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Archivos de: Enero 2008, 14

La esperanza y la desesperanza en dos poetas modernistas

por joseleon71 @ Lunes, 14. Ene, 2008 - 07:11:51 pm

Ver: Cuerpo y mujer en dos poetas modernistas

Elías David Curiel sólo parece mirar con ojos desasosegados lo que no tiene cuerpo; mejor, las ideas, los conceptos. En un poema donde plantea sus dudas acerca de si el alma es o no es “la forma del movimiento celular” - aunque creyera que se trataba de “una forma sin forma real ni vida”, o bien, una “pura substancia intensa que en infinita/ reducción pierde sus dimensiones dentro su plano” -, descubre para él que no tiene futuro ni sentido “pensar que vivas células somos” porque el velo de los “porqués y cómos” no sería descorrido por Isis. Entendemos entonces la necesidad de nuestro poeta de deshacerse del cuerpo, de sus células, de su materia orgánica, para acceder a la Verdad y al Santuario de la Diosa. De ahí la reducción de todas las noticias del mundo (hacia adentro y hacia fuera) que establecerían contacto con su cuerpo:

-Las cosas contempladas y escuchadas
son aparentemente evanescidas.
Por inconsciente evocación tocadas
despiertan las imágenes dormidas

Latentes realidades del ensueño,
en las que amorfias en la emoción exilia…
De verdades anímica diseño….
Claro-obscuro de sueño y de vigilia.

De ahí su poesía mental (“Existir es pensar”, afirma en “Psicogonía”), poesía interior, menos saga personal –y por eso no es la de Curiel una poesía intimista ni confesional-, que lugar de una conciencia, lugar desde donde un alma consciente canta al mismo tiempo que ausculta el mundo, objetivación tensa, máxima, de lo subjetivo, ciencia e investigación de lo interior:

Los ojos que se cierran, retromiran;
involuciona a la raíz la rama;
y, como el ícor en el dios, circula
en el cerebro ensoñador el alma

Y el cálculo geométrico y el numen
creador coherido por la eterna pauta,
como tiorbas angélicas, traducen
el timbre, el gesto y el color del alma

Y si es la vida sólo la materia y si “de la célula nerviosa herida/ sólo es el alma la vibración”, la psiquis, sin embargo, no es ilusoria “porque es santuario de su memoria/ tu corazón”. Y enfatiza:

No es ilusoria. No. Desherido
átomo en fuerza se ha convertido;
y se trasmuta la fuerza en alma…

Estamos ante una poética cuyos materiales de construcción son la argamasa sutil, etérea, órfica del alma y los sueños, incluida la propia realidad sólo que vista en escorzo. Poética cuyo afán consiste en modular (y pendular entre) lo visible y lo invisible, lo orgánico y lo inorgánico, la psique y el cuerpo, el tiempo y la eternidad, la vida y la muerte. De ahí el apartamiento, la retracción, la soledad, el progresivo afantasmarse, el deslizamiento hasta los bordes de la ciudad que fue su cuna y “en donde emparedada, como en una/ bóveda ardiente, se asfixia el alma”.
La diferencia con respecto a la realidad o el exterior, con Ramón López Velarde es total. El mexicano está volcado con todo su cuerpo hacia afuera (un afuera, hay que decirlo, tibio y murmurante como un seno y una matriz), todos sus sentidos tocan, palpan, huelen el espacio, las superficies, las texturas de las cosas del mundo y su “desdén manso” con una “emoción sutil y contrita que reza”:

Los muebles están bien en la suprema
vetustez elegante del poema.
Las arcas se conservan olorosas
a las frutas guardadas;
el sofá tiene huellas de los muslos
salomónicos de las desposadas…

O bien, este otro:

En el encanto de la humilde calle
sois a un tiempo, asomadas a la reja,
el son de esquilas, la alternada queja
de las palomas, y el olor del valle

Abundar en citas no haría sino confirmar una constante, de modo que lo esencial aquí es señalar el contraste con la poesía de Curiel, interior, que no íntima, sino ahincada en la especulación de un universo que acontece “ultra la sombra y el silencio”. En Curiel “Las cosas contempladas y escuchadas/ son aparentemente evanescidas”. Realidades de sueño y vigilia, fijadas “en la placa sensible de la mente”.

