Lectura de los poetas
Elías David Curiel y Elías Sánchez Rubio
Ver: Bienal Internacional "Elías David Curiel"
Poemas de Elías David CurielElías David Curiel Poeta Modernista
La esperanza y la desesperanza en dos poetas modernistas
Cuerpo y mujer en dos poetas modernistas
La poética de Elías David Curiel desafía las nociones de aislamiento cultural que buena parte de la crítica sobre su obra ha desplegado con argumentos que consideramos subjetivos, impresionistas e impresionados, en definitiva, mal acomodados a la realidad. Ciertamente, la posición de Coro y específicamente de la Región Coriana, como lo estudió Blanca de Lima, crea un escenario muy distinto al que vivió Rufino Blanco Fombona, Andrés Mata o Ramos Sucre. La cercanía a la Capital, al poder, a la política, a la diplomacia, al exterior, a los viajes y al propio exilio, dispusieron una serie de condiciones que favorecieron la creación y difusión del arte y el pensamiento modernistas, con Rubén Darío a la cabeza de un movimiento que se extendió por todo el continente y llegó con nombre y talante propios a Europa.
Curiel prácticamente no salió nunca de Coro, pero su avidez intelectual, aunada a una región abierta al mundo, a las Antillas, al Mar Caribe, necesariamente le dio noticias frescas y lo interrelacionó de un modo hasta hoy difícil de imaginar, sobre todo porque no se ha pesquisado la relación –si la hubo- de nuestro poeta con las Antillas, fundamental en el caso de los judíos sefardíes, como era precisamente el caso de los Curiel, y porque un cerco de prejuicios impiden reconocer lo que afirmó Yolanda Segnini a partir del balance de la producción artística, cultural, intelectual, que pone de manifiesto “la existencia de un país abierto a las principales corrientes del pensamiento de la cultura occidental, sin filtros ni mediatizaciones; o cuando menos, ponen en duda la reiterada visión de aislamiento del país, bastante generalizada, que se nos ha presentado como característica inmanente del régimen dictatorial de Juan Vicente Gómez” (1997:113).
Roberto Palacios, citado por Taylor Rodríguez García , afirma que los nexos culturales con Curazao iban más allá del “enorme intercambio humano de comerciantes, navegantes, obreros, viajeros y exiliados políticos”, ya que esos lazos se expresaban “por la irradiación cultural desde Curazao con sus escuelas hispanoparlantes, para niños venezolanos, y sobre todo por el genio emprendedor de la “Librería A. Bethencourt e Hijos” donde se solía imprimir las obras literarias de eminentes escritores venezolanos y además servía de gran centro de distribución de libros, para toda el área” (32). Dato importante, Polita D’ Lima de Castillo, determinante figura de la cultura coriana en el período que nos ocupa, ligada a las sociedades “Armonía” y “Alegría” tenía una estrecha relación con la citada librería curazoleña.
Valga recordar esto para traer al análisis el nombre de un poeta, Elías Sánchez Rubio (Maracaibo, 1881-1927), con un indubitable aire de familia, una turbiedad, un sopor, un ruido en ciertos rasgos semejantes a los del poeta coriano:
Yo fui como esos monjes del Yermo, que en la gruta
de las peladas rocas, fijaron sus mansión.
Yo fui como esos monjes de luenga barba hirsuta
y desgarradas túnicas de pieles de león.
(Sánchez R., 1977: 27)
Sánchez Rubio –escribe Ciro Nava- “es el poeta grande, verleniano, complejo, universal (…) Es el más dolido y hondo (…) Novelista vernáculo, alma indiana y espíritu helénico”. Miembro del “Grupo Ariel”, donde destacan los poetas Emiliano Hernández, Rogelio Illarramendy y el crítico Jesús Semprúm: “Morfina, alcohol, locura, peregrinajes luminosos, pesimismos dolientes” (1940: 218).
