Hace poco, en un encuentro de estudiantes, escuché a una joven que de alguna manera se defendía de comentarios y apreciaciones que, según dijo, no respetaban lo suficiente sus opiniones. Sentía ella, tal vez con razón, que había una inclinación muy marcada hacia uno de los lados del debate, de modo que tomó el micrófono e insistió en torno a unos planteamientos que me sirvieron para delinear unas ideas al momento de mi intervención. Decía la muchacha y repetí que todos los pareceres deben ser atendidos, que por joven le interesa el país, y que no se puede cambiar sino a partir de “lo propio”. Nadie puede digamos discutir la verdad de tales planteamientos, sólo que los tres contienen argumentos subrepticios. La joven repite un discurso prefabricado, efectista, sin profundidad. En primer lugar, confeccionado por los medios de comunicación, fabricantes de la pluralidad, del país y de la “juventud” de la cual habla. Pluralidad que no pone en riesgo y en cambio acentúa la uniformidad y homogeneidad cultural capitalista de un país que no debe sustraerse a su relación vicaria con el primer mundo (de lo contrario será calificado de “forajido” y “terrorista”), con un ideal de juventud que irriga y contagia todos los escenarios, las agendas, los objetivos, que dicta la pauta, que organiza y controla la producción social y cultural controlada por el mercado.
Cuando digo que sus argumentos provienen de los medios de comunicación lo digo pensando en que la joven reproduce –emocionada, sin duda- la “opinión pública” fabricada a la medida de “sus sueños”. Los jóvenes (y ya no importa, por cierto, la edad biológica) son un amplísimo sector de consumidores (cada vez más amplio mientras más “jovenes” nos sintamos) y, tanto como les viene bien Mc Donald's, consumen hoy el discurso político al uso –de los medios-, máxime si como acaba de suceder recibe el premio Milton Friedman.
La muchacha entonces reproduce el discurso sin atender al hecho de que el capitalismo (al cual defiende sin darse cuenta de que lo hace, sobre la base falsa de que el socialismo es “totalitario” y no acepta la diversidad) niega e imposibilita la pluralidad, usa su juventud (la que le construye a su medida, en realidad una medida estándar y unisex) para vendérsela y le alimenta una ignorancia estructural de eso que llama lo propio. La diversidad y la pluralidad son posibles cuando se puede argumentar de igual a igual, libremente, sin coacciones, en un espacio público, cosa que el capitalismo niega de cuajo porque el sistema de competencias supone desigualdad intrínseca, amén de que rehuye los espacios públicos (en realidad huye de los espacios públicos y no ve el momento de privatizarlos todos.)
El capitalismo niega la sociedad, la cual sólo es posible como construcción colectiva y común. De modo que sólo existe diversidad y pluralidad fuera de las leyes del mercado capitalista, que postulan al homo oeconomicus, asocial y ademocrático. Si somos iguales en tanto que diversos y plurales (si se acepta una cosa se debe aceptar la otra) no hay razón para la competencia, para el cálculo egoísta, para ver en el otro un competidor al que es preciso vencer, superar, desplazar.
El capitalismo habla de mercado (lo que supondría un flujo equilibrado de mercancías, bienes y servicios) pero en realidad impone flujos unilaterales y unidireccionales (Ver Declaración contra los TLC), estrictamente una dictadura de mercado. Si a algún país se le ocurre imponer condiciones (impuestos o políticas proteccionistas, o ¡nacionalistas en tiempos de globalización!) al mercado capitalista trasnacional, un país “en vías de desarrollo” se entiende (a Haití lo nombran también así, por cierto, aunque a Aristide le dieran cuatro golpes de estado hasta que finalmente lo secuestraran entre otras cosas por intentar llevar los sueldos de los trabajadores prácticamente en condición de esclavitud de 1,76 a 2,94 dólares por día), pues le ha llegado el momento de vérselas muy mal, de ser amenazado y escarmentado con todas las de la ley (la del big stick), por entorpecer, por poner frenos irracionales al libre mercado. (Ver A propósito de Paraguay)
Para funcionar, para poder emplear a jóvenes consumidores en empleos mal remunerados (como los sueldos no alcanzan para consumir marcas requieren rebuscarse con “otras” actividades económicas), sin seguridad social, sin vacaciones, contratados por tres meses, despedidos y vueltos a contratar, exigiendo entrega total a cambio de flexibilidad total, condiciones de trabajo y de contratación asumidas menos como fatalidad que como algo natural, dóciles a las estrategias del marketing laboral e ignorando que mientras más inseguridad más riqueza (para sus empleadores invisibles y remotos), en fin, para poder construir una clase proletaria nada, absolutamente nada exigente, dócil, sindicato cero, flexible, dinámica, móvil, competitiva y arribista, se requiere una agresiva destrucción de las raíces culturales, de las tradiciones (de las que hayan sobrevivido a la Conquista, la Colonia y las Repúblicas), una profunda desconexión de las realidades del país, de sus capacidades productivas, de sus paisajes geográficos, culturales y políticos, de su historia. La escuela, el liceo, la universidad han sido esenciales en esto de construir una imagen del país que le permita al joven desconocer su aquí y ahora, administrándole con sobredosis de ipod su andar al garete e inoculándole la prepotencia necesaria para borrar con un rostro inexpresivo o un gesto de asco la impertinencia de alguna pregunta sin respuesta.
Con el fin de llenar alguna recóndita nostalgia, el capitalismo recrea signos y símbolos culturales (el puente sobre el lago y el palafito del Sambil, rostros y dichos populares, expresiones y prácticas sociales prácticamente extinguidas), fiestas y tradiciones descontextualizadas, fuera de foco, liberadas de pesos innecesarios, de gravedades demodé, desactualizadas, nada modernas. Los jóvenes (repito que no importa la edad) tienen una Venezuela de postal, de turismo de aventura, conectada a imaginarios cosmopolitas, de primer mundo, una Venezuela exótica digna de ser contemplada en las páginas y vitrinas de la Fundación Polar o Bigott, cuando no en la guía de Valentina Quintero. Ese país, al cual la muchacha dice querer, es una imagen distorsionada e irreal de Venezuela, una imagen fashion, ligt, edulcorada. Esa Venezuela le permitirá llegado el caso salir fuera del país y morir por una arepa.
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?Lo propio?, juventud y capitalismo
por joseleon71
@ Sábado, 26. Abr, 2008 - 11:56:24 pm











