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Archivos de: Marzo 2008, 06

Otra comunicación es posible

por joseleon71 @ Jueves, 06. Mar, 2008 - 08:22:03 pm

La inversión
El silencio informativo
Comienzo de la política
Comienzo de lo común
Comunicación y Poder Popular

Comunicación popular

Introducción

El presente trabajo busca señalar ciertos límites y alcances de la llamada “comunicación alternativa”. Partimos de una definición de comunicación como interacción constante, libre y abierta entre singularidades (Hardt y Negri, 241: 2004) para producir lo “común”, que emerge de “procesos sociales colaborativos de la producción” y cuando las singularidades “no sufren merma alguna sino que se expresan libremente a sí mismas”. Hemos observado que las definiciones ad usum de comunicación social suelen estar ceñidas a lo mass mediático, producto según nos parece de haber sellado el horizonte y todo lo visible, apenas se levanta un poco la vista, con la jungla de los medios y tecnologías de la comunicación.
En efecto, no parece existir forma de hablar de “comunicación” sin apelar a las “tecnologías”. No será este el caso. Al contrario, nos referiremos continuamente a la comunicación alternativa, pero alternativa en primer lugar a los mass media. Creemos que existe y debe existir como garantía de sobrevivencia para la especie una comunicación que pone en común (utilizo el presente porque partimos de que existe y no es un mero postulado teórico), que produce lo común a partir de la interacción de la singularidades, y esta interacción pasa por diferentes grados, avanzando de lo local a lo global, siguiendo dinámicas muy distintas a las impuestas de suyo por los medios de comunicación de masas.
Esta comunicación como decimos existe, pero los medios y la academia, la reflexión y la teoría sobre la comunicación, no refiere su existencia, la oculta, la niega o la tergiversa, buscando minimizar sus efectos sobre la realidad, ostensibles en la construcción, avance y manifestación de un poder que aquí llamaremos popular, que tiene una gramática distinta, no controlada por los gramáticos del poder conocido, y cuyas manifestaciones más virulentas, más decisivas, son borradas –literalmente- del mapa, con acciones de una violencia que los medios de comunicación se encargan de “legitimar”.
Por otra parte, los mass media tienen puntos de encuentro con la democracia, más exactamente, con esa versión que conocemos hoy a través de y por medio de los medios de comunicación. Pero no debemos confundirla con la democracia tal como la concibe la teoría política, ni nosotros debemos caer en esa fatal confusión. La democracia construida por los medios entra y participa de la dinámica propias de éstos, hasta el punto de que hoy confundimos las crisis de los medios con las crisis de la “democracia”, y viceversa. Sólo desde esta confusión –fatal por cierto para la verdadera democracia- es que se puede formular con Walter Lippmann: “La crisis actual de la democracia occidental –hablaba por allá por los años 20- es una crisis del periodismo”.
Esa confusión está en la raíz del problema, por ello no hemos planteado bien ciertos conflictos que atañen tanto a la democracia como a los medios de comunicación. En otras palabras, muchas “alternativas” en el área de la comunicación parten de dicha confusión, de modo que al plantear mal el problema, se seguirán respuestas o soluciones equivocadas, que aumentan la confusión y nos alejan del problema (si lo hubiera) y de la solución. Se entiende que, un problema mal planteado en rigor no existe, de modo que tal vez, sólo tal vez, vaya como hipótesis que muchos problemas que atañen a la comunicación alternativa sencillamente no existan si es que sus planteos surgieron de la mencionada confusión.
Esta situación a todas luces beneficia a los medios y al cuerpo de llamados políticos -no (al) cuerpo (de lo) político-, a sus instituciones y en definitiva al sistema que han creado. Hay que hacer algunas distinciones a la hora de hablar de estos temas para no caer en la trampa, porque ciertamente lo político como la comunicación parten de la interacción de singularidades. En cambio las acciones de la clase política en alianza con los medios, dista mucho de tal interacción y en cambio se asemeja, colinda o reproduce un sistema autoritario.
En efecto, de continuar campante la confusión, si no hacemos las distinciones, si no apartamos el grano de la paja, nos será difícil despejar la democracia, la política, los medios de comunicación y lo alternativo. Nos encargaremos pues de iniciar ese despeje, y cuando hablemos de democracia y política las distinguiremos de la democracia y la política “mediáticas”, que tienen sus particulares problemas los cuales serán tratados en el transcurso de este trabajo como referencia, oposición y contraste. Nuestro asunto pues se enfilará por sentar las bases para iniciar una teorización sobre lo alternativo, que lo es precisamente a esas nociones mediáticas de la democracia, la política y la comunicación.
Esta distinción, como hemos venido diciendo, es fundamental hoy, toda vez que el poder global requiere de los medios y las cada vez más nuevas tecnologías de la comunicación. La ilusión de una totalización de la “democracia”, que alcanza la apariencia de una “democracia totalitaria” se lo debemos precisamente a unos medios totalitarios que se expresan local y globalmente al unísono. Una verdadera democracia, esto es, una sociedad donde el lugar donde se toman las decisiones no ha sido usurpado por un poder en particular (de intereses particulares), donde los ciudadanos pueden expresarse, argumentar y contraargumentar libremente, sin presiones ni coacciones, una sociedad que se rige a sí misma de acuerdo a leyes surgidas de un consenso no mayoritario sino racional y argumentativo, es posible sólo si existe comunicación como interacción entre iguales puestos y dispuestos a la construcción de lo común.

“Ni monopolios públicos –decía Antonio Pasquali (1998)- ni oligopolios privados, por esencia interesados y no participativos. La participación colectiva en la toma de decisiones que afectan contenidos y modalidades, estrategias y derecho de réplica en comunicaciones; esa sí es la ratio cognoscendi de las democracias auténticas” (19)

En esa dirección apuntan los planteamientos que aquí haremos con respecto a lo alternativo. La democracia como expresión de lo político depende de la construcción de lo común, que sólo es posible si existe comunicación social. Otra cosa, y especialmente eso que llaman democracia y medios de comunicación de masas, es y ha sido usurpación de la democracia y negación de la comunicación. El esfuerzo de “celebrar” teóricamente esa destrucción y perversión es sintomático de la desaparición de la ética, en un mundo donde las decisiones están tomadas de antemano por y para el beneficio del capital. Asumir hoy como el único horizonte y la única realidad posibles la realidad de la dictadura global del capital, es renunciar a la esperanza, renunciar a la vida y abandonarnos definitivamente en la barbarie. Creemos y estamos empeñados en creer (y no estamos solos en la fundamentación de esa fe) que otra comunicación es posible.

