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Archivos de: May 2008, 16

Historia, sujeto y memoria

por joseleon71 @ Viernes, 16. Mayo, 2008 - 11:21:14 pm

Anotaciones y comentarios a partir de Figuras de la memoria, de José Javier Franco Ortiz (2008) Monte Ávila, Caracas

Lo que recordamos del pasado no es/no fue el pasado. Lo que recordamos hoy es (sólo puede ser) recuerdo. El recuerdo ocurre en el presente, exactamente en el acto de recordar, es decir, en el momento de su ocurrencia. El recuerdo es un acontecimiento cuyo lugar de acaecimiento es el presente. No puede ser de otra manera (la memoria elige del pasado lo que es útil al presente, afirmaría Bergson), pero el prestigio de la historia y, como vemos con José Javier Franco, su poder, suele ocultar esta verdad.
La crítica a la historia parte de una pregunta capital: ¿quién la escribe? Y puesto que la escribe el poder -representado en el historiador- resulta obvio que su discurso –histórico- salvaguardará (dará permanencia, relevancia, continuidad y visibilidad a) los intereses (prejuicios y privilegios) de las élites en el poder. Las evidencias facilitan esta perspectiva crítica, y aunque apuntan a una posible solución, no es fácil articularla en la práctica, convertirla en estrategias, en procedimientos.
En primer lugar, queda claro que se precisa un nuevo sujeto, un sujeto otro, desde el cual, o el cual, produzca un discurso histórico “distinto al de la historiografía” y tendiente a “desarticular los discursos hegemónicos sobre «nuestra» historia” (XII). El pasado histórico oficial se asume como un objeto absolutamente recuperable, sin silencios estridentes que pongan en riesgo la continuidad del proyecto de las elites; la teoría sobre el discurso otro, por su parte, sabe que tal absolutismo es imposible, que ninguna recuperación es total, que el tiempo pasado no cabe completo en el presente, y que todo proyecto de recuperación del pasado es un deseo en fuga. Si para la historia el pasado es un «objeto», para la memoria el pasado se «desobjetiviza» y se percibe, en cambio, como «proceso», “mecanismo escriturario de acercamiento a un «algo» que se sabe de antemano imposible” (XVI). No es la memoria, por tanto, un «archivo», sino un “dispositivo de agenciamiento que interrelaciona los hechos y los tiempos de los que se ocupa” (2).
La memoria deviene entonces borramiento de la historia, y se constituye a partir de la diversidad de voces, de la pluralidad, de la fragmentación, opuesta a la unidad monolítica de la “«voz» hegemónica de la historia oficial” (4).
La pluralidad y la fragmentación rompen con la linealidad* y la secuencialidad, y por ende, con la relación causa-efecto. (Recordando a Hinkelammert, rompen con la racionalidad medio-fin). Se introduce entonces otra racionalidad, y es otro, por supuesto, el sujeto. Este nuevo sujeto encarnará “voces disidentes, excluidas o escindidas de los discursos oficiales y tradicionales (…) que rompen con los modelos de hegemonía y predominio sobre la «verdad» histórica” (19).
El discurso de este sujeto otro, que no se escribe desde la racionalidad del poder, que no atiende a su forma lineal y secuencial, de causa efecto, y que además no se escribe «tal-y-como-fue», “exacta, puntual, efectivamente”, no tendrá, por ende, sentido. El sentido es una consecuencia y una relación del poder (que ha establecido una continuidad con el pasado) y determinadas estrategias discursivas. Si alteramos la linealidad y la secuencialidad, en términos latos, rompemos el sentido tal y como lo concibe el poder. Un sujeto otro, propondrá “figuras que ofrecen siempre y todo el tiempo una heterogeneidad de sentido o un sentido abierto a lo heterogéneo, cuyos elementos son intercambiables, sustituibles, y por ello proponen un sentido que se quiere alterable, inestable, fluido” (24). No estaríamos ante un pasado, sino ante versiones del pasado, ante posibilidades y acercamientos a una verdad siempre en fuga, siempre en constitución. Estas escrituras –dice Franco- “están más cercanas al relato cuasi-onírico de la memoria individual que a las pretensiones «cientificistas» de «la historia universal y/o nacional(es)» (29). Estas escrituras, además, “rompen los cánones de representación…” (39).
No estaríamos, por otra parte, ante un sujeto, sino ante un sujeto plural, productor de pasados plurales, diversos, heterogéneos. Y, si no hay memoria singular, entonces no hay memoria nacional.
Si el sujeto se conforma a partir de su pasado, un pasado plural supone un sujeto plural. La memoria -“proceso que pone en práctica «una política» acerca del pasado” (2) y no la historia (como archivo)-, será entonces “un campo discursivo de múltiples posibilidades, donde es el lenguaje, el uso del lenguaje por un sujeto x, lo que da forma a una figura de la memoria, a una manera de agenciar presente/pasado” (39). “Es posible que «hombre», «mujer», «negro», «latinoamericano», «nosotros», etcétera, sean categorías que describen procesos más que identidades” (40). Luego, “la acción de sujetos «subalternos», el uso que éstos puedan hacer de los «restos» del pasado, las operaciones que sus memorias pueden hacer sobre el relato pretérito, las reapropiaciones de los significados mediante la reordenación de los significantes, posibilita discursos otros, discursos varios que interrumpen, contradicen, desvían el flujo de los pretendidamente oficiales y posibilitan la «hibridación» del discurso sobre el pasado e incluso la emergencia de una memoria heterogénea” (42). Vemos entonces que el sujeto otro es un sujeto subalterno, en rebelión, (dis)puesto a recordar de otras maneras, a eludir, saltar, tergiversar, parodiar, rescindir el recuerdo oficial, la voz ordenadora del poder (y por ende al poder mismo). Atenderá otras voces, y las registrará de diversa manera. Establecerá otras relaciones con la verdad y el sentido, con el logos y la razón, con el recuerdo y el olvido. En definitiva, con el poder.

