oponerse abiertamente a la Sociedad Patriótica, dueña del espíritu del pueblo caraqueño. Los asiduos oyentes del Club se multiplicaron convirtiéndose aquella calle en verdadera "Corte de Milagros", donde los más audaces se agarraban de los balaustres de las ventanas. Por las calles empezaron a aparecer grupos amenazadores que dirigiéndose a todos los paseantes entonaban la sangrienta canción que en enero del mismo año se había publicado en la imprenta de J. Baillio y Ca. situada en la esquina del Palacio Arzobispal. El estribillo decía:
Viva tan sólo el Pueblo,
El Pueblo soberano:
Mueran los opresores,
Mueran sus partidarios (6).
Entre los principales exaltados que se contaban en aquellos tiempos estaba José Félix Ribas, quien habíase visto envuelto, poco tiempo antes, en una conspiración que tenía por fin el levantamiento de las clases oprimidas contra la hegemonía de los blancos poseedores (Ver nota 2).
El Congreso temía. Temía que la libertad pura, virginiana, que tanto deseaba se le empezase a corromper merced a las gestiones demagógicas de la Sociedad Patriótica. Temía que una libertad popular, "sans-culotte", sería una exposición constante para sus más caros intereses (Ver nota 3) . Tanto más cuanto que ya en 1811 esos discursos encendedores hacían prever a los moderados el curso que más tarde tomaría la Independencia, rumbo que los agitadores no se sospechaban. Bien es sabido que generalmente los que inician las revoluciones acaban por ser devorados por ellas, pues aquellos que al principio surgen como agitadores al fin terminan como moderados; nuevas figuras aparecen entonces obedeciendo al cambio impetuoso de las circunstancias, al devenir constante de esa vorágine humana que es la revolución. A situación diferente, hombres diferentes. Tal es el lema interno, inconsciente, que guía a los movimientos populares. Y hoy en día vemos, después de tantos años de aquellos días de 1811, que ninguno de los miembros de la Sociedad Patriótica llegó a ser, en su momento oportuno, jefe de la rebelión popular, terminaron más bien por ser perjudicados en sus intereses, lo mismo que les sucedió a los "timoratos".
Y así vemos a Bolívar desterrado, a Ribas' con la cabeza en una pica, y los otros o muertos o escondidos en las selvas huyendo como desesperadas bestias de las lanzas inclementes de la rebelión 'popular, desencadenada inconscientemente por ellos con sus ardientes discursos de la Sociedad Patriótica.
El temor de los moderados crecía cada día y cada día veían con peores ojos al Club agitador que les llevaba directamente a la ruina: Urquinaona, criollo realista que asistió a aquella lucha entre la Sociedad y el Congreso, opinaba con el criterio de los moderados de la época diciendo que la Sociedad estaba compuesta por "los más inmorales y los más libertinos" y lleno de indignación reaccionaria, agregaba con mucha amargura que esta Sociedad se proponía el espantoso crimen de "disipar la ignorancia de los pueblos, elevar las ideas de los ciudadanos a la más alta dignidad de un hombre libre, constituir el Estado, manifestar que en Venezuela no debería haber otro Rey que el que crió el Universo, ni otro gobierno que el que ella se constituya, y hacer palpable la falsedad de los derechos que la preocupación podía atribuir aún a Fernando de Borbón" (7).
Pero a pesar de todos estos juicios, falsos o verdaderos, veremos que aquellos revolucionarios de la Sociedad Patriótica, pertenecientes en su mayoría a la nobleza o a la burguesía y ligados con lazos familiares al grupo de los "timoratos", no se daban cuenta de lo que estaban haciendo. En ese juego a la democracia tenían tanto que perder como los "timoratos". Destruyendo a los moderados con las armas de la absoluta libertad y del igualitarismo se destruían a ellos mismos. Ese grupo de hombres distinguidos no medían la catástrofe cuando en Julio de 1811, con sus vociferaciones demagógicas, pedían las libertades rousseaunianas para los esclavos que llenaban sus haciendas y para la multitud que rugía al eco de sus palabras. No podían prever en aquel momento de sublimación espiritual que estaban abriendo las compuertas del alud igualitario que debía ahogarlos a todos por igual. No podían imaginarse que aquellos mismos esclavos siguiendo los emblemas revolucionarios de Andresote, de José Leonardo Chirino y del Negro Miguel, guiados por capataces, pulperos y contrabandistas y aprovechando las libertades por ellos inconscientemente propagadas fueran, en un arrebato de furor igualitario, a asesinar a sus mujeres, a sus hijos y a ellos mismos, sembrando por todas partes la ruina y la desolación al propio tiempo que la libertad social; fundando un gobierno popular y democrático, sin nobles y sin ricos, representado por aquellos forajidos que fueron Boves, Rosete, Suazola y Antoñanzas. Si esos revolucionarios hubieran podido prever las consecuencias de sus discursos encendedores y de sus pequeñas rencillas, la Sociedad Patriótica no se habría fundado y la Independencia hubiera tomado otro rumbo, pero en historia no es bueno modificar lo sucedido ni adelantar lo ocurrido.
