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Archivos de: Diciembre 2007, 30

Apuntes sobre Caliban

por joseleon71 @ Domingo, 30. Dic, 2007 - 09:21:45 pm

Notas sobre el libro
Todo Caliban
de Roberto Fernández Retamar (Fondo Cultural del Alba. La Habana, 2006)

“A Norteamérica sajona le toca coronar y cerrar la civilización capitalista. El porvenir de la América Latina es socialista”

José Carlos Mariátegui

“No hay más que un mundo, donde luchan opresores y oprimidos, y donde estos últimos obtendrán más temprano que tarde la victoria”

J. F. R

Una pregunta desató Caliban (1971), respuesta airada que ya lleva 36 años, y “…nada hace pensar –se lamenta Fernández Retamar- que la dolorosa aunque fiera imagen de Caliban tienda a ser innecesaria, porque se hubiese desvanecido la temible imagen de Próspero” (9). Ante la continuidad del proyecto colonizador e imperialista surge la necesidad de seguir afirmando que la humanidad “no es otro experimento fallido de la Naturaleza” (9). De ahí, todas las ediciones y múltiples traducciones, hasta abrevar en este libro compendio, preparado por el propio autor para una edición de la Editorial Letras Cubanas del año 2000, y retomada en el 2006 por el Fondo Cultural del Alba.

La pregunta (hecha por un periodista y en la que supura la respuesta, no la de Retamar por supuesto, sino la dictada por el imperio: no existimos); es: “¿Existe una cultura latinoamericana?” (11). Dudar de ello, responde Retamar, era “poner en duda nuestra propia existencia” pero sobre todo, y he aquí el corazón de este poderoso libro, “estar dispuestos a tomar partido a favor de nuestra irremediable condición colonial” (11).

¿De dónde viene Caliban? El de Fernández Retamar viene de Shakespeare, de La Tempestad. Viene de la palabra caníbal, de caribe, de Montaigne. De Tomás Moro. Viene de vuelta de cinco siglos de miradas fascinadas y aterrorizadas, de planteamientos utópicos y racistas. De Ernst Renan, para quien Caliban era el pueblo “presentado a la peor luz” (21). De John Wain, para quien Caliban “produce el patetismo de todos los pueblos explotados” (29). De Martí, quien sentía correr por sus venas “sangre de caribe, sangre de Caliban” (42).

Dos imágenes llegaron a Europa: el taíno, manso y dulce, y el caníbal terrible, antropófago. Las dos imágenes alimentaron proyectos antípodas: para la izquierda el “buen salvaje” supuso la posibilidad de una “sociedad perfecta” poblada por criaturas edénicas (18) (utopismo). Para la derecha, produjo la “versión degradada que ofrece el colonizador del hombre que coloniza”, imagen que justificó(a) el genocidio y el pillaje (18).

¿Qué busca Fernández Retamar? “Asumir nuestra condición de Caliban”, que implica “repensar nuestra historia desde el otro lado, desde el otro protagonista” (37). No desde Próspero, el colonizador, no desde Ariel, el que vive en el aire, el intelectual, el ingrávido. En otras palabras con fondo martiano: reinterpretar “nuestro mundo, a la luz exigente de la revolución”.

“Hay que objetar la ideología de Próspero” (154), al tiempo que debemos proclamar, desafiantes, “los valores no occidentales en la América Latina” (181).

Reconoce el poeta cubano que “sólo leemos con respeto a los autores anticolonialistas difundidos desde la metrópolis”, condición que su libro desde hace más de treinta años, y esta edición del Fondo Cultural del Alba, han tratado de desafiar, desmentir, renegar. Sabe que hemos cultivado –y por eso la energía y la rabia confesa del libro- que tenemos una “perspectiva colonizadora de la historia” (42).

