Apuntes para una discusión
I
¿Qué hace que un objeto se convierta en objeto artístico? Si bien cualidades como la forma, el color, el diseño, la textura, etc., están en los objetos de arte, también se encuentran en los objetos cotidianos o no artísticos. Obviamente, si tales cualidades se encuentran tanto en uno como en otros, la condición de arte está más allá, trasciende estas cualidades.
La discusión, por supuesto, llega hasta a los objetos que, sólo una vez que están insertos en el circuito artístico, pasan a ser considerados obras de arte, no incluye pinturas o esculturas que, aunque no permanezcan, han estado o llegarán a encontrarse en dicho ámbito. Nos referimos entonces a aquellos objetos que están en una suerte de frontera entre lo ordinario y lo extraordinario, para los cuales se requiere la activación de una serie de dispositivos que actúan en el circuito artístico facilitando, impidiendo, resguardando su ingreso y estadía en el espacio-tiempo artístico. Está claro que una pintura o una escultura igualmente, activan tales dispositivos, pero sin duda cuando el objeto pudiera no existir como tal objeto de arte, fuera de la galería o museo, y ni siquiera ser reconocido alguna vez como tal, la activación del mencionado dispositivo es exigente y condición sine qua non.
Nos interrogamos sobre ello porque al analizar situaciones límites, la acción, el funcionamiento, la relación de los componentes del dispositivo con el objeto de arte, la obra en sí, el autor o autora, el público y la crítica, adquieren una visibilidad que las relaciones más tradicionales ocultan con el velo de la costumbre. En otras palabras, a una pintura en su marco no le queda más remedio que ser una pintura, independientemente de la calidad artística; es posible incluso, que sólo el marco prometa la existencia de una obra de arte. Es por ello que nos hemos interrogado sobre qué cosa es el arte allí en una zona enrarecida por el cruce entre el tiempo-espacio ordinario, el de la vida cotidiana, y el tiempo-espacio extra-ordinario, fuera del ordinario, común y corriente, qué cosa es allí in-between, para decirlo con Bhaba.
Hemos visto que del tiempo-espacio ordinario y sus objetos pasamos, a través de una serie de transformaciones derivadas del ingreso al circuito artístico, a un tiempo-espacio extraordinario. El ingreso, el tránsito está marcado por relaciones de poder. Es preciso controlar lo que entra y lo que sale, controlar la ausencia y la permanencia. Se controlan estos flujos para construir o tratar de construir realidad (Reig: 133). La crítica vigila la participación, abre y cierra las compuertas que permiten o denegan el acceso. No me refiero sólo al clásico papel del crítico, sino a todos los elementos que comienzan a privar en el proceso de selección e inclusión de una determinada obra al interior de un espacio “público (tránsito)/privado (permanencia)” dedicado a la exhibición de obras de arte.
Tenemos que reconocer que el peso de la crítica académica, universitaria, especializada, es cada vez menos determinante en la formación de gustos y tendencias. El crítico que acude a los segmentos culturales y de espectáculos renuncia a los “códigos de difícil acceso”, como diría Jesús Martín Barbero, y se refugia con aires de intelectual diletante en los lugares comunes y tecnicismos al uso de la televisión. No nos debe caber duda de la suculenta especialización en los problemas del arte, la cultura y los medios que se discuten al seno de las academias y las universidades, mas lo cierto es que semejante teorización no ocupa el interés (situación por demás comprensible) de las mayorías ni, lo que es peor, orienta las política públicas en cuanto al arte, la creación, el disfrute y su difusión. Tales políticas debían orientarse hacia una democratización de la experiencia estética no deprimida por la mercantilización del arte y la belleza. O en otras palabras, para qué sirven los estudios culturales, poscoloniales o anticoloniales sino precisamente para descolonizar la imaginación, la sensibilidad.
