por
joseleon71
@ Jueves, 06. Mar, 2008 - 08:12:27 pm
(Corregido el 10 de abril de 2008)
Otra comunicación es posible
La inversión
El silencio informativo
Comienzo de la política
Comienzo de lo común
5. Comunicación y Poder Popular
Se dirá que hoy no es posible eludir el panóptico de los medios. Y podemos responder que sí, desafiando la naturalización de la realidad mediática y virtual, el tsunami de la llamada sociedad de la información y la comunicación. Con suma naturalidad se afirma que vivimos en la sociedad de la información y la globalización. Dudarlo nos conduciría a la mirada recelosa de los conocidos que comenzarán a pensar que algo se nos aflojó en la cabeza. A lo que respondo, que debemos desafiar esta naturalización que despersonaliza y pone a la información y la comunicación por encima de las relaciones humanas básicas, convirtiendo en un absurdo hasta el mismo acto de conversar o hacer silencio.
Los medios promueven el aislamiento, no la comunicación. Me puedo “comunicar” con alguien en Jamaica o Nueva York, pero con el simple y llano vecino no tengo ninguna relación salvo la impersonal de las molestias del condominio, vertical u horizontal, hoy en auge.
Los medios naturalizan la soledad y el aislamiento, naturalizan al individuo solo y aislado, (símbolo de superación personal y éxito) capaz de resolver sin nadie sus problemas. Además sonríe y se relaja a solas. ¿Nos hemos percatado de la sonrisa de satisfacción del quien se ha quedado solo y se reclina con las manos en la cabeza en una poltrona o en aquel o aquella que se hunde lentamente en el agua seguramente caliente de una bañera como quien regresa a una matriz?
Escapar de la soledad significa escapar de la compañía de los medios. Donde hay dos conversando no hay televisión que valga. Tener televisor en la casa, y en los cuartos, y en todas partes, ¿no se considera acaso natural? Sin hablar de la lectura del periódico, del celular, del auto, del computador. Incluso, la necesidad de tales objetos y las prácticas que desencadenan son consideradas naturales.
Podemos abundar, pero es preciso llegar a algunas consideraciones. Para construir el poder popular es preciso desnaturalizar el poder. En otras palabras, destruir las nociones de poder conocidas, fundadas todas sobre la base de la despersonalización y la individuación. Lo colectivo, la compañía, la pareja incluso, desafían la naturalización de la despersonalización. Somos personas cuando nos juntamos, cuando somos en grupo. Trabajar juntos en la misma fábrica no nos junta. Sólo se juntan las personalidades en su diversidad haciendo a la vez, juntos, diversas cosas. Somos cuando somos diferentes y hacemos cosas distintas. Una actividad humana es exitosa cuando todos hacen diferentes cosas en conjunto y cuando el consenso es la pluralidad y el encuentro de lo distinto. Somos, dicho de una vez por todas, en el conflicto.
Pero el poder que hasta ahora hemos conocido ha levantado falso testimonio contra el conflicto y aboga por un consenso que, según él, anticipa la paz. El poder ha naturalizado el consenso, (sobre todo en su frase “ganar ganar”). Propongo ir contra el consenso y, por ende, abogo por el disenso, por la controversia. El poder ha naturalizado el “acuerdo” democrático. Pienso que hay democracia sólo si diferimos, si nos contradecimos, si nuestra vos y nuestro rostro, si nuestra palabra asoma en la diversidad, en el barullo, en el concierto y la polifonía.
La democracia cuando vota (instaurándose una dictadura de la mayoría) niega la democracia. Esta desviación de la democracia es muy cara al poder, quien naturalmente llama democracia –para su beneficio- a una forma del poder que en sus peores momentos colinda con el fascismo; peores claro, para nosotros, porque para el poder señalan su momento estelar, sobre todo si pensamos en las dictaduras y en los Estados “democráticos” donde reina el control cero. “Como bien lo anota De Sousa –citado por Atilio Boron (2006: 110), en el apartheid social del capitalismo contemporáneo el Estado sigue desempeñando un papel crucial: es el Leviatán hobbsesiano en los ghettos y los barrios marginales, mientras garantiza las bondades del contrato social lockeano para quienes habitan los opulentos suburbios.”
El poder teme a la diversidad porque esta es sencillamente incontrolable. Porque no puede individualizar ni despersonalizar. Diversidad es pluralidad. Nada puede el poder contra la diversidad porque no puede dictar ni ordenar. Por ello, ante la diversidad, y porque le teme, habla de desorden. Tenemos que decir, hoy, en tiempos de revolución, que el poder popular, en oposición al Poder de las élites, es profundamente desordenado, díscolo.
El poder popular desafía, por este camino, todo protocolo, vale decir, no las formas del poder sino más bien sus formalismos. El poder popular desafía, pues, las formalidades del poder. A la rigidez, le opone la danza, el baile. A la seriedad, la alegría, la risa. El poder es hipócritamente serio.
El Poder nada puede contra lo informal. Por eso le importa tanto la apariencia, la superficie, lo visible, ámbitos donde el poder uniforma. El uniforme escolar que se remonta hasta la uniformidad de las ideas, es una muestra de la uniformalidad que crea el poder. Poder y uniforme van de la mano. No es necesario repetir que el uniforme es, en los atuendos, el signo de la despersonalización, ni necesario advertir que la moda es la uniformalización de las tendencias y los gustos que dicta el antojadizo mercado.