Continúa: La inversión


 
 

La inversión

por joseleon71 @ Jueves, 06. Mar, 2008 - 08:20:47 pm

Otra comunicación es posible
El silencio informativo
Comienzo de la política
Comienzo de lo común
Comunicación y Poder Popular

La inversión ocurre cuando nos referimos, tratamos, conocemos o conceptualizamos un fenómeno o situación de una manera, aunque éste sea y opere en la realidad de un modo muy distinto, incluso antípoda. Llevar la “democracia” a Irak y Afganistán o bombardear un campamento de guerrilleros dormidos y en ropa interior en “legítima defensa”, forman parte de la vastísima galería de inversiones (de “mundo al revés”, habla Galeano) que articulan los medios en el poder y el poder de los medios para componer y modular la realidad de acuerdo a sus particulares intereses, intereses los suyos que, por inversión, nos quieren convencer de que son nuestros, cuando hablan de “interés general”.
Unos aceptan esta “realidad” de manera fatal, otros completamente convencidos de su veracidad. Por lo demás, no es fácil convencerse de lo contrario, puesto que la “realidad” conocida, producida por los “medios”, deja sin afuera a los sujetos, entrampados en el marco de esa realidad. No es fácil pues llegar a los intersticios, atisbar por encima de los muros, ir más allá de lo conocido. Vivimos en la inversión porque el afuera parece inconcebible; luego, la inversión sin afuera ni contraste ya no es inversión.
Esa es la apariencia de realidad en la que vivimos, la aceptación como realidad de nociones mediatizadas que se refieren a objetos que no existen. La democracia, por ejemplo. No se trata aquí de iniciar una discusión bizantina con respecto a la palabra y lo real. Nos referimos sencillamente a que la palabra democracia, por ejemplo, cuando la emplea el poder, no alude a lo que significa sino a otra cosa muy distinta, aunque puesto a definir, el poder dirá sin vacilación en este caso: poder del pueblo, sólo que en la realidad nada de ello sucede (hablan incluso de crisis de la democracia en Venezuela, pero no en Colombia o Pakistán). La confusión cunde cuando ya no el poder sino los políticos, los teóricos, los científicos, los ciudadanos, se refieren a esta palabra y a las prácticas que encumbre su determinado uso, como democracia y democráticas, sin atender a la confusión y sin ver contradicción, en todo caso atendiendo como dice Hobsbawm (1998: 115), al “significado político de la irracionalidad”: “la vida política –dice- se ritualizó, pues, cada vez más y se llenó de símbolos y de reclamos publicitarios, tanto abiertos como subliminales. Conforme se vieron socavados los antiguos métodos –fundamentalmente religiosos- para asegurar la subordinación, la obediencia y la lealtad, la necesidad de encontrar otros medios que los sustituyeran se cubría por medio de la invención de la tradición, utilizando elementos antiguos y experimentados capaces de provocar la emoción, como la corona y la gloria militar”, y otros modos, como los empleados en Palestina.
Se dirá que mucho se discute al respecto, pero sostenemos aquí que dichas discusiones ocurren en el marco de acción generado por la confusión, es decir, en este adentro donde lo que importa es mantener la confusión. Un adentro que niega, que oculta, que pretende borrar el afuera donde tal confusión se disiparía a la luz del contraste, de la confrontación. Como afirma Almiron (2002) “La mayoría de las personas sólo tenemos una imagen sesgada, fragmentada de la realidad (…) Es mucho más sencillo conformarse con la realidad fragmentada que ofrecen los medios, los políticos, nuestro entorno, la realidad más próxima: el ombligo” (350), sin percepción global de lo que está pasando –dice- somos pasto de la ideología que imponen las élites.
Ante la evidencia de una vasta realidad fingida, aceptada como realidad precisamente por la inversión, como estrategia multifactorial en la que participan los medios y más ampliamente las “industrias culturales”, así llamadas por la Escuela de Frankfurt, surge la necesidad de ir descubriendo la verdad, pero con el ingrediente decisivo de contemplar este vasto sistema de la simulación “desde afuera”, desde sus límites, y no regodearnos en una discusión intramuros, estéril por definición. El imperio caerá sí y sólo sí es invadido por los bárbaros. Sólo que aquí bárbaros son los ciudadanos, los hombres y las mujeres libres, que se han escapado soberanamente de la ilusión de democracia y libertad que es la legitimación de la barbarie, de la razón de lo irracional, de la lógica de lo que carece de toda lógica; hombres y mujeres libres, en fin, que cuando hablan de democracia se refieren al poder del pueblo, y cuando hablan de comunicación hablan de construir en común lo común.
Con respecto a la democracia ha reinado una confusión histórica. En efecto, si nos referimos al “poder del pueblo”, es evidente que ello no ha existido jamás, aunque su formulación tenga ya 25 siglos. El pueblo no ha ejercido jamás el poder, salvo, como lo veremos en el segundo capítulo, en aquellos momentos en que el poder enmudece de pronto ante la evidencia de la realidad. Pero ciertamente, aun entonces, el pueblo no alcanza a tomar el poder porque nuevamente, como la hidra del mito, surgen las cabezas de la confusión. Nuevamente el pueblo cede su voz y su rostro, delega su poder en “representantes”, que lo fueran si atendieran a los intereses del pueblo y no a los suyos, personales, familiares, corporativos, empresariales, transnacionales, imperiales. Durante un momento casi de parálisis, la verdad es contemplada por todos, y retorna a sumergirse en las aguas de la ficción social en la que estamos todos confundidos. Esta ficción o “ilusión de legitimidad” (Fernández, 90: 2007) nació con la democracia porque nació junto con los sofistas, quienes se vanagloriaban –igual como hoy los medios- en hacer “fuerte el argumento más débil”.
Digamos entonces que existe una definición de democracia, la que circula, se extiende y entiende, que no refiere a lo que nosotros debemos entender por democracia. Hablaremos entonces de una democracia fingida, siempre que hablemos de esa que sostiene, resguarda y preserva los privilegios de las elites, y en especial el máximo privilegio de todos, el de hacer leyes.
Si seguimos por un momento a Franz J. Hinkelammert (2006) podemos llegar al momento en que con Jhon Locke se inicia buena parte de la confusión a la que hoy asistimos. Afirma Hinkelammert que “Locke no reconoce derechos humanos y los niega expresamente, aunque lo haga en nombre de los derechos humanos” (117). No concede derechos a las culturas no burguesas, a las que califica de “fieras salvajes”, y a los que niega el derecho a la propiedad en tanto los considera enemigos de la propiedad, tanto como enemigos de la razón. Sobre esta apreciación se construyen el despojo, el genocidio y la esclavitud. Tienen derechos los iguales, de ahí que la declaración lockeana de EEUU de 1776 de los derechos humanos fue seguida del exterminio de la población indígena y la esclavitud mantuvo plena vigencia casi un siglo después. Pero importa aquí destacar que tal inversión no es tal en el marco de una realidad fingida, de ahí debemos deducir que el “pensamiento de Locke no presenta una teoría sobre la realidad. Es una situación muy diferente. Constituye un marco categorial para constituir la realidad misma. Constituye la realidad y, por consiguiente, jamás es refutable” (118). La gravedad del planteamiento reside en que sobre el pensamiento de Locke está fundada la modernidad, de modo que pensar una sociedad más allá de este proyecto, tendría que suceder más allá de este esquematismo. En efecto, afirma Hinkelammert que Locke “determina, hasta hoy, las categorías de interpretación de los derechos humanos por parte del imperio liberal”, y es precisamente en “los medios de comunicación de la actualidad [donde], esta inversión ocupa en gran medida las posiciones dominantes” (94). Instrumentos, los medios, para quienes todas las guerras del imperio son consideradas justas. Tan justas que el adversario no puede reclamar ningún derecho (92).
En resumen, tenemos en Locke un conspicuo formulador de la inversión desde el pensamiento filosófico-político. Son derechos humanos el genocidio y la tortura si se practican para prevenir o proteger del terrorismo a los hombres libres. Y los medios se encargan de volver natural y legítimo ante la “opinión pública” este “estado de guerra” total y sin cuartel contra la diferencia, contra la diversidad, contra las singularidades.
Si el proyecto de la Ilustración fue lograr que la razón y la ley ocuparan el lugar del Rey y del trono, lo que hemos visto es que la razón y las leyes niegan la razón y las leyes, asumiendo sin réplicas, absolutamente como la única razón y las únicas leyes posibles, aquellas que protegen a los propietarios –protección que ocurre aplicando en muchos casos una violencia desmedida- de los que no tienen propiedad. Como dicen Fernández, Fernández y Zahonero (2007) “no resulta nada razonable que en la cárcel no hay más que gente pobre y que, en cambio anden sueltos por ahí los traficantes de armas, los productores de armamento, los accionistas de las empresas armamentísticas, los cómplices de agresiones militares como la perpetrada en Irak, los directores de banco, etc.” (70).
Por definición sólo pueden crear leyes los hombres y mujeres libres, de otra manera se está ante una dictadura. Pocos momentos conoce Occidente, mirada bien la cosa, en la que hayan sido formuladas leyes por y para el pueblo. Actualmente un proceso constituyente sacude la ilusión de democracia de las elites, y los pueblos están “dándose” sus propias leyes. Los medios por su parte, el imperio mediático global, lockeanamente, los sigue considerando salvajes y no ve el momento de retornar las cosas a su antiguo cauce. No se ha visto que los que carezcan de propiedad legislen sobre los propietarios y sobre sus propiedades. Acaso decidan apropiarse de éstas.
Los medios de comunicación, en manos privadas, defenderán necesariamente la propiedad de los propietarios y negarán la razón y la legitimidad de los movimientos constituyentes en los que los pobres llevan adelante un proceso de legislación que busca vencer la confusión, la inversión, la ilusión de legitimidad burguesa, y recuperar o mejor, por fin, gozar de razón y democracia.
Por otra parte, cuando los medios defienden la propiedad de los propietarios históricos, a su vez apuntan a la inversión o confusión entre libertad de prensa y libertad de empresa “que crea el presupuesto de que el propietario de la imprenta o de los equipos de un canal de televisión y de radio es propietario de la palabra de la sociedad” (Gómez Vela, 2006: 169). Un proceso constituyente persigue entonces la construcción de la democracia en los medios, cuando la “sociedad participe en la construcción de los mensajes y en la formulación de la agenda de temas de interés”, convirtiendo a los medios “en verdaderos espacios públicos de debate, de diálogo y de construcción de consensos, en lugar de fábrica de concertaciones” (33).
Sólo existe el diálogo entre iguales, pero no iguales según la igualdad de Locke, sino en tanto que ciudadanos: hombres y mujeres libres (dis)puestos a dialogar, a argumentar y contraargumentar. Son ciudadanos mientras la ley, la razón, la libertad, están por encima de sus condiciones particulares, las cuales han quedado atrás una vez que han ingresado al espacio de la ciudadanía, ese espacio que cualquiera –es decir todos- puede ocupar. Al respecto, afirma Dusell (2007: 29):

