"Excelentísimo Señor Presidente, con todo el respeto que le debo, quisiera recordarle el respeto a la lógica y a la humanidad. Usted no puede querer una mediación y matar a los negociadores, no puede llamar a la solidaridad internacional para salvar a sus compatriotas, y bombardear a los países hermanos que ofrecen facilidades para las negociaciones."
Carta de Alain Lipietz a Alvaro Uribe Vélez.
Bruselas 4 de marzo de 2008

"Que no nos vengan ahora algunos, queriendo señalar como asesinatos o como masacres lo que son actos legítimos de guerra, actos legítimos de defensa de la democracia", sostuvo Santos tras señalar que el Gobierno seguirá ordenando esas acciones donde quiera que los enemigos del país se encuentren." Ver la noticia completa en Aporrea
No habla aquí un gobierno que haya sufrido merma alguna en la inmoralidad y la desfachatez luego del fallo de la OEA. La halconería sigue intacta. Y, como lo leemos en Multitud, el libro de Hardt y Negri, no podemos sino esperar que huyan hacia adelante en su afán de imponer la doctrina de la guerra contra la democracia.
A la violencia pura, descarada, inmoral, la emergencia de la política. En eso estamos.
“La guerra deja de ser un instrumento a disposición del poder político para ser utilizado en casos concretos, y ahora la guerra tiende a definir por sí misma el fundamento del sistema político, a convertirse en una forma de dominación. Ese cambio se refleja (…) en los mecanismos de legitimación de la violencia a que recurren los poderes soberanos. Ya no hace falta legitimar la violencia sobre la base de unas estructuras legales, ni siquiera sobre la de unos principios morales. La legitimación de la violencia tiende a aparecer una vez consumados los hechos y se fundamenta en su efecto, en su capacidad para crear y mantener el orden. Desde esa perspectiva observamos que se ha invertido el orden de prioridades de la modernidad. Primero viene la violencia, como fundamento, y luego, según sean los resultados, la sigue una negociación política o moral. La emergencia de las posibilidades de democracia ha obligado a la soberanía a adoptar formas de dominación y violencia cada vez más puras.” (Hardt y Negri, 2007: 388)