De su poesía (como de paso se puede afirmar de Curiel), dice Berthy Ríos, en el estudio que prologa el libro editado con motivo de los cincuenta años de la muerte del poeta:
“Esa es la poesía de Elías Sánchez Rubio: amalgama de nervio y emoción, y una dosis cerebral que le pone el tinte oscuro. Poesía pesimista, a tono con esa enfermedad mental que esparció desde Francia el romanticismo finisecular. Sólo que en vez de colgarse o pegarse un tiro, se dejó asesinar por la morfina” (18)
Igual que Curiel, Sánchez Rubio vivió en una zona geográfica y cultural abierta al mundo por el Mar Caribe, en este caso a través del puerto de Maracaibo. Ambas regiones, la coriana y la zuliana, conocieron un comercio agroexportador amén de una actividad artística cultural muy intensa. Como lo informa Germán Cardozo Galué: “Concluidas las guerras de Independencia, en no más de cincuenta años la apacible aldea que muy poco había crecido durante la Colonia se convirtió en ciudad” (1991: 7)
Aumentó la población, su Aduana fue la segunda a nivel nacional después de la de La Guaira, se incrementó el flujo de capitales, nació una poderosa elite comercial y financiera, creció la ciudad hasta el punto de ser la primera con energía eléctrica, se multiplicaron los centros educativos, las asociaciones culturales, los periódicos y las imprentas. La sociedad, en fin, se abrió “a los gustos, usos y costumbres de las principales capitales europeas y norteamericanas” (6-7)
Como en el caso de la Región Coriana, como lo vemos con Blanca de Lima:
La prosperidad de ese sector y los recursos fiscales, que aunados modificaron a la ciudad y mejoraron la calidad de vida, provinieron esencialmente de la explotación directa o a través del comercio de las áreas productivas andinas, sur del Lago y valles de Cúcuta. Estamos, pues, ante el caso frecuente de un centro urbano que crece a expensas de su “hinterland” rural; pero con un crecimiento limitado, a su vez, por su condición periférica dependiente en relación a los centros del capitalismo y norteamericano.
Ambos procesos pueden explicar la existencia, auge y desaparición de fenómenos culturales como los que dieron lugar a la existencia de los poetas Elías David Curiel y Elías Sánchez Rubio. Intensidad súbita, un cosmopolitismo casi explosivo pero sin maduración social, ciudades que se encontraron de pronto con formas y prácticas culturales extranjeras, extrañas, exóticas. Por otra parte, ambos poetas murieron en vísperas a la expansión agresiva del petróleo que habría de desplazar los fundamentos y las formas de ser de esa sociedad, haciéndolas rápidamente anacrónicas, acaso como sus propias escrituras. Dice Ríos del “verso” de Sánchez Rubio: “nadie antes que él lo había escrito, y nadie después de él, lo escribió luego” (17).
El otro aspecto en el que se encuentran es en la hiperestesia, ciertamente los poetas de este período acusan sobreexcitación, un nerviosismo que en algunos se reflejó con autenticidad y desgarramiento, pero que en otros, no pasó de ser una suerte de moda, un rictus de salón. Leamos a Sánchez Rubio:
I tiendo esos tapices peregrinos
sobre la realidad, que transfiguro,
tal como los fastuosos gibelisnos
cubren la roña i la vejez del muro (32)
En Humo tenue y azul
(…)
Ni aún así… Que en la tumba sordamente,
cual pensamientos lóbregos e insanos,
arañarán la tapa de mi frente
con su hervor nauseabundo, los gusanos… (35)
En La hilandera loca
Si como dice Julia Kristeva, “Las épocas que ven derribarse ídolos religiosos y políticos, épocas de crisis, son particularmente propicias para el humor negro” (1997: 13), se comprende la inclinación de nuestros poetas a un universo dominado por la presencia del dolor, la angustia, la soledad, la desesperación y el trance agónico, que los condujo a ambos al suicidio y a escribir en vida su propia muerte:
¿Qué amor es ese tuyo por la vida,
tan profundo i tenaz, que así se olvida
del refugio piadoso de la muerte?
Cuando un árbol cualquiera, un cobertizo,
i una cuerda, i un nudo corredizo,
sobran para burlarse de la suerte! (79)
En Carbonero
(…)
Perro de Don Nadie, que te entraste un día,
como viejo amigo, por mi casa abierta,
i tendido al lado de mi vida muerta
te has ido enfermando de mi hipocondría… (86)
En Mi amigo el can
(…)Pero conmigo, todo vacila y se descuaja.