No obstante, tras un proceso que cubre casi sin fisuras el espesor de la vida cotidiana, corre una estetización que transforma la noción de “arte” en moneda corriente (desechable), hasta alejarlo de los espacios tradicionales (museos, galerías, salas de exposición) para integrarlas a otros (corredores viales, museos, galerías públicas, salas de exhibición en edificios públicos, etc.) que suplen aparentemente la función tradicional pero con el componente del tránsito, del lugar de paso (exposiciones que a la vez que dan prestigio cotidianizan la experiencia estética hasta hacerla parte de la calle, de las vitrinas, de las tiendas), todo ello parte de un proceso de ironización en el que ninguno de los componentes (artistas, obra, público, galería, museo, cine, etc.) queda intacto.
En efecto, una noción de arte extendida a la vida cotidiana, a los objetos e incluso a la interacción con los mismos, transforma los espacios de la realidad (cotidiana, vivencial, de todos los días) en una galería y hasta en museo, deviniendo la vida, el uso y empleo de los objetos, la interacción de éstos con nosotros y los otros, en una suerte de “exposición continuada” donde los límites del afuera y el adentro están (para la crítica desde un público que se sospecha él mismo “creador”) ciertamente difusos. Convertir la realidad en una galería sin fisuras (al menos pretenderlo) nos hace “artistas”, “creadores” y hasta “obras de arte”, en todo caso “conocedores”, lo que nos permite el ingreso en la noosfera de los medios de comunicación y su industria del espectáculo: “…la audiencia y las mentalidades –dice Ramón Reig nos confirman que el siguiente paso que lleva a cabo este dios cotidiano –con éxito- es la vedetización del individuo y de los públicos por la diosa televisión, lo cual otorga carisma y razón de ser porque se trata de la bendición, del bautismo llevado a cabo por la propia diosa: lo que no sale en televisión no existe; luego, para existir, hay que salir en la televisión aunque sea en un talk show, renunciando a toda privacidad y dignidad” (287). Como también lo afirma la periodista Mariana González:
“La televisión y las revistas promueven a gente bonita, atractiva, con la ropa y looks de moda, como un ejemplo a seguir. “Cuando un joven se da cuenta de que esa no es su realidad, busca cambiar su estilo de acuerdo con la imagen que le han vendido esos medios de comunicación”. A escala internacional, el concepto de perfección está basado en la imagen, y no en las aportaciones que las personas hacen a la sociedad.”
Valga aquí traer a colación una enumeración de valores realizada por Leticia García Reina (2004), que sin duda acompañan en conjunto la nombrada vedetización:
- Omnipresente culto al cuerpo y la belleza. Totalitarismo estético.
- Culto a la eterna juventud
- Infantilismo en los adultos, y niños adultizados
- Mercantilización del sexo y violencia sexual
- Sexismo. Degradación y frivolidad en la imagen que presenta de la mujer como objeto erótico-escaparate
- Apología de la violencia como conducta plausible y efectiva. La violencia como un hecho cotidiano.
- Trivialización de la muerte
- Potenciación del americam way of life, o del modo de vida americano
- Consumo. Tener es poder
- Competitividad, en todo y por todo
- Individualismo, insolidaridad
- Falta de compromiso y de respeto intergeneracional
- Idealización del status
- Éxito
- Fama
- Cultura del pelotazo o de “cómo conseguirlo todo sin esfuerzo”
- Imitación, repetición, carencia de ideas propias, de originalidad. Pérdida de la personalidad. Alineación, “borreguismo”
- Supremacía y poder de la marca. Tiranía de la moda
- El dinero como valor en sí mismo
- El maniqueísmo bondad-maldad, en el que no caben los grises
- Ridiculización del saber y la cultura, considerados como algo marginal de “calculines” y aburridos. Desprecio al intelecto
- Empobrecimiento del vocabulario y la expresión oral, así como de la cultura propia (120-121)
La lista ilustra sobre los perfiles de la belleza que los medios han puesto en circulación. En efecto, todo lo que comunique juventud, mercantilización, algún tipo de violencia, que promueva el modo de vida “americano”, que exprese alguna forma de poder, que exprese la competencia, el éxito, la fama, la “fortuna”, es pasible y plausible de considerarse bello. Y serán bellas, las condiciones, las estrategias, los momentos, las situaciones, que permitan la conjunción de tales cualidades y características. Un concepto de belleza así preformado, tiránico y evidentemente totalitario, se extiende desde el cuarto íntimo hasta la plaza o avenida, del hall hasta el dos veces falso rococó del restorán, del lobby Art Deco hasta la pequeña salita de “estar” lounge.
