“Todos buscan oro. Hay, sin embargo, una cosa que todos olvidan: el secreto de la tierra”
E. B. N. Cubagua
I
Leer Cubagua (Monte Ávila, 1996) de Enrique Bernardo Núñez (1895-1964), desde la óptica de la inserción de nuestro país –territorio y población- en el capitalismo mundial, provee de algunos datos de interés. Ya lo decía Franklin Pease en el prólogo a Nueva Crónica y buen gobierno de Felipe Guamán Poma Ayala: “desde el siglo XVI, una de las mecánicas de la colonización ha sido, hasta nuestros días, la imposición de patrones geográficos y toponímicos”.
Con la belleza de Cubagua, con el tono, con ese ritmo que por momentos recuerda la prosa de José Antonio Ramos Sucre, con ese acompasado delirio, Bernardo Núñez nos dice entre otras cosas, que perlas y petróleo se engarzan y entrecruzan, que tiempos y espacios, sensaciones y paisajes se yuxtaponen, configurando(nos) un mismo destino. La emoción de Leiziaga (el personaje que vive en su interior el trasiego de los siglos, obsedido por la presencia de Nila, la hija de un cacique asesinado, que había ido a estudiar a Europa y a Norteamérica “donde siguió un curso en la Universidad de Princenton” (20-21), que tocaba el órgano y todos salían a verla para después callar “porque era demasiado bella y altiva” (7), metáfora de la plenitud de la tierra, de lo indígena u original que persiste secretamente) cuando ve el petróleo, es la misma –dice Bernardo Núñez- que la que sintió Colón ante “las indias adornadas de perlas” (26). Perlas y petróleo se cruzan en una suerte de tiempo mítico, ese tiempo de “escombros sumergidos” (25).
Nila es Diana, la Cazadora, la que siente pasión por la cetrería, por la danza, por el dormir al aire libre, por el galopar horas y horas, “su cuerpo tenía la prístina oscuridad del alba” (7). Bernardo Núñez curiosamente vincula estas pasiones con las aspiraciones de la “vida moderna”, y está claro que sólo caben en el ocio, ese tiempo que cuando es de verdad, cuando responde a la autonomía, al tiempo individual –propio- del individuo, se emancipa de la producción capitalista. El ocio es posibilidad de tiempo mítico, absoluto, cuando el trabajo no puede mancillarlo, cuando se instala en otro tiempo y lugar al socaire de las limitaciones humanas. El ocio en este caso no es tiempo residual sino absoluto, plenitud.
Ese tiempo absorbe a Leiziaga, lo enceguece. Nila es encarnación de ese tiempo que comulga con el primordial, cuando el trabajo (capitalista: perlas, esclavitud, petróleo, explotación) no existía.
Llega Colón y, con él la sed de perlas; después, la sed de petróleo. A “La isla de Cubagua, que sólo la codicia hizo habitable” (32). El progreso “entrará a la fuerza” (19); “ahora tendremos carreteras” (18), fácil comunicación por todos lados (27); velocidad: “Los hombres que se mueven como dormidos desaparecerían” (26).
Con el petróleo vendría el progreso y con él una idea distinta, occidental, capitalista, de la velocidad, la distancia y el tiempo. Los sujetos modernos comienzan a sentirse incómodos en la lentitud, en la morosidad de la vida, comienzan a desear el vértigo: “Deseo huir de todo esto, porque hoy (en el mundo moderno, global, capitalista que comienza a configurarse) años son días y aquí (en Cubagua, en la periferia atrasada, no-moderna) los días son años” (10).
Pero igual como el tiempo absoluto de los orígenes comulga con el ocio (esa forma secular de la eternidad), en los mitos indígenas un tiempo distinto se vislumbra, un país con “ciudades opulentas surcadas de canales, descollando entre palmeras y jardines”, en “la que los hombres se remontaban en máquinas y se comunicaban a grandes distancias por medio de las señales de sus torres”. El mundo, murmura sabiamente Bernardo Núñez “se hace y se deshace de nuevo” (68).
El tiempo del maíz, de la fiesta, del trabajo, del amor; ese en el que “Una y otra vez –como sueña Bernardo Núñez- desgranarían las mazorcas”, donde “una y otra vez cuajaría el racimo de mayas, y aquel beso suyo continuaría encendido en otras bocas” (49-50), ese tiempo eterno y como detenido que compartimos con la mirada nostálgica hacia el pasado indígena, será desplazado por el tiempo aherrojado de los blancos: “Morid todos, hijos míos. Es preferible”, dice un cacique “empalado, sangriento, acribillado de insectos, con el aspecto de un crucificado de piel cobriza” (51). A lo que (nos) puede responder con desdén un personaje: “El pasado, siempre el pasado. Pero, ¿es que no se puede huir de él? Sería mejor que hablásemos ahora del petróleo” (30). “En breve la isleta estaría llena de gente arrastrada por la magia del aceite. Factorías, torres, grúas enormes, taladros y depósitos grises: “Standard Oil Co. 503” (26).
