EN SU GUERRA CONTRA EL TERRORISMO, WASHINGTON SE OLVIDÓ DE AMÉRICA LATINA
El ADIÓS de Bush y la IV Flota
Texto: Ylich Carvajal Centeno
Publicado en Panorama
No hay que ser el viejo Sun Tzu, ni el generalísimo Carlos Clausewitz, para darse cuenta de que el Gobierno de los Estados Unidos no necesita —ni en lo más mínimo— activar la IV Flota de su Armada para invadir a Venezuela; pero en la oposición —sobre todo en ese sector que prefiere quedarse sin país, pero que se vaya Chávez— hay una alegría de cotillón de quinceañera; mientras que en el chavismo más radical —sobre todo en el que aún después del 2D todavía grita “Patria, socialismo o muerte”— todo el mundo corre a buscar su Kalashnikov.
La política en Venezuela parece haber perdido el sentido de las proporciones o, peor aún, el sentido común. Para derribar 24 aviones rusos Sukhoi, 17 helicópteros MI-17 Panare y 10 MI-35 Caribe (artillados), las armas más poderosas con las que cuenta en la actualidad la República, no hace falta una flota de la Armada de los EE UU.
En todo caso, haría falta una importante fuerza terrestre —dado el tamaño del territorio nacional y contando con que los Kalashnikov, las modernas lanzas del Ejército del Libertador, ayudarán a demostrar por qué el Himno Nacional canta al “bravo pueblo”— pero dado los escenarios de guerra en Irak y Afganistán, la vigilancia sobre Medio Oriente, China, Corea, India y el Mediterráneo, en las que están comprometidas las restantes cinco flotas imperiales, los soldados del “Tío Sam” tienen tareas más urgentes.
La triple frontera
Es más probable, además, que la activación de la IV Flota —que se creó para combatir la presencia de submarinos nazi en el Caribe y se desactivó en 1950 tras el fin de la guerra— sea más una respuesta política, desde el ámbito militar, al triunfo de Fernando Lugo en Paraguay.
Con los gobiernos del partido Colorado —que Lugo desplazó del poder tras 60 años de mandato continuo— el Gobierno de los EE UU logró tener una importante base militar en la región del Chaco paraguayo, en las fronteras de ese país con Argentina, Bolivia y Brasil, con acceso directo al acuífero guaraní —las terceras reservas de agua dulce del planeta— y bajo importantes yacimientos de gas y petróleo.
Los gobiernos colorados no sólo entregaron a las tropas de los EE UU el control de tan importante territorio, sino que además concedieron inmunidad a sus soldados, quienes no podrán ser juzgados por leyes y tribunales paraguayos aunque incurran de manera continua en siete delitos capitales.
Sin embargo, es muy probable que al nuevo presidente Fernando Lugo, que emergió del movimiento campesino en su lucha por el acceso a la tierra, que es un connotado defensor de los derechos humanos y ha reivindicado la libre determinación de los pueblos, le estorben tan molestos “huéspedes”.
Si Lugo termina por pedirle a los EE UU que retire sus tropas del Paraguay, gesto que sería aplaudido por los gobiernos de La Paz, Buenos Aires y Brasilia, a los que no les agrada tener a los soldados del “Tío Sam” en la llamada triple frontera, serían dos las bases militares que el Pentágono perdería en América Latina en poco tiempo.
Ya el presidente Rafael Correa anunció que el acuerdo por el cual se creó la base de Manta y que termina en el 2009, no será renovado y salvo Colombia y Perú, donde ya existen establecimientos militares estadounidenses —Tres Esquinas e Iquitos, respectivamente— ningún otro país en Suramérica parece estar dispuesto a ceder parte de su soberanía a la Casa Blanca.
Manta en La Guajira
Esto parece confirmarlo la propuesta del embajador de Washington en Bogotá, William Brownfield, quien da por hecho que la base en Manta terminará sus operaciones en 2009 y estima que ésta podría ser trasladada a Riohacha, departamento de La Guajira. Sin embargo, en esa fecha, en el Salón Oval despachará seguramente un presidente o una presidenta demócrata y, quizás para entonces, a él o a ella no le interese tener una segunda base militar en Colombia.
