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Archivos de: Enero 2008, 16

El día de la ley y la noche sin límites

por joseleon71 @ Miércoles, 16. Ene, 2008 - 08:08:35 am

La tela de Penélope reescribe el cuento de Juan Rulfo
“Díles que no me maten”

Tal vez ocurra que no existan verdaderas nuevas historias sino replanteamientos de las mismas, de nuevo los mismos cuentos, echados una y otra vez. Acaso Las mil y una noches nació de la ilusión de que el mundo y las cosas del mundo pertenecían a una red de cuentos que se lanzaba por las noches y se recogía al amanecer, como quien pesca y confía a la Providencia una pesca abundante.
Y a ese libro de cuentos infinitos pertenece el que cuenta que existió una tela que, por el día se tejía y por la noche se destejía. La famosa tela de Penélope. En el día, prometía casarse cuando terminara de tejer, cuando cesara de esperar, en la noche destejía lo tejido, deshacía la promesa, que volvía a empezar por la mañana. Tejer de día y deshacer en la noche es una forma de eternidad, la misma que dan las olas que van y vienen, el mismo sol que se va y que regresa. Sensación de eternidad porque supone tiempo detenido, que llega a un punto y se regresa, tiempo limitado a un número mínimo de acciones que no romperán por ello ningún límite. Cuando esta forma de eternidad se rompe, cuando se abren las esclusas, cuando el tiempo como agua irrumpe, entonces ya no hay límites y comienza la vida, aparece el tiempo que trascurre sin límites y, por ende, las acciones sin límite.
Eso ocurre en aquel cuento de Penélope: Teje para esperar a su marido, lo hace durante el día mientras es cortejada por muchos pretendientes. Promete que se casará apenas termine la tela (como ello transcurre en la eternidad tal tela es velo de novia y mortaja a un mismo tiempo), pero por las noches desteje. Gran metáfora del tiempo y de la vida, de la noche y de la muerte. La noche que desteje lo tejido durante el día, que deslía lo que se ata por el día, que desata, que libera, que suelta los hilos. La noche y el sueño como desatamiento, como liberación. El día para los compromisos, la noche para olvidarlos.
En el cuento de Juan Rulfo es la cerca que sostiene el ganado la que se teje durante el día y se rompe en la noche. De día la ley, el cerco que dispone lo propio y lo ajeno. De noche, lo común. De día el peso de la ley, de noche el peso de lo indiferenciado, de lo que no tiene límites, de lo que no se sabe ni se puede determinar hasta donde llega. De ahí que la noche se confunda con la libertad y esa otra forma de libertad que es el amor, el amor como desceñimiento, soltura de hilos, desamarre.
Ahora bien, Penélope al tejer y destejer hacía tiempo para aguardar la llegada de Ulises. ¿Qué esperaba Justino, cuáles eran sus promesas, cuál era la oculta y cuál la evidente? En el caso de Penélope la oculta era la promesa de esperarlo que le hacía a Ulises, la evidente la que hacía a los pretendientes por la mañana y deshacía por las noches. Justino respetaba la ley de día, como todos los seres diurnos, apolíneos, prometía cumplir con la ley, mas en las noches destejía lo prometido, borraba los límites de la propiedad, abatía la frontera entre lo propio y lo ajeno, alisaba la superficie del mundo, lo allanaba.
Mientras Penélope teje y desteje, Ulises se enfrenta a una y mil cosas. Todo le impide regresar hasta que por fin arriba a Ítaca. Justino se enfrenta a una y mil cosas, pero ya no son los dioses los que le impiden regresar, llegar a Ítaca. Hombre moderno al fin, abandonado de los dioses, hace las veces de Dios y se impide la muerte, huye, se esconde. No tenía otro destino, no era otro su tejido… aunque lo desatara nocturnamente, el día se encargaba de volverlo a tejer. Huía pero ahí estaban los perros del asedio, la persecución.
Y como no hay Dios en la tierra de Justino, es una voz de hombre, un Coronel sin rostro, la voz que truena su destino, que le echa encima la red tejida en el día de la justicia. Dios sin rostro que le borra el rostro.
En el cuento griego, Ulises lanza la red del día sobre el cortejo de pretendientes y los borra de la faz de la tierra. Un gran momento diurno sigue a la noche del destejer, de la espera, de la eternidad. El día es para la acción, para lo que sucede sin retorno, sin aplazamiento, para lo que ocurre en el tiempo.
Como se ha visto, el día y la noche son dos dimensiones muy distintas, y esto se tratara de una obviedad si no fuera porque no son exactamente complementarias sino Universos aislados que podemos o no poner en relación de complementariedad. Podemos advertir que de día acontece un cuento y de noche otro, muy distinto. Al cruzar los dos cuentos se obtiene una estructura en la que en el ámbito del día se construye la discursividad de la ley y en el ámbito nocturno la anulación de la ley, lo ilimitado. Por eso se puede afirmar que Penélope era antes de la llegada de Ulises una forma de la ley ella misma, mientras que Ulises vivía en lo ilimitado. Al llegar a Ítaca la cosa se invierte, y para el tránsito de inversión Ulises toma el cuerpo de otro, ocupa un cuerpo en transición. En el cuento de Rulfo, Justino destejía en la noche lo que la ley tejía diurnamente; hasta que el día llegó para siempre para Justino, y ya no hubo más tejido nocturno. Vistió Justino su cuerpo de transición, el ebrio, ese que revela el yo escondido, mientras la muerte, ese terrible fogonazo de luz –la luz definitiva- borraba el testimonio de lo anterior, los restos de una vida, de una situación caduca: a los pretendientes, al rostro de Justino.


 
 

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