Notas sobre el libro
Todo Caliban
de Roberto Fernández Retamar (Fondo Cultural del Alba. La Habana, 2006)
“A Norteamérica sajona le toca coronar y cerrar la civilización capitalista. El porvenir de la América Latina es socialista”
José Carlos Mariátegui
“No hay más que un mundo, donde luchan opresores y oprimidos, y donde estos últimos obtendrán más temprano que tarde la victoria”
J. F. R
Una pregunta desató Caliban (1971), respuesta airada que ya lleva 36 años, y “…nada hace pensar –se lamenta Fernández Retamar- que la dolorosa aunque fiera imagen de Caliban tienda a ser innecesaria, porque se hubiese desvanecido la temible imagen de Próspero” (9). Ante la continuidad del proyecto colonizador e imperialista surge la necesidad de seguir afirmando que la humanidad “no es otro experimento fallido de la Naturaleza” (9). De ahí, todas las ediciones y múltiples traducciones, hasta abrevar en este libro compendio, preparado por el propio autor para una edición de la Editorial Letras Cubanas del año 2000, y retomada en el 2006 por el Fondo Cultural del Alba.
La pregunta (hecha por un periodista y en la que supura la respuesta, no la de Retamar por supuesto, sino la dictada por el imperio: no existimos); es: “¿Existe una cultura latinoamericana?” (11). Dudar de ello, responde Retamar, era “poner en duda nuestra propia existencia” pero sobre todo, y he aquí el corazón de este poderoso libro, “estar dispuestos a tomar partido a favor de nuestra irremediable condición colonial” (11).
¿De dónde viene Caliban? El de Fernández Retamar viene de Shakespeare, de La Tempestad. Viene de la palabra caníbal, de caribe, de Montaigne. De Tomás Moro. Viene de vuelta de cinco siglos de miradas fascinadas y aterrorizadas, de planteamientos utópicos y racistas. De Ernst Renan, para quien Caliban era el pueblo “presentado a la peor luz” (21). De John Wain, para quien Caliban “produce el patetismo de todos los pueblos explotados” (29). De Martí, quien sentía correr por sus venas “sangre de caribe, sangre de Caliban” (42).
Dos imágenes llegaron a Europa: el taíno, manso y dulce, y el caníbal terrible, antropófago. Las dos imágenes alimentaron proyectos antípodas: para la izquierda el “buen salvaje” supuso la posibilidad de una “sociedad perfecta” poblada por criaturas edénicas (18) (utopismo). Para la derecha, produjo la “versión degradada que ofrece el colonizador del hombre que coloniza”, imagen que justificó(a) el genocidio y el pillaje (18).
¿Qué busca Fernández Retamar? “Asumir nuestra condición de Caliban”, que implica “repensar nuestra historia desde el otro lado, desde el otro protagonista” (37). No desde Próspero, el colonizador, no desde Ariel, el que vive en el aire, el intelectual, el ingrávido. En otras palabras con fondo martiano: reinterpretar “nuestro mundo, a la luz exigente de la revolución”.
“Hay que objetar la ideología de Próspero” (154), al tiempo que debemos proclamar, desafiantes, “los valores no occidentales en la América Latina” (181).
Reconoce el poeta cubano que “sólo leemos con respeto a los autores anticolonialistas difundidos desde la metrópolis”, condición que su libro desde hace más de treinta años, y esta edición del Fondo Cultural del Alba, han tratado de desafiar, desmentir, renegar. Sabe que hemos cultivado –y por eso la energía y la rabia confesa del libro- que tenemos una “perspectiva colonizadora de la historia” (42).
En un punto me parece que Fernández Retamar ofrece una bisagra, celosía, torreón: la visión de modernidad de José Martí. Un pensamiento que la derecha imperial (más allá de Dos Ríos…) no permitió que cuajara (en nosotros), permitiéndonos apenas su costado menos punzante, su roma estampa de mártir, de poeta. Pensamiento y acción que mantuvo dispersos, que obliteró a cambio de pensamiento colonial, europeo, eurocéntrico, manteniéndonos alejados, quietos, desconocidos de nosotros mismos. Revolución, dignidad del pensamiento y de la acción, que la revolución cubana abrió – viene abriendo- hasta nosotros.
Aunque hablamos la lengua de los colonizadores, con ella misma los maldecimos.
Es el colonizador quien nos unifica y nos hacer ver “nuestras similitudes profundas más allá de accesorias diferencias” (19). Aquí las similitudes profundas aluden a un mestizaje no accesorio ni circunstancial, sino central, lo que llevó a José Martí a hablar de “nuestra América Mestiza”.
