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Archivos de: Agosto 2008, 02

Nuestra historia el desastre

por joseleon71 @ Sábado, 02. Ago, 2008 - 07:37:38 am

Para Juancho
cuento, fiesta y candela

"...Mi abuelo nunca ganó una batalla
Pero fue obrero fiero y templanza.
Despedía a los vencedores cuando las hierbas del miedo
Ya los tenía temblando"

JCLV

I
Cuando hablamos de resistencia apelamos a la historia, pero a nuestra historia, decimos. Hemos aprendido a distinguir, sí, entre la historia “oficial” y la otra, la de los vencidos. La oficial es a todas luces la historia de y no sólo según la clase dominante, es su historia, y en ella, de fondo, aparecemos nosotros, un rostro anónimo, borroso, cobrizo. Aparecen en esa historia fundamentalmente las batallas por el poder, los movimientos, los hechos que conducen a unos y a otros hasta el poder, representado en jefaturas, en presidencias, en direcciones, en escritorios; aparecen pues, sus disputas. Nosotros no contamos sino como masa anónima dirigida, presta a acometer acciones populosas, multitudinarias, a favor de la clase dominante emergente, según dicen. La historia de los vencidos, sin embargo, al menos la que con frecuencia calificamos de tal, transcurre si se quiere paralela, a la zaga, en los vericuetos, en los escondrijos, en los sótanos de la historia oficial, en las entrelíneas, en los silencios. Aparecen nombres, escenas, momentos, fechas, en fin, hechos que dan cuenta de cosas no dichas, no referidas por la historia oficial, y que en cierta medida desmienten, corrigen, completan. Es fácil por demás lograr este efecto, toda vez que la oficial va dejando lagunas, claros, oscuridades, porque a fin de cuentas menos le preocupa la “verdad” que los hechos -especialmente su relato- que sostienen, afirman, consolidan su hegemonía, su poder. La historia oficial está hecha menos para el conocimiento de la historia que para fundamentar en el poder a la clase dominante. La historia de los vencidos cuestiona ese poder, ciertamente, pero lo deja intacto, y ello fundamentalmente porque transcurre como ya lo dije, al margen, a la zaga, al socaire de la historia oficial. El problema pues, de fondo, es que la historia de los vencidos viene a ser como la “otra cara de la moneda”, pero se trata de la “misma” moneda.

II
En estas tierras van un poco más de 500 años de capitalismo. Condición fundamental para las relaciones de producción capitalistas: desarraigar, des-territorializar; en otras palabras, socavar, eliminar, destruir las condiciones de productividad y reproductividad de un pueblo. Destruir la sustentabilidad. Esto se logra de diversas maneras, pero una es sustantiva: despojando de la tierra. El capitalismo precisa que las personas mueran de hambre –o se maten entre sí desesperados- a menos que “trabajen” para generar riqueza para la clase dominante.

III
Los grupos humanos que han perdido la tierra y han sido obligados por el terror y el hambre a trabajar para generar riquezas para el capital y los capitalistas, forzosamente, cargan en su memoria la destrucción de sus tierras. Conservan ciertamente las imágenes de la guerra. Eso alimenta la indignación, la rabia. Eso se traduce en violencia. Por eso el capital recrea diversas formas de pacificación, y mantiene remozadas formas de aterrorizar, de matar espectacularmente, exhibiendo diversas formas de la muerte. Hace poco leí que en un pueblo colombiano los paras jugaron fútbol con las cabezas de los campesinos muertos. Etc.

IV
Los grupos humanos que han perdido la tierra y han sido obligados por el terror y el hambre a trabajar para generar riquezas para el capital y los capitalistas, con el paso del tiempo, víctimas de cambios, de traslados, de remociones, y a medida también que van pasando los años, y que pese a todo nacen y nacen niños y niñas, van perdiendo las imágenes digamos directas de la guerra. Ya no se despiertan gritando sudando de miedo porque un demonio se acercó a violar, a destazar, a matar. Comienzan a aparecer los cuentos de la guerra, las canciones de la guerra, los viejos y viejas que saben de la guerra, de aquella guerra, de ese tizón. La guerra se va hundiendo en la noche, en el alma, se va clavando en el cuerpo, de los niños y niñas, de todos. La guerra comienza a ser mamada.