Observando la conducta de nuestros patriotas en aquellos primeros años de ilusión y de lucha, dice José Domingo Díaz que la Independencia "hasta entonces no había presentado todo su aspecto feroz, y era semejante a una reunión de niños que jugaban a gobierno" (8). En realidad era una observación acertada la de Díaz.
Por aquellos últimos días del mes de junio, precursores de la Independencia, un hecho vino a demostrar la importancia que había adquirido el pueblo caraqueño ante el Congreso. Este decidió mudarse para la Capilla de la Universidad el jueves 22, pues el pequeño salón que el Conde de San Javier había puesto a la disposición para las deliberaciones no tenía cabida para un auditorio numeroso (9).
La poca distancia que existía entre la Capilla y la esquina de Sociedad y la amplitud de la "barra" dentro de las sesiones de la Asamblea demostraban claramente el triunfo del Club popular (Ver nota 4).
Miranda, por su parte, aprovechaba la situación reinante, de odio a la nobleza y a los ricos, para vengarse con sus discursos demoledores del señorío mantuano que había vejado a su padre y que, en los tiempos de sus expediciones libertadoras en Coro y Ocumare, habían tornado parte, corno ya lo hemos dicho, por el Rey y el colonialismo. Poudenx, inapreciable testigo de los acontecimientos que estamos relatando y enemigo declarado del futuro Generalísimo, escribe que "el establecimiento de la Sociedad Patriótica le facilitó (a Miranda) los medios de calentar el espíritu del bajo pueblo; y sus discursos, junto a las vociferaciones de algunos individuos que le eran adictos, contribuyeron al éxito de sus proyectos. No dejó escapar ninguna ocasión de volver odiosos a sus adversarios ante el populacho. Comprendiendo también de cuánta utilidad podía serle el poder eclesiástico, tuvo cuidado de halagar muy bien al Arzobispo y al clero; y volviendo a su provecho la conducta imprudente de las familias poderosas, se formó numerosos partidarios, escogidos entre aquellos que estaban descontentos de las altanerías de los Mantuanos. De allí surgieron dos partidos muy distintos: el partido de Miranda y el de la alta nobleza. Perú este último llevaba en sí los gérmenes de la desunión; y las miras ambiciosas de algunas de las principales familias favorecían de esta manera y sin quererlo, las maniobras de Miranda. Los Toro, los Tovar, los Montilla, los Ustáriz, los Ribas, deseando llegar a los primeros empleos, buscaban a suplantarse recíprocamente" (10).
Por eso toda esta serie de acontecimientos vinieron a contribuir a la formación de ese mal concepto, que, luego después de aquellos agitados años tendrían de la Sociedad Patriótica sus más viejos fundadores. O'Leary, que en sus opiniones sobre acontecimientos anteriores a su llegada a Venezuela era fiel repetidor de los juicios del Libertador, decía, hablando de la fundación del célebre Club: "Habíase formado una sociedad patriótica que, arrogándose el derecho de discutir y decidir las medidas adoptadas por el gobierno, contribuía a aumentar las dificultades que rodeaban a los patriotas, hostilizando al partido moderado que apoyaba al ejecutivo" (11). El propio Bolívar quien fue destacada figura de la Sociedad no vuelve a mencionada más, ni una sola vez, en d resto de su existencia. ¿Querría olvidarla? ¿No sería más bien que aquello hombres, una vez pasada esa juventud generosa y emprendedora, comprendieran que la Sociedad que ellos fundaran había sido más perjudicial que beneficiosa para la clase a que pertenecían, para la Independencia y para la patria? Una cosa es verdad: la Sociedad Patriótica contribuyó en mucho, tal como la hemos venido señalando, a la destrucción de la estructura colonial y a la derrota de la Segunda República, fundada por Bolívar y Ribas, eminentes demagogos del Club revolucionario.