______________________________
* Valga aquí anotar una sugestiva apreciación de Adolfo Colombres (2005) en Teoría transcultural del arte, para quien, dejando atrás la “piedra fundacional” puesta por Herotodo “en cierta forma la historia es una creación del cristianismo (…) La concepción lineal del tiempo fue ya esbozada en el siglo III de nuestra era por Ireneo de Lyon, y tomada y elaborada luego por San Basilio, san Gregorio y San Agustín. Alberto Magno y Santo Tomás concibieron ya la historia como un progreso lineal, aunque hubo que esperar hasta el Siglo de las Luces para que la linealidad se estableciera con firmeza en el ámbito científico. Y hasta el siglo XIX para que se generalizara, bajo el empuje de las corrientes evolucionistas…”(43)


 
 

Revisión de paradigmas historiográficos

por joseleon71 @ Viernes, 16. Mayo, 2008 - 01:33:50 pm

Lectura de Nuevos paradigmas para el siglo XXI
de Roberto López Sánchez, 2003

[LOPEZ SANCHEZ, Roberto. Nuevos paradigmas para el siglo XXI. Revista de Ciencias Humanas y Sociales, ago. 2003, vol.19, no.41, p.107-139. ISSN 1012-1587]

Afirma Roberto López que la visión de la historia como progresiva y en sucesivas etapas de crecimiento fue lanzada al cesto de la basura, aunque su explicación en cierta manera contradiga que él mismo la haya echado al cesto; en efecto, afirma de acuerdo al paradigma “desechado” que «la historia se estanca y retrocede a períodos que se creían superados, y que se avanza hacia una mayor profundización de la desigualdades sociales» (109). Si se niega la progresividad y lo sucesivo, entonces no puede existir estancamientos ni retrocesos, ni mucho menos “períodos superados”. Aunque entendemos la idea de la afirmación hecha por López, valga la aclaratoria.
Reclama el autor que la historia debe adecuarse a la realidad latinoamericana, superar la visión eurocéntrica, y aceptar que no es neutral. Apuesta por lo que denomina el “compromiso social de los intelectuales” (110) ante la ola neoliberal. En este sentido, afirma que el oficio de historiador debe contribuir “a dar respuestas y explicaciones a los procesos de conflicto y cambio que hoy estremecen a nuestras sociedades” para lo cual se precisa “reconstruir nuestra identidad como nación” (110).
López sigue de cerca el manifiesto de “Historia a Debate” surgido en septiembre de 2001, contemporáneo a la voladura de las Torres Gemelas, coincidencia que destaca el autor. Dicho manifiesto propone la superación del objetivismo positivista y del subjetivismo posmoderno, que la rigurosidad en la historia no es contradictoria con sus resultados relativos y plurales acordes a la diversidad presente en las sociedades humanas, destaca el uso de nuevas fuentes históricas como la oralidad, la iconografía y los restos materiales, propone la innovación en los métodos y los temas, defiende la interdisciplinariedad como una necesidad ante la complejidad del actual mundo globalizado, y cuestiona la fragmentación de los estudios históricos que desvincula a los historiadores de una realidad basada en la interrelación y la comunicación global. Promueve, además, el debate y la confrontación intelectual y reivindica la autonomía intelectual de los historiadores. Apuesta por un sentido más comunitario del trabajo historiográfico y valora la herencia de la Escuela francesa de los Annales, del marxismo y del neopositivismo.
Los historiadores –resalta López del manifiesto- no se deben limitar a aportar datos, su papel abarca la definición de los temas, fuentes y métodos de investigación, la pertinencia social e implicaciones teóricas, y sus conclusiones y consecuencias. Afirma que una relación más estrecha entre la teoría y práctica incidirá en una mayor coherencia y valora los aportes que desde la historia deben realizarse en la definición del futuro de nuestras sociedades.
Este manifiesto y esta dirección historiográfica, parten de cuestionar que la historia estuvo reservada a una élite portadora de la “razón dominante” (114), lo cual imposibilitó a las comunidades populares, a los grupos étnicos y sociales elaborar “su propio conocimiento histórico” (114). Habla López de una historia mantuana “que ha relegado conscientemente a las grandes mayorías populares del papel protagónico que ejercieron en el proceso histórico-social venezolano” (122). Lo popular, pues, ha sido excluido de las investigaciones históricas:

Un elemento que resalta actualmente es la exclusión de lo popular en las investigaciones históricas. Explotados, rebeldes, dominados, no son considerados sujetos protagónicos de la historia. Masa pasiva de las elites dirigentes o de las fuerzas económicas y sociales, el pueblo aparece en la historia sin una identidad propia. El desaparecer el pasado de las clases populares y de las naciones dominadas contribuye a mantener y mitificar las formas actuales de sometimiento. Al valorar la historia de los dominados, de los pueblos y los grupos sociales derrotados, consideramos que la razón histórica no está necesariamente del lado de quienes triunfan en términos políticos concretos. Hay muchas sociedades, proyectos y revoluciones inconclusas que dejan mayores enseñanzas históricas que los triunfos político-militares de los grandes imperios que en cada época han dominado al mundo o regiones de él. Rescatar la memoria de los oprimidos es una tarea básica en el proceso de construcción de identidades, la cual consideramos una de las funciones principales de la historia, y puede permitir que el pueblo se convierta en sujeto protagónico y constructor de su propio destino (114-115)

Por otro lado, nuestra historiografía se constituyó en un apéndice de la europea y se afanó en explicar los pormenores de nuestra inserción, participación o anexión en el mundo occidental. Se precisa, afirma López, una labor historiográfica sobre la cual soportar la tarea de construcción de un desarrollo político, económico, social y cultural distinto al trazado por las clases dominantes, por las elites. Una sociedad plural, insiste, en la que participen las mayorías sociales, exige un “replanteamiento” de la historia de América Latina y de Venezuela en particular (117-118).
Repasa el autor algunas nociones (y prejuicios) de la historiografía tradicional. Por ejemplo, el inveterado racismo, manifiesto a la hora de tratar temas como la colonia o la esclavitud. Sobre Bolívar alude a las imprecisiones en cuanto a los alcances y limitaciones de su proyecto “burgués”:

El período de gobierno del partido bolivariano, en la República de Colombia (1819-1830), ha quedado para la historia como el único proyecto nacionalista burgués que haya tomado cuerpo en tierras venezolanas (hasta 1998 por lo menos). Esto es lo reivindicable actualmente del pensamiento de Bolívar, su nacionalismo hispanoamericano (123)

Pero sostiene que Bolívar contribuyó también a desarticular el “movimiento popular que había tomado fuerza durante la guerra de independencia” (123), alude al temor de Bolívar por la “pardocracia”, lo que implicaba “evitar por todos los medios que se fortaleciera una sociedad donde los mestizos y negros tuvieran el control del poder político” (124). Además, la entrega de tierras tendía a desestructurar la propiedad comunal de la tierra (que había sido reconocida por la corona española) y convertirla en propiedad privada, debilitando también sus liderazgos naturales al abolir los cacicazgos, lo que significaba la liquidación de las comunidades indígenas como tales, abriendo las puertas para su integración cultural a la sociedad criolla dominante (124).
Por otro lado reivindica a Zamora, y lo aproxima mucho más a los momentos de cambio actuales:
Zamora representaba los genuinos intereses de las masas campesinas, de los desposeídos, que nuevamente enarbolaban la “guerra social” que había desatado Boves en 1813, con el fin de destruir el poder político y económico de la oligarquía, y construir en cambio una nueva sociedad basada en los principios políticos del liberalismo burgués, cuyo respeto y aplicación estricta, pensaba Zamora, permitirían la felicidad del pueblo (125).

Finalmente, trae a colación algunos otros problemas tratados por la historiografía oficial: la existencia o no de un proyecto de desarrollo nacional durante el siglo XIX, la valoración de la obra de Guzmán Blanco y la participación popular en el proceso histórico venezolano. A éste respecto afirma que

“La historiografía burguesa ha ocultado conscientemente la participación protagónica del pueblo en nuestro proceso histórico. Nuestra propuesta es recuperar esa memoria histórica y reivindicar que los grandes cambios sociopolíticos siempre han sido posibles en Venezuela gracias a la participación masiva de las grandes mayorías populares” (128)

Como conclusión, adherimos el planteamiento de la necesaria “recuperación histórica de nuestro pasado indígena y africano” y “la recuperación de la memoria de las luchas populares, y su influencia en la conformación de la sociedad venezolana” como otra actividad fundamental de la investigación histórica. “Hasta ahora –dice- la burguesía escribió la historia para justificar su dominación. Al pueblo le corresponde ahora escribir la historia desde su perspectiva de liberación” (130).

Queda entonces por definir la naturaleza de ese sujeto social (aquí el plural es determinante) al cual le toca (y cómo)“escribir la (su) historia”. Entendemos por todo lo anterior, que se precisa romper con el paradigma positivista (y) eurocéntrico, con y desde el cual es imposible comprender e historiar nuestro plural devenir histórico. Se debe pues, definir ese otro texto, su naturaleza, constitución, su forma. Lo planteado por López en esta dirección es impreciso, pero no era este su objeto ni objetivo.