V
El capitalismo lo sabe, digo yo, porque no para de remover, movilizar, destruir, cambiar, desarraigar. Nosotros arraigamos con suma facilidad, prendemos como las matas trasplantadas. Esto lo sabe el capitalismo y allí llega a desenterrar, a remover la tierra, y el cuento que estaba creciendo y llenándose de noche, pierde tierra, se dispersa. El cuento de la guerra necesita de la tierra, sin tierra no hay cuento. Por eso es tan difícil contar el cuento en la ciudad y sus villas, en los centros comerciales, en nuestros apartamentos cerrados, incomunicados. Por eso el capitalismo necesita y necesitó la ciudad. La ciudad fue la forma que encontró el capitalismo para separar a la población de la tierra, para poner a unos (los más) a trabajar para otros (los pocos.) El capitalismo necesita y necesitó la tierra (la que una vez fue nuestra) para ponerla a producir, y para ponerla a producir como entiende producir necesita “civilizarla”, racionalizarla, llevar los “ritmos y tiempos de la ciudad” al campo. Tocar la tierra sin las manos. Porque tocar la tierra con las propias manos trae recuerdos y los recuerdos las imágenes de la guerra… Claro, ya las imágenes vienen como canciones, sueños, nostalgias, no tan claras, al menos no tan vívidas y acaso ya no tan dolorosas, en todo caso dolor sublimado.

VI
Salvo que todavía hoy a pesar de todo muchos siguen tocando la tierra, una tierra que sienten suya, donde han nacido. Y están –por eso- en la misma guerra. O no nacieron en ella, pero andan con el cuento vivo, prendido, a donde vayan lo llevan, fresco, presto, listo. Y las fuerzas del capital buscando mover, desplazar, arremeter, matar, para despojar de la tierra a quienes la siguen teniendo a pesar de todo, a pesar de los 500 y más años, a pesar de que no es propiamente la de sus ancestros, a pesar de que vienen de antiguos resguardos, de antiguas encomiendas, a pesar de que se han fugado, a pesar de que se han internado selva, montaña adentro, a pesar de todo, a pesar de todo tienen hoy una tierra disputada, a leyes y a tiros, defendida hoy con rabia y dignidad, una tierra no conquistada aún pese a todo, por las fuerzas del capital. Esta historia no es la de los vencidos ni es la historia oficial: esta es otra historia.

VII
Pero lo dicho arriba apenas es una parte de la otra historia, porque el hecho de fondo es la avanzada del capital. La avanzada va generando resistencias, forcejeos, pérdidas, también ganancias, en todo caso va generando múltiples conflictos. Lo que sí es cierto es que el capitalismo no ha dejado acaso una zona intacta, y cuando digo intacta es que no ha dejado una zona sin someterla a sus relaciones de producción, las que precisan como ya dijimos de destruir la posibilidad de la población de sustentarse sin tener que “trabajar” para el capital y los capitalistas. (Que pueda comer efectivamente después de trabajar, tiene sin cuidado al capital.) La otra historia (al menos la que me interesa) es la historia de la destrucción de las posibilidades de vida de un pueblo por parte de las fuerzas del capital. Nos han distraído contándonos la historia de las élites en su busca de poder, pero también nos han distraído contándonos la historia de los vencidos. La otra historia está viva en cambio, porque la destrucción y la resistencia están vivas, porque el capitalismo no puede cejar un minuto en su afán de remover, destruir, desterrar, y los pueblos resisten porque prenden rápido, porque arraigan (nacen niños y niñas, y siempre hay un árbol, un jagüey, un cielo, un atardecer, y un montón de palabras), en las tierras que le van tocando, las que van quedando, incluso las tierras más empobrecidas, las que va desechando el capital, peñascales, desiertos.