II
Puesto que la obra y la experiencia estética con la que pretende comprometerse dependen sólo del sujeto humano abandonado de los dioses idos o muertos, lo que se impone es elevar las exigencias en el terreno de los valores artísticos.
Josu Landa
Hemos discutido sobre el reconocimiento de dos dimensiones que configuran al objeto artístico. Una dimensión política y una dimensión estética. Esta división, tajante, no existe realmente, pero recurramos al sentido común de separar para intentar ver mejor. A lo que nos hemos referido es que la dimensión política sitúa, dispone, organiza, distribuye, etc., el objeto de arte en el mercado, mientras la dimensión estética se establece en la relación (encuentro, disfrute, contemplación, etc.) del arte y sus objetos con los sujetos. La dimensión política no se puede desprender en ningún momento de los objetos, sería como suponer que algo existe fuera de la historia, lo cual es impensable. Mas existe una dimensión estética (necesariamente mediada) que se funda sin embargo en la libertad del sujeto, en esa región donde el gusto se construye a la par del deseo. Como dice Josu Landa (2005): “puesto que toda obra es expresión de algo cuya referencia de sentido se halla fuera de sí-- se ofrece y permanece como disposición abierta a la experiencia estética.”
Se dirá –y con razón- que todos los objetos se encuentran mediados por diversas formas de poder, pero debemos conceder que si absolutizamos dichas relaciones y borramos en el sujeto toda posibilidad de establecer a partir de un grado variable de emancipación una relación con los objetos, no es posible la creación ni el arte –en libertad. Estamos así ante la “instauración del sujeto como base autorreferente de la experiencia estética, en función del juicio de gusto, lo cual implica una especie de imperativo del placer, encuadrado en un apolíneo hedonismo democrático”, afirmación que hace Landa luego de interpretar los alcances de la teoría estética de Kant. Aparece con estas ideas el hombre y la mujer “huérfanos de absolutos”, “creador heautónomo, único, de su propia experiencia”.
Por otra parte, “El topos de realización de la obra sólo es pensable a partir de entidades relacionales que se buscan y necesitan recíprocamente, sin cuya mutua complementariedad carecerían de significación. El texto secularizado, desacralizado, simple resultado de la expresión de una subjetividad creadora, se nos ofrece como objeto entre los objetos.” De modo que la dimensión política actúa sobre los objetos y los valora, los dispone y organiza en el tiempo y en el espacio; no depende de los sujetos en la medida en que estos no eligen lo que el poder dispone que sea visto, esto es, lo que asciende a esa zona de lo observable, de lo visible. Pero la dimensión estética depende, sin embargo, de los sujetos, y si bien valora (“placer y valor: éstas parecen ser las coordenadas de la realización del arte, por el lado del sujeto”) no lo hace en los términos del mercado sino en los de una “economía” personal, subjetiva, íntima, que puede ser compartida pero no intercambiada, fundada en la intransferibilidad, condición inherente e inmanente del ser humano. Valoración que se funda en el encuentro del sujeto con el objeto en una relación que guarda “la existencia de un vínculo tan profundo cuanto misterioso entre expresión y deseo”, deseo que es “afirmación de la vida”, “de la vida propia, de cada persona de carne y hueso, como diría Unamuno”. “Y un paso más por esta senda –seguimos con Landa-, permite columbrar un nexo necesario --aunque indefinible-- entre tal afirmación y las experiencias de satisfacción que engloba la noción esquiva de placer, no sólo a propósito del arte en general, sino en el plano entero de la existencia humana.”
