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Archivos de: Junio 2008, 07

Conocimiento(s) y realidad (irreal)

por joseleon71 @ Sábado, 07. Jun, 2008 - 07:47:57 am

No creo que pequemos de reduccionismo si afirmamos que la historia del conocimiento en Occidente es la historia de su desprendimiento del territorio o des-territorialización. En efecto, nada más alejado de la tierra que el conocimiento, el conocer y las prácticas que apareja o trae de suyo. El conocimiento en Occidente habita el topos uranos, y la tierra y sus avatares, con su contingencia y provisionalidad, la terrenalidad, ciertamente no le da el sustento ad eternum que requiere. Desde el así llamado “milagro griego” el conocimiento habita en un mundo alejado de los hombres y la muerte, y todo lo que a esto se parezca o pertenezca no será digno de ser considerado permanente, eterno, bello y bueno (kalos kai agazos), incluso verdadero.
Hablamos también de la existencia de un conocimiento (y un pensamiento) que apenas necesita del cuerpo, de un conocimiento forjado en la ascesis, en la purificación, en el despojamiento de lo accidental. El conocimiento como un camino a la ataraxia. En rasgos generales, el conocimiento occidental al tiempo que ha perdido cuerpo (des-corporeizado) ha perdido territorio (des-territorializado), y ambos procesos son constitutivos y se continúan en el tiempo. Difícilmente se aceptará (racismo aparte) que las formas de la racionalidad se correspondan, atiendan, o sean influenciadas por características corporales o territoriales. En otras palabras, el conocimiento es un producto de la razón y por tanto es inmaterial. El conocimiento cuando es tal no está arraigado en territorio alguno sino en la razón. Que determinados cuerpos sean portadores de la razón, y que en determinados territorios del planeta se produzca conocimiento, es otra cosa. Esos cuerpos y esos territorios, aunque son efectivamente cuerpos y territorios, por el hecho de ser portadores y ejercitantes de la razón occidental forman parte del cuerpo y el territorio de Occidente, por lo cual no importa donde se encuentren ni qué cuerpo ostenten. Hay grados, por supuesto, pero en términos generales (sea dominado o dominador) hablamos de cuerpos y territorios occidentalizados.
Tal concepción del conocimiento explica la existencia y características de lugares, formas y prácticas de producción de conocimiento. Necesaria y primordialmente, nos encontramos con lugares y personas apartados de la contingencia, dedicados a la filosofía, en contacto imperturbable con las eternas formas. La academia se corresponde con este espacio suspendido de la realidad cotidiana, fuera de los muros de Atenas. Igualmente, fuera de los muros de las ciudades, o separada de la ciudad por el Khorismós, se ubicarán las universidades.
El conocimiento pues, está lejos, incorruptible, separado del cuerpo y de la tierra, en un lugar intocado por los accidentes de la realidad. Esta representación ha generado no pocas imágenes, supersticiones y fetiches, amén de prácticas que sólo pueden explicarse apelando al lenguaje de la magia y la religión.
Conocimiento y realidad han tenido según esta tradición rarísimos encuentros, en todo caso se ha hecho extensivo un concepto de realidad emanado del conocimiento, de tal modo que nos encontramos con una realidad irreal, que no se corresponde con la realidad, pero que depende de la idea de conocimiento que la concibe. Santiago Castro-Gómez afirma que “es como una máquina generadora de alteridades que, en nombre de la razón y el humanismo, excluye de su imaginario la hibridez, la multiplicidad, la ambigüedad y la contingencia de las formas de vida concretas” (2002: 145). Con otras palabras, hablamos de una realidad concebida por y desde el conocimiento, que no se corresponde sin embargo con la realidad, pero que pasa por ser la realidad, o como si lo fuera. Existe pues, un mundo ideal o de las ideas, que se expresa en formas y prácticas concretas en la realidad, sólo que una realidad que excluye de sí los factores que perturban o distorsionan la imagen, el reflejo. Tal combinación de conocimiento y realidad es posible si se sustrae de ésta última el otro y lo otro, esto es, la diferencia o lo diferente. Occidente ha tenido una relación fundada en esta violencia original. Lo otro es el cuerpo, la tierra, lo corruptible, la vida y la muerte, la carne.
