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Comunicaci�³n, mercado y ciudadan�­a

por joseleon71 @ Martes, 30. Sep, 2008 - 05:49:34 pm

Discutir sobre la comunicación alternativa pasa por el replanteamiento del poder y la democracia. El modelo que conocemos depende y existe por los medios de comunicación; la democracia “participativa y protagónica” exige un modelo y medios de comunicación distintos. Repensar el mundo sin los argumentos de la comunicación de masas es ponerse a mirar de otro modo, salirse de la discutio canónica, de la racionalidad impuesta por los medios, los comunicólogos y los tecnólogos de la comunicación. En cierta forma es un desafío, pero no existe otro camino; salvo el trillado. El poder pasa por la comunicación; pero la racionalidad moderna, al matematizar la realidad y reducir (y eliminar incluso) el pensamiento y la reflexión, convirtieron la tecnología en expresión de poder despótico, que suprime el diálogo y reproduce remedos de interacción social. La democracia y el poder mediáticos, articulados a una realidad tecnologizada no precisan del pensamiento y el razonamiento humanos, del diálogo y aun de la sociedad, de modo que postulan un poder objetivo y práctico traducible en fórmulas y formulismos “gerenciales”. Así, no se requiere para la solución de los problemas a los políticos (figura y clase derruida por los medios, quienes generalizaron que, para ser digno se debía ser a-político ) sino gerentes. La política tecnologizada y tecnologicista (montada sobre todo en el salto vertiginoso de lo analógico a lo digital –culmen de la binarización de la vida cotidiana- como paradigma y destino civilizatorio) prescinde del “diálogo”, una actividad demasiado humana y profundamente subjetiva e intersubjetiva. La democracia mediática supone marketing, y en general una política económica «supply-side», más mercado y menos Estado. O lo que es lo mismo más mercado y menos ciudadanía. Esta “política” sin diálogo no se adecua sólo a los medios de masas sino a lo que se puede llamar la “profesionalización” de la política. En efecto, para una cultura mediática que promueve el egoísmo y la insensibilidad, y en la que cualquier participación está sujeta a costes y a dinámicas mercado, los “políticos” son menos miembros de una “clase” que suerte de “socios” (de ahí que funcionen como mafias o logias) respondiendo a intereses de clase, grupo o partido. En cualquier caso se trata de encomendar, delegar, abandonar “la realización de las tareas públicas a unos políticos profesionales”, que se verán obligados a atender los intereses de los/sus electores, de modo que “la democracia aparece como un sistema que obtiene el máximo bienestar con el mínimo consumo de virtud, esto es, de desutilidad privada” (Ovejero, 2002: 109) .
Por otra parte, los medios producen ilusión de ciudadanía confiriéndosela exclusivamente a los consumidores , delegando el poder en el mercado y la política, en la oferta y la demanda . Para los medios de masas la política no tiene en definitiva nada que ver con los ciudadanos sino con los consumidores (uniformes, estandarizables, sujetos de encuesta), de modo que no cabe hablar en realidad de política sino más exactamente de management. Dice García Canclini (2000):

“En un tiempo en que las campañas electorales se trasladan de los mítines a la televisión, de las polémicas doctrinarias a la confrontación de imágenes y de la persuasión ideológica a las encuestas de marketing, es coherente que nos sintamos convocados como consumidores aun cuando se nos interpele como ciudadanos” (29)

Ya no hablamos del Estado-nación sino del Estado técnico-administrativo. Este Estado –afirma Lewkowicz- no gestiona las demandas de todos los hombres sino los encargos de los consumidores. Hoy, los no-consumidores “pierden la condición humana” (35):
“La soberanía no emana ya del pueblo sino de la gente. La gente ya no son los ciudadanos sino los consumidores. Si el consumidor se inviste como soberano, la ley será la ley del consumo. Tanto como decir que la ley de la oferta y la demanda pasará de fantasmagoría categorial de una disciplina a legislación explícita de la nueva ficción” (37)