“La ruptura del monopolio en manos de pocos permitiría devolver a la “opinión pública” su lugar central en el sistema de legitimación, porque las decisiones, elecciones, proyectos, etc., se determinan en última instancia en el secreto de la subjetividad, cuando se “ha formado un juicio propio” sobre lo que debe decidirse y hacerse. El consenso supone la prudencia (frónesis decían los clásicos) singular.”

La ciudadanía está reñida con los medios de comunicación porque en éstos no puede hablar cualquiera, por tanto no son espacios para el diálogo ni la democracia. Los medios suelen crear la ilusión de que cualquiera se expresa, pero la evidente diferencia –taxativa y visible, sin lugar a dudas, con respecto a lo que la televisión, por ejemplo, considera el tipo ideal, erradica cualquier posibilidad de igualdad y por ende de ciudadanía. El discurso televisivo se construye sobre diferencias bien definidas, y esa libertad en la que todos hablan en igualdad –o tienen derecho y posibilidad de hacerlo- es impensable e imposible. Un diálogo suspende el correr del tiempo, y en televisión el tiempo está rigurosamente segmentado. El tiempo de la democracia es continuo y circular; el de la televisión lineal y orientado por la racionalidad medio-fin, o causa-efecto. Cuando los pobres toman la palabra, los medios callan.

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?El silencio informativo?

por joseleon71 @ Jueves, 06. Mar, 2008 - 08:19:02 pm

Otra comunicación es posible
La inversión
Comienzo de la política
Comienzo de lo común
Comunicación y Poder Popular

O la anagnórisis

Los medios de comunicación tienen una compleja y paradójica relación con la realidad. Su poder, su omnipresencia los conduce hoy a “fabricar” realidades. De las ilusiones, de los sueños y deseos, se han deslizado a la construcción de realidades asumidas como tales, sobre la base de un acuerdo o consenso mediático. Los reality show son vistos por el público como realidades, como espacios donde se “vive” de determinada manera, como una suerte de internado o aislamiento experiencial. Estos montajes son acompañados de páginas de periódicos, de prensa y revistas del corazón, encargados de funcionar como puentes entre la ficción del show y el show de la “vida privada/publicitada”, con el propósito de borrar la frontera entre realidad y ficción. El televidente acostumbrado a estos montajes y penetrado por la farsa hasta el punto de no distinguir donde comienza y termina la estafa, llega a permanecer inerme ante los montajes con contenido político, toda vez que la estética del reality show trasciende y contamina la propia realidad. Hemos visto continuamente como los medios “construyen irrealidades” con el fin de generar “matrices de opinión” que responden a intereses económicos y políticos determinados. Luis Britto García (2006), cita a la periodista Luz Mely Reyes cuando esta escribe:

