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Archivos de: Octubre 2008, 05

Poes���­a cantada bajo una inmensa claridad

por joseleon71 @ Domingo, 05. Oct, 2008 - 05:28:32 pm

Por:
Vidal Chávez López

Médanos
Después de cruzar el Istmo de los Médanos de Coro, siempre lleno de voces de viento hasta lo insondable; luego de conjurar la muerte ante la ermita de las Ánimas del Guasare; después de haber sido quemado en sentimientos por un Sol encandecido que se hizo compañero de viaje, retornamos a la Península de Paraguaná con los ojos embriagados por una indomable ventolina que no ha podido ser calmada por el tiempo.
Llego y me planto resurrecto, como al final de una enrancia insomne, en la sala de mi morada antigua: La Casa del Viento. En mi reencuentro, fatigado por el salitre del camino, escribo en mi cuadernillo de apuntes: “La vida es un ardor de viento árido, / gargantas fulminadas, / ojos polvorientos, / un alumbrado oficio / de traspasar el desamparo”.
El recuerdo se convierte en una bisure que hace resonar piedras como voces de artificio que nos habitan en otros silencios. En el cuarto de rezar, Barbarita, mi madre, hace muñecas de trapo. Ante la visión festiva, le leo un poema de mi hermano Juan Moisés: “La costurera cosió mi corazón herido / tejió la manta para mis brazos fríos / zurció la tela de mis palabras rotas. / Arregló mi sombrero, mis camisas / y los pañuelos que traje del olvido. / La costurera hilvanó a su cuerpo mis sentidos / adornó con flores y botones su vestido / y luego nos fuimos de paseo por la vida / remendando junto los caminos”.
Mi madre continúa cosiendo a mano, como si entrecruzara mapas desconocidos. La aguja y el hilo de colores penetran en los retazos de la tela en una marcha despaciosa, calmada, acompasada, que traspasa sosegada el laberinto del tejido, el aliento inasible de las muñequillas a las que sus manos delicadas van dando vida de su vida alentada por el olor del rosal y la trinitaria de la casa de su infancia en Guacurebo.
Ella, que me ha visto emerger de las aguas del extravío, cambiar besos por olvidos y abandonos por naufragios, desenterrando las huellas inefables de los muros de la habitación me dice: “Aquí, en éste cuarto de ofrendar, cuando aún no habías nacido, como un trofeo de los dioses bebías el agua de los pozos y te alimentabas del limo del desvelo. Después, con el tiempo, aquí te reconciliabas sudoroso con los sueños y los escalofríos de las mujeres que amaste. ¿Te acuerdas de Greta, de Samantha, de Gema, de Solongie, de Edelmira? ¿Todavía las recuerdas?”.
Simulo tocar los cuerpos lejanos de aquellas mujeres esplendorosas como el mediodía, y respondo masticando la espuma del tiempo de pasiones que ya fueron: “Recuerdo que el agua fría bañaba el cuerpo cristalino de Edelmira y yo acariciaba la lana candorosa de su pubis. Sentía como le iban creciendo los senos como pájaros por debajo de la espuma del jabón Salvavida. Y montado en sus muslos de color de vino, galopaba la vida en una sola borrachera”.
La sombra lánguida de mi madre se hace cada vez más imprecisa, hasta que desaparece con el recuerdo de los amores idos. Junto con mis martirizados duendes, me instalo en el patio de la casa, debajo del cobijo del árbol que sembró mi abuelo el general. Hablo de un patio encendido, arrebatado de palabras dolidas que se levantan como espigas danzando. Nombro a un patio desbordado como una calle, donde los poetas Héctor Hidalgo Quero, Víctor Hugo Bolívar, Guillermo De León Calles, Juan Chávez López, Douglas Salazar, Simón Petit y Olimpo Galicia Gómez, descifran el alfabeto de la vida para quemar suspiros y renacer desde los escombros perfumados del alma. ¿Están todos, verdad?
Alguien, tratando de destilar las emociones, preguntó (¿sería mi padre el capitán Chico Chávez entonado una vieja canción olvidada?): “¿Quién dijo puede haber un diluvio otra vez?”.
Guillermo De León Calles salva la nostalgia de la interrogante, y habla en nombre de la tierra yerma. Su voz inunda como un río pedregoso el vasto universo del patio: “Por eso están de nuevo aquí, porque cada vez que los nombro me vuelve a dar sed. Es necesario que sostenga, anclado en un río de piedras y recuerdos lavados, que cuando una mañana me suda la frente, hay un sol de mi infancia abriéndome el portón de la casa azul, que una noche se atormentó entre el olor de los jazmines y una mano que lo sostenía para que no se despidiera nunca”.
Héctor Hidalgo Quero, quien ha escuchado absorto al cronista de Punto Fijo, como un prestidigitador, saca la palabra iluminada de su prolífica copa de vino: “Guillermo extrae de la tierra seca esa atmósfera que, como el agua, sirve para revivir ambientes sostenidos por un espejismo de pueblos ordenadamente abandonados y por gentes que se semejaban por la hereditaria sed que compartían”.
Los poetas de la resolana y la tierra pedregosa, no olvidan los pueblos relegados que daban sed, a los seretones que les perturbaban el sueño. No proscriben las costras del barranco de la infancia y el Sol que les golpea la cara como una certera pedrada davidniana.
Así, Simón Petit anuncia, como su partida de nacimiento, el micros cosmos donde resuena y nace su canto poético: “Entre relámpagos y truenos / están los días que nacimos. / Venimos a un memorial de palabras / y no hay tiempo / de hablar. / Un misterio no es silencio / probablemente tregua / de un acto que perdimos”.