La apresurada extradición de 13 jefes paramilitares a los EE UU, el pasado martes 13 de mayo —entre los que se encontraban Rodrigo Tovar (Jorge 40) y Salvatore Mancuso— ordenada por el presidente Álvaro Uribe entre gallos y medianoche, es una prueba de que con los demócratas en la Casa Blanca, la política de los EE UU en Colombia cambiará significativamente.
Los demócratas han bloqueado en el Congreso la aprobación del Tratado de Libre Comercio (TLC) que tanto ansía Uribe y el tema se ha vuelto tan espinoso que se coló en la campaña por la postulación presidencial.
Afectó la candidatura de Hillary Clinton al conocerse que un importante miembro de su equipo hacía lobby a favor de la embajada colombiana y Barack Obama ha expresado, en más de una ocasión, su preocupación por la violación de los derechos humanos en Colombia y la manera en que el Gobierno ha tratado el asunto paramilitar, al que están asociados numerosos crímenes de lesa humanidad.
La Casa Blanca expresó, el mismo día de la extradición de los jefes paramilitares, que ojalá ese gesto ayude a la definitiva aprobación del TLC para Colombia y es que un triunfo de Obama en las elecciones del 4 de noviembre próximo, que implicaría una significativa desaceleración de la política guerrerista del presidente George W. Bush, con un replanteamiento de la llamada “guerra antiterrorista”, provocaría “daños colaterales” al Gobierno de Álvaro Uribe.
En medio del escándalo de la “parapolítica” y las acusaciones en contra del mismo presidente Uribe —unas de haber comprado votos para aprobar la reforma constitucional que hizo posible su reelección y, otras de haber ordenado una masacre de campesinos en Antioquia cuando fue gobernador de ese departamento— el triunfo de Barack Obama podría ser catastrófico para el actual Gobierno de Bogotá, al no lograrse el tratado de comercio que, políticamente, justificó la desmovilización de 47 mil 433 paramilitares.
Ante ese probable escenario —Obama en la Casa Blanca y Uribe en el último año de su mandato, con dificultades para una tercera elección— habría que preguntarse si las declaraciones de Brownfield no tienen otra intención que fastidiar un rato al presidente Chávez.
En Brasil es la cosa
El ministro de la Defensa de Brasil, Nelson Jobim, dijo a la agencia de noticias Reuters que “ellos podrán actuar en áreas no jurisdiccionales brasileñas. Aquí no entran”.
Y es que la reactivación de la IV Flota puede ser la respuesta del Pentágono a la iniciativa del Gobierno brasileño de crear un Consejo de Defensa Suramericano que ya cuenta con el apoyo de los países del Mercosur y Ecuador.
Venezuela y Brasil, incluso, ya realizan las operaciones Venbra, que abarcan a sus fuerzas terrestres, navales y aéreas.
Al elevar, administrativamente, el nivel de mando para el área de América Latina, EE UU redimensiona la importancia que le da al continente. Replantea su relación con una región que consideraba bajo su absoluto control, pero en la que, en los últimos 10 años, se han instalado gobiernos como los de Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Uruguay, Ecuador, Guatemala, Nicaragua y ahora Paraguay.
Brasil, por su peso económico y las dimensiones de su territorio y población, surge como país líder de este proceso de cambios e integración suramericana que, premeditadamente, deja por fuera a los EE UU. Y cuando ese proceso incluye lo militar, con la propuesta de crear un Consejo de Defensa, la reactivación de la IV Flota adquiere otro sentido.
De hecho, el teniente Myers Vásquez, el oficial encargado de las relaciones externas para las fuerzas navales del Comando Sur, dijo a la BBC que la reactivación de la IV Flota es una medida de carácter administrativo, que no implica el incremento de la presencia militar en la región, donde ya operan ocho o nueve navíos de guerra estadounidenses.
El presidente Bush, quien tiene listas las maletas para desalojar la Casa Blanca y en cuyo mandato —dedicado por completo a la “guerra antiterrorista”— EE UU perdió influencia en América Latina, quizás quiso despedirse del continente con un último gesto de “cowboy” venido a menos, una especie de John Wayne que pone la mano amenazadoramente sobre el revólver, pero que sabe que ya no tiene tiempo de disparar porque se le acabó la película.