La lucidez martiana pertenece a nuestra tradición. No de otra manera entiendo su periferia central, su estar en el corazón de América con plena conciencia del imperio, de la arrogancia y peligrosidad del capitalismo, con plena conciencia, además y tan raigalmente, de su raíz mestiza, de su raíz europea, indígena y negra. No de otra manera debemos leer la totalidad que nos ofrece Roberto Fernández Retamar cuando nos invita a descubrir “al múltiple ser humano «ondulante y diverso»: el ser humano total, hombre, mujer, pansexual; amarillo, negro, piel roja, carapálida, mestizo; productor (creador) antes que consumidor; habitante de la humanidad, la única patria real («Patria es Humanidad» dijo Martí retomando una idea de los estoicos), sin Este ni Oeste, sin Norte ni Sur, pues su centro será también su periferia…” (177)
Corresponde a nuestra más íntima tradición el pensamiento mestizo de Martí, concepto de mestizaje el suyo, por cierto, que “no puede ser homologado con el que tienen de él no pocas oligarquías del continente y sus amanuenses” (92). Su mestizaje se funda en su antirracismo (93-94).
Pensamiento mestizo, el de Martí, que le permitió comprender un fenómeno que sólo en nuestros días comprendemos, intentamos comprender: la “descentralización de la inteligencia” (una lectura anticolonial de la llamada “era del conocimiento” se ha de parecer a esta penetrante idea martiana), noción desde la que se puede explicar la contextura líquida y difusa del pensamiento latinoamericano, que ha debido filtrarse, intersticial, por las hendijas que deja nuestra intelligentsia, vicaria de occidente, empleando discursos indómitos como la poesía o el ensayo, ignorados en los ambientes académicos donde la tercera persona, la impostura axiológica y el capital curricular pavonean su alejamiento de la realidad. Decía Martí “Sólo cuando son directas [naturales y no artificiales, recordemos que también proclamó que “el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural” (45-46)] prosperan la política y la literatura” (43). Pensamiento latinoamericano, nuestro, mestizo, que se sistematiza y conceptúa no en cuerpos (a no ser en los “cuerpos del sueño”, tomando prestada una metáfora de José Balza), doctrinas o sistemas al modo positivista europeo, sino de ese otro modo que, como en la literatura, permite la “captación profunda de la realidad” (118). El latinoamericano piensa en (a través de) su literatura. Mejor, a través de su lenguaje hecho palabra liberada, poesía.
Logos (razón, palabras, discurso) frente a la i-lógica (irracionalidad, sin palabras, elipsis) del capital.
Somos periféricos en lo económico y en lo político, pero no en lo literario (131). Con cuanta razón exclamaba Gabriel García Márquez: “¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambios sociales?” (123).
Pensamiento mestizo (¿post-moderno?) de Martí, si atendemos a la definición de George Yudice cuando se refiere a la postmodernidad como conjunto de “respuestas-propuestas estético-ideológicas locales ante, frente y dentro de la trasnacionalización capitalista” (136).
Tal mestizaje sólo puede nacer de la “interpenetración de las matrices culturales originarias de unos y otros”, la cual se logrará cuando no haya explotación (96). Está claro que una ética del diálogo, un encuentro libre y creador de dichas matrices sólo puede ocurrir en libertad. El capitalismo y sus modos de producción hacen imposible el diálogo porque nada pueden las palabras antes las razones (sin razones) del capital. Las minorías privilegiadas no están dispuestas a poner en discusión sus prerrogativas. De más está decir que el diálogo cultural en esas condiciones es y ha sido imposible.
¿Qué es la civilización para Martí? El “nombre vulgar conque corre el estado actual del hombre europeo” y pretexto del hombre europeo para ejercer el “derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea” (47). Como vemos su proyecto es antípoda del de Sarmiento, como antípoda de todos los que siguieron por cien años más arrasando nuestros países.
“La inteligencia americana es un penacho indígena”, dijo el Apóstol. Dijo más: “¿No se ve cómo del mismo golpe que paralizó al indio se paralizó a América? Y hasta que no se haga andar al indio, no comenzará a andar bien la América” (43-44).
El “inventamos o erramos” de Simón Rodríguez se conjunta con la previsión martiana de que no se pueden “regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas” (45), de EEUU, de Francia, de Inglaterra. “La universidad europea ha de ceder a la universidad americana” (45).
Frente a la conquista, frente a la expoliación, frente a la dominación, “ha ido forjándose nuestra genuina cultura” (71), “que sólo puede ser hija de la revolución, de nuestro multisecular rechazo a todos los colonialismos” (73).
“Queremos la revolución caribe…” (188), anunciaba en un temprano siglo XX el manifiesto antropófago de Oswald de Andrade, que devuelve a Occidente su (nuestro) caníbal liberado.











