Sabemos que la “comunicación” no-dialógica, esto es la mera transmisión, es un claro ejercicio de poder. Pero esta trasmisión ocurre sobre la base de dos supuestos: uno, que el sujeto emisor (sus valores, su concepción del mundo, su visión de la realidad) ocupa todo el espacio de emisión, hasta el punto de convertirse en una voz unánime; y dos, que el objeto receptor se encuentra detenido, paralizado, en un espacio-tiempo controlado por el poder, desde donde opera la recepción tal cual es emitido el mensaje, sin fricciones y sin ruidos (paradoja del sujeto moderno: mientras más convencido de que se mueve y que nada lo define mejor que el movimiento, más detenido, más localizado y controlado). Esta situación, quien lo duda, es ideal (en el sentido de una entelequia) y sumamente abstracta, pero resulta que buena parte de nuestros actos de comunicación operan sobre el convencimiento (tácito, irreflexivo) de que esa es la realidad y la situación.
Para el poder omnímodo, ese que ejercen las dictaduras mediáticas que conocemos, la situación referida es consubstancial. En efecto, de un lado se requiere casi absoluta pasividad, lograda por la lenta extirpación de la posibilidad, herramientas y recursos para ejercer una lectura crítica, actuando sobre la desconexión de la realidad y los argumentos que la dimensionan y objetualizan, propiciando así un limbo de subjetividad atrofiada; por otro lado, un emisor activo y envolvente, que no deja resquicio, que emite constantemente, sin sosiego, de variadísimas maneras. Los medios, los aparatos culturales y sus productos, copan el escenario social, urbano, hasta llegar al individuo, hasta “su” intimidad (por cierto, los medios nos igualan precisamente en la intimidad, en lo que se supone es lo más nuestro, lo más propio, publicando la “intimidad” de los otros, famosos o no), de modo que no puede sino aceptar que la realidad es la trasmitida, la mediatizada. Nada queda verdaderamente oculto, todo está a la vista, todo queda al descubierto.
Pero esta transparencia es engañosa (es un todo parcial, pero ofrecido engañosamente como “todo”), porque oculta precisamente la realidad. La que aparece y queda a la vista, es la realidad mediática”, la que hoy calificamos de “virtual”. Es una intimidad, por ejemplo, que se puede satisfacer en el mercado, que se puede comprar incluso. Pero la intimidad de los invisibles, de los excluidos, no aparece ni está codificada por y para los medios, más bien es negada y es objeto de violencia absoluta. En otras palabras el otro no existe, en tanto que no existen sus sueños ni deseos, esto es, no importan absolutamente. Y para que no existan (definitivamente) se borran, se eliminan. Sobre este vacío (geográfico, cultural, humano) está construida la modernidad. Afirma Hugo Cansino, “el pasado y por ende la tradición es negada como un bloque cultural homogéneo y la fundación de la Modernidad se realizaría desde un vacío, una “tabula rasa”.
En estas condiciones, es evidente que el diálogo es imposible, dado que éste precisa de la existencia del otro, en un sentido de equidad e igualdad. Se precisa, dice Susz, una “ética del diálogo”. Pero, ¿a quién sino a ellos mismos se dirigen los medios? Extraño círculo que se complementa con la anulación del otro en nosotros, esto es cuando cedemos nuestro yo y nuestra intimidad al discurso mediático, cuando soñamos su sueño y deseamos sus deseos.
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Medios sin nosotros
por joseleon71
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