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Archivos de: Octubre 2008, 07

Sobre la libertad

por joseleon71 @ Martes, 07. Oct, 2008 - 09:59:29 am

(Se puede leer pensando en el Asno de Buridan)

A Juan Carlos Sotillo
este viejo y querido texto que aguardó con ignorante paciencia tu llegada y amistad

La decisión era ya irrevocable y se sintió lleno de paz; como un hombre que ha echado los dados por última vez y se ve privado de toda iniciativa, convertido en simple vegetal hasta que dejen de rodar, sea cual sea el número que resulte.
William Faulkner. Banderas sobre el polvo.

Lanzar una moneda al aire. Método sencillo para tomar una decisión difícil. No se requiere en los momentos en los que cualquier cosa da lo mismo; lanzarla o no, quiero decir. Especial, entonces, para el momento en que necesitamos un sí o un no.
Entre la decisión de lanzar la moneda y el hecho en sí (dos espejos enfrentados cara a cara en el infinito) aparece el miedo. Y el miedo -cuando se juega seriamente la moneda adquiere un peso que apenas si podremos levantarla- es a perder la libertad: la suerte ya no está en nuestras manos, ni nuestro destino.
Podemos esperar el resultado del lance y rechazar el azar, pero evidentemente no era necesario ni había llegado el momento de lanzar la moneda. Lanzamos la moneda cuando no tenemos ninguna respuesta.

Nota: el juego -más precisamente, la conciencia del juego- sólo existe antes de ser lanzada la moneda. Una vez en el aire es poco probable -creo que imposible- que el jugador recuerde haberla lanzado, pues sólo se recuerda lo que ocurre y el lanzamiento ocurrió en el pasado… Sólo en el pasado ocurren las cosas.

Podemos vivir sin necesidad de lanzar la moneda, esto es, sin que necesitemos tomar una decisión, sin necesidad de elegir un camino. La necesidad, como hemos visto, descubre el miedo en nosotros, y es el miedo quien hace visible la libertad revelándonos, además, su absoluta inutilidad.

Podemos rechazar el juego, pero es probable que nos veamos obligados a tomar una decisión apresurada y acaso equivocada. Pero aquí se nos plantea un problema: ¿cómo saber si al lanzar la moneda la decisión ha sido o no equivocada? La moneda es ciega como nosotros. Tengo para mí que al lanzar la moneda no hay posibilidad de error, porque no hay posibilidad de enmienda.

Todo error, al menos sujeto a la noción de error que nos ha sido dado conocer, es previsible.

Nota: antes de lanzar la moneda no vemos nada, ya no hay nada, de ahí que lancemos la moneda. Luego de lanzar la moneda el mundo se abre, pero se abre al desierto -si desierto es lo desconocido. En el desierto son inútiles los puntos cardinales. Podemos sentamos o avanzar; en este caso la dirección no importa.

Tenemos así que error y enmienda están descartados. De donde se colige que sólo existe error y enmienda para aquellos que no se ven forzados jamás a lanzar una moneda al aire. De aquí se desprende que la carga moral que lleva ínsita la idea de error y enmienda, tiene incidencia en las vidas de aquellos que jamás se han visto forzados a tomar una decisión en condiciones tales que haya que fiarse la vida toda al lance de una moneda.

El jugador, para quien ya sólo existe una única opción conocida -lanzar la moneda- ha resuelto sus lazos con el mundo. De más está decir que la moneda sólo puede ser lanzada una vez, y que quien lo hace nace para una nueva vida, para una nueva existencia -que no conoce. Una nueva existencia donde la noción de libertad quedó atrás.
A la libertad se la ve una sola vez. La libertad existe pero no podemos disfrutarla. Lo último, lo único cierto que llegamos a saber de ella es que la perderemos.

Nota: que estuvo o no siempre con nosotros es un hecho improbable.

Cuando lanzamos la moneda -si la moneda está en el aire todo indica que el miedo ha quedado atrás, o ¿no será el mismo miedo quien sostiene la moneda y la arroja al aire y se burla de nosotros?- cuando lanzamos la moneda, digo, sólo permanece aún con nosotros la libertad y no ya la idea que nos hemos hecho de ella. (La expresión «a partir de ella» es más absurda que audaz.) Sólo la libertad nos ve alejamos. Podemos despreciarla sutilmente o con deliberada brusquedad. En todo caso le tenemos un respeto bastante ridículo, porque nunca la vimos lo suficiente como para gozarla, y cuando aparece no es ella lo que nos interesa, a decir verdad ya nada nos interesa. (No buscar ni esperar nada, parece ser la condición necesaria y suficiente para lanzar la moneda.) Estuviéramos felices de verla -a la libertad- si hubiese sido ella a quien buscábamos, pero no, ella irrumpe como un animal de lo oscuro. Podemos ante su presencia bajar los ojos o mirarla a la cara. Si bajamos los ojos no es por temor, en este caso nos llega como en una resaca el aprecio y la magnificencia que le habíamos otorgado en la ignorancia y puede que sintamos que le debemos algo; algo así como que de no haber tenido al menos una imagen -errada- de ella no estaríamos -ahora- frente a ella, despreciándola por lo desconocido. (Vaga suposición.) Pero si nos alegramos de verla y dejamos la moneda a un lado ¿cuánto tiempo estará con nosotros? Y de no quedar como idiotas contemplando un fantasma querido, ¿qué hacer con ella, de darse la menos remota que ilógica posibilidad de hacer algo?, ¿para qué sirve, si la opción que debemos tomar no depende de ella, si para tomar una decisión precisamos dejarla atrás, es decir, «liberarnos» de la libertad? (En este caso los términos «deshacernos» y «desasirnos» son reveladoramente exactos.)