Los factores que han adversado al Gobierno de han convertido en una fábrica de irrealidades que se revientan en la cara de sus seguidores como una granada fragmentaria […]. Dada la flexibilidad que privó, nada más se publicaba un rumor o un dato sin confirmar se le otorgaba una especie de certificación a la especulación que pasaba a formar parte del rosario de cuentos chinos con que fue alimentada una parte de la población venezolana [“Fábrica de irrealidades”, Últimas Noticias, 5-09-04, p. 12]

Pero la irrealidad no es la “realidad”, verdad de perogrullo que no lo es tanto para los medios, que viven y parecen hoy existir para contribuir activa y preponderantemente en la construcción de irrealidad o artificiosidad ambiente, característica de la vida moderna, de las urbes o ciudades del capitalismo boyante. Afirma Aznar (1999: 191) que “En la medida en que la sección de informativos se ha convertido en uno de los departamentos de las grandes empresas de comunicación, la información se hace cada más estrecha de miras, convencional y apocada. Los medios acaban excluyendo un amplio espectro de noticias, temas, opiniones, colectivos, voces e ideas no convencionales, impidiendo conocerlos y empobreciendo así la sociedad”.
El capitalismo necesita de la irrealidad como necesita de la alienación. Comprometer al público en su irrealidad, llegar aun a la interacción, hacerlo participar, es parte del compromiso de los medios con el poder de facto del capital. Los medios, menos entreteniendo que “informando” van configurando la realidad que requiere el capitalismo para actuar y extenderse y copar la superficie entera del mundo (suerte de urbi et orbi económico), hasta crear una única y extensa realidad que no admite afuera, otredad, diferencia. Medios y capital se funden en una sola experiencia del mundo. “La lógica de la alienación es un programa estratégico vital para el capitalismo y goza –dice Fernando Buen Abad (2006)- del apoyo de los mass media, que en su doble papel como industrias del entretenimiento y como “armas de guerra ideológica” ponen a disposición del stablishment sus formas más crudas y oscurantistas de control social y adiestramiento ideológico” (190).
Ha habido una poderosa industria del blandecimiento de la realidad, operada o justificada sobre todo en la academia, que ha requerido teorizar sobre un mundo donde las nociones, conceptos, verdades, se encuentran en flagrante disolución. Nada queda firme, todo lo real se disuelve en el aire, todo flota y tiende a desaparecer. Una realidad traslúcida, ingrávida, precaria, que celebra su autodestrucción como una graciosa pompa de jabón. Este pensamiento cundió como sabemos en las ciencias sociales, donde se llega hasta el punto de negar la existencia misma de las cosas. Sólo es real el texto y el discurso, reactualización de la sofística que hoy se reactualiza con vigor exultante en los medios de comunicación.
A una realidad que se soporta sólo en el discurso y cuya única materialidad es el texto, le sigue una realidad sin materia, sin cuerpo. Al respecto, habla Grüner (2002: 140) de un “capitalismo semiotizado”, apoyado en la realidad como simulacro, en la lucha política como “imagen electrónica”, y en la cultura como “puro juego contingente del significante”.
Existe, ciertamente, una realidad mediática que, acompañada de los “paraísos fiscales”, de la especulación financiera, de la “realidad virtual”, etc., va configurando un mundo “real” donde sólo parece real la mentira. Afirma Gabriel Galdón (2002: 60) que “la mayor parte de los medios informativos no sólo no comunican el saber sobre las realidades humanas actuales que los ciudadanos necesitan comprender para ser más libres y solidarios, sino que construyen y comunican una realidad ficticia, artificial y falaz. Que eso sí, se vende con cierta verosimilitud”. Esa apariencia de realidad, revestida de actualidad, chata pero instantánea, irreflexiva y fragmentaria, convierte a la realidad en una pátina donde prevalecen deseos y miedos, que el capitalismo necesita mantener en circulación, en (aparente) movimiento. Los medios de comunicación están demasiado atenazados por dos grandes factores: los intereses estructurales (los dueños interconectados que están detrás de los medios) y las “servidumbres de la publicidad” (Reig: 52). Es comprensible que la comunicación y la información se vean peligrosamente afectadas, y que la sociedad y la vida en sí mismas corran un serio peligro. Se requiere con urgencia educación integral para la convivencia, pero los medios están demasiado ocupados en sus negocios para dedicarse a formar.
Pero este poder de manipulación de la realidad se enfrenta pudiéramos decir a la “dura realidad”, un momento en el que la verdad no lograr ser distorsionada, y trasciende o vence el “silencio de los medios”. No ocurre con frecuencia, se comprende, pero suele indicar el momento en que se abre un espacio para la “verdadera” acción política, de lo cual hablaremos en el siguiente capítulo.
La aparición de la verdad silencia abruptamente a los medios. En los días del golpe de Estado al gobierno de Hugo Chávez en abril de 2002, los medios construyeron una “realidad” que si bien alcanzó a desplazarlo del poder, no evitó que corriera y se extendiera en buena parte del país la “verdad” no trasmitida, que a la postre empujaría a una masa civil y a decisivos componentes militares hacia la retoma del Poder en Miraflores. El mundo miró con asombro como en menos de 48 horas un Presidente depuesto por un golpe de Estado a todas luces secundado por la CIA volvía al poder en medio de un clamor popular que mantuvo enmudecidos a los medios de comunicación nacionales, mientras los internacionales Caracol y CNN se hacían eco de lo que no podían ocultar al mundo. En un momento el canal de noticias estadounidense mantuvo una conversación con el efímero dictador Pedro Carmona en la que éste declaraba estar en Miraflores con la situación controlada, cuando en realidad el Palacio había sido retomado por Ministros y militares leales al presidente. Este cruce entre realidad y mentira, o en otras palabras, la aparición de la verdad en medio de la mentira construida mediáticamente, deja sin “noticias” a los medios de comunicación, que se ven conminados a callar o a decir la verdad, lo que pasó precisamente con CNN o Caracol.