En un punto me parece que Fernández Retamar ofrece una bisagra, celosía, torreón: la visión de modernidad de José Martí. Un pensamiento que la derecha imperial (más allá de Dos Ríos…) no permitió que cuajara (en nosotros), permitiéndonos apenas su costado menos punzante, su roma estampa de mártir, de poeta. Pensamiento y acción que mantuvo dispersos, que obliteró a cambio de pensamiento colonial, europeo, eurocéntrico, manteniéndonos alejados, quietos, desconocidos de nosotros mismos. Revolución, dignidad del pensamiento y de la acción, que la revolución cubana abrió – viene abriendo- hasta nosotros.

Aunque hablamos la lengua de los colonizadores, con ella misma los maldecimos.

Es el colonizador quien nos unifica y nos hacer ver “nuestras similitudes profundas más allá de accesorias diferencias” (19). Aquí las similitudes profundas aluden a un mestizaje no accesorio ni circunstancial, sino central, lo que llevó a José Martí a hablar de “nuestra América Mestiza”.

La lucidez martiana pertenece a nuestra tradición. No de otra manera entiendo su periferia central, su estar en el corazón de América con plena conciencia del imperio, de la arrogancia y peligrosidad del capitalismo, con plena conciencia, además y tan raigalmente, de su raíz mestiza, de su raíz europea, indígena y negra. No de otra manera debemos leer la totalidad que nos ofrece Roberto Fernández Retamar cuando nos invita a descubrir “al múltiple ser humano «ondulante y diverso»: el ser humano total, hombre, mujer, pansexual; amarillo, negro, piel roja, carapálida, mestizo; productor (creador) antes que consumidor; habitante de la humanidad, la única patria real («Patria es Humanidad» dijo Martí retomando una idea de los estoicos), sin Este ni Oeste, sin Norte ni Sur, pues su centro será también su periferia…” (177)

Corresponde a nuestra más íntima tradición el pensamiento mestizo de Martí, concepto de mestizaje el suyo, por cierto, que “no puede ser homologado con el que tienen de él no pocas oligarquías del continente y sus amanuenses” (92). Su mestizaje se funda en su antirracismo (93-94).

Pensamiento mestizo, el de Martí, que le permitió comprender un fenómeno que sólo en nuestros días comprendemos, intentamos comprender: la “descentralización de la inteligencia” (una lectura anticolonial de la llamada “era del conocimiento” se ha de parecer a esta penetrante idea martiana), noción desde la que se puede explicar la contextura líquida y difusa del pensamiento latinoamericano, que ha debido filtrarse, intersticial, por las hendijas que deja nuestra intelligentsia, vicaria de occidente, empleando discursos indómitos como la poesía o el ensayo, ignorados en los ambientes académicos donde la tercera persona, la impostura axiológica y el capital curricular pavonean su alejamiento de la realidad. Decía Martí “Sólo cuando son directas [naturales y no artificiales, recordemos que también proclamó que “el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural” (45-46)] prosperan la política y la literatura” (43). Pensamiento latinoamericano, nuestro, mestizo, que se sistematiza y conceptúa no en cuerpos (a no ser en los “cuerpos del sueño”, tomando prestada una metáfora de José Balza), doctrinas o sistemas al modo positivista europeo, sino de ese otro modo que, como en la literatura, permite la “captación profunda de la realidad” (118). El latinoamericano piensa en (a través de) su literatura. Mejor, a través de su lenguaje hecho palabra liberada, poesía.

Logos (razón, palabras, discurso) frente a la i-lógica (irracionalidad, sin palabras, elipsis) del capital.

Somos periféricos en lo económico y en lo político, pero no en lo literario (131). Con cuanta razón exclamaba Gabriel García Márquez: “¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambios sociales?” (123).

Pensamiento mestizo (¿post-moderno?) de Martí, si atendemos a la definición de George Yudice cuando se refiere a la postmodernidad como conjunto de “respuestas-propuestas estético-ideológicas locales ante, frente y dentro de la trasnacionalización capitalista” (136).

Tal mestizaje sólo puede nacer de la “interpenetración de las matrices culturales originarias de unos y otros”, la cual se logrará cuando no haya explotación (96). Está claro que una ética del diálogo, un encuentro libre y creador de dichas matrices sólo puede ocurrir en libertad. El capitalismo y sus modos de producción hacen imposible el diálogo porque nada pueden las palabras antes las razones (sin razones) del capital. Las minorías privilegiadas no están dispuestas a poner en discusión sus prerrogativas. De más está decir que el diálogo cultural en esas condiciones es y ha sido imposible.