De darse el caso de quedarnos absortos en su contemplación, es evidente -por lo dicho hasta ahora- que no era el momento de lanzar la moneda. Si aparece -como efectivamente lo hace- ...

Nota: es preciso insistir: tanto el miedo como la libertad aparecen momentos antes de ser lanzada la moneda. Más precisamente las dos presencias se agudizan cuando la decisión de lanzar la moneda es absoluta e irrevocable y cuando lo único que falta y podemos hacer es lanzarla, nada más. Lo que es preciso aclarar es que la naturaleza del miedo es, digámoslo así, mecánica, es decir, puede actuar hasta impedir incluso el lanzamiento. Pero la de la libertad es más una presencia feérica, «extrañamente visual», e incapaz, por si sola, de movernos a realizar una acción concreta. Está claro que la naturaleza de la libertad es distinta a la del miedo o el valor, por ejemplo, que a todas luces son ideas que revisten cierto dinamismo, diferentes de la libertad que sugiere la idea de condición, «de estado de cosas», y por ende de «estatismo». De ahí que el movimiento prefiera ideas mucho más primitivas y en punto a dinamismo semejantes a los astros.

... antes de ser lanzada y optamos por verla, había posibilidad de elección: lanzar la moneda, o verla, o lo que viene a ser lo mismo, suspender el juego. Lo que nunca podremos decir es que estamos felices de verla; la vemos, sí, pero no está en nosotros. Lo que he dicho es que cuando recurrimos a la moneda ya no hay otra opción posible; sólo podemos lanzarla. Ni siquiera existe la posibilidad de lanzarla o no. He tratado de decir que hay una única posibilidad: lanzar la moneda.

Nota: puede haber quien renuncie al fatum y con la moneda en las manos y sin importarle la libertad, baje la cabeza o mire a otro sitio. Para este hombre todo se habrá detenido, de modo que no podrá dar un paso ni elegir ni fijar uno solo de sus pensamientos, y nada de lo que haga -si acaso puede hacer algo- estará ni puede estar en sus manos ni en su cabeza.

Se nos ha repetido una y mil veces -toda repetición es sospechosa- que es preciso alcanzar la libertad; tarea absurda si como hemos visto desaparecerá casi de inmediato. Claro que antes de tomar la decisión -la última, la única verdadera decisión- tuvimos tiempo de tomar otras pequeñas, esas que tienen posibilidad de error y de enmienda, y justamente la idea de libertad que nos satisface proviene de esta posibilidad; hablamos de esas pequeñas libertades, de esas pequeñas concesiones que nos hacemos y que nos hacen regularmente felices. Pero de pronto puede suceder que ya no podemos hacer uso de (esta idea de) la libertad y es cuando nos sentimos presos. No es exactamente que hemos perdido la libertad -nada que provenga del exterior puede quitamos la libertad (verdad de perogrullo)- sólo puede impedimos hacer ésto o aquéllo, lo que haríamos de no haber un impedimento. Cuando se lanza la moneda no tenemos ningún impedimento, nada nos está impidiendo nada. De hecho, de hallamos impedidos no podríamos lanzar la moneda. Estamos detenidos pero no impedidos de movemos, por ejemplo. Lo que sí podemos decir es que nos encontramos impedidos de tomar una decisión, de ahí, repito, la moneda. Sólo que cuando llega el momento sólo la moneda se alza contra nosotros en el desierto. (Contra «el nosotros», quiero decir.) Aquí el único impedimento es no tener brazos para levantarla, pequeño problema fácilmente subsanable porque llegado el momento no importa quién lance la moneda por nosotros.

Nota: es una idea muy pobre la que tenemos del azar si creemos que está en nuestras manos. Además he nombrado el azar porque lo que hasta ahora he dicho se parece a la idea deprimida que tenemos de él. Estrictamente no he hablado en momento alguno del azar, no me interesa el azar. No hay nada azaroso, por ejemplo, en lanzar una simple moneda y obtener cara o cruz. Pero tampoco me interesan los deterministas, esos desesperados. Lanzar una moneda, esperar a que caiga, registrar su caída, es un hecho, nada más. Todo lo que prediquemos a partir de éste o de cualquier hecho es asunto nuestro y no de la realidad. La realidad no está obligada a dar fe de ningún hecho, además ¿cómo exigírselo?

Otra cosa: no podemos hablar de libertad antes de topamos con la necesidad última de tomar la que será nuestra única decisión, única entre otras razones, porque antes había posibilidad de error y de enmienda, y la libertad, incluso la pobre idea de libertad que tenemos, no se atreve a incluir esta posibilidad. De modo que sólo existen dos estados en el hombre: antes y después de la decisión. En los dos no es nunca libre. Pero antes de tomar la decisión habló de la libertad sin conocerla; luego de la decisión, luego de conocerla, acaso si hablará de ella. El que no la conoce parece estar obligado a hablar de ella y me temo que todo lo que dice puede reducirse o da fe de una sumisión abyecta. Alcanzar la libertad, pregonar que debemos luchar por ella, no es más que una triste arenga (por lo visto aquí anacrónica), una mentira de esas que ayudan a darle un cauce a la sangre, a los sentimientos más aparatosos.
La libertad, finalmente, no es siquiera un estado, de modo que no se puede vivir en ella. Cuando aparece -y sabemos que allí está por el miedo irracional a perderla- es sólo para aturdimos, para retrasar el momento de la decisión -decisión que tomaremos incluso a despecho de ella. De ahí que quien lanza la moneda, no está ni se siente obligado a hablar de la libertad, y se encuentra libre de hacerlo o no, y nada le importa, y todo le da lo mismo.

Nota última: la moneda de la que hablo no tiene anverso.


 
 

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