Después de la destrucción de los ostrales y ante la escasez de agua “las labranzas fueron “abandonadas y los que podían emigraban a los campos de petróleo o al Orinoco” (14).
II
La agricultura precolombina –como sabemos- fue destruida por la voracidad minera de los conquistadores y condujo a la nación una pobreza histórica y estructural. Esa pobreza definió nuestras ciudades y nuestras poblaciones. Además, lo que pasó en Cubagua pasó de algún modo en Latinoamérica:
“La perla es la vida de todos (…) No caía gota de agua en la isla. Las labranzas quedaban abandonadas y los que podían emigraban a los campos de petróleo o al Orinoco…” (14).
Llega, pues, a Cubagua, como decir al país, el capitalismo internacional:
“Aquí se dan excelentes uvas. Las piñas son las más ricas y la variedad de pescado es infinita. Hay para sutir al mundo de conservas. ¡Si hubiese iniciativa! En nuestro país se puede hacer todo y todo está por hacer. Pero la isla es tan fértil que no necesita agua” (9)
Llega la desigualdad, el reparto inequitativo: “a la ciudad van las riquezas de la isla” (14); llega como imposición: “El progreso entrará a la fuerza” (19); llega con y como vías de penetración: “Ahora tendremos carreteras” (18).
Pero hay un dato que me parece esclarecedor. Vemos la destrucción de los ostrales, el desplazamiento de la labrantía por la explotación petrolera y la destrucción, en fin, de la posibilidad de vida, la posibilidad de reproducción. Pero aparece un cruce casi siniestro entre explotación, tecnología y “mano de obra”, una operación de control y vigilancia social por y a través del trabajo y la explotación que suele quedar oculta. En efecto, el trabajo masivo se traduce en control masivo de la población. La tecnología, que pudiera traer liberación de mano de obra, es despreciada a la hora de la necesidad de ejercer este control, toda vez que así se requiere para garantizar -menos la producción- que la “tranquilidad”, la seguridad, la “gobernabilidad” de los explotadores.
“Cada quien pedía diez mil indios para remediarse” (46). “Se necesitan diez mil indios y un látigo” (84) no una máquina que hiciera innecesaria la “mano de obra” indígena. Luis de Lampugnano, por su parte, ofreció a Carlos V
“para la pesca de perlas, un aparato de su invención que hacía inútil el empleo de esclavos. El Emperador concedió el privilegio por cinco años, a condición de reservar la tercera parte a beneficio de la Corona. Lampugnano, que estaba ya arruinado, armó una expedición y se vino; pero los vecinos de Nueva Cádiz, al tener noticia de la novedad, se rebelaron contra la orden imperial. El aparato era la ruina. Ya no iban a poder emplear indios en la explotación del mar. Esta razón suprema privó en los ánimos. Reclamaron a César, quien anuló el privilegio” (34).
III
Leiziaga se pregunta, a raíz de la repetición de los nombres, en un letrero reciente: DIEGO ORDAZ-DETAL DE LICORES: “¿Y si fueran, en efecto, los mismos?” (34). Esa pregunta, que se va haciendo poco a poco y que es como la sustancia del libro de Bernardo Núñez, que está en la frase: “Para mucho hoy es lo mismo. Aún hay en América fidelidad monárquica (…) Salen los ocultos sentimientos, a pesar de la ascendencia caribe” (95); la pregunta y su respuesta intuida, que permite al final afirmar que “Todo estaba como hace cuatrocientos años” (103); que permite intuir pero no nombrar que “otras causas determinaron el abandono de Cubagua” (32), esa pregunta, que une al pasado con Nila y al presente de las perlas con el petróleo del capitalismo voraz, trastorna a Leiziaga, lo separa de los suyos, lo acercan al horizonte, al infinito que huye, a Nila, esa forma del pasado (que regresa) hecha carne fugaz del presente:
“Tendido en la arena, Leiziaga se olvida del petróleo, de los tesoros sepultados en Cubagua, de su misma vida anterior, y observa el jeroglífico que los cardones van trazando. El mar acumula en la orilla su nieve efímera, sus flores, sus algas. La imagen de Nila sobrevive” (86).