Con mis cansados huesos, acecho la mortaja… (91)
En El dolor de la muerte
La muerte como “refugio” aparece unida, en el caso de Elías Sánchez Rubio, a la “ciudad hostil”, tal vez uno de los momentos más claros en que las poéticas que estudiamos se separan, toda vez que en Curiel la ciudad moderna, al menos como la sentida o presentida por Sánchez Rubio, no aparece. Curiel se hunde en sí mismo pero ciertamente huye de otro orden de cosas: “En virtud del propio temperamento/ y por la imprevisión con que el Destino/ las circunstancias sima a mi elemento/ vital, de obstáculos es mi camino” (2003: 78). La ciudad además, aparece en Curiel muerta, calma: “Vivo vida monótona, la calma/ de la muerta ciudad que fue mi cuna/ en donde emparedada, como en una/ bóveda ardiente, se me asfixia el alma” (306). La Maracaibo de Sánchez Rubio, aparece como un organismo ajeno, vivo pero de una vida ajena, que más bien lo expulsa y lo convierte en un ajeno, en un extraño:
Hoi, todo es diverso: nuestro mismo lago
ya no es la guitarra de nuestra canción:
cruzan por sus aguas con ruidoso estrago
cien hélices raudas, en trepidación.
Nuestro antiguo cielo, de un azul tan vago
está envuelto en hoscos vahos de carbón:
i hai en nuestras grúas un rumor aciago
de tropel, i voces de extranjero son
Nadie nos conoce. Ya aquí nada es nuestro.
Todo nos empuja sin piedad, Maestro…
Ya no hai sitio, Hermano, para nuestro pie.
Suena, pues, la hora de la despedida.
Está pronto el barco para la partida…
¡I en nosotros parte todo lo que fue! (63-64)
En A Udón Pérez
La vida interior de Curiel es absoluta, y la ciudad devuelve el eco sombrío de su propio interior. Se pudiera afirmar que a través de los poemas del coriano, Coro es una ciudad espectral, interior, de pesadilla o sueño:
“Rotas, pues, como estaban –dice Virgilio Medina- sus ligaduras domésticas con el medio social por voluntaria aversión contra quienes lo dominaban y regían, así como por virtudes y defectos del propio temperamento y educación, no vivió sino para ser el solitario de su astral obra.” (Medina: s/f, 137)
La Maracaibo de Sánchez Rubio es exterior y el poeta un testigo de un mundo extraño que lo extraña y extranjeriza. Así, cuando sale a errabundear por las calles de la ciudad nocturna se encuentra con su soledad y la letargia de la ciudad la asume como propia. Curiel, en cambio, no amerita salir, su ciudad es interior, su cuerpo es su propia ciudad, pero también su mortaja y su tumba. Curiel no tiene exterior, no tiene afuera. Todo lo que le sucede ocurre dentro suyo y en un tiempo mítico. Sánchez Rubio, al tener afuera, adquiere una perspectiva histórica y hasta sociológica, y sus poemas pudieran darnos noticias no sólo de la ciudad y los ciudadanos de entonces sino de las transformaciones de la misma, y del eco de esas transformaciones en sujetos arraigados a un lugar que se está transformando con una rapidez insólita y el cual comienzan a desconocer. Si Curiel es testigo de estas transformaciones propias de la época, pero las traduce fundamentalmente en clave sicótica, mental, ultraterrena y sublunar, Sánchez Rubio las comentará con el desapego del ciudadano nostálgico de un mundo anterior, en su caso “indiano”, rural, campesino: “Yo debí quedarme –dice- bajo tus caneyes,/ a la amiga sombra de tu platanal;/ conduciendo al linde mis pesados bueyes,/ trajinando el légamo para mi arrozal” (122)-, sujeto desplazado a los bordes de la ciudad que crece y expulsa formas de vida refractarias a lo citadino, a lo moderno:
Santa Rosa! Breve pueblecito indiano,
al que tantas veces en mi mocedad
fui a buscar la cura de tu ambiente sano
contra el mál del tedio de la hostil ciudad!
(…)
¿Cómo te llamabas, indiecita mustia,
que compré un buen día por un ruin valor?
Ya sólo me acuerdo de tu voz de angustia,
de tus ojos, negros, como un gran dolor.
Yo era allí dichoso, tras aquel recodo,
bajo el rancho amigo, con tu amor cortés (…)
(…)
Tú no eres la misma de mi remembranza;
más, en tantos lustros, yo cambié también.
