Cerca de mí a una joven se le cayó la cartera y su contenido se esparció en el piso, ciertamente cerca de la cartera. Me agaché para cumplir con una suerte de ritual o gesto que se repite en el tiempo, pero una extraña sensación (casi) me paralizó: el sentido de la propiedad; sentí que no tenía derecho a tocar (recoger era otra cosa) las cosas que habían salido del interior de la cartera. Éstas expresaban la intimidad, estaban más allá de lo visible, de lo expuesto, portaban la idea de la desnudez. En fin, el tiempo de un relámpago sentí que no debía tocar, que si lo hacía iba a traspasar un límite. Las cosas formaban parte de la cartera, provenían de su interior, por un accidente habían salido a la luz, pero les correspondía la oscuridad.
La joven, por lo que recuerdo, no importaba o no estaba en primer plano. La sensación, lo que experimentaba estaba a la altura de las cosas, esto es, la sensación se circunscribía o pegaba a los objetos en relación con la cartera, que, como por una herida, dejaba escapar su interior. Las cosas, orgánicamente hablando, eran las entrañas de la cartera. Lo que así sale no puede ser tocado, siquiera mirado por manos extrañas. Pedían la intervención de manos entrañas, esto es entrañables, queridas, de algún modo también suyas.
Lo que sale del interior pero se entrega, ya estaba de algún modo fuera, sus momentos de interioridad no lo colmaron de intimidad, no lo unieron inextricablemente, no desapareció en el corazón de las tinieblas. Regularmente sale de las carteras el dinero, pero qué más exterior que el dinero. Nadie puede decir que el dinero es suyo, a menos que como Euclión lo hurte a los ojos de la luz social. El dinero es sólo exterioridad, afuera, circulación social. No así los objetos en el interior de la cartera. Los mismos, obviamente, fueron sustraídos de la circulación e ingresaron a un interior, a una intimidad, no precisamente a la cartera, sino al cuarto, a la sala de baño, al neceser de la joven, a su utillaje estético. Es pues, un ámbito de intimidad que sobrecarga a los objetos, los cuales, mudos y pesados, hablan de un mundo privado, restringido. Ahora recuerdo que en la adolescencia le pedí a una novia que me mostrara su cuarto; nunca satisfizo ese deseo, tal vez sentía el prurito de aparecer desnuda, de abrir su interior, de mostrar sus cosas.
Además, no fue el caso pero no importa que la joven se encuentre cerca, porque la sola cartera esconde su interior, y me parece que si hubiera sido al contrario habría recogido las cosas rápidamente, como se cubre la desnudez súbita, cerrado la cartera y buscado a la propietaria, puesto un alerta. Como cuando accedemos a un cuarto privado de pronto público: los objetos respiran el uso particular, hasta el punto de mostrar una suerte de inmovilidad sagrada. Ha de pasar el tiempo (a veces años, a veces la vida) para lograr mover un objeto de pronto paralizado por la desaparición de su propietario, ese único capaz de exponerlo, de ponerlo en circulación, de darlo, usar o guardar. El duelo se encarga de poner las cosas entre sombras, hasta que se despojen del pasado personal y queden otra vez convertidas en simples objetos, sin historia.
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Sobre la propiedad privada
por joseleon71
@ Jueves, 17. Abr, 2008 - 06:48:59 am