Leiziaga guarda las mejores perlas para ella, y ese gesto, profundo, el de retornar las perlas a su origen, lo pierde. Nila lo besa ante el gesto de desprendimiento, un beso largo y ardiente, “como en otro tiempo” (63-64), y luego desaparece. Las perlas son hurtadas del cuarto de Leiziaga durante ese limbo que se produjo luego que las perlas absolutas (absolutizadas por Leiziaga y la comprensión del tiempo y la historia de Cubagua, de su pasado y su presente todo en Nila) fueron dadas a esa diosa absoluta, mientras las físicas fueron a parar a un frasco y luego al bolsillo de la codicia del Doctor Mendoza. En ese mismo cuarto el Doctor observa unos papeles donde Leiziaga ensayaba un artículo sobre Cubagua: “¡Qué imbécil! Carece del sentido de la historia” (93).
Ahí comienza el proceso contra Leiziaga (¿ley aciaga?). Extranjero “En aquel momento su mirada tenía una rara semejanza con la de Nila” (82). Escapa de un proceso abierto con el ahínco con que las leyes persiguen al que se evade de Occidente. Leiziaga se pregunta y la respuesta lo pierde. Por ejemplo:
“¿Pero cuál es el alma de la raza? –pregunta Leiziaga-. ¿Es quizás la nostalgia, la gran tristeza del pueblo que se ignora a sí mismo, o son almas superpuestas, vigilantes para que ninguna cobre imperio sobre la otra? República, burocracia, todo les deja indiferentes. El negro y el indio toman la guitarra en sus manos del mismo modo que el rifle, cantan con una tristeza pueril y viven sin conocerse o se matan entre sí. Bailes y canciones, luz, palmeras, he ahí todo el sentimiento, el alma de la raza” (91).
Leiziaga llega a comprender y esa comprensión lo pierde… lo gana:
“…considera la dulzura de esas vidas (las de los lugareños), lo cual nunca le había ocurrido hasta entonces. No ser nada, no esperar nada. Ser ellos solos; vivir sobre un leño o en un pedazo de tierra con el alma en silencio” (81).
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Ver:
Cubagua: el ojo de la ficción penetra la historia, de Carlos Pacheco
NARRATIVAS CONTAMINADAS. TRES NOVELAS LATINOAMERICANAS: EL TUNGSTENO, PARQUE INDUSTRIAL Y CUBAGUA
Por: Alejandro Bruzual
Licenciado en Letras, Universidad Central de Venezuela, 1993
Master of Arts, University of Pittsburgh, 2003
Leer:
De Rafael Fauquié
DESCIFRAR EL SECRETO DE LA TIERRA"¿Has comprendido, Leiziaga, todo lo que ha pasado aquí? ¿Interpretas ahora este silencio?". Enrique Bernardo Núñez: Cubagua
Varias veces he comentado que el silencio ha sido la peor consecuencia de cierta manera que tenemos los venezolanos de (des)entender el pasado del país. La memoria histórica venezolana se mueve entre el silencio y el ruido, entre el deslumbramiento y la sombra. Nunca auténtica comprensión; por el contrario: desconcierto, semiverdad, semiignorancia... Tan indescifrable es lo que ignoramos como lo que nos aturde. Tan incomprensible es el vocerío como el mutismo. Nuestra mirada sobre el pasado ha sido oficialmente dividida en muchos siglos de oscuridad y apenas poco más de una década de deslumbrante esplendor. Todo el largo -y fundamental- tiempo de la colonia y la casi totalidad de nuestro siglo XIX: cuatro siglos de tiempo, cuatro siglos de vida, son deformados o borrados ante el paréntesis de la Independencia. Contra esta desproporcionada partición de imaginarios enfrentados, se han rebelado algunos de nuestros principales escritores. Contra la sordera y el mutismo se han escrito muchos ensayos y algunas de las fundamentales novelas de la literatura venezolana... Páginas y páginas de palabras para alcanzar a descifrar el rostro de la historia en medio de la oscuridad de lo desconocido.
Nuestros escritores curiosos del pasado son indagadores de una memoria ausente; imagineros dándose a la tarea de entender, de escuchar, de distinguir... Saben que la faz del pasado refleja la del presente y también la del porvenir. Saben que en la historia están escritas algunas esenciales verdades, y que escucharlas es una manera de entender las circunstancias presentes que nos rodean y definen. La palabra literaria es acción y testimonio de creadores: acción de la fantasía y la inteligencia, testimonio de la lucidez y la curiosidad. Como toda creación, la obra literaria requiere de la fidelidad, de la autenticidad y de la entrega de un creador. Un creador que viva con y para su palabra. Al escribir, desde su íntima soledad, el escritor vuelca su mundo interior sobre la exterioridad. Convierte sus imaginarios en imaginarios de todos: referencias que siempre alguien en algún momento podrá compartir.