No se nos escapa el hecho de que la dimensión política de la que estamos hablando ha asumido una “falsa totalidad” y una falsa universalidad. Estamos ante la hegemonía de las formas de civilización extendidas por el capitalismo diseminadas en la totalidad del globo y uniformadas en y a través de los medios de comunicación. De modo que cuando decimos que la dimensión política valora y sitúa, dispone, organiza y distribuye, lo hacemos sobre la base de un sistema de valor en el marco de una referencia construida por y dentro del modo de producción capitalista que establece determinadas relaciones de poder.
La dimensión estética la entendemos, en principio, como ámbito de emancipación de esas formas de producción. Existe un espacio, una zona, un ámbito en el que los sujetos se encuentran más allá de las mediaciones- con los objetos (artísticos o no). Creemos que ese espacio no es un resquicio ni un intersticio, sino una vasta zona de la sensibilidad no controlada por las formas del poder conocidas, las que prefiguran y configuran el gusto, la selección, el consumo. Existe en nosotros una disposición no controlada que gusta, selecciona y consume de otra manera. No hablamos del individuo libre de Kant, cuya soberanía reside en hacerse déspota de sí mismo, sino del auténticamente soberano, cuya expresividad corresponde con la plenitud de su ser social (Del Búfalo, 2002). El modo de producción capitalista destruye al sujeto, lo vacía o achata, al tiempo que limita hasta la caricatura el ejercicio de su libertad. Este modelo hegemónico choca sin embargo contra sujetos de carne y hueso, contra realidades bien concretas, porque lo excluido o lo disidente, como afirma García Canclini (2000) “no puede ser pensado sino como lo que no entra en la organización mercantil de la vida social”. Eso no pensado y que busca ser desechado, esos colectivos, comunidades, pueblos que se afirman negando el poder constituido, se afirman y reconocen sobre la base de proyectos de vida contrarios al modo de producción capitalista que, al tiempo que ofrece una ilusión de unidad nacional nos hace partícipes de un sistema-mundo con una sola y extendida estetización. Como lo explica Pedro Susz:
“El sincretismo, la calidad mestiza de la realidad, es de tal suerte no sólo la mezcla de razas y cosmovisiones, sino sobre todo la coexistencia no siempre, o más bien casi nunca, pacífica, sino la pugna constante entre diversos proyectos de sobrevivencia y futuro encarnados en las prácticas sociales y expresivas de los actores concretos de la realidad de todos los días. Las atomizaciones, la rotura del tejido social, el desmoronamiento de los pactos colectivos, la obsolescencia de las formas de negociación del conflicto y la emergencia, virulenta a menudo, de las demandas de reconocimiento e inclusión dan cuenta entonces de las profundas fallas geológicas sobre las cuales se ha construido la ficción de unidad nacional basada en la imposición de un proyecto sostenido en la imposible supresión de esos imaginarios” (57)
El control de esos imaginarios rebeldes es por supuesto parte de la agenda activa del poder hegemónico; controlar su producción de sentido, asimilar sus formas agresivas y contrarrestar el efecto de sus postulados. En efecto, existe una manera distinta de producir cuando se produce en libertad y para la vida, para la sobrevivencia, y no para obtener “beneficios”, “la sangre que da vida al capitalismo”, “representación concreta de la estructura intangible del poder, de la jerarquía, del privilegio y de las creencias que surgen de la naturaleza del sistema y que dan lugar a su lógica” (Heilbroner, 1990: 65).
Ovejero (1994) habla de “bienes relacionales” como aquellos bienes públicos, producidos sin costes , que se producen de manera compartida y gratificante, cuyo consumo por unos no excluye el consumo de otros, y que se producen en el instante que se consumen. Tales bienes dependen de una materia prima cada vez más escasa: el tiempo; lo que los torna “más costosos de producir, porque, por definición, no pueden mejorar su eficiencia productiva y, naturalmente, por comparación, que es como se calibran estas cosas, cada vez resulta más caro dedicar tiempo al cultivo de lo que «no sale a cuenta»” (41). Entre estos bienes está la política (no “profesionalizada”) como escenario de participación, y la conversación. Estos bienes forman parte de los que “no queremos conceder a la gestión del mercado” (41).