Además el afuera de López Velarde diseña una forma de esperanza, que lo acerca a Curiel al tiempo que lo distancia. En efecto, quien tiene afuera, vida exterior y comercia y dialoga con el mundo, cifra esperanzas, anhelos, y su deseo adquiere el cuerpo, la rotundidad de las presencias:

Y bajo la impostura virginal de la noche
que cobija al amor con un tenue derroche
de luceros, un mito saludable me afianza
y alabo al confesor de la santa Esperanza
y a la doncella verde en la misma alabanza

Afuera y esperanza se conjugan para construir el cuerpo de la realidad; lo contrario, la vida interior, construye la desesperanza y le confieren a la vida un sentido trágico. La poesía de López Velarde, como él mismo lo dice, resulta “sentimental y cómica”. Ciertamente, allí está la mujer como ausencia sagrada, virgen, hermana, la casta doncella de su “espíritu feudal”, pero no es menos cierto que las ventanas que se abren a esta visión mística descubren fragmentos, rasgos, dorsos de mujeres que colman las ansias del poeta y dan corporeidad a sus deseos:

y el casto lecho que pudiera ser
para las almas núbiles un nido,
nos invita a las nupcias incruentas
y es el mismo, Fuensanta, en que se amaron
las parejas eróticas de ayer

Tanto como la esperanza (no lo irrealizable sino lo posible saturado de imposibles), que es una suerte de proyección o anticipación de la vida –“¿Existirá? –se pregunta en un poema- ¡Quién sabe!/ Mi instinto la presiente;/ dejad que yo la alabe/ previamente” y por lo tanto una de las formas que adquiere el futuro, la nostalgia es, entre otras, una de las formas del recuerdo. En López Velarde, la nostalgia por el campo, la provincia, la vida rural crece en oposición a la ausencia total de nostalgia de Curiel, como es total en su caso la ausencia de futuro, y borroso y fugaz el presente. Espíritu saludable, López Velarde cuestiona la vida de la ciudad (desconocida por Curiel al menos en sus poemas) y ansía amores y atmósferas pueblerinas. La vida se refugia y concentra en estas formas tradicionales, desplazadas por la expansión del capitalismo a las márgenes de la conciencia. Insurge una nostalgia rebelde que comienza a interrogarse sobre el sentido de la existencia, apenas asoma el liberalismo y su cuerpo de creencias y valores:

Hambre y sed padezco: Siempre me he negado
a satisfacerlas en los turbadores
gozos de ciudades –flores de pecado.
Esta hambre de amores y de ensueño
que se satisfagan en el ignorado
grupo de muchachas de un lugar pequeño

El diálogo entre ciudad y provincia, o entre Centro y Provincia se verifica en el poeta mexicano con una intensidad desconocida por Curiel, cuyo hundimiento en la ciudad de Coro, y mucho más en sí mismo, le depara una poesía que no interroga el exterior ni cuestiona, salvo algunas esporádicas incursiones en un afuera que, por la forma en que aparece, resulta demasiado lejano e incapaz de perturbar y arrastrar consigo el cuerpo de pez y sueño de su obra poética. En López Velarde este diálogo entre el afuera y el interior, representado por la ciudad y la vida citadina y el interior o vida de provincia, asoma en muchos poemas y en todos, la provincia se convierte en el vaso de la pasión, el fervor, la serenidad:

Mi vida enferma de fastidio, gusta
de irse a guarecer año por año
a la casa vetusta
de los nobles abuelos,
como a refugio en que en la paz divina
de las cosas de antaño
sólo se oye la voz de la madrina
que se repone del acceso de asma
para seguir hablando de sus muertos…

Acaso sólo en uno, donde califica al pueblo natal de “edén subvertido”, se refiera menos con violencia que con tristeza profunda a la pasión política que habría de trastocar en los tiempos del porfiriato los modos de vida parroquiales, tierra adentro.

Sólo entonces, ante la destrucción grabada en las paredes “de la aldea espectral”, se deshace la esperanza… pero en el mismo poema la “sed de amar será como una argolla/ empotrada en la losa de una tumba”, de modo que “el amor amoroso/ de las parejas pares” y ciertas formas lánguidas y bucólicas del pasado comenzarán a desperezarse a la tibia luz de una “intima tristeza reaccionaria. Ante el mundo que huye opone la detención aldeana, la quietud, las formas consagradas del pasado. La ciudad nuevamente como representación de la violencia dirigida contra el poeta, que lo lleva a comprenderla hasta corresponder a su ritmo, a su violencia, al cariz de las demoliciones que inaugura con su canto de futuro y, por supuesto, a rechazarla íntimamente:

Si yo jamás hubiera salido de mi villa,
con una santa esposa tendría el refrigerio
de conocer el mundo por un solo hemisferio.