I hoy, no sé si es tuya toda la mudanza
o mis viejos ojos los que así te ven. (122)
En Venecia indiana
Entonces reconocemos dos movimientos al menos en el proceder de Sánchez Rubio con respecto a la ciudad: la ciudad hostil, entregada al desarrollo que altera la “larga siesta, bajo el seco esparto del bohío” (120), lo desplaza a los márgenes de la ciudad y por ende, progresivamente, a las lindes de la vida ciudadana, familiar y finalmente a los límites de su propia vida. Luego, como consecuencia de este deslizamiento a las fronteras de lo social y personal, la realidad se recupera, primero, pero fugazmente, a través de la nostalgia, como ya vimos, pero de manera mucho más sostenida a través de lo sub-real, de ahí la recurrencia a las leyendas y mitos, por un lado, y a los relatos de trasmundo o vida espectral, por el otro. En estos movimientos Sánchez Rubio se encuentra con Curiel, pero sus senderos se bifurcan porque el coriano, al no tener vida exterior o pública (hablo de las entidades poéticas, claro está, no de las biográficas), se concentra en sí mismo hasta convertir un texto mitológico o legendario en la trama de su propia experiencia vital, y lo mismo sucede con sus visiones, espectros o fantasmas. Sánchez Rubio, al contrario, emplea los mitos y leyendas para ejemplarizar, y sobre los fantasmas y visiones se muestra no tanto descreído como seguro de corresponder a experiencias que son el producto de su desconexión con el mundo y que, en otras circunstancias más dóciles, desaparecerían. En otras palabras, sus fantasmas son producto del malestar, de su enfermedad, del insomnio y, en definitiva, experiencias comunes empleadas en su caso para hablar de miedos infundados, noticias erradas y confusas de una realidad que se torna progresivamente adversa. Para decirlo con el mismo Sánchez Rubio: “Una fraterna concordancia existe/ entre esta larga noche de visiones/ i entre mi alma, temerosa y triste” (126):
Alguien, con plantas cuidadosa llega.
Su falda roza sobre el piso. Escucho.
Es un ratón noctámbulo, que brega
por conducir su pan a su sucucho.
¿Me nombran?... Es la ramazón que gime
al trajinar, a guisa de serrucho,
contra la estrecha jaula que la oprime…
(…)
¿De quién es esa trágica pupila
que fulge allí, con vigilante saña?
Me acerco; y cesa la ilusión extraña:
Es un trozo de vidrio que rutila
cuando el brochazo de la luz lo baña. (127-128)
El trato con el exterior del poeta de Maracaibo corresponde al personaje público y al escritor reconocido de novelas, cuentos y poemas, pero sobre todo al periodista, editorialista de “Los Ecos del Zulia” y “Paz y Trabajo”, además de Jefe de Redacción de “Panorama”. Cuenta Berthy Ríos que “Era proverbial su manera de trabajar”:
El poeta pensaba, redactaba, daba órdenes, se afanaba en todos los sentidos, y cuando ya próximas las doce de la noche se le acercaba el jefe de taller en busca de los originales, éste recibía entonces una resma de papeles escritos a lápiz, con la letra febril y desigual, que constituían un verdadero dolor de cabeza para los tipógrafos. (13)
En el caso de Curiel, como maestro de escuela y también como periodista, dejó testimonios de una reconcentrada vida interior que enrareció ambas actividades. En efecto, como maestro, refiere Miguel Otero Silva que debió ser
“…una pesada carga para sus discípulos por sus violentos estallidos y por la irregularidad de sus estados de ánimo, muchas veces quedaba en éxtasis o en diálogo sordo con los espíritus a mitad de una clase, mientras los discípulos abandonaban silenciosamente la escuela “porque el bachiller se había quedado dormido” (Medina, s/f: 49)
Como periodista, afirma el poeta José Rafael Álvarez –como ya fue citado con anterioridad- que Guillermo Croes,
“… que lo trató de cerca, observa que sus crónicas –aún las más inocentes, como el funeral o la reseña urbana que suscribía siendo redactor de El Día- “le salían raras”. (Memoria, 2001: 75)