¿Es posible nos preguntamos para volver a nuestro tema- una valoración estética a partir de esos valores? ¿Participamos del hecho estético como de una conversación, sin comportar costes y para la cual se exige sólo tener tiempo? ¿Se confunde esta “gratuidad” con lo que sale “gratis”?
La creación como la libertad, se fundan en un ámbito, una zona de emancipación, y hacia el control de la misma enfilan sus mecanismos de poder la política y la economía convencional. Reducir a un mínimo inexpresivo el poder de acción del sujeto en y desde ese ámbito, es parte de la agenda de los poderes constituidos. Reducción que no se logra por la vía de una acción despótica sino por una forma de represión que paradójicamente “sigue la misma línea de liberación del individuo soberano para conducirlo a su destrucción como figura social” (Del Búfalo, 2002: 40):
La pasión por la libertad individual se convierte en pasión por la destrucción de todo lo constituido, la pasión por la igualdad en pasión por homogeneización colectiva, la pasión por la apropiación de la naturaleza en pasión por la racionalidad tecnológica que aniquila lo social, la pasión de la individualidad de la persona en pasión por el líder como personificación de la representación individual, la pasión por la libertad de pensamiento en pasión por los estereotipos y valores serializados” (40)
Aquello de la “libertad negativa” que afirma que es libre el sujeto que no es obligado a hacer algo, queda en bancarrota frente a la totalidad de un sistema que obliga precisamente a hacer algo que puede o de hecho va (más temprano que tarde) en su contra. Se trata de un sistema que convierte en placer y en espectáculo la destrucción de los propios sujetos, convertidos en objetos de su propia destrucción. Ovejero lo sistematiza en ocho aspectos:
1) “Sólo se expresan las preferencias de aquellos que tienen dinero para manifestarlas”
2) A veces nuestras elecciones van a favor de nuestras preferencias, en otros momentos van en contra de nuestros propios deseos.
3) Los deseos son propiciados por la limitación en el campo de elección.
4) A veces las preferencias dependen de la propia situación y difícilmente puede servir para justificarlas.
5) El modo de adquisición actúa sobre las preferencias.
6) Hay deseos que requieren entrenamiento, y el mercado, en principio reacio a invertir en la construcción de preferencias, decidió invertir en televisión con el mecanismo que Ovejero califica como “convergencia en la estupidez” (52).
7) Se acepta como legítimo lo que “todos” aceptan.
8) El mercado, en definitiva, “estrecha los escenarios de elección” (53).
Bibliografía
- DEL BÚFALO, Enzo (2002) Americanismo y democracia. Monte Ávila, Caracas
- HEILBRONER, Robert L. (1990) Naturaleza y lógica del capitalismo. Península. Barcelona, España
- GARCÍA, Leticia Reina (2004) “Juventud y medios de comunicación: La televisión y los jóvenes. Aproximación estructural a la programación y los mensajes. En: Ámbitos. Primer y Segundo semestres. Nº 11-12. Universidad de Sevilla. Sevilla, España
- HINKELAMMERT, Franz J (2006) El sujeto y la ley. El retorno del sujeto reprimido. El Perro y la Rana. Caracas, Venezuela
- LANDA, José (2005) “Reivindicación del gusto: Sujeto, experiencia estética y recepción literaria”. En: Signos filosóficos. Julio-diciembre, año/vol VII, nº 014. Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa. Distrito Federal, México, pp. 45-71
- OVEJERO, Félix (1994) Mercado, Ética y Economía. Icaria. Fuhem. Barcelona, España
- REIG, Ramón (2004) Dioses y diablos mediáticos. Cómo manipula el Poder a través de los medios de comunicación. Urano. Barcelona, España
- SUSZ, Pedro (2005) La diversidad asediada. Escritos sobre cultura y mundialización. Plural. La Paz, Bolivia