VIII
Pero no se nos debe escapar que este prendimiento en nueva tierra es también producto del capital, que fuimos a dar allí expulsados de algún lugar, que nos encontramos allí venidos de cualquier parte, arrastrando nuestras particulares historias de despojo, destierro, violencia. Nos hacemos hermanos en la necesidad de hacer habitable un pedazo de tierra no racionalizado por el capital, pero ya en el trazado de las calles, en la casa precaria, en muchas de nuestras necesidades, ya está el capitalismo, ya es visible su orden y medida, su tasa y me(n)sura. No ocupamos la tierra para sustentarnos, sino para acercarnos al capital. De modo que en nuestros destierros y en las nuevas ocupaciones de tierra estamos atravesados por la violencia del capital y la necesidad del capital. Prendemos precariamente a la tierra porque el capital nos necesita des-terrados. Sembramos unos topochos, hasta tanto nos llegue una platica para encementar. De modo que nuestra comunidad, este estar juntos por ahora, mientras tanto, quiera Dios que para siempre pero quien sabe, flota de hecho en un limbo, en una nada, sin arraigo verdadero. ¿Cómo tenerlo, si el arraigo es un estorbo para el capital?

IX
Al capitalismo le estorba la otra historia, la que da cuenta del desastre, porque señala, apunta a las formas que diseña, practica y ejecuta para destruir las posibilidades de sustentación de las poblaciones. Necesita como ya se dijo destruirlas para poder hacerse de la fuerza de trabajo de los pobladores, necesita pues desarraigarlos, dejarlos en el aire, sin más sustento que la paga con la que logran malpagar alimentos, sin más vestido que el que logran comprar, si más casa que la que logran construir con sus propias manos pese a todo. El capitalismo nos despoja de todo, y nos deja sólo la fuerza de trabajo, la que ponemos incluso en remate. La otra historia cuenta esto y cómo esto se produce, y la resistencia y la rabia contra esa forma de destruirnos, de dejarnos en el aire, en la nada. La otra historia se va haciendo de retazos, porque ciertamente nos encontramos hoy aquí pero ayer estuvimos en otro lado y mañana quien sabe. Hoy al menos estamos aquí echándonos el cuento de cómo ha sido todo este desastre, nuestro desastre, en todo caso parecido, semejante al tuyo. No es ciertamente, la historia de la independencia, de la guerra federal, de Guzmán o Gómez o el pacto de Punto Fijo, esa historia es el telón de fondo de nuestro desastre; nuestra historia es otra.

X
Para salirnos del capital necesitamos la tierra y sustentarnos. Ya sabemos que esto lo impedirá el capital a como de lugar, y ya sabemos que cuando más cerca estamos de lograr nuestra auto-sustentación, con más violencia nos acomete el capital, porque se estaría quedando sin nosotros, sin nuestro trabajo. He ahí nuestra guerra, muy distinta como se ve, a la que cuenta la historia oficial e incluso a la de los vencidos. Nuestra guerra no es por el poder, sino por la tierra, y más: por el poder hacer en nuestra tierra –la ganada- lo que necesitamos para comer, vestirnos y guarecernos de la intemperie.

XI

Pero para poder hacer en nuestra tierra –la ganada a las fuerzas del capital- lo que necesitamos para comer, vestirnos y guarecernos de la intemperie necesitamos conocernos, y este conocernos necesariamente deja al descubierto las trazas, las señales, las huellas, las marcas, las heridas, las mutilaciones, las desgarraduras del desastre, de la pérdida, las remociones, los desarraigos, la destrucción de lo que una y otra vez nos permitió vivir sin el capital, enfrentados al capital, y lo que una y otra vez fue destruido, arrasado, para reconducirnos sin nada al trabajo por y para el capital y los capitalistas.