En el país, los medios privados, que habían acompañado todas las fases del golpe de Estado, tuvieron que callar, aplastados por el peso de la verdad. No fue como Raúl Trejo Delarbre, en el prólogo al libro MediaMorfosis (2005) afirma: que la señal “de las televisoras venezolanas estaba suspendida o no encontró [Chávez] acceso a ellas”. Las televisoras no estaban suspendidas, la única suspendida fue precisamente la televisora del Estado (su señal desapareció circa las 8 p.m. del día 11), cerrada por órdenes del gobernador golpista Enrique Mendoza. Esta televisora retornó al aire por la acción de un equipo de jóvenes de una televisora comunitaria, que sabían la importancia de que el canal del Estado trasmitiera a todos los venezolanos (a la sazón con más de 36 horas sin dormir) la retoma del Poder. La afirmación de Trejo, como vemos, forma parte o es una secuela del mismo silencio informativo que operó en aquellos días de abril y que hoy –recompuesto, fortalecido con la experiencia y ensayando nuevas estratagemas- se traduce en un cerco informativo sin precedentes. Sobre estos hechos Luis Britto García se pregunta: “¿Qué sucedió en realidad? Nadie estaba en todas partes para verlo todo. Pero es obvio que en su saturativa versión de los hechos las televisoras privadas omitieron de manera intencional lo esencial. Presentaron las víctimas como agresores, y ocultaron que los agresores premeditaron sus víctimas” (2006: 121).
Valga recordar otros momentos, en otra geografía. Por ejemplo, cuando los ataques del 11 de marzo, en España. Aznar se apresuró a culpar a ETA para ganar votos con escapulario ajeno, pero en el aire, en los mensajes de texto, se respiró la verdad. Los españoles no se comieron el cuento a pesar de la propaganda electoral manchada de sangre y votaron soberanamente.
Pero volviendo a nuestro país, no podemos dejar de recordar el “silencio” ante los micrófonos de la televisión del Ministro Izaguirre cuando los sucesos del 27 de febrero de 1989 (Ver: El Caracazo, 27 de febrero de 1989 Caracazo). Sencillamente el ministro (el "policía Izaguirre") no pudo mentir. Podemos afirmar que, mediáticamente, el país alcanzó en ese momento un punto de inflexión que debió servir de señal del profundo viraje que ya se iniciaba y que sería coronado con otro momento –mediático- clave, los 45 segundos cedidos al Teniente Coronel Hugo Chávez para que se dirigiera a sus compañeros de armas alzados para anunciarles que, por ahora, no habían sido alcanzados los objetivos propuestos.
Como hemos visto rápidamente, en un mundo donde prevalecen la mentira y el artificio, la verdad encuentra medios para expresarse, y torcer los propósitos del Capital. No siempre ocurre, y regularmente aparece mucho después, como la certifican los documentos que inculpan hasta el escándalo a los gobiernos de Estados Unidos en golpes de Estado, asesinatos, guerras civiles, divisionistas y entre países. Pero lo que aquí queremos resaltar es ese proceso de revelación o anagnórisis –según la categoría aristotélica empleada en su estudio sobre la Tragedia- en el que el descubrimiento de la verdad abre en la discursividad del poder un abismo de silencio, operación que tiene sin duda un componente mítico que no podemos despreciar, y sí, en cambio, ajustar para la mejor comprensión de fenómenos que conmueven a multitudes precisamente porque responden a arquetipos, que hablan a subjetividades e inconscientes. La desacralización del mundo es parte de nuestra tragedia, pero lo sagrado retorna, como retornan los oprimidos, los invisibles, la vida.
La verdad es la diferencia de la que abomina el sistema, es el otro, el negado, el sujeto, la multitud que se afirma en su singularidad. Los medios, como instrumentos del poder, son objetos también de la razón instrumental, ilusoriamente omnipotente. La ciencia y las tecnologías occidentales han configurado una realidad que conocemos precisamente por los medios de comunicación y en general por las industrias culturales. Se ha configurado una malla, una tupida red que no admite contradicciones, a menos que puedan ser reducidas a características y cualidades internas al sistema. Las verdaderas contradicciones, las que proponen una diferencia digamos paradigmática, son invisibilizadas, reducidas o eliminadas. Hay una oposición operativa, funcional, que no traba el movimiento de la maquinaria. Pero esta apariencia de normalidad es posible precisamente por la violencia implícita en el ocultamiento de la verdad. La diferencia es silenciada, pero en este caso el silencio está dirigido y coordinado por unos aparatos de poder dueños de los medios de producción de “realidades”.
Mas el silencio de la verdad que irrumpe es un silencio incontrolado, no creado por nada ni por nadie, generado por la imposibilidad de trasmitir de los medios, por la imposibilidad del poder de “decir” algo. Recordemos que Edipo se arranca los ojos y se destierra.
Algo grita, invisible, estruendosamente, acaso con cierta carencia de forma, o con la forma, claro, del grito. Ese grito no puede ser articulado por los medios, no está hecho para ni según ni responde a su sintaxis, a su gramática. Es sumamente expresivo, pero rechaza ciertas expresividades, sobre todo las superficiales y fragmentarias de los medios de comunicación del capital. Es un silencio cuajado en grito que nace del rechazo profundo, arquetípico decíamos, abisal, de un mundo al que sentimos y percibimos equivocado (Holloway, 2005).