Olimpo Galicia Gómez descubre el vértigo de los abandonos que dormitan en el aburrido cansancio de la ignonimia: “Hay muchos olvidos acumulados en este deambular de interminables aceras y de horizontes sin destinos propios. Es demasiado blanco el espacio de los recuerdos, por eso camino conversando con el viento y las sombras”.
La voz de Héctor Hidalgo Quero toma de nuevo la fluidez y la cristalidad de las aguas de la lluvia que baja suavecita del ancestral Cerro de Santa Ana y desaparece en Moruy entre el triste sonar de piedras de un río siempre soñado con alas de esperanzas en medio del delirio: “Fueron tantos / regresos y partidas / que se fue abriendo un surco / cada vez más profundo. / Después / vino el viento / y lo llenó de arena. / Si algún día / brotara un firme ramo / es porque allá, / en lo más profundo, / todavía quedan alientos / para seguir viviendo”.
La poesía anda suelta, liberada, como un caballo irredento que corre desbocado por las sabanas de San José de Cocodite. El corazón se viste de luces en una inalcanzable ofrenda. Insaciable, la palabra quiere humedecerse del fino licor que destila el cuerpo de la mujer en sus entrañas. Es imposible escucharlos sin inmutarse.
Juan Chávez López, asume su condición de hombre de viento asoleado en la ribera de la arena blanca y expresa un caudal de sentimientos desbordados: “Todo lo que di / germinará en tu boca / mujer densa / alargada por aires de nostalgia / espigados dulcemente en tu cuerpo. / Todo lo que distes / anidará en mis manos / porque tocaron suavemente / el trigo menudo / de la hojarasca inmediata / presente en el horno encendido / de las colinas alzadas en tu reino”.
Víctor Hugo Bolívar, después de escuchar a Juan Chávez López, se hace deletreador de paisajes y procurador de aromas. Mira al árbol que los arrebuja y descubre la forma de una mujer que se esconde entre el follaje adolorido del corazón. Es el armador de historias de amoríos, el seductor de orfandades arbóreas, quien nos habla: “Ese árbol canta por las noches, abre las ramas, abraza el viento, suda hojas, se empolva la cara, abriga las ardillas y al igual que yo se atraviesa en tu camino, te mira los ojos, se deja correr sobre tu piel y sueña con tu estructura de espejos”.
Como si del pan nuestro de cada día se tratase, Douglas Salazar reconoce que ha amado y exprime tintas en teclas para decirlo con furia reveladora, con terca contundencia: “Estuve / con la última mujer / la mujer de la última calle / y viví moribundo / por largo tiempo”. “Se que he amado / aunque sólo tenga que escribirlo”.
El desgarramiento de la espera aprieta la palabra en las vivencias de Héctor Hidalgo Quero: “Cómo decirle / que el camino está minado / de pasos inconclusos / que pueden explotar. / De saltos ciegos. / De una mueca / que no deja ver / el anhelado rostro / de flor recién / nacida”.
Irresistible al regusto del guiño de la palabra apasionada, saco del bolsillo del pantalón un papel amarillo deshecho por la polvareda donde se descomponen los soles. En la incertidumbre del tiempo, que crece como una enredadera, descifro las claves cifradas del cuerpo que el cuerpo ansía: “Pasaré sobre ti sin apaciguamiento. / Entregada a la vigilia / te sentirás poseída / hasta el agobio / en la región / abordable de tu asombro”.
El día se ha vuelto noche y, en medio de la oscurana instalada en la copa del árbol, el canto largo y agudo de los grillos perturba el sueño de las perdices olvidadas en el desierto de la vida.
Guillermo De león habla como si hubiera perdido la memoria de los ámbitos y las voces de otros tiempos. Pide claridad para seguir viviendo sin desconcierto: “No me acuerdo de más nada. Tal vez otros semblantes, otros momentos, estén guardados más allá de este umbral. Quiero que vengan conmigo a despertarlos. ¿Están todos, verdad? Afuera anda la luna llena tratando de definir otros rostros. Prendan la luz”.
Distante, desde los parajes recónditos de Orión, Alexander Sierraalta responde constelado y habla con su voz de vigilia revestida de polvo celestial que señorea sus huesos siempre nacientes e irreductibles: “Nosotros / los hombres de antes / permanecemos despiertos / y no apagamos la luz / de nuestros ojos”. “Al despertar / está la vida, / esta vida que prosigue / al fin y al cabo / en una barra”.
En el ritual de la palabra ausente, más no callada, de Alexander Sierraalta, los poetas reunidos descubren que la Luna de la vida nueva tiene seis noches. Víctor Hugo Bolívar desaparece en el espacio buscando lejanías y regresa del sueño frondoso de su travesía como recordando los tiempos de cuando mi padre, el Capitán Chico Chávez, construyó el firmamento de la Casa del Viento: “Escondió la luna en el solar de la casa / y se sorprendió / al descubrir a los vecinos bajo una inmensa claridad”.
Como la única verdad posible de salvación (porque se trata de salvarse), como la estremecida esperanza del hombre, gracias a estos hijos del viento, hacedores de la palabra incesante, desenfadada y luminosa, la poesía en Paraguaná se hace cada vez más transparente en la inmensa claridad del día renovada por el olor de la sibidigua y la trinitaria plantada en los sueños centellantes de los buscadores del cielo en la tierra yerma.
Ya lo confirma Simón Petit aferrado al cordón umbilical de las voces de la calle: “En eso andamos / abriendo la tierra / de vez en cuando, / como los rayos”


 
 

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