¿Qué es la civilización para Martí? El “nombre vulgar conque corre el estado actual del hombre europeo” y pretexto del hombre europeo para ejercer el “derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea” (47). Como vemos su proyecto es antípoda del de Sarmiento, como antípoda de todos los que siguieron por cien años más arrasando nuestros países.

“La inteligencia americana es un penacho indígena”, dijo el Apóstol. Dijo más: “¿No se ve cómo del mismo golpe que paralizó al indio se paralizó a América? Y hasta que no se haga andar al indio, no comenzará a andar bien la América” (43-44).

El “inventamos o erramos” de Simón Rodríguez se conjunta con la previsión martiana de que no se pueden “regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas” (45), de EEUU, de Francia, de Inglaterra. “La universidad europea ha de ceder a la universidad americana” (45).

Frente a la conquista, frente a la expoliación, frente a la dominación, “ha ido forjándose nuestra genuina cultura” (71), “que sólo puede ser hija de la revolución, de nuestro multisecular rechazo a todos los colonialismos” (73).

“Queremos la revolución caribe…” (188), anunciaba en un temprano siglo XX el manifiesto antropófago de Oswald de Andrade, que devuelve a Occidente su (nuestro) caníbal liberado.


 
 

Venezuela y el Estado de Derecho

por joseleon71 @ Domingo, 30. Dic, 2007 - 05:18:28 pm

Notas sobre el libro
Comprender Venezuela, pensar la democracia. El colapso moral de los intelectuales de occidente
De Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero (2006). Editado por El Perro y la Rana. Caracas, Venezuela.

“No puede haber hoy quien pretenda con razón que deben haber clases ignorantes y pobres”
Simón Rodríguez

“En una sociedad que no está edificada con palabras y con medios políticos sino con euros y medios económicos, la libertad, por muy absoluta que se pretenda, no tiene capacidad para poner nada en libertad”

"...la amenaza más peligrosa se produce cuando los grupos izquiredistas "renuncian al uso de la violencia" y se implican en el proceso democrático"

C. F. L y L. A. Z

“Walter Benjamin (…) pone el acento sobre el papel fundador de juricidad de la violencia de las masas, y el temor que ello despierta en el poder (no por la violencia misma, sino por la posibilidad de generar otro poder”
Eduardo Grüner. El fin de las pequeña historias

En el enmarañado paisaje de las definiciones, ésta que nos ofrecen Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero en Comprender Venezuela, Pensar la democracia, sobre el Socialismo del Siglo XXI, es de una tentadora sencillez. Es de ese tipo de respuesta (sobre el socialismo “a la venezolana”, respuesta que muchos quieren embrollada para que no responda, no aclare ni despeje) cuya obviedad (y por eso acaso su invisibilidad) debía reducir a los comentaristas, a los opinadores, a las estrellas de televisión de nuestra política, por lo menos, a un breve y modesto silencio, no importa que luego lo espanten con más arduos y retorcidos espantajos, apelando al socialismo real, al científico, a lo inédito del proceso (fórmula retórica cada vez más vacía), a las teorías del valor que requieren de sofisticados ordenadores para calcular lo incalculable. No. La respuesta que dan Fernández Liria y Alegre Zahonero brilla por su sencillez y larga y dolorosa historia: de socialismo hablamos, dicen, cada vez que se intenta poner las cosas a derecho, cuando se logra que las leyes dirijan el curso de las cosas, cuando la razón gobierna y no los privilegios: “El Socialismo del Siglo XXI consiste, ante todo, en tomarse el proyecto ilustrado muy en serio e intentar que, por primera vez quizá en la Historia de la Humanidad, se realice hasta el final” (97). Por otra parte, advierten, si se renuncia al Derecho, si se instituyen o generalizan vías de hecho “en nombre de la eficacia contra el capital, es casi seguro que algún particular intentará ocupar el lugar de las leyes y no habrá ya medio de impedirlo” (105-106).