Continúa: Comienzo de la política

Comienzo de la política

por joseleon71 @ Jueves, 06. Mar, 2008 - 08:17:32 pm

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El silencio informativo
Comienzo de lo común
Comunicación y Poder Popular

(después de recoger los cadáveres)

Al grito de la verdad y al silencio de los medios, sigue un espacio por primera vez vacío. El que llamaron “vacío de poder” en abril de 2002 estaba muy al contrario lleno de tiranía, la constitución había sido borrada y con ella todas las instituciones necesarias para el ejercicio de la ciudadanía. El espacio que quedó, tras el silencio de los medios, y tras esa forma de “grito” cuyos límites o bordes no podemos precisar, es -ahora sí- el espacio vacío donde ejercemos la ciudadanía, el lugar del Estado de Derecho, de la razón, de la libertad o “lugar de cualquier otro” (Fernández, 2007: 21). Con el grito, y en el silencio del poder mediático, en el espacio que dejan con su retirada, renace lo político.
Si seguimos aquí a Eduardo Grüner (2002), vemos que la “violencia” cuyo movimiento deja sin posibilidad de ilusión a los medios, es “originaria e instituyente”. Hablamos acá de una violencia que avanza sobre la ilusión de realidad construida por los medios, y que instituye un espacio y tiempo donde la realidad es revelación, verdad cotidiana y trascendente. Ya esta realidad resulta inatrapable para los medios tradicionales, incapaces de captar lo político, el regreso al oikos (“ese fundamento arcaico que excede a la ley y no puede nunca ser completamente sometido a ella” [311].)
Los medios que conocemos fabrican un espacio-tiempo vaciado de ciudadanía y relleno con sus intereses y valores, donde los ciudadanos se encuentran desprotegidos, a la intemperie, a la buena de Dios, víctimas del darwinismo social que impone el mercado como fundamento ético de la barbarie.
Pero una vez silenciados por el movimiento constituyente del pueblo y la verdad, el espacio de la ciudadanía mediática queda despejado, vacío, listo para ser ocupado por “cualquier otro”. Fue eso lo que sucedió en la madrugada que siguió a la “retoma del canal del Estado”, cuando desfilaron ante los micrófonos ciudadanos desembozados, iluminados por una verdad compartida, en un medio que desconoció el “tiempo de televisión” porque tenía todo el tiempo. Fue entonces un espacio no controlado externamente, sino internamente, que se administraba a sí mismo, que es como decir por todos. Fue entonces un espacio común.
Pero en ese espacio donde todo se puede construir, cede su lugar al espacio y tiempo efectivo de construcción. Ese espacio fue el ágora, pero nada se construye en el ágora, que debe permanecer vacía, sin tronos ni dioses. Pero una sociedad es democrática si resguarda en su seno ese espacio vacío, un lugar preservado de intereses particulares donde se hacen las leyes para todos.
No afirmamos ni por asomo que el canal del Estado devino Asamblea, sino que nos sirve para comparar su accionar con el de los medios privados, y reconocer en el procedimiento de ambos modelos el funcionamiento de la democracia y el poder en nuestras sociedades. En efecto, los medios privados usurpan el lugar de la ciudadanía con sus intereses particulares, mientras que el canal del Estado, y sobre todo después del grito de rebeldía del pueblo que dejó en silencio con su verdad a los medios “golpistas”, dejó el espacio vacío para que cualquiera lo llenara, convirtiéndose por una noche en parlamento, en asamblea, en ágora. Ese momento, para lo que necesitamos explicar, es fundacional porque nos retorna al oikos, a la casa profunda y de todos, lugar primordial desde donde se puede empezar a construir la realidad, lugar y tiempo del ejercicio político. La comunicación que hace posible el ejercicio de la política será abordada en el capítulo que sigue, por ahora sigamos a José Luis Exeni (2005) cuando define “comunicación política”, para que veamos el alcance de lo que el poder mediático y sus intelectuales entienden por comunicación y política.
Exeni recurre a definiciones de comunicación política que hablan de una “relación que mantienen gobernantes y gobernados” a través de los medios de comunicación, “con el concurso de periodistas especializados”. Luego de esta definición observa dos posturas, la de los “mediófobos” y las de los “mediófilos”. Con toda evidencia, por todo lo dicho hasta acá pertenecemos a los mediófobos que hablan de la “tiranía de los medios” y anunciamos la inminencia de su poder siempre en escenarios catastrofistas “acerca del futuro de la política y de la democracia”. Y sobre todo por no creer como los mediófobos, según Exeni, en medios democratizadores del poder que “centren” la democracia en los medios.
Más seriamente Exeni plantea algunas definiciones-delimitaciones. Mencionando y salvando los matices (como quien se cubre las espaldas), en verdad pocos y por lo visto poco influyentes, afirma que la comunicación política es fundamentalmente masiva, principalmente desarrollada en el marco de relación Nación-Estado, y su escenario preferido son los medios privados y comerciales (pp.53-57). Esa definición como muchas otras del mismo tenor, nos ponen ante la evidencia de que los medios masivos privados no pueden dejar vacío el lugar de la ciudadanía, porque están concebidos y hechos para llenar todo el espacio mediático y circundante (de poder) con sus intereses políticos y económicos. Los medios de comunicación han ocupado el lugar de los partidos políticos, desbancados de su tradicional y natural actividad por el mercado. Y aquí hablamos de tradicional pero sólo si la tuvieron alguna vez, cosa que ponemos en duda, porque no conocemos sino excepciones a la regla: cual es que las leyes y la configuración político-económica amplía, garantiza y protege exclusivos intereses particulares. “Los modernos medios de comunicación –dice Enrique Sánchez Ruiz (2005)- son, o forman parte de, grandes empresas. Es decir, se trata de organizaciones complejas, usualmente regidas por el imperativo del lucro y la ganancia” (55). Luego no puede ser sino perversa la relación que los “políticos” pueden y llegan a establecer con los “medios de comunicación”. La clase política deviene lobbysta de las empresas que subrepticia o a la luz “pública” representan. Además, todo ello se torna comprensible si como dice Castells (Reig: 65) “En este momento, no es fundamental quien gobierna. Es un factor más, pero las bases de la vida, el trabajo, la educación, la comunicación y la cultura pasan por mecanismos mucho más altos, sobre los que la política puede actuar, pero donde no es lo definitivo”. Cuando eso se dice y no pasa nada, es decir, cuando eso se asume con naturalidad, es evidente que la política ha sido echada a un lado como un anacronismo (según la visión de derechas), como una nostalgia (para una visión de izquierda). No obstante, y pese a los muros y a las bombas, el grito de la resistencia, silencia la “democracia” de los medios, su tiranía, y por una nueva vez aparece un espacio vacío pleno de las voces de “cualquiera”. Ya le preguntaríamos a Castells qué pasaría si en vez de que “nadie” gobierne –ya sabemos que ese nadie son las corporaciones de la “mano” o el puño invisible del mercado- intentase gobernar el pueblo y se instituyera un verdadero Estado de Derecho, esto es una “realidad que estuviera obligada a ser dócil frente a las exigencias del derecho, que tuviese que obedecer (…) a sus buenas y a sus malas leyes, en un marco legal en el que la ley pudiera corregir siempre a la ley (a través de la argumentación y la contraargumentación ciudadana) (Fernández, 2007: 220).
Sólo cuando ese espacio existe, comienza a existir comunicación.

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Comienzo de lo común

por joseleon71 @ Jueves, 06. Mar, 2008 - 08:15:50 pm

Otra comunicación es posible
La inversión
El silencio informativo
Comienzo de la política
Comunicación y Poder Popular

