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Uribe en su laberinto
En diciembre, el 2, Uribe le tiró una bomba al acuerdo humanitario con aquella historia de Enmamuel. Los comisionados pasaron por detrás de las cámaras –haciendo gestos de que no podían creerlo- mientras el papá de Convivir denostaba de la guerrilla y se burlaba de todos. Esa bomba fue terrible, pero peores sin duda fueron las lanzadas el 1º, contra el campamento en territorio ecuatoriano donde murieron guerrilleros y, al parecer, algunos estudiantes mexicanos.
Ese bombardeo estaba dirigido en primer lugar contra el canje humanitario, en la persona de Raúl Reyes. Recuerdo que días después que a Uribe le dio la pataleta de romper con Chávez, detuvieron al grupo de mensajeros que portaban pruebas de vida. Rotas las negociaciones con el gobierno colombiano, los mensajeros debieron quedar demasiado expuestos y como en un limbo, sin saber, supongo, qué hacer. La confusión, la espera de nuevas órdenes, la repentina inmovilidad, debieron contribuir a deshacer la debilitada clandestinidad. La policía colombiana se vanagloriaba de haber detenido a los emisarios y cayeron como buitres en las pruebas de vida.
Reyes debía estar también muy expuesto, toda vez que las comunicaciones –y estaba en conversaciones con Ecuador y Francia según han declarado altos funcionarios de ambos países- dejan huellas. No estaría confiado (estaba además del otro lado de la frontera), pero sin duda que podía suponer que las negociaciones podían otorgarle un manto aunque precario, de protección, y mantener los contactos, el flujo de información. No estaría confiado además, por la intensidad de las operaciones militares que han acompañado a las operaciones de liberación ocurridas.
Ahora bien, ¿por qué molestan tanto las liberaciones? Probablemente, porque son decisiones peligrosamente políticas. Y no debe haber nada más peligroso para la oligarquía colombiana como que logre colarse una salida política (y eventualmente electoral, aunque hipotética y lejana) al conflicto colombiano, que tantas ganancias genera así como está. El bombardeo, los tiros de gracia, las mentiras, la saña, las sonrisas de hiena, apuntan a demostrar que no tolerarán gestos políticos por parte de las FARC. Que no permitirán que se cuele la posibilidad que alguna opción de izquierda asome la cabeza por entre los intersticios que dejaron las más de tres mil muertes de la Unión Patriótica, los casi 100 sindicalistas muertos no más el año pasado, los miles de desplazados; etc. ¡Cómo si no fuera suficiente escarmiento!
Se cumple así, terriblemente, otra vez, aquello que Fernández Liria y Alegre Zahonero (2007) citan, en Educación para la ciudadanía, del Field Manual («manual de campo») preparado por el Pentágono para curar(se) en salud y preservar las democracias fascistas: “la amenaza más peligrosa se produce cuando los grupos izquierdistas «renuncian al uso de la violencia y se implican en el proceso democrático». Es entonces cuando «la inteligencia militar estadounidense debe tener los medios para lanzar operaciones especiales que convenzan al gobierno y a la opinión pública del país en cuestión del peligro real que supone la insurgencia»”.