Es una ventaja histórica, qué duda cabe, el hecho de que haya un “Presidente que se empeña en que las leyes las deciden los ciudadanos”, como atestiguan las elecciones que nos llevaron al marco legal que hoy existe, el único que hemos tenido los venezolanos –y el único con posibilidades ciertas de triunfo, por eso según los autores la atención mundial y los desafueros de la oposición nacional e internacional- que garantiza corregir legalmente las malas leyes. Pero esta posibilidad y la garantía de su cumplimiento es, ciertamente, posible en el marco de la Revolución Bolivariana, “garantía –precisan- de que se van a respetar las decisiones de los ciudadanos” (89), como ocurrió recientemente con los resultados –adversos aunque por muy escaso margen- en el referéndum por la Reforma Constitucional.

Intentan Fernández y Alegre redefinir el famoso y tan mentado Estado de Derecho. No se trata, advierten, de “superar el derecho burgués”: los intentos de “ir más allá del derecho”, ensayados por el fascismo y el comunismo, terminaron “empantanados en un asfixiante más acá en el que era imposible la ciudadanía” (21). Sobre el “hombre nuevo” afirman, con razón, que se trata de uno de “los capítulos más siniestros de la historia del llamado “socialismo real” (21), porque en efecto, el “verdadero hombre nuevo, incesantemente anhelado por las tradiciones comunistas, no es otro, después de todo, que el ciudadano ilustrado de toda la vida” (22-23). Dicen más: “El protagonista de la sociedad comunista del futuro puede y debe ser el ciudadano exigido por el proyecto político de la Ilustración” (47), partícipe de esa “especie de milagro por el que los papeles, las palabras, en definitiva, el logos, consigue ponerse manos a la obra y colocar ladrillo sobre ladrillo hasta que se edifica una casa…” (73).

De lo que se trata, pues, para llegar al Estado de Derecho o “derecho a secas” es de “arrancar de las manos de las burguesías el control del espacio de la ciudadanía” (23), y para ello se precisa una revolución toda vez que bajo condiciones capitalistas de producción la ciudadanía es imposible, como incompatible la democracia con el capitalismo. ¿Pero ciertamente se precisa una revolución para “conseguir lo más normal del mundo” (23)? Se preguntan, y se responden: “…bajo condiciones capitalistas de producción, eso de tener un “Estado de Derecho normal” es algo que exige precisamente una revolución (…) claro, siempre que hablemos de un verdadero Estado de Derecho y no de una estafa a la que solemos referirnos con el mismo nombre (estafa a la que hemos denominado “ilusión de ciudadanía”) y que consiste, como hemos explicado ya, en esa situación en la que las leyes son tan sumisas al mandato de los poderosos, se adaptan a él con tal obediencia y precisión que, al resultar ambos idénticos, puede incluso parecer que son las leyes (en vez del mandato de los poderosos) las que han configurado efectivamente la realidad” (78-79). Dicen más: por Estado de Derecho nos vendieron, medios e intelectuales, una vasta “ilusión de ciudadanía”.
El modo capitalista de producción, y por ende su incompatibilidad con la democracia y la construcción de la ciudadanía “depende por entero de que la población le vaya la vida en encontrar un trabajo asalariado y, por lo tanto, lo busque desesperadamente” (104), desesperación que la llevará la mayor de las veces sin darse cuenta (ceguera que alimentan y robustecen los medios y la educación) a naturalizar (aceptar sin cuestionamientos, y mejor sin extrañeza) la dominación y la exclusión. Fernández Liria y Alegre Zahonero entenderán que existe Estado de Derecho cuando existe un marco legal que permite “corregir legalmente las malas leyes” (29).