De modo que tenemos un conocimiento que concibe una realidad alejada de lo real en tanto que contingencia o accidente, y que aleja, separa, oculta, amputa o niega, la realidad real. Para sostener esta separación se precisa de inocultables dosis de violencia, así Occidente en buena medida es la historia de esta guerra interior cuyos avatares nos acompañan hoy.
Cómo lograr mantener a raya la realidad real, ha sido el elam vital civilizatorio de occidente. La realidad es demasiado perturbadora y tiene una ingente carga de verdad que tiende a desestabilizar, a dejar sin sustento ni asidero al poder. Occidente se ha construido sobre la destrucción y el arrasamiento de lo otro, como diría Walter Benjamín todo documento de la civilización es un documento de barbarie. La realidad real debe ser negada para levantar sobre su ruina la inmarcesible civilización occidental, y en esa tarea participa activamente, claro está, la razón, el conocimiento. Necesariamente no pueden producir conocimiento los que viven al margen de la civilización, el tercer mundo por ejemplo. A menos que se pliegue a las formas del conocimiento occidental, y comience por descontado un proceso de negación de sí mismo, fundando así su pensar sobre la nada, sobre raíces autoarrasadas. La tarea está completa cuando sus “intelectuales” han sido plenamente occidentalizados, esto es cuando han perdido relación con su cuerpo y su territorio, y roto su relación geo-humana, alcanzado por esta vía un falso universalismo. Y por supuesto, indefectiblemente su pensar será considerado siempre subalterno, periférico, no central, precisamente por provenir de esa inestable zonificación. Un pensamiento tercermundista (marginal, periférico) por cierto, parte de esa inestabilidad apelando a conceptos como cultura híbrida, pensamiento mestizo, el between de Babba, y aunque reflejan la necesidad de pensar desde la diferencia, precisan arribar también a formas de producción de realidad y conocimiento híbridas o mestizas, y no a formas que funcionen como puente entre eso irracional (por funcionar fuera de la razón moderna) que persiste y que ya es inocultable (la migración latina y africana a Europa, por ejemplo, o la emergencia de gobiernos con un discurso y unas prácticas refractarias a la norma occidental) hacia el definitivo capitalismo (1). Por otra parte, pensar occidentalmente es aceptar que la realidad real no existe, por lo tanto que la terrible condición de haber llevado (casi) a la extinción las posibilidades de vivir y sobrevivir de manera independiente no cuenta; es aceptar que se puede hacer a un lado ese dato de la realidad, e integrar y participar por la gracia del logos universal (una suerte de Pentecostés de la ratio) el conocimiento.
Ser para occidente es dejar de ser. Y si conocimiento y realidad van de la mano, occidente va de la mano de un fantasma, de un simulacro. Creo que esta esquematización resulta útil para entender el destino de Occidente y el futuro que nos toca.