Empero no se nos escapa que la propia noción de ciudadanía responde al proyecto histórico de la Ilustración. Ciertamente, el ciudadano era el soporte subjetivo del Estado-nación, y precisamente esa institución hoy se encuentra en crisis. Las formas de poder conocidas estaban, entre ellas la soberanía, articuladas sobre ese recorte histórico de la modernidad, que era el ciudadano. En cierto sentido habermasiano el proyecto de la Ilustración quedó trunco, el poder de la ciudadanía fue usurpado por las elites que se arrogaron la representación, y hoy se nos presenta en el horizonte una clara disyuntiva.
Para Fernández Liria y Alegre Zahonero (2006) un proyecto político como el que se vive en Venezuela es una actualización del proyecto ilustrado; para estos autores la figura que emerge es la del ciudadano, no el «hombre nuevo» sino simple y llanamente cualesquiera hombre y mujer. Frente a la “impotencia de lo político” de la que hablan los teóricos de la globalización, lo que se encuentran los autores en Venezuela “es la firme decisión de tomarse radicalmente en serio el concepto de ciudadanía ilustrada” (64) . Afirman que no hubo sino hasta ahora y en Venezuela la posibilidad del ciudadano y la ciudadanía, de la democracia y el Estado de Derecho. Su tesis es controvertible pero sugestiva; eurocéntrica, pero plausible. Ciertamente no somos sólo hijos de la Ilustración, proyecto que llevó a Bolívar a preferir el título de “ciudadano” antes que el de Libertador. El Estado-nación que heredamos no incluyó en su síntesis las otredades, a los indígenas y afrodescendientes, hizo tabula rasa, y en un confuso y distorsionante concepto de hibridez pretendió olvidar el pasado. El proyecto ilustrado, asumido por las elites ilustradas, creó vastas regiones de exclusión, y redujo a la invisibilidad a las mayorías, las que sólo se expresaban “democráticamente” a través del voto, el mismo que legitimaba en el poder a las elites, en un ciclo recursivo que realmente ocultaba el accionar de intereses extranjeros, del capital internacional en componenda histórica con los poderosos criollos. Desde esta perspectiva, ciertamente, no han existido ciudadanos, democracia, ciudadanía, ni Estado de Derecho . Pero la reivindicación de este sujeto histórico, el ciudadano, y del proyecto Ilustrado, esta especie de vuelta a los orígenes de lo que nunca ha sido pero que se enuncia como alternativa, lo es precisamente de un proyecto -la globalización, cuyo soporte subjetivo es el consumidor- que pone en entredicho la condición misma de ciudadanía. Con un trazo grueso, Grüner (2002) resume: “ha sonado la hora del sujeto cartesiano, del ciudadano universal, de individuo consumidor” (336)
Para García Canclini (2000) la «nación» no tiene futuro. Las culturas nacionales “parecían –dice y obsérvese el tiempo verbal- sistemas razonables para preservar, dentro de la homogeneidad industrial, ciertas diferencias y cierto arraigo territorial” (31). Según su lectura, la globalización sería la estocada final a los residuos de pensamiento territorializado; de hecho los “objetos” de la cultura pierden relación de “fidelidad con los territorios originarios (32). Parece celebrar el teórico de la hibridez que los bienes se produzcan en cualquier lugar del mundo (suponemos que no le importan las condiciones ), lo que llama la “interacción funcional de actividades económicas y culturales dispersas”. Ante la situación, ¿qué perspectivas ofrece? En principio, niega la “mirada política”, sobre el supuesto de que el mercado no sólo exhibió formas más eficaces de organizar la sociedad sino que la “devoró”, “sometiendo la política a las reglas del comercio y la publicidad, del espectáculo y la corrupción” (34).
Si la eficacia se mide por lo que se trasmite como tal en los medios y que día a día actualizan las industrias culturales, forzosamente coincidiremos con Canclini, pero estaríamos menos ante un acto i-rreflexivo que ante la manifestación de una suerte de totalitarismo teórico (que se vuelve cultural), de aceptación a pies juntillas de una verdad no impugnable, sencillamente porque los argumentos que la desafían no son trasmitidos. Hecha su afirmación, por demás desmentida por los hechos, sostiene que “ser ciudadano no tiene que ver sólo con los derechos reconocidos por los aparatos estatales a quienes nacieron en un territorio, sino también con las prácticas sociales y culturales que dan sentido de pertenencia” (35); y tal práctica no es otra que el consumo, por lo que el Estado –hete aquí el estilete, pues en el horizonte rutilaba el ALCA- debe “garantizar igualdad de acceso a los bienes de la globalización”. En otras palabras, desustancializar el concepto de ciudadanía, eliminar sus residuos políticos (sobre todo los que tienen que ver con el territorio y la cultura), y abrir las fronteras al libre comercio. Las formas de participar (en la política) son las dispuestas por el “orden del consumo”, y, en efecto, no los sujetos de la política (los ciudadanos) sino el público (consumidor) ante la desilusión de las burocracias estatales, partidarias y sindicales, acuden a “la radio y la televisión para lograr lo que las instituciones ciudadanas no proporcionan” (39). A partir de esta conclusión no se le escapa a Canclini que “Somos subdesarrollados en la producción endógena para los medios electrónicos, pero no en el consumo”, por lo que “El derecho de ser ciudadano, o sea, de decidir cómo se producen, se distribuyen y se usan esos bienes, queda restringido otra vez a las élites” (42). Lo que no obsta para afirmar que lo “público” ha pasado a ser el “marco mediático”. (Y si lo público es lo que acontece mediáticamente, y lo que se concibe como realidad es lo pasible de transmisión mediática; con otras palabras, si lo real es lo que pasa por y a través de los medios, entonces lo mediático es lo real. Triunfo absoluto de la mimesis: la realidad es la representación. A propósito afirma Franco Ferrarotti (1991: 103) que “La tecnología moderna, sobre la que se basan los medios de comunicación de masas, ha transformado en obsoleta la venerada y antigua máxima: «un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar»”).
Ya la identidad no se define socioespacialmente en función del territorio, sino sociocomunicacionalmente, de ahí que sean los jóvenes los que más rápidamente se sientan “identificados” con esta ciudadanía transterritorial y multilingüística: “En las nuevas generaciones las identidades se organizan menos en torno de los símbolos históricos-territoriales, los de la memoria patria, que alrededor de los de Hollywood, Televisa o Benetton” (49); los jóvenes vivirían en un “presente sin memoria”, en una sociedad multicultural estandarizada, en la que los conflictos –si los hay- se “resuelven con maneras demasiado occidentales y pragmáticas” (51).
Las señales dejadas por García Canclini nos preparan para comentarios como este de Marcelino Bisbal: “La comunicación masiva de los grandes medios se dice que transforma el tejido colectivo de la experiencia humana pues tiende a reducir los espacios de participación pública en espacios de experimentación privada”, de modo que el mall, por ejemplo, será “una de las formas de habitar el paisaje”, como es a su vez “una puerta de entrada a un mundo creado que nos permite escenificar un entorno en el que nosotros mismos, al consumir, nos damos respuestas acerca de lo que actualmente es el código de expresión y exposición en el espacio público” (Sánchez V., 2007: 117). Pero también sabe García Canclini, que el rótulo de “consumidor” no basta, de ahí que convenga que “al consumir también se piensa, se elige y reelabora el sentido social”. Incluso se pregunta si acaso no se está ante “algo que sustenta, nutre y hasta cierto punto constituye un nuevo modo de ser ciudadanos” (43) . Aceptado esto, la diversificación de los gustos (que debemos entender como su masificación o su globalización) se constituirá en “una de las bases estéticas que justifican la concepción democrática de la ciudadanía”. Hablamos, pues, de una democracia de supermarket, globalizada y mediatizada. Ante el fracaso de la política tradicional, de los partidos y los sindicatos, los teóricos auguran que “Deberá surgir otro modo cultural de hacer política, y otro tipo de políticas culturales” (46).

