Tomado del libro Comprender Venezuela, pensar la democracia. (El Perro y la Rana. Caracas, 2006), de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero.
“Frente a esta impotencia de lo político y esta superfluidad del derecho, lo que encontramos en el proyecto bolivariano de Venezuela es la firme decisión de tomarse radicalmente en serio el concepto de ciudadanía ilustrada. Es imposible describir mejor lo que está ocurriendo en Venezuela que aludiendo al espectáculo inigualable de un pueblo que ha comenzado a confiar en que “las leyes pueden servir para algo”. En Venezuela, millares y millares de personas están aprendiendo a leer para enterarse de cuáles son sus derechos en la Constitución. Se trata, sin duda, del texto constitucional más leído en la historia. Es impresionante contemplar la alegría generalizada con la que ser humano celebra el descubrimiento de su ciudadanía. Porque, en efecto, igual que Kant, Hölderlin, Hegel o Schelling saludaron en su momento lo que fue el aparente triunfo de las aspiraciones ilustradas en la revolución francesa, con esa “emoción sublime” que se despierta ante “el espectáculo de ver a la realidad obedecer a las exigencias de la razón”, es imposible, hoy día, dejar de admirarse ante la visión del proceso bolivariano. No hay espectáculo más asombroso que el poder legislativo de la ciudadanía, ahí donde se dan unas condiciones en las que el curso real de las cosas no tiene otro remedio (pese a los paros patronales, los intentos de golpes de Estado, las mentiras mediáticas, las injerencias extranjeras y los llamados al magnicidio) que plegarse a las exigencias de la ley.
No sólo la izquierda, la humanidad entera debería estar boquiabierta y expectante frente al proceso bolivariano en Venezuela. Lo que se está celebrando en Venezuela es la fiesta del Estado de Derecho. Y hay motivos para creer que en esta ocasión, por una vez en la historia de la humanidad, la fiesta puede salir bien. Una correlación de fuerzas muy anómala, un ejército dispuesto a defender el orden constitucional (en lugar de defender a las corporaciones económicas contra el orden constitucional), unos recursos petrolíferos que permiten al Estado poner medios para volver eficaces las leyes, la sucesión de varios fracasos que han puesto al golpismo de la oposición en evidencia, todo ello ha permitido recolocar a Venezuela en unas condiciones históricas en las que puede ensayarse libremente el programa político con el que la Ilustración quiso modelar la sociedad moderna: la aventura de la ciudadanía. Quizás por fin, como quiso toda la historia de la filosoía, desde Sócrates Hegel, pueda mostrarse que es posible lo que decía Anaxágoras: que la razón rija el mundo. O, si se quiere decir así, que lo que ocurra en el curso histórico de la sociedad pueda ser decidido políticamente por una ciudadanía dispuesta a argumentar en un marco legal. La más mimada de nuestras ilusiones, hecha realidad.
Lo que tenemos en Venezuela es una sociedad, que, en una especie de anomalía de la Edad Contemporánea, depende a vida o muerte de sus buenas o malas leyes, de su Constitución, de su Derecho. No ya una sociedad lo suficientemente privilegiada para poderse permitir decretar los derechos ciudadanos ahí donde estos son ya superfluos, sino una sociedad que, para escapar del océano de miseria infrahumana en la que se encuentra sumida, ha puesto todas sus esperanzas en los derechos de su ciudadanía, bajo un marco legal, la Constitución, que garantiza que mediante la ley, los ciudadanos tienen derecho a cambiarlo todo en la realidad.
Esto es, en efecto, lo que nosotros decimos que es un Estado de Derecho. Nunca hasta hoy el ser humano había estado tan cerca de poder contemplar ese espectáculo inigualable por el que en el curso del Tiempo se abre un espacio para la obra legislativa de la Libertad. Ese claro en el bosque de la historia, no está hecho de palabras, sino de leyes armadas con el ejército, el petróleo y un pueblo cada vez más mayoritariamente comprometido a defenderlo. Todos nuestros intelectuales mediáticos tendrían ahora una excelente ocasión para seguir el ejemplo de Giovanni Vattimo y despertar de su sueño dogmático, destruir el espejismo de la ilusión de ciudadanía, y sumarse a la fiesta del Estado de Derecho que el pueblo de Venezuela está brindando a la humanidad. Al tiempo que se redimirían así del racismo trascendental en el que se encuentran sumidos, tendrían, además, una buena ocasión para profesar un sano antirracismo empírico. Pues el hecho de que la fiesta del Estado de Derecho por la que la humanidad lleva clamando siglo tras siglo haya venido, por fin, de la mano de un hombre del pueblo, un negro, un indio, un mestizo, vuelve aún más bello este espectáculo.” (pp. 64-65)
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Ver: Contra el capitalismo: estado de derecho y constitucion, de Santiago Alba Rico