La vida interior de Curiel, que lo alejaba de la realidad y la sociedad al tiempo que lo hundía en sí mismo lo condujo naturalmente a encerrarse, a despreciar la vida social y las “veladas decimonónicas que aquellas sociedades ofrecían” (Memoria, 2001: 75). El tedio, la vida monótona, corresponderán a este repliegue y hundimiento en el ser. Se trata en su caso, menos de un rechazo a la sociedad que una escisión fundamental en su naturaleza ontológica que lo hace despreciar-se, aborrecimiento que se dirige a sí mismo con un ahínco que supera el que acaso le prodigó la sociedad misma:
¿Por qué, si me aíslan, no soy en mi propio desierto
el león
que sale y destroza, zarpazo a zarpazo, la vil multitud;
sino que mastico, degluto y digiero mi diaria ración
y dejo entre moscas pudrirse el cadáver de mi juventud? (2003: 168)
Además, su retirada de la sociedad, que fue un encerrarse en sí mismo o en el ámbito del cerebro que zapó su vitalidad, “Juventud que ha muerto sin sentir la savia de mi corazón,/ pues desarrollando mi cerebro toda su vital virtud,/ se chupó en mi propia sangre todo el hierro de la volición” (168), estuvo acompañada de una toma de conciencia que era a su vez una toma de distancia:
Roedora conciencia del prójimo, tuve mirada de zahorí
y oídos que escuchan la idea que el prójimo no quiere expresar.
Y, porque mi lengua denunció su alma, se apartó de mí (168)
El encerramiento fue clausura, introspección definitiva que hizo inefectiva toda esperanza, esa posibilidad de establecer con el otro, el prójimo o la sociedad, alguna relación que supusiera una real postergación de la muerte:
Se quedó dormida la Buena Fortuna
sobre mis pañales en huérfana cuna,
y más de ocho lustros que sueña dormida
el hostil fantasma de mi propia vida.
Mas quizás un día la diosa despierte
y me manumita del cosmos la Muerte.
Y en tanto que duerme la Buena Fortuna,
mi espíritu viaja por zonas de luna. (169)
Para quien tiene afuera –como en el caso de Elías Sánchez Rubio- la esperanza es siempre una posibilidad, una salida decorosa, un dilatamiento, expansión y continuidad de la propia vida. Aunque finalmente tope con el suicidio, no será éste un destino único ni la única puerta. La esperanza viene acompañada, además, de algunos recursos, la risa o el desprecio, que elevan al sujeto por encima de la contingencia y lo preparan y le brindan la complexión necesaria para esperar (quien espera planifica y dispone el futuro in absentia):
Yo puse una sonrisa vencedora
sobre la podredumbre de la Vida; (42)
(…)Pero yo amanso mi tesoro
con esas piedras de similar,
que engarzo en la arcilla de oro
de mi gran veta de ilusión.
I cuando como seca espiga,
me siembren en el ataúd.
Hallará en mí la mano amiga
que ate mis brazos en cruz,
entre mis labios, el deshecho
collar de mi última canción… (153)
La esperanza toca también la propia actividad poética, convirtiendo el poema en una posibilidad cierta de gloria, de recuerdo, de amor o amistad, incluso de salvación. La confianza en el poema supone la confianza del (y en el) poeta, de modo que oficio y oficiante adquieren una dimensión sobre-humana, distintiva, que por supuesto distingue al poeta del común de los mortales y a su actividad y género de los demás oficios y escrituras. Por supuesto, la desesperanza toca el poema y lo cala de desconfianza. El poeta sospecha de su condición y de su creación, recela de sí mismo y de lo que hace, se tortura y castiga al poema, lo niega y reniega de su condición:
¡Cómo es engañadora la esperanza! ¡Y qué iluso
el hombre que se guía por esa falsa luz
si marca el derrotero de sus aspiraciones!
Fuego fatuo es indicio de próximo ataúd.
(…)
Tuerce el rumbo inexperto viandante, no te olvides
que te imaginas fascinadora realidad
una nada de polvo, humo y sombra; viajero,
huye de la feérica mentira del erial. (156)
En esta situación Sánchez Rubio y Curiel vuelven a encontrarse y luego se alejan, distintos. En Sánchez Rubio:
Verso! Tú eres mi orgullo i mi alegría;
flor de mi huerto o cruz de mi pasión.