XII
No es posible, está claro, una historia coherente, lineal, ordenada. No es posible. No podemos refugiarnos en relatos de indígenas y afrodescendientes, en supuestas heredades, en telurismos románticos, hijos del siglo XIX. Basta con mirarnos en el espejo, basta con saber todos, que perdimos la tierra, que han pasado 500 años de despojo, de expolio, de destrucción, y que si seguimos en la resistencia, es porque aún nos queda la esperanza de recuperar la tierra y vivir sin el capital, sin trabajar para el capital y los capitalistas. Es porque creemos que no todo está definitivamente en las manos del capital, que las batallas del capital contra nosotros son también incesantes, y que sabe como nosotros lo sabemos que no puede ni podemos descansar. En eso estamos iguales, sabemos lo mismo. Ni indígenas ni africanos somos ya; sino todos sin tierra o peleando por la tierra; en eso iguales. Nosotros. Con distintas memorias, pero memorias del desastre (distintas porque fuimos desterrados, expoliados, expulsados, separados violenta, abruptamente, puesto a hablar de pronto lenguas distintas, a desconocernos, a recelarnos. Después, poco a poco, nos fuimos dando cuenta que éramos los mismos,que lo que nos destrozaba era común y nos hacíamos hermanos ahí, en la destrucción que pesaba y pesa sobre todos nosotros). Con pedazos de cuentos, con hilachas de derrotas y victorias, con recuerdos de muertos, de tierras arrasadas, perdidas para siempre. El cuento de corrido es sospechoso, pero es porque está contado desde un solo lugar y como por una sola voz. Nuestra historia, sin embargo, está llena de voces y vienen de cualquier lugar.

XIII

Y con ese reconocimiento, vivir. Esto es, hacer producir nuestra tierra, el alimento, el vestido, el techo. ¿Cómo? Atando remiendos, juntando pedazos, restos, amasando. Lo que hagamos a nada parecido será. No tendrá referente, porque no será lo de antes de estos 500 años, ni ha existido, porque no se ha visto pueblo aún que produzca sin capitalismo de 500 años para acá. Construir, pues, desde el desastre: he ahí nuestro reto; he ahí nuestro drama.

XIV

Hemos ido a parar arrojados por las fuerzas del capital a cualquier parte; no pedimos estar donde estamos. Pero aquí hoy nos toca agarrar la tierra, arraigar y hacerla producir para nosotros, no para el capital. ¿Cómo? Reconstruyendo un cuerpo arrasado, destruido, socavado, hecho guindajos, hilachas, pedazos. Empezar no de cero, sino desde la conciencia del desastre, desde los pedazos, desde las heridas, desde lo que somos, desde esto que somos, esto que fuimos quedando. Pero producir para el capital, después de asomarnos a este grado de desastre, es casi un alivio, un desaguadero. Nos permite hasta malvivir.

XV
Pero habríamos perdido la guerra y el capital se habría hecho en nosotros sin grietas, sin resquicios. Nos habríamos perdido para siempre, desfigurados, vaciados de nosotros. Nos toca ganar la tierra y hacerla producir para nosotros, para esto que somos, para esto que ha dejado el desastre llevado a cabo sistemática, tenaz, incesante, implacablemente por el capitalismo. Hemos, pese a todo, sobrevivido, ¿pero qué ha sobrevivido?, ¿cómo? Esto. Esto que somos. Si nos miramos bien vemos el desastre, pero preferimos mirar para otro lado. La otra historia es esa mirada terrible hacia este nosotros ahincado que es despojo, resto, pedazo, viruta del capitalismo en nosotros. Contemplarnos en el desastre, reconocernos en los despojos, en lo que hemos ido quedando, pero desde ahí remontar, conquistar la tierra, hacerla nuestra y para nosotros; hacer nuestra historia, la historia de cómo nos vamos haciendo de nuevo con la tierra, reconstruyéndonos, rehaciéndonos, aprendiendo juntos desde el arrasamiento, desde la destrucción, desde lo que quedó, a producir alimentos, vestido y techo. Amor. Alegres y libres. Pero eso sí, en guerra, rebeldes, alertas, dispuestos a todo, caribes; mientras el capital siga aquí, en/entre nosotros.


 
 

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