Ante las leyes no queda otra sino obedecer o persuadir, no patear la mesa, no la política de las cañoneras y el garrote. Obedecer o persuadir, argumentar y contraargumentar, fue según los investigadores españoles el proyecto de la Ilustración, ello con el fin de erradicar “la violencia en el ámbito de la vida política”, y por tanto, someter el “poder a la ley” (28-29). Entre el “vacío inhumano del mercado” y la “densidad demasiado humana de las sociedades cerradas”, la Ilustración “ha depositado en los sentimientos universales de Humanidad, Fraternidad y Solidaridad, todas sus esperanzas de conseguir fraguar, precisamente, sociedades de ciudadanos” (100).
Pero este proyecto, eminentemente político, ha sido avasallado por el poder económico, por la “mano invisible” del mercado, que supo convencer o persuadir a los remisos de las ventajas del liberalismo, como aconteció, para poner una fecha olvidadiza, en 1864, cuando el capital inglés consiguió aliados en Brasil, Argentina y Uruguay para destruir Paraguay en lo que se conoce en los anales de la ignominia como la “Guerra de la Triple Alianza”. El capitalismo no está dispuesto, y el siglo XX es harto testigo de ello, “a aceptar correcciones de leyes que afecten al capitalismo” (36), y por supuesto, actitudes, políticas, programas, que pongan por delante los intereses y necesidades de las mayorías antes que los privilegios de los minorías. Estos privilegios son imposibles de defender en una “discusión cívica” señalan los autores, antes bien precisan de una guerra civil y “hacen lo que sea por intentar desencadenarla” (93). La ley cuando se ajusta a la razón “no se convence ante los privilegios” (75), ni ante la fuerza. “Los privilegios, ciertamente, pueden darse de hecho, pero jamás podrán convencer al derecho” (74).

No pueden poner, dicen Fernández y Alegre, “ni un solo ejemplo de una victoria electoral anticapitalista que no haya sido seguida de un golpe de Estado o de una interrupción violenta del orden democrático” (38).
Esta intemperancia del poder económico (y por supuesto militar) avalado por una caterva de intelectuales vendidos al poder y por medios propaladores del liberalismo, torna una estafa el Estado de Derecho, que existe sólo cuando puede amparar a la población cuando ésta decida (si lo decide, si le da la gana) “cambiar el estado de cosas existente” (53), sin sufrir como Panamá, como Grenada, como tantas veces y hoy Haití una invasión militar; es decir, cuando “el derecho obra sobre la realidad” (54).
El Estado de Derecho debe ser construcción, pues, del derecho, y no de la historia. No existe Estado de Derecho cuando el margen de acción política es “irrisorio” (59), cuando el mercado y sus leyes están por encima de la población y sus necesidades o cuando los argumentos económicos “tienen la última palabra” (61). No existirá, mientras los parlamentos estén secuestrados por los ministerios de economía, toda vez que los beneficios capitalistas no tienen en absoluto la necesidad o el interés de “coincidir con las necesidades sociales” (102).

Con Polanyi nos recuerdan los autores que las “sociedades que han sobrevivido lo han hecho precisamente a base de defenderse del mercado y no de profundizar en él” (98). Mas acaso lo esencial consista en que la propiedad privada –tan defendida por los propietarios (que defienden menos lo que tienen que el sistema que garantiza el derecho exclusivo de poder tener- “está abolida para las nueve décimas partes” (101) de los miembros de la sociedad.
Y como nos dicen Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, sin propiedad, no sólo de los medios de producción, sino de hasta la propia identidad, además sin tierras ni vivienda, sin educación ni salud, sin voz ni rostro [se precisan “sujetos” de derecho, con un cuerpo que es el soporte de todos los derechos amén de condiciones materiales (comida, ropa, vivienda, salud… etc.) “para el ejercicio de cualquier derecho” (84)], aspectos que el gobierno bolivariano ha ido cubriendo pese a la campaña desestabilizadora, con golpe de Estado incluido y tres meses de sabotaje a la mayor industria del país, con medios de comunicación terroristas, con boicot en la producción y distribución de alimentos, perpetrados por una oposición nacional, aplaudida y alentada por capital y figurines extranjeros. Cuando, en fin, de lo único de que se es propietario es de la “propia capacidad de trabajar para otro” (103), la ciudadanía es poco menos que una ilusión, es una estafa.

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