Para los primeros días de julio de 1811 la atmósfera de Caracas estaba extremadamente recargada. El Congreso iba retrocediendo cada vez más, perdiendo todos sus argumentos en contra de una declaración de independencia absoluta. Los agitadores presionaban, "jóvenes ardientes formaban por doquiera reuniones más o menos clandestinas, acaloraban la plebe, reunían y se preparaban a la guerra en nombre de la libertad. Las clases antes oprimidas y vejadas bullían y se arremolinaban en torno de la bandera reformadora que les prometía goces y derechos. Aquí la tendencia era destruir lo pasado y arrebatar algo a los que todo poseían" (12).
Miranda, quien en las elecciones de marzo del mismo año había sido nombrado como diputado por el Pao, era el portador oficial de las ideas de la Sociedad Patriótica ante el Congreso. Con su fraseología elocuente trataba de decidir por la libertad a aquel "grupo de sujetos timoratos y buenos realistas, y algunos honrados labradores que jamás habían oído cuestiones políticas de gobierno, y que cifraban toda su felicidad en el cultivo de las haciendas, en la educación de sus hijos y en la obediencia a aquella autoridad paternal, que con tanto acierto y provecho había gobernado a sus respetables ascendientes” (13)
Otros sucesos vinieron a agravar la situación. La llegada de Montenegro, y luego su traición escapándose con importantes documentos de la Junta Suprema. Los conatos de insurrección y los desmanes de los realistas de Guayana. Las maquinaciones de Cortabarría, celoso agente de los comerciantes de Cádiz, quien llegó a Venezuela con el propósito de organizar la insurrección. Y, en fin, las mil manifestaciones populares y sucesos de orden social hicieron que los mismos congresantes empezaran a ver la independencia como una necesidad inevitable (Ver nota 5).
"Antes de las resultas de nuestra transformación política, decía un manifiesto firmado por Rodríguez Domínguez, llegaban cada día a nuestras manos motivos para hacer, por cada uno de ellos, lo que hicimos después de tres siglos de miseria y degradación" (14).
Al mismo tiempo los agricultores y grandes hacendados se quejaban porque los negros no querían trabajar como antes, la fiebre revolucionaria e igualitaria había llegado hasta los campos más apartados. Se hablaba ya, no sin espanto de los que, tenían algo que perder, de una matanza de blancos y de la instauración de un gobierno popular, jacobino. Se decía también que los españoles organizaban desde Coro y Guayana expediciones contra el centro del país para imponer por la sangre los derechos de Don Fernando VII, Rey de España.
Como todos estos quebraderos de cabeza se los achacaban a la Sociedad Patriótica y a sus ilustres componentes, no faltaron personas que propusiesen su completa disolución. "Algunos diputados -dice Roscio- hicieron ayer moción (8 de junio) para que se extinguiese pero prevaleció el dictamen de que se corrigiesen sus vicios para que con sus buenas reglas pudiese ser útil" (15). El Congreso estaba tratando de anular la Sociedad Patriótica bajo el pretexto de que era otro Congreso; cosa completamente ilegal si podía ser probada.
La Sociedad Patriótica, en vista de la situación tan tensa, empieza a efervecer. "No es que haya dos Congresos, dice Simón Bolívar desde su tribuna revolucionaria. ¿Cómo fomentar el cisma los que más conocen la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva, para animamos a la gloriosa empresa de nuestra libertad. Unirnos para reposar y dormir en los brazos de la apatía, ayer fue mengua, hoy es una traición. Se discute en el Congreso Nacional lo que debiera estar decidido. Y, ¿qué dicen? Que deberíamos empezar por una Confederación: ¡Como si todos no estuviéramos confederados contra la tiranía extranjera! ¿Qué debemos esperar los resultados de la política de España? ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos, o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son triste efecto de las antiguas cadenas. ¡Que los grandes proyectos deben prepararse con calma! ¿Trescientos años de calma no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía? La Junta Patriótica respeta, como debe, al Congreso de la Nación; pero el Congreso debe oír a la Junta Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios. Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sudamericana. Vacilar es perdemos. Propongo que una comisión del seno del este cuerpo lleve al Soberano Congreso estos sentimientos" (16).