Eres pobre i oscura, Canción mía;
pero en tu musical polifonía,
late siempre mi propio corazón! (45)
En Curiel:
Aunque jamás contra la suerte lidio,
la explicación de mi existencia busco,
y resuelvo en estrofas mi fastidio,
como emperla sus llagas el molusco. (80)(…)
Hoy no prorrumpe en trinos mi esperanza,
las alas de oro al porvenir abiertas;
ni es mi corazón la remembranza
la imagen vida de las cosas muertas.
Las horas, de mi vida en el asedio,
de perezosa lentitud cautivas,
petrifican mi alma, do es el Tedio
la imagen muerta de las cosas vivas. (316)
El afuera se constituye en ámbito y perspectiva del orden. Podemos decir básicamente, que el orden es social, histórico, cultural. Responde a y está inscrito en las relaciones sociales. Aunque se eleve por sobre los hombres de un determinado momento histórico, el orden es un acuerdo, pero tal es el grado de abstracción que alcanza, que sienten los hombres que preexiste y que es inmutable. El poeta con afuera escribe el poema de acuerdo al orden del cual asume pre-existencia. El que carece de afuera ha de vérselas con un orden distinto, otro, interior. Sin afuera, ¿cómo y con qué establece comparación, qué medida –canon- establece?
Desorientado en medio de la llanura
desolada, no encuentro la dirección,
pues no hay polar estrella, ni tengo brújula,
ni en el Orto sombrío despunta el Sol. (147)
Adentro todo bulle, atento y concentrado en torno a un sol distinto. Cuando no se tiene afuera y se carece de historia, todo momento es original, comienzo y final en un solo y único momento: el instante. Escribió Curiel:
Y como nunca la esperanza vino
a alumbrar mi camino
el fastidio apagó mis emociones;
siempre silbó la duda en mi sendero,
como áspid traicionero,
y asesinó mis blancas ilusiones.
Cuando la edad azul de mi inocencia
en roja florescencia
del móvil tiempo se trocó al conjuro,
romántica soñó mi fantasía
hacer eterno día
del Pasado, el Presente y el Futuro. (312)
Tener afuera (y como hemos dicho, esperanza) o carecer de esa perspectiva (y por ende, vivir habitado por el tedio, sin sosiego ni paz, acuciado por una lucidez que contamina el sueño y crea el caldo para que se reproduzcan las larvas del insomnio), definitivamente impacta el ars poetica del escritor. En Sánchez Rubio, el poema, fruto del orden pre-existente, pre-existe:
Mi verso no es la joya artificiosa
que repuja el cincel en el metal:
él es como la rosa
que abre, ya perfecta, en el rosal.
Yo no los bordo con primor de araña
en la urdimbre del manso bastidor
(…)
La perla misteriosa se congela
lentamente en los senos del mar.
Pájaro montaraz, mi verso vuela
llevando ya en el pico su cantar. (43)
En Curiel, es el “alma” -“Sin luz, sin emoción y sin idea,/ nocturnamente silenciosa”-, la que preside al acto creador y, si algo preexiste es el Ritmo, norma del Universo. El alma nadífica desea imprimir su condición en sus creaciones. Luego, tras forcejear con la palabra “indócil”, en “Confuso anhelo su fastidio ensalma/ y un caos de luz en sus estrofas crea”. De seguidas:
Sin que concepto y sensación se acorden,
desequilibra en su poema el orden;
mas –de un instante psíquico resumen-
preside el desconcierto de la forma
el ritmo, que es del Universo norma
y armonía genésica del numen. (77)
En la poética de Curiel el poema no logra reproducir o mimetizar el caos que precede a la creación y, como menesteroso y respondiendo a un orden convencional, apenas si alcanza a referir la alta, la imposible exigencia: una escritura caótica:
Solamente en un idioma que las frases
tracen curvas de colores y sonidos,
describieran su espiral las concepciones
que fermentan en el caos de mi espíritu
y en la génesis de todas mis estancias
se desbordan en tinieblas y mutismos! (76)
Escribir desde la esperanza permite la existencia y perpetuidad del antiguo gesto poético que consiste en cantarle a las cosas del mundo. De ahí, por ejemplo, la poesía amorosa, y específicamente, la ingente cantidad de poetas y poemas que le cantan a la mujer. Como lo afirma Paulette Silva B.:
La crítica ha señalado muchas veces, en ocasiones con un tono burlón, el sentimentalismo que caracteriza a la literatura del siglo XIX. (…) De hecho, este privilegio de la intimidad como materia ficcional funcionaba como una norma literaria que se imponía (…) la esfera de los sentimientos se identifica con la mujer, de la misma manera que la moda y la coquetería. Esta identificación es tan absoluta que incluso en algunos textos, ficcionales o no, en los que se reconoce en la mujer facultades intelectuales que podrían desarrollarse a no ser por las limitaciones culturales que impone la época, se termina por confinarla al mundo de los sentimientos. (1993: 66)
En un poeta como Sánchez Rubio, tocado por la expresividad y el enrarecimiento de los sentidos y sentimientos, la sensualidad se concentrará en una mujer liminal (la niña y la virgen entran en esta dimensión donde la sensualidad y el sexo límites son filos por donde se deslizan las nociones y se entrevera religión y satiriasis), la “India Mestiza”, habitante de las márgenes que le permiten al poeta huir de la ciudad hostil y añorar un tiempo-espacio primordial:
En su carne, pulpa de la nuez del coco,
se deslíe el ámbar vivo del merei;
i es su pelo endrino como enjambre loco
que se arremolina sobre el matajei.