No obstante, se repite con naturalidad que la moda es expresión de lo nuevo, de lo novedoso. La moda es la uniformalización del gusto y para poder ser exitosa, la moda debe prender en el gusto de todos, en todo caso, hacerse “popular”, masiva. (No olvidemos, por demás como advierte Ramonet (2006: 44) que “La publicidad se relaciona con la primera y más grande de las artes: la política, la conducta de los hombres”, o como dice Ernst Dichter, citado por el periodista español, con la “fábrica de mentes”. Mejor lo dice Pedro Susz (2005: 366), refiriéndose a la llamada telepolítica, que teóricos como Exeni, aquí citado, celebran sin rubor:
“La telepolítica sustituye ahora en la práctica a la política, los debates en el estudio reemplazan el lugar donde la política siempre se ejercitó, esto es en el espacio público, y los interlocutores se convierten en público. La opinión pública, desvinculada de las funciones propias de la ciudadanía, es temida como una fiera imprevisible a la que es preciso domesticar. De sujeto político con capacidades de crítica, control y legislación, el otrora público raciocinante es ahora concebido como elector irracional –o volátil- a modelar por los políticos, encuestólogos y formadores de opinión”
Esta idea de lo masivo como popular es la naturalización de la masa, esto es, la aceptación sin protesta de la uniformalidad de una población, que por ello ha perdido toda personalidad, todo rasgo distintivo. Se dirá que todos juntos hacemos masa, mas he aquí la naturalización de lo impersonal. Somos juntos siempre y cuando somos personas, cuando somos grupos que no se borran en lo uniforme sino que nos reconocemos distintos en la diversidad. Al poder de las élites le agrada la masa, el poder popular –en cambio- necesita personas.
“En otras palabras –decimos con Georgina Alfonso González (2005: 60)-, ¿qué hacer para que el individuo se convierta en sujeto real de un proyecto de emancipación humana? La respuesta será sobre una construcción colectiva y socialización axiológica de nuevo tipo. No dada «desde arriba», sino pensada, deseada y, sobre todo, hecha «desde abajo». Esto implica, necesariamente un ejercicio del poder con nuevas dimensiones éticas y con una amplitud cultural, una metodología y un espíritu revolucionario radicalmente distintos. Las prácticas políticas de los actuales movimientos sociales dan cuenta de una repolitización desde abajo, local, comunitaria, en la que participan todos los nuevos sujetos, con una nueva conciencia, que incluye a la misma naturaleza”
Lo que está en crisis y termina de poner en crisis el poder popular, son las formas de construcción y representación del poder. El poder popular desmantela la democracia construida a partir de la despersonalización, esto es, la construcción mediática de los gustos y modas electorales. ¿No explica esto la acción de los medios de comunicación, que actúan simple y llanamente como partidos políticos y no sólo como sus aliados naturales en lo ideológico?
El poder popular desafía, como se ve, el poder de los medios. Lo niega cuando afirma su ser plural, su diversidad, pluralidad que no admite la racionalidad de la televisión, esa pantalla que necesita para extender su poder, la uniformalidad, la despersonalización, la masa, o bien, el individuo aislado, solo, triunfante. Desafía además, la ética y la estética de los medios, empleando, haciendo suyos los medios: Como explica Guillermo Orozco Gómez (2001: 59-60)
“Desde sus mayor o menor consolidados proyectos de intervención política, cultural, social o racial ejercen una influencia creciente en amplios sectores sociales en muchos países. La mayoría de estos proyectos conlleva una alta dosis de uso de medios y en particular de usos de la televisión para subsistir y hacerse visibles, desde sus cosmovisiones y objetivos emanan posicionamientos con respecto a lo mediático. La frase emblemática de los zapatistas mexicanos el 1º de enero de 1994 es ejemplar a este respecto: “No salimos a que nos mataran, sino a hacernos ver y escuchar”
Los medios del poder popular personalizan, muestran todas las voces, todos los rostros, esto es, los rostros y las palabras de todos, en su diversidad, en todo caso, diciendo al unísono de una y mil maneras, aquí estamos todos, distintos pero juntos, luchando por lo mismo, al mismo tiempo, pero de modo distinto.
El poder popular lucha por la libertad, pero la libertad es la pluralidad, la diversidad, lo distinto, la diferencia, el conflicto. No hay libertad en la masa ni en la moda, ni en el consenso mayoritario construido mediáticamente, consenso que los medios aplauden. Al poder popular le huelen muy mal los medios y su discurso único y uniformador, su “matriz de opinión”, su “talla única”, como diría Naomi Klein.
Se ha hecho natural aceptar como natural la mal llamada opinión pública, eso que todo el mundo repite siguiendo el dictado de los medios y su sistema de valores y su moral. Los medios de comunicación, “el arma imprescindible parea hacerte oír en el espacio público, están hoy día secuestrados por un puñado de grandes empresas ocupadas, claro está, en la defensa de sus intereses privados; de hecho, existen fortunas particulares que pueden llegar a monopolizar todos los medios de lo que se llama la «opinión pública»” (Fernández, 2007: 85)
El poder popular de la comunicación se construye a partir de la desnaturalización que introduce la opinión singular, libre de toda opinión amasada por intereses mediáticos. Voz y rostros propios, que se reconocen en la variedad y la diversidad y que no buscan imponerse a la fuerza, borrando para su beneficio la diferencia, ni dando el portazo irracional de la frase “cada cabeza es un mundo”.
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