Es de suponer el entusiasmo que tales palabras ocasionarían en los concurrentes y en la barra plena de hombres del pueblo. A su vez Coto Paúl toma la palabra para defender al Club contra los ataques de los moderados, quieres les llaman anarquistas en señal de desprecio y de temor. "¡La anarquía! Esa es la libertad, cuando para huir de la tiranía desata el cinto y desnuda la cabellera ondosa. ¡La anarquía! Cuando los dioses de los débiles, la desconfianza y el pavor la maldicen, yo caigo de rodillas a su presencia. Señores: Que la anarquía, con la antorcha de las furias en la mano nos guíe al Congreso, para que su humo embriague a los facciosos del orden, y la sigan por calles y plazas, gritando: ¡Libertad! Para reanimar el mar muerto del Congreso estamos aquí en la alta montaña de la santa demagogia. Cuando ésta haya destruido lo presente, y espectros sangrientos hayan venido por nosotros, sobre el campo que haya labrado la guerra se alzará la libertad...” (17).
Este excelente discurso de Coto Paúl encerraba inconscientemente toda una predicción sobre los sucesos que luego se sucederían en Venezuela.
El mismo día, 3 de julio, mientras la Sociedad sesionaba se discutía en el Congreso la posibilidad de una absoluta independencia. Las barras estaban llenas de miembros del Club que iban y venían llevando las últimas noticias sobre las discusiones de la Asamblea y aplaudiendo o chiflando las proposiciones que eran o no ce su agrado. El 4 de julio la Sociedad envió una Comisión al Congreso portadora de un discurso de Miguel Peña. El Presidente les concede la palabra, a pesar de carecer de diputación de cuerpo el Club de la Sociedad. Allí se precisa rara que la Independencia sea declarada. El Presidente, Rodríguez Domínguez, se encarga de preguntar al Ejecutivo si creía prudente la discusión del asunto. El Ejecutivo contesta afirmativamente. Entonces se decide que la discusión de tan importante cuestión ha de llevarse a cabo el próximo día 5.
Desde temprano la ciudad está despierta y el pueblo, al igual que la juventud revolucionaria, ocupa las puertas y tribunas de la Capilla (Ver nota 6). Cuando van entrando 1os diputados a ocupar sus puestos amenazan de muerte a los moderados (18). "Nunca tanta gente se había visto allí, ni jamás se observara en los oyentes el porte descomedido que en la ocasión tuvieron. Vítores y aplausos ruidosos y sin fin resonaban cada vez que tornaba o dejaba la palabra un diputado republicano: las opiniones equívocas eran acogidas con risotadas, silbos y amenazas" (19).
Rodríguez Domínguez en su calidad de presidente, y después de haber oído las diferentes opiniones, comenzó a llamar a los diputados para que omitiesen su voto. Llamado Felipe Fermín Paúl, propuso una ley previa que estaba en los corazones de todos aquellos hombres que veían su seguridad amenazada por el pueblo y por los energúmenos de la Sociedad Patriótica. Propuso, pues, una ley previa que contuviese los excesos de licencia, insubordinación y libertinaje que pudieran presentarse una vez declarada la Independencia. Al oír esta proposición, inmediatamente comenzó la barra a chiflar y a gritar, demostrando así su desagrado.
Antonio Nicolás Briceño, de Mérida, propuso, en vista de la actitud amenazadora del público, que además de la ley previa de Paúl se estableciese en lo futuro el sistema de votación secreta para evitar irrespetos y violencias. Maya, de La Grita, estuvo francamente contra la independencia, alegando con habilidad, posiblemente para no tener desagrados con exaltados, que sus instrucciones le prohibían votar la cuestión. Briceño contestó a su vez que las suyas eran iguales y que a pesar de todo iba a votar.
En general, la mayoría de las opiniones fueron favorables y cuando se procedió a la votación final todos estuvieron por la Independencia definitiva, con excepción hecha del Padre Maya (20).