Pero a qué llamo aquí “realidad real”, pues a esa realidad que no es tal para la ciencia y el conocimiento, realidad que es inobservada, y para la cual no existen instrumentos, ni herramientas, ni métodos que permitan su observación. Realidad que permanece oscura a la luz de la ciencia. La idea que sostengo aquí es que tal realidad no asciende a tal y permanece en una zona de impensabilidad, producto de que su existencia pone en entredicho lo conocido. Sabemos desde Bacon que el conocimiento es poder, y el poder es celoso de su administración. De modo que el poder dispone las preguntas anticipándose a las respuestas; el poder problematiza porque de él dependen las soluciones. Ningún poder pregunta lo que no puede responder; y cierra la entrada a las preguntas impertinentes. Occidente le ha cerrado la puerta a las preguntas hechas desde la diferencia, desde lo otro, y no espera e impide por cualquier vía respuestas distintas. Desde el siglo XVI hasta hoy, Occidente ha acallado la diferencia con genocidio, arrasamiento cultural, destrucción de civilizaciones, y lo sigue haciendo hoy sólo para terminar de instaurar de manera absoluta el imperio de su racionalidad, de su visión del mundo. Que no haya otras preguntas ni otras respuestas sino las suyas.
Occidente ha universalizado sus preguntas, el modo de hacerlas y responderlas. A eso lo ha llamado ciencia, desconociendo radicalmente otras preguntas y por ende otros modos de responderla, esto es, otros conocimientos. Occidente no se aviene con la pluralidad, con la diversidad. En su afán totalitario, ha universalizado las preguntas sobre el mundo; sólo que estamos ante una universalidad escueta, reducida, porque ciertamente el grueso del mundo queda fuera de su cuestionamiento. De ahí que sostengamos que su idea de realidad está construida y se sostiene sobre la negación de la realidad, la negación de esa realidad a la que vengo aludiendo (la realidad de la negación, del ocultamiento, de la obliteración de la diferencia), negación necesaria porque la manifestación, la emergencia, la aparición de lo otro, desbarata sus aparatos conceptuales, desbanca sus verdades. Como dice Santiago Castro-Gómez fue para Occidente “necesario generar una plataforma de observación científica sobre el mundo social que se quería gobernar” (147).
Occidente, como dijimos al inicio separa el conocimiento del cuerpo y del territorio sólo para darle un lugar extraterritorial, simbólico, inmaterial, e invisible, al conocimiento. Al sustraerlo de la realidad contingente y afirmar su existencia invisible, es occidente el proveedor y administrador de las coordenadas del conocimiento en el espacio virtual de la ciencia. Sólo se accede a éste por las vías y métodos dispuestos por Occidente. De ahí que todo conocimiento que se produzca en un aquí y ahora determinado, real, contingente, no sea conocimiento, a menos que acceda a ser ordenado y clasificado por Occidente, esto es, ascendido a ese espacio inmaterial donde pierde o es despojado de su lugar de origen.
Esta situación sólo es sostenible por la violencia, la que en efecto ha aplicado sistemáticamente Occidente a lo largo de su historia, pues no hay manera de sostener privilegios y ostensibles desigualdades sino por un consenso forzado. Pese a todo, la diferencia logra filtrar sus preguntas y respuestas, y cuando lo ha hecho, indefectiblemente, la violencia del conocimiento de occidente arremete de manera elocuente. Por lo demás, tampoco hay que apelar ni citar hitos, momentos de vigor de la diferencia, basta con atender a la vasta y minuciosa activación de innumerables dispositivos de corrección que van conservando todo en orden, persiguiendo y acechando la aparición de la diferencia mínima. Un conjunto de estas puede tornarse inmanejable, de ahí que no se le permita su florecimiento, su expansión, en todo caso su articulación en unidades significativas. Toda experiencia de conocimiento no occidental es aislada y reprimida, o reducida a actividad exótica, a folclore, a rareza.
Otra forma de conocimiento, opuesta sustancialmente a Occidente, supone realidad contingente, y por supuesto, formas de producir y reproducir (realidad y conocimiento) distintas a la occidental. El capitalismo es una forma de producir que des-corporeiza y des-territorializa, por lo que su aparición en el mundo occidental coincide con la expansión y consolidación de las formas del conocimiento occidental, o como lo dice Lander:

“la economía occidental debe ser vista como una institución compuesta por sistemas de producción, poder y significación. Los tres sistemas se unieron al final del siglo dieciocho y están inseparablemente ligados al desarrollo del capitalismo y la modernidad. Deben ser vistos como formas culturales a través de las cuales los seres humanos son transformados en sujetos productivos. La economía no es sólo, ni siquiera principalmente, una entidad material. Es ante todo, una producción cultural, una forma de producir sujetos humanos y órdenes sociales de un determinado tipo”.

Se dirá con razón que la forma de conocimiento de la que hablamos hunde sus raíces en la antigüedad griega, pero no debe cabernos duda de que es a partir del Renacimiento y en especial de la Ilustración cuando se hace más visible la relación perversa entre razón y violencia contra la diferencia, contra lo otro. La expansión del capitalismo sólo es posible sobre el genocidio y la destrucción, amén del arrasamiento de formas de conocer y comprender el mundo. El capitalismo se construye y expande sobre el aniquilamiento de las preguntas del otro.
Sin cuerpo y sin territorio, el otro es absorbido por la razón capitalista. Sin cuerpo y sin territorio ya no puede hacerse preguntas, porque en toda verdadera pregunta participa el ser, y el ser es expresión geo-humana, la misma que el capitalismo desprecia, persigue y elimina. Para introducir el universalismo, las formas de producción capitalista arrancan a las personas de sus territorios tradicionales, separándolos de sus formas de vida, de modo que sus cuerpos vaciados de cultura y raíces queden a la intemperie, listos para ser “contratados”: el homo economicus es un cuerpo sin memoria. Para el capitalismo el cuerpo ha de estar vacío y el territorio explotable también. Vacío de vida, de condición humana y de seres humanos. De lo que se trata con el conocimiento es de “la necesidad de “ajustar” la vida de los hombres al aparato de producción” (148).
Donde existe conocimiento occidental existen formas de producción capitalista. No hay lugar adonde el capitalismo no haya llegado (¿y dónde no ha llegado?) donde las formas de conocimiento del territorio no hayan sido eliminadas o estén en franco proceso de extinción. Si logran sobrevivir, es a pesar de la escuela y la religión, resistiendo en forma de tradiciones, fiestas, prácticas, haceres y saberes todos escamoteados al poder. Sin territorio, que es como decir sin imaginación ni creatividad para vivir y sobrevivir, el conocimiento local no tiene futuro (2). Negar esta realidad es igual a asumir que el conocimiento concebido por Occidente es universal, que sus preguntas y sus respuestas, el modo de conseguirlas, es único y en definitiva unificable. Otra vez insisto que negar esta realidad es parte de la estrategia concebida por Occidente para extender su realidad, una realidad parcial pero totalitaria, a fuerza de violencia sistemática, de ejercicio de poder despótico. El conocimiento occidental se aleja del cuerpo y del territorio y por ende de la realidad, lo que le permite concebir una realidad virtual, un simulacro de realidad, a cuyo paroxismo ciertamente asistimos hoy.
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(1) Una enumeración más amplia del conocimiento alternativo contra el carácter natural y universal de la sociedad capitalista-liberal la hace Edgardo Lander, al refeir “las múltiples vertientes de la crítica feminista, el cuestionamiento de la historia europea como Historia Universal, el desentrañamiento de la naturaleza del orientalismo, la exigencia de “abrir las ciencias sociales”; los aportes de los estudios subalternos de la India; la producción de intelectuales africanos como V.Y. Mudimbe, Mahmood Mamdani, Tsenay Serequeberham y Oyenka Owomoyela, y el amplio espectro de la llamada perspectiva postcolonial que encuentra especial vigor en muchos departamentos de estudios culturales de universidades norteamericanas y europeas. La búsqueda de perspectivas del conocer no eurocéntrico tiene una larga y valiosa tradición en América Latina (José Martí, José Carlos Mariátegui), y cuenta con valiosas contribuciones recientes, entre éstas las de Enrique Dussel, Arturo Escobar, Michel-Rolph Trouillot, Aníbal Quijano, Walter Mignolo, Fernando Coronil y Carlos Lenkersdorf.

(2) En un trabajo dedicado a los mapuches, investigadores chilenos afirman en este mismo orden de ideas, que el territorio “constituye el principal sustento económico, social y simbólico para la existencia y reproducción de los mapuches como pueblo. El territorio, entendido como entidad dinámica y multidimensional, culturalmente construida, genera estrategias y mecanismos de utilización, control y defensa, materiales y simbólicos, que definiremos como territorialidad, que son dinámicos y en constante proceso de construcción y reestructuración.”
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Referencias

1. Castro-Gómez, Santiago (1993) “Ciencias sociales, violencia epistémica y el problema de la “invención del otro”.
En: [ http://www.clacso.org/wwwclacso/espanol/html/libros/lander/llander.html ]
2. Lander, Edgardo [ http://www.oei.es/salactsi/mato2.htm ]
3. Olivi, Alessandra y Paolo Venecia (2008) Del territorio a la territorialidad: la experiencia de la Escuela Itinerante de Agroecología en la Región Mapuche, Chile Ponencia presentada en el XIII Congreso Internacional de Antropología Iberoamericana ANTROPOLOGÍA APLICADA. VIII Congreso de la Sociedad Española de Antropología [ terranuova.org/file_download/62 ]


 
 

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