Toda la obra de Enrique Bernardo Núñez -novelas, cuentos, ensayos- parece dibujarse como un inmenso entretejido de evocaciones y hallazgos destinados a descifrar eso que él llamaba "el secreto de la tierra". Desentrañar el secreto de la tierra era lo mismo que escuchar su silencio: percibir el pasado en la evocación de posibles hechos cotidianos, intuir la intrahistoria adherida a las mañanas y a los atardeceres, escuchar el susurro del tiempo detenido en algún paisaje, rescatar algunas anécdotas de entre la desolada oquedad del olvido. La palabra de Núñez, exacta, a veces perfecta -como son todas las palabras que dicen lo justo, lo que no podría decirse de ninguna otra manera- fue conjuro de olvidos, fue dibujo en medio de sombras, fue búsqueda y hallazgo a partir de una sola e interminable pasión: Venezuela. Venezuela siempre: desde los tiempos remotos en que nuestro país no era sino una pequeña provincia dentro de la inmensa vastedad del imperio español, hasta la Venezuela contemporánea y petrolera de tantos sobresaltados cambios y tantos pasos indecisos...
Tras las lejanas y primeras novelas -quizá justamente olvidadas hoy: Sol anterior y Después de Ayacucho- vendrían Cubagua y, muy posteriormente, editada ya fallecido su autor, La galera de Tiberio. Junto a ellas, al lado de la ficción del novelista, convivió siempre la labor del articulista, del ensayista. Enrique Bernardo Núñez fue ensayista en el más preciso sentido del término: hacedor de una palabra que insinuaba la posibilidad de todos los temas y la mención de todas las reflexiones. Un ensayista -y recordemos a Montaigne, y, más cercanamente a nosotros, recordemos a Mariano Picón Salas- debe ser un individuo de conciencia independiente, un ser libre sometido sólo al acicate de su insaciable curiosidad, de su necesidad de interrogar la vida con una palabra que indague, que hable, que nombre, que delimite... La palabra del ensayista traza los linderos de un mundo que va haciéndose comprensible a partir de peculiares imágenes y particulares referencias. La palabra del ensayista, vasta y libre, dialoga con todas las palabras y las refleja a todas. La palabra del ensayista, como la del poeta, como la del novelista, vive e interminablemente escribe ese libro en que todo auténtico escritor va convirtiendo su vida.
Enrique Bernardo Núñez participó de uno de los diálogos intelectuales más importantes de nuestro siglo XX venezolano: el que oponía pasado y presente, tradición y cambio, continuidad y ruptura. Ese diálogo no ha concluido aún: continúa en medio de la incertidumbre de nuestro destino. Continúa por entre los vericuetos del miedo y la esperanza. A mediados del siglo XX, la totalidad de los intelectuales venezolanos tomaron partido por uno u otro de los extremos de ese diálogo. ¿Modernidad petrolera como panacea o maldición? ¿Riqueza como solución o conflicto? A la larga, terminaría por prevalecer el signo de la maldición. El imaginario del petróleo venezolano fue el de la condena. Nuestra modernidad petrolera fue codificada como un vendaval que con fuerza destructora nos convirtió en pueblo víctima de las más diversas alienaciones; pueblo sin norte, pueblo cada vez más alejado de ciertas y necesarias referencias. La modernidad venezolana empapada en petróleo pareció proponerse hacer tabla rasa con el pasado. Fue la nuestra una modernidad irracional y destructora que, a la vez que se esforzaba en construir avenidas, autopistas estacionamientos y urbanizaciones, destruía siglos de tiempo acumulado en casonas, iglesias, plazas, calles, conventos... El Estado hubiese sido el único que habría podido intervenir para evitar tanta absurda destrucción. Un Estado que, además, había comenzado a hacerse todopoderoso y entrometido gracias a la gran cantidad de recursos petroleros y que, en su deformado gigantismo, trataba de abarcar espacios de influencia cada vez mayores. Sin embargo, ese Estado no intervino en la asolación de Caracas y de algunas de las principales ciudades del país. Ilusionado por sus propios espejismos, nada hizo por proteger la memoria del pasado. Nada hizo por defender un patrimonio histórico que pertenecía al porvenir de todos los venezolanos.