Apenas Caracas conoce la noticia el júbilo es general. La bandera de Venezuela, que había diseñado Miranda, es ondeada por primera vez. La primera vez. La de España es despedazada; los bustos y cuadros de Fernando VII que estaban en los edificios públicos y en las casas realistas más conocidos fueron destruidos (Ver nota 7). "Aquellos jóvenes, dice Díaz, en el delirio de su triunfo corrieron por las calles: despedazaron y arrastraron las banderas y escarapelas españolas: sustituyeron las que tenían preparadas, e hicieron correr igualmente con una bandera de sedición a la Sociedad Patriótica, club numeroso establecido por Miranda, y compuesto de hombres de todas castas y condiciones, cuyas violentas decisiones llegaron a ser la norma de las del Gobierno. En todo el día y la noche las atroces pero indecentes furias de la revolución agitaron violentamente los espíritus sediciosos. Yo los vi correr por las calles en mangas de camisa y llenos de vino, dando alaridos y arrastrando los retratos de Su Majestad, que habían arrancado de todos los lugares donde se encontraban. Aquellos pelotones de hombres de la revolución, negros, mulatos, blancos, españoles y americanos, corrían de una plaza a otra, en donde oradores energúmenos incitaban al populacho al desenfreno y a la licencia. Mientras tanto, todos los hombres honrados, ocultos en sus casas, apenas osaban ver desde sus ventanas entreabiertas a los que pasaban por sus calles. El cansancio, o el estupor causado por la embriaguez, terminaron con la noche tan escandalosas bacanales" (21).
Así transcurrió el primer día de nuestra Independencia. Día solemne y trascendental en la historia de la Patria, a pesar de que los mismos historiadores de la época, por los sangrientos acontecimientos que luego se sucedieron, no consideraron como debía ser tan extraordinario suceso, más bien llegaron al extremo de mirar esta patriótica medida como" arriesgada y acaso imprudente" (22).
Notas
1. Depons anota que casi todos los pulperos de la Capitanía General eran canarios. También es interesante observar que la mayor parte de los jefes realistas que lucharon en Venezuela durante la formidable insurrección popular de 1814 fueron pequeños comerciantes, pulperos y tenderos.
2. En 1810 trató de sublevar a los negros para terminar toda casta europea y apoderarse del mando de Caracas. La Junta Revolucionaria, temiendo sus sangrientos designios, le desterró Ignominiosamente a Curazao» (URQUINAONA, Memorias, pág. 345).
3. «Allí -en el Congreso- no tuvieron la principal parte ni representaron el principal papel los hombres de las revoluciones , los que nada tienen que perder; los que deben su fortuna al desorden, y nada esperan del Imperio de las leyes, de la religión y de las costumbres» (José Domingo Díaz, Recuerdos de la Rei7elión de Caracas, pág. 21).
4. «Deseoso S. M. de que el público pueda presenciar con más comodidades las sesiones del Congreso, y no siendo bastantes el Salón del Palacio para contener cómodamente a representantes y espectadores, se ha trasladado desde ayer a la Capilla de la Universidad, ínterin se da al salón la extensión y la capacidad que debe de tener» («Gaceta de Caracas», núm. 360, del viernes 23 de junio de 1811).
5. «Con este fin se aceleraron tumultuariamente las Cortes que deseaba la Nación, que resistía el gobierno comercial de Cádlz, y que se creyeron al fin necesarias para contener el torrente de libertad y la justicia, que rompía por todas partes los diques de la opresión y de la Iniquidad en el nuevo mundo; pero todavía se creyó que el hábito de obedecer, reconocer y depender sería en nosotros superior al desengaño que a tanta costa acabábamos de adquirir (Documentos Interesantes relativos a Caracas. Manifestación que hace al mundo la Confederación de Venezuela. página ll6. Londres, 1812).
6. La Capilla donde se reunía el Congreso era, según la conocida pintura de Lovera, una sala amplia y larga con tres grandes ventanas en la pared oeste. Su entrada estaba en la parte correspondiente al lado norte, justamente hacia donde está hoy la plaza Bolívar, y por ella se dirigían los diputados a sus asientos y el público a las tribunas, situadas éstas encima de la entrada, en el lugar que en las iglesias corresponde al coro. En el lado sur enfrente de la entrada, estaba el sillón de la presidencia y una mesa. (N. del A.)
7. «El pabellón de Fernando VII fue reemplazado por un estandarte rojo, amarillo y azul. En su ángulo superior se veían un indio rodeado de los atributos de la libertad y del comercio» (Poudens, Memoire pour servir à l’Histoire de la Révolution de Caracas. París, 1825. Pág. 43).