Referencias
1. CECEÑA, Ana E. (2008) Derivas del mundo en el que caben todos los mundos. Siglo XXI. Clacso: México, Argentina
2. FERNANDEZ L., Carlos, Pedro Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero (2007) Educación para la Ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho. Akal. Madrid, España
3. FERNANDEZ L., Carlos y Luis Alegre Zahonero (2006) Comprender Venezuela, pensar la democracia. El colapso moral de los intelectuales de occidente. El Perro y la Rana: Caracas, Venezuela.
4. FERNANDEZ L., Carlos (2008) Capitalismo e ilustración. La macha pútrida y la astucia de la razón. Rebelión.org
5. GARCÍA C., Néstor (2000) Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización. Grijalbo. México
6. GRÜNER, Eduardo (2002) El fin de las pequeñas historias. De los estudios culturales al retorno (imposible) de lo trágico. Paidós. Buenos Aires, Argentina
7. LEWKOWICZ, Ignacio (2004) Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez. Paidós: Argentina
8. OVEJERO, Félix (2002) La libertad inhóspita. Paidós. Barcelona, España
9. ______________ (1994) Mercado, ética y economía. Icaria : Fuhem. Barcelona. Madrid
10. TABLANTE, Leopoldo (2007) “Caracas, cultura de masas y aturdimiento”. En: Ciudades glocales. Estéticas de la vida cotidiana en las urbes venezolanas. Comp. Carlos Colina. CIGLAS 2006. Pp. 137-161


 
 

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