Los escritores que en aquellos años se enfrentaron a la desidia oficial y a la indiferencia generalizada, hacen hoy figura de ilusos idealistas empeñados en enfrentar lo imposible; inútilmente oponiéndose a lo inmodificable. Enrique Bernardo Núñez fue uno de esos escritores. Con su obra tomó parte en un diálogo que oponía tiempos y enfrentaba ilusiones. Con su obra quiso contradecir a una nación absurdamente empeñada en ignorar, omitir, olvidar, borrar... El país rico que se deshacía de su memoria: ésa fue la circunstancia nacional en contra de la cual, con su palabra y con su voz, luchó Enrique Bernardo Núñez. No fue, sin embargo, escritor al que le cuadraría el epíteto de "nacionalista". Para un artista, el nacionalismo puede ser un sustituto a empobrecedoras carencias de la imaginación, un talismán con el cual contrapesar cierta propia insuficiencia. La palabra de Núñez escribía desde un profundo esfuerzo por recordar el tiempo desvanecido, por evocar escenas y personajes sepultados en el tiempo. Su relato Martín Tinajero, por ejemplo, es una bellísima reconstrucción de una época fabulosa: ese siglo XVI en que comenzó a originarse la realidad que hoy es Venezuela.
En los años en que fue Cronista de la ciudad de Caracas, Enrique Bernardo Núñez escribió su libro La ciudad de los techos rojos, publicado en el año de 1948. En sus páginas se transmite dolorosamente la imagen brutal de un presente apresurado absurdamente empeñado en reducir a escombros más de tres siglos de historia. Alguna vez dijo Núñez que el siglo XVIII venezolano semejaba a un mendigo al que nadie quería socorrer, un miserable harapiento que parecía molestar a todos. En ese incomprensible desdén se originó lo que hoy es esta Caracas que nos rodea: ciudad sin perfiles ni trazos propios, ciudad de indefinibles linderos vagamente dibujados en medio del caos y en la vertiginosa marcha de tantos sobresaltados días.
Nada es poético hasta que la poesía lo toca y, al tocarlo, lo vuelve innegable, importante, necesario... Con su novela Cubagua, Enrique Bernardo Núñez mostró que la memoria histórica podía ser poética y esencial. Mostró que hombres y ciudades y, sobre todo, el tiempo pasado, en este caso, el tiempo de la Nueva Cádiz, el tiempo evocado en la áspera supervivencia de indios y conquistadores dentro de la plateada y sedienta islilla de Cubagua, podía simbolizarse por ejemplo en el rostro oscuro y devastado de un anciano leproso. Y mostró, sobre todo, que el recuerdo de ese tiempo hermoso y terrible a la vez podía ser irrefutablemente necesario. Con Cubagua, su mejor novela, Núñez descubrió -y nos descubrió a los venezolanos- que el pasado no podía postergarse de la memoria del presente y que él formaba parte de la comprensión de un tiempo histórico proyectado sobre algunos símbolos: unas parcas y oscuras ruinas, un paisaje calcinado por el sol, una tierra sedienta y roja, unos cardones, y frente a todo eso, el mar azul e inmenso... La novela Cubagua escribe la historia desde la poesía. Escribe una historia que habla de supervivencia, lucha interminable, codicia, heroísmo, bondad, crueldad... Una historia ni buena ni mala ni justa ni injusta: sólo tiempo vivo en días ásperos, cuando grupos de hombres iniciaban un destino y erigían normas y gestos que perduran hasta hoy, perpetuándose en la desolada nada de un paisaje de leyenda.
Como escritor, Núñez trató de convertir su palabra en conjuro contra el silencio, contra el desinterés, contra el olvido... De su esfuerzo quedan estas palabras suyas del libro La ciudad de los techos rojos que siempre me conmovieron y estimularon: "Gentes de todos los países se apoderan de Caracas (...) Mañana, tal vez, algún escritor se cuente entre sus descendientes. La brisa esparcerá en torno suyo el secreto de las cosas, de las generaciones desaparecidas. Y movido por la ternura del cielo, por el amor a la ciudad que ha visto desde niño, acaso escriba un bello libro"... Palabras éstas de una nostalgia esperanzada; expectativa de que el porvenir pudiese rescatar lo que el presente había sepultado; confianza en que los venezolanos y los emigrantes y los descendientes de esos emigrantes que llegaron a Caracas en el tiempo de la convulsionada mitad de nuesto siglo, podrían detenerse algún día en la contemplación de un pasado desvanecido, y que sus futuras voces se encontrarían con su propia voz, la voz de Enrique Bernardo Núñez, para, juntas, nombrar lo olvidado y recuperar lo perdido.