Al grito de la resistencia y al surgimiento del oikos, ese espacio y tiempo donde se fundamenta toda posibilidad de construcción, es decir, cuando se hace un claro y los ciudadanos, iguales y sin distingos inician la fiesta de la palabra, comienza el Estado de Derecho, la democracia, el poder de todos. Ese espacio y tiempo, hecho y ocupado con las voces de todos, es esencial y substancialmente comunicativo, y por supuesto “político”. Ese espacio y tiempo es el ocupado por la “multitud” siguiendo las ideas de Hardt y Negri (2007), entendida como manifestación de singularidades y opuesta a la “unidad indiferenciada” del pueblo (127). Por multitud no entenderemos algo fragmentado, anárquico ni incoherente. La multitud –afirman- no es vulnerable a la manipulación externa y es acaso el único sujeto social “capaz de realizar la democracia, es decir, el gobierno de todos por todos” (128). La multitud es una “multiplicidad irreductible”: “Las diferencias sociales singulares que constituyen la multitud han de hallar siempre su expresión, y nunca nivelarse en la uniformidad, la unidad, la identidad o la indiferencia” (133). Comunicación de singularidades y diferencias. Esta comunicación se distancia de la comunicación de masas tanto como el “interés común” de la multitud, se aleja del “interés general” que fundamentó el dogma legal del Estado-nación (243). La comunicación -no la de masas- es una “producción de la multitud”, irreductible a la abstracción, y recuperada por las singularidades “que cooperan en la producción social, biopolítica”; no queda en manos de la burocracia sino que es administrada democráticamente por la multitud. Observaríamos el tránsito de la res publica a la res communis (243). “El Estado del futuro –complementamos con Enrique Dussel (2007)- será tan distinto del actual que habrán desaparecido muchas de sus instituciones más burocráticas, opacas, pesadas, etc. Parecerá que no hay más Estado, pero estará más presente que nunca como normativa responsabilidad de cada ciudadano por los otros ciudadanos” (30)
Como ya hemos visto y conocemos, el interés general se trasmite a través de los medios de masas, de modo que forma parte del proyecto político de la multitud crear los mecanismos para construir una comunicación multitudinaria, que exprese las diferencias, que sea democrática. En este punto declina mi apego a los autores de Imperio y Multitud porque se refugian a mi parecer demasiado cómodamente en las posibilidades y promesas de la Internet. Me temo que la multitud vista sólo a través de la lente de Hardt y Negri es un producto no controlado de la comunicación en masas y de las nuevas tecnologías. Por lo tanto, se me asemeja al concepto de valor de Dietrich, cuando afirma que sólo se puede calcular el valor socialista hoy, precisamente con las tecnologías pensadas y creadas por y para el capitalismo, pero que un uso díscolo pone a disposición de mejores causas. Irnos por allí conduce a un dulce y acomodado despeñadero. Creemos entonces, en la multitud, y por supuesto no podemos sino comprender que dicha noción existe a partir de una cultura de masas (producto directo del modo de producción capitalista) que hoy alcanza un momento de inflexión sumamente crítico. Pero también hemos intentado demostrar que lo político, en términos de Gruner, está en el comienzo de la tragedia, ese momento en que la verdad aparece y el poder se silencia ante la potencia multitudinaria del grito, multitud que tiene menos que ver con número, y más con expresión de singularidades, diálogo de diferencias. En este sentido, la democracia es posible a pesar de Internet y sus redes, si iniciamos un proceso de comunicación fundada en la “ética del diálogo” y que comience por nosotros mismos.

“La batalla por la supervivencia del hombre como ser responsable en la Era de la Comunicación –afirma Eco citado por Pedro Susz (2005: 385-386)- no se gana en el lugar de donde parte la comunicación, sino en el lugar a donde llega… en el momento en que los sistemas de comunicación prevén una sola fuente industrializada y un solo mensaje, que llegaría a una audiencia dispersa por todo el mundo, nosotros debemos ser capaces de imaginar unos sistemas de comunicación complementarios que nos permitan llegar a cada grupo humano en particular, a cada miembro en particular. La idea de que un día habrá que pedir a los estudiosos y educadores que abandonen los estudios de televisión o las redacciones de los periódicos para librar una guerrilla puerta a puerta, como probos de la recepción crítica, puede asustar y parecer pura utopía. Pero si la Era de las Comunicaciones avanza en la dirección que hoy nos parece más probable, ésta será la única salvación para los hombres libres”.

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Comunicación y Poder Popular

por joseleon71 @ Jueves, 06. Mar, 2008 - 08:12:27 pm

(Corregido el 10 de abril de 2008)

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5. Comunicación y Poder Popular
Se dirá que hoy no es posible eludir el panóptico de los medios. Y podemos responder que sí, desafiando la naturalización de la realidad mediática y virtual, el tsunami de la llamada sociedad de la información y la comunicación. Con suma naturalidad se afirma que vivimos en la sociedad de la información y la globalización. Dudarlo nos conduciría a la mirada recelosa de los conocidos que comenzarán a pensar que algo se nos aflojó en la cabeza. A lo que respondo, que debemos desafiar esta naturalización que despersonaliza y pone a la información y la comunicación por encima de las relaciones humanas básicas, convirtiendo en un absurdo hasta el mismo acto de conversar o hacer silencio.
Los medios promueven el aislamiento, no la comunicación. Me puedo “comunicar” con alguien en Jamaica o Nueva York, pero con el simple y llano vecino no tengo ninguna relación salvo la impersonal de las molestias del condominio, vertical u horizontal, hoy en auge.
Los medios naturalizan la soledad y el aislamiento, naturalizan al individuo solo y aislado, (símbolo de superación personal y éxito) capaz de resolver sin nadie sus problemas. Además sonríe y se relaja a solas. ¿Nos hemos percatado de la sonrisa de satisfacción del quien se ha quedado solo y se reclina con las manos en la cabeza en una poltrona o en aquel o aquella que se hunde lentamente en el agua seguramente caliente de una bañera como quien regresa a una matriz?
Escapar de la soledad significa escapar de la compañía de los medios. Donde hay dos conversando no hay televisión que valga. Tener televisor en la casa, y en los cuartos, y en todas partes, ¿no se considera acaso natural? Sin hablar de la lectura del periódico, del celular, del auto, del computador. Incluso, la necesidad de tales objetos y las prácticas que desencadenan son consideradas naturales.
Podemos abundar, pero es preciso llegar a algunas consideraciones. Para construir el poder popular es preciso desnaturalizar el poder. En otras palabras, destruir las nociones de poder conocidas, fundadas todas sobre la base de la despersonalización y la individuación. Lo colectivo, la compañía, la pareja incluso, desafían la naturalización de la despersonalización. Somos personas cuando nos juntamos, cuando somos en grupo. Trabajar juntos en la misma fábrica no nos junta. Sólo se juntan las personalidades en su diversidad haciendo a la vez, juntos, diversas cosas. Somos cuando somos diferentes y hacemos cosas distintas. Una actividad humana es exitosa cuando todos hacen diferentes cosas en conjunto y cuando el consenso es la pluralidad y el encuentro de lo distinto. Somos, dicho de una vez por todas, en el conflicto.
Pero el poder que hasta ahora hemos conocido ha levantado falso testimonio contra el conflicto y aboga por un consenso que, según él, anticipa la paz. El poder ha naturalizado el consenso, (sobre todo en su frase “ganar ganar”). Propongo ir contra el consenso y, por ende, abogo por el disenso, por la controversia. El poder ha naturalizado el “acuerdo” democrático. Pienso que hay democracia sólo si diferimos, si nos contradecimos, si nuestra vos y nuestro rostro, si nuestra palabra asoma en la diversidad, en el barullo, en el concierto y la polifonía.
La democracia cuando vota (instaurándose una dictadura de la mayoría) niega la democracia. Esta desviación de la democracia es muy cara al poder, quien naturalmente llama democracia –para su beneficio- a una forma del poder que en sus peores momentos colinda con el fascismo; peores claro, para nosotros, porque para el poder señalan su momento estelar, sobre todo si pensamos en las dictaduras y en los Estados “democráticos” donde reina el control cero. “Como bien lo anota De Sousa –citado por Atilio Boron (2006: 110), en el apartheid social del capitalismo contemporáneo el Estado sigue desempeñando un papel crucial: es el Leviatán hobbsesiano en los ghettos y los barrios marginales, mientras garantiza las bondades del contrato social lockeano para quienes habitan los opulentos suburbios.”
El poder teme a la diversidad porque esta es sencillamente incontrolable. Porque no puede individualizar ni despersonalizar. Diversidad es pluralidad. Nada puede el poder contra la diversidad porque no puede dictar ni ordenar. Por ello, ante la diversidad, y porque le teme, habla de desorden. Tenemos que decir, hoy, en tiempos de revolución, que el poder popular, en oposición al Poder de las élites, es profundamente desordenado, díscolo.
El poder popular desafía, por este camino, todo protocolo, vale decir, no las formas del poder sino más bien sus formalismos. El poder popular desafía, pues, las formalidades del poder. A la rigidez, le opone la danza, el baile. A la seriedad, la alegría, la risa. El poder es hipócritamente serio.
El Poder nada puede contra lo informal. Por eso le importa tanto la apariencia, la superficie, lo visible, ámbitos donde el poder uniforma. El uniforme escolar que se remonta hasta la uniformidad de las ideas, es una muestra de la uniformalidad que crea el poder. Poder y uniforme van de la mano. No es necesario repetir que el uniforme es, en los atuendos, el signo de la despersonalización, ni necesario advertir que la moda es la uniformalización de las tendencias y los gustos que dicta el antojadizo mercado.
No obstante, se repite con naturalidad que la moda es expresión de lo nuevo, de lo novedoso. La moda es la uniformalización del gusto y para poder ser exitosa, la moda debe prender en el gusto de todos, en todo caso, hacerse “popular”, masiva. (No olvidemos, por demás como advierte Ramonet (2006: 44) que “La publicidad se relaciona con la primera y más grande de las artes: la política, la conducta de los hombres”, o como dice Ernst Dichter, citado por el periodista español, con la “fábrica de mentes”. Mejor lo dice Pedro Susz (2005: 366), refiriéndose a la llamada telepolítica, que teóricos como Exeni, aquí citado, celebran sin rubor:

“La telepolítica sustituye ahora en la práctica a la política, los debates en el estudio reemplazan el lugar donde la política siempre se ejercitó, esto es en el espacio público, y los interlocutores se convierten en público. La opinión pública, desvinculada de las funciones propias de la ciudadanía, es temida como una fiera imprevisible a la que es preciso domesticar. De sujeto político con capacidades de crítica, control y legislación, el otrora público raciocinante es ahora concebido como elector irracional –o volátil- a modelar por los políticos, encuestólogos y formadores de opinión”

Esta idea de lo masivo como popular es la naturalización de la masa, esto es, la aceptación sin protesta de la uniformalidad de una población, que por ello ha perdido toda personalidad, todo rasgo distintivo. Se dirá que todos juntos hacemos masa, mas he aquí la naturalización de lo impersonal. Somos juntos siempre y cuando somos personas, cuando somos grupos que no se borran en lo uniforme sino que nos reconocemos distintos en la diversidad. Al poder de las élites le agrada la masa, el poder popular –en cambio- necesita personas.

“En otras palabras –decimos con Georgina Alfonso González (2005: 60)-, ¿qué hacer para que el individuo se convierta en sujeto real de un proyecto de emancipación humana? La respuesta será sobre una construcción colectiva y socialización axiológica de nuevo tipo. No dada «desde arriba», sino pensada, deseada y, sobre todo, hecha «desde abajo». Esto implica, necesariamente un ejercicio del poder con nuevas dimensiones éticas y con una amplitud cultural, una metodología y un espíritu revolucionario radicalmente distintos. Las prácticas políticas de los actuales movimientos sociales dan cuenta de una repolitización desde abajo, local, comunitaria, en la que participan todos los nuevos sujetos, con una nueva conciencia, que incluye a la misma naturaleza”

Lo que está en crisis y termina de poner en crisis el poder popular, son las formas de construcción y representación del poder. El poder popular desmantela la democracia construida a partir de la despersonalización, esto es, la construcción mediática de los gustos y modas electorales. ¿No explica esto la acción de los medios de comunicación, que actúan simple y llanamente como partidos políticos y no sólo como sus aliados naturales en lo ideológico?
El poder popular desafía, como se ve, el poder de los medios. Lo niega cuando afirma su ser plural, su diversidad, pluralidad que no admite la racionalidad de la televisión, esa pantalla que necesita para extender su poder, la uniformalidad, la despersonalización, la masa, o bien, el individuo aislado, solo, triunfante. Desafía además, la ética y la estética de los medios, empleando, haciendo suyos los medios: Como explica Guillermo Orozco Gómez (2001: 59-60)

“Desde sus mayor o menor consolidados proyectos de intervención política, cultural, social o racial ejercen una influencia creciente en amplios sectores sociales en muchos países. La mayoría de estos proyectos conlleva una alta dosis de uso de medios y en particular de usos de la televisión para subsistir y hacerse visibles, desde sus cosmovisiones y objetivos emanan posicionamientos con respecto a lo mediático. La frase emblemática de los zapatistas mexicanos el 1º de enero de 1994 es ejemplar a este respecto: “No salimos a que nos mataran, sino a hacernos ver y escuchar”

Los medios del poder popular personalizan, muestran todas las voces, todos los rostros, esto es, los rostros y las palabras de todos, en su diversidad, en todo caso, diciendo al unísono de una y mil maneras, aquí estamos todos, distintos pero juntos, luchando por lo mismo, al mismo tiempo, pero de modo distinto.
El poder popular lucha por la libertad, pero la libertad es la pluralidad, la diversidad, lo distinto, la diferencia, el conflicto. No hay libertad en la masa ni en la moda, ni en el consenso mayoritario construido mediáticamente, consenso que los medios aplauden. Al poder popular le huelen muy mal los medios y su discurso único y uniformador, su “matriz de opinión”, su “talla única”, como diría Naomi Klein.
Se ha hecho natural aceptar como natural la mal llamada opinión pública, eso que todo el mundo repite siguiendo el dictado de los medios y su sistema de valores y su moral. Los medios de comunicación, “el arma imprescindible parea hacerte oír en el espacio público, están hoy día secuestrados por un puñado de grandes empresas ocupadas, claro está, en la defensa de sus intereses privados; de hecho, existen fortunas particulares que pueden llegar a monopolizar todos los medios de lo que se llama la «opinión pública»” (Fernández, 2007: 85)
El poder popular de la comunicación se construye a partir de la desnaturalización que introduce la opinión singular, libre de toda opinión amasada por intereses mediáticos. Voz y rostros propios, que se reconocen en la variedad y la diversidad y que no buscan imponerse a la fuerza, borrando para su beneficio la diferencia, ni dando el portazo irracional de la frase “cada cabeza es un mundo”.

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