Conocer el otro hemisferio es lidiar con los cambios que trae aparejados la época. El López Velarde que se recibe de abogado y viaja a la capital, aunque su alma salmodie y sienta honda nostalgia por la provincia y sus amores, en el que las mujeres y todas las cosas están tocadas por la santidad. López Velarde, que no ocultó ni obliteró la provincia como se pudiera deducir de la poesía y el pensamiento de Rubén Darío, observa el tráfago citadino con ojos de turista, o de residente a disgusto, en todo caso, como alguien que está afuera y no pertenece sino como extranjero a esa dinámica extraña. La densidad de su poesía se asienta en el espacio y el paisaje familiares, en la “lúcida neblina del valle”, en “la arboleda que se arropa de las cocinas en el humo lento” en “la familiaridad de las montañas” y el “cacerío de estallante cal”; y en la mujer de la provincia, del pequeño pueblo, fuente de santidad:

Vasos de devoción, arcas piadosas
en que el amor jamás se contamina;
jarras cuyas paredes olorosas
dan al agua frescura campesina…

(….)
Noble señora de provincia: unidos
en el viejo balcón que va al poniente,
hablamos tristemente, largamente,
de dichas muertas y de tiempos idos

Pero el discurso de la ciudad, que se torna imperativo, lo obliga a reevaluar su mirada, sus sentimientos y comienza a transformarse para hacerse de un cuerpo acordado con la realidad agresiva, dinámica, móvil. En cualquier caso, la provincia está vista a través de la mirada que prepara y dispone el escenario de la tensión entre la modernidad y las formas de la tradición. Así, cuando López Velarde recrea la lentitud y la paz neblinosa de la provincia, pone a contraluz la acedía de los espacios citadinos. Es en este momento cuando las formas de la ciudad, su diálogo cosmopolita, ingresa, desacomoda y repliega las formas, el ritmo, la textura de un lenguaje lúcido y somnoliento, que observa desde el remanso provinciano y con sus ojos, el deslizamiento del hombre y la realidad a un mundo de relaciones distintas, antípodas, violentas. El poeta asiste a una fractura en el ser y su discurso la resiente. Los ojos habituados a la sombra y al crepúsculo de las formas se sacuden el sueño, disipan la niebla, y sin párpados comienzan a mirar con un interés que poco a poco pierde el brillo y su fascinación para tornarse en melopea trágica. Mientras tanto, con López Velarde estamos en un momento de transición, justo cuando la Provincia es el tibio corazón de todas las renuncias y todos los anhelos, la única realidad posible, y, la ciudad, testigo y testimonio de la irracionalidad y el sin sentido:

Se distraen las penas en los cuartos de hoteles
con el etéreo concurso divertido
de yanquis, sacerdotes, quincalleros infieles,
niñas recién casadas y mozas del partido
(…)
Lejos quedó el terruño, la familia distante….

Pero la provincia nace precisamente de la observancia del tráfago citadino, sus penumbras se recuerdan porque fatiga la luz, la calma, en fin, se desea tanto como se repele la agitación, la multitud:

Hambre y sed padezco: Siempre me he negado
a satisfacerlas en los turbadores
gozos de ciudades – flore de pecado.
Esta hambre de amores y esta sed de ensueño
que se satisfagan en el ignorado
grupo de muchachas de un lugar pequeño

Aparece entonces la Provincia como la forma mejor acabada del recuerdo, del pasado. La memoria personal, aliada naturalmente a la historia misma del pueblo, personifica, pone nombre y apellido a una experiencia que, de lo contrario, queda reducida a meros datos generales en la historiografía oficial. La provincia será el lugar de la infancia, de los primeros ardores y dolores, lo enfrentará a la muerte y a las sombras de sus familiares; también a la guerra, la regurgitación intestina de una nación pariéndose a sí misma y cuyas arcadas sacuden todos los rincones del país:

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la multiplicación de la metralla


 
 

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