(…)
Hai primor de árbol en su cuerpo ileso;
en sus pechos triunfa, provocando el beso,
la sedeña gloria del melón de olor.
I su alma –el alma del erial natío-
tiene el grito ronco del yaguar bravío
i el gentil gorjeo del turpial cantor. (151)
Curiel también le cantará a una mujer situada tanto en los límites de la ciudad y la ciudadanía como en los bordes de la religión y la moral, sólo que también en los de la realidad y la razón. Para el desesperanzado, el objeto del canto se pierde tras la niebla de lo inalcanzable, lo imposible, lo intocado, bien por prejuicios de todo tipo, bien porque se requiere, para la conquista, una actitud vital de la que carece de raíz. Y hasta el sexo comprado en el mercado de los placeres proscritos por la moral y las buenas costumbres se convierte en expediente para la auscultación de lo que está más acá de los huesos y la carne. En el poema “Al margen de mi vida” (184), el yo poético da cuenta de un encuentro sexual con una “bacante” a cambio de algunas joyas de la familia. Preocupado, comenta el asunto a un amigo, el cual le idea un plan para recuperarlas:
-“Dirás que no son tuyas las prendas, que su amo
soy yo, de quien hubístelas en calidad de empeño…
El amigo le recuerda sin escrúpulos que “no es dama de alta alcurnia ni virgen por quien Eros/ en purpúreo holocausto sacrificó corderos,/ sino una damisela de un arrabal de Coro…”
Sin alivio, no dirige el cilicio a la carne culpable sino al cerebro, residencia abismal del diálogo entre Psiquis y la (su) conciencia:
En la dozava hora nocturna sobre el lecho
sentía una congoja que me apretaba el pecho.
En un rincón obscuro de mi cuarto un sonido:
canción, arrullo y salmo, me acarició el oído.
Hacía casi un lustro que no veía espectros.
Sones de arpas heridas por melodiosos plectros
me anuncian la presencia de psiquis familiares.
Gorgorean, salmodian y arrullan los cantares.
Mas de la descarga eléctrica de un golpe subitáneo
produjo conjestiva conmoción en mi cráneo. (186)
Curiel, abovedado, encerrado en sí mismo, sin esperanza, ¿a qué y a quién le canta? A nada y a nadie (¿impidió esto que publicara en vida sus poemas en la forma acabada y renunciante que supone el libro?) ; en efecto, el desesperanzado no establece diálogo con lector alguno porque, precisamente, esta esperanza le ha sido arrancada por su egotismo enfermo. El que tiene esperanza y afuera se entrega al mundo y le habla a los otros. Curiel, como hemos venido trabajando, se tapia y vive catalépticamente. Arrasados los impulsos que conducen al esperanzado a escribir, el torturado por el caos y la nada escribe, más bien psicografía y hace visibles –escritura que en algunos momentos se vuelve contra sí misma, ronca y farragosa- sus coruscantes diálogos interiores, mientras otros impulsos, subterráneos, plutónicos, se concentran y espolean su numen.












