Ver, de José Javier Franco
Una nota sobre Hesnor Rivera y la poesía
No es usual que un poeta sea tomado en cuenta a la hora de revisar sus planteamientos en torno a la condición humana. No lo es, no porque carezca de estos, sino por la concepción de poesía extendida incluso en el ámbito académico, la cual proviene sin duda desde la misma antigüedad clásica. La poesía en general ha sido vista como un discurso desapegado de la realidad, preocupación moderna que reclama con exclusividad la prosa. En otras palabras, la realidad y con ella la verdad y el pensamiento, no son posibles sino en prosa.
No obstante, durante el siglo XX –y como herencia del Romanticismo- fueron muchos los teóricos que reconocieron la potencia heurística del poema, la posibilidad de llevar a cabo descubrimientos de y sobre la realidad con un grado de penetración, de hondura, imposible de alcanzar con otros géneros, otras herramientas, otros recursos expresivos.
En este sentido, es abordada la obra de Hesnor Rivera, poeta y periodista venezolano nacido en 1928 y muerto en la ciudad de Maracaibo el año 2000. Publicó En la red de los éxodos (1963), Puerto de escala (1965), Superficie del enigma (1967), No siempre el tiempo siempre (1975), Las ciudades nativas (1976), Persistencia del Desvelo (1976), acaso uno de sus libros más densos, El visitante solo (1978), La muerte en casa (1980), El acoso de las cosas (1982). Los encuentros en las tormentas del huésped (1998), Secreto a voces (1992), Endechas del invisible (1995). Al morir estaba trabajando en La Gramática del alucinado. Aunque profesor universitario, fue la poesía y el discurso poético su expresión más persistente y en ese ámbito concentró sus ideas, su visión del mundo y de lo humano. “Elegí –dijo en un poema- la basura de la metafísica/ -la orfandad de los términos/ sin aplicaciones útiles” (1995: 20)
En la poesía de Hesnor Rivera, y en eso nos empeñaremos en las páginas que siguen, encontramos expresadas las angustias del hombre moderno, su desconcierto y soledad, en un mundo cada vez más incomprensible.
No he descubierto todavía
(y seguramente ya es tarde)
La significación de las cosas
(1995: 11)
Como una constante, encontraremos expresada esta situación que podemos llamar ontológica, y desde la cual el yo, el otro, la memoria, la ciudad, la historia, se observan lúcidamente, en todo caso, iluminadas por una razón distinta, puesto que su punto de atención es el de un sujeto descolocado/problematizado ante la racionalidad imperante.
El “yo” de los poemas de Hesnor Rivera es el del sujeto en condición de soledad, ser que al estar en soledad extrema ha perdido contacto con la realidad, toda vez que el sentido y la coherencia surgen de la relación significativa que establecemos con el entorno, con el contexto. Cuando decimos significativa hablamos de una relación que ocurre en un espacio y tiempo histórico, social, cultural, dados, que le confiere sentido, circunstancialidad, aunque, como leemos en un poema “…es necesario un punto/ de referencia un poco menos vago/ que la simple relación de los hechos” (1993: 38).
El yo lírico de Hesnor Rivera padece la angustia sartriana de aquel que se encuentra inmerso en medio de objetos con los que no puede establecer relación alguna, que han desbordado su capacidad cognitiva, que lo dejan paralizado en un momento de la historia, suspendido del presente, como si el tiempo (y con él las cosas) se sucedieran en otra instancia espacio-temporal. No es pues, el sujeto, el individuo, quien atiende a las emergentes solicitudes de lo real, sino que comienza a crearse un sujeto virtual que asume las formas de una realidad evanescente, que huye del sentido, y que sólo se reconfigura en la virtualidad del espacio-tiempo tecnológico. El sujeto real, digamos, es apartado de esta configuración, como quien cede o renuncia a comprender, aventajado por sujetos que no resisten y en cambio se dejan ir en la corriente vertiginosa de las cosas.
Obsesivamente
me sumerjo en la idea
de reconstruir el hombro
el cuello –todo el cuerpo
que transpira luces
para que la realidad exista
al otro lado de la ventana
(1995: 65)
Desde este yo desconfigurado es desde donde se problematiza la relación con el otro. El otro, en efecto, se carga con los sucesivos abandonos, los repliegues o deslizamientos de lo real, y su presencia se desdibuja. El otro serán las mujeres, los amigos, los inmigrantes, los desterrados, todos sonámbulos, flotando en una atmósfera donde lo único real es la niebla, lo que se desvanece o borra.
Un rostro sale por entre los dedos
Para huir de la sede que lo acecha.
No es en realidad el de nadie...
(1993: 42)
La poesía es esencialmente metáforas (pero, ¿no lo es todo pensamiento? Como explica la investigadora argentina María Natalia Zavadivker: “La metáfora, tal como lo señalara el filósofo español Ortega y Gasset, constituye un instrumento mental imprescindible para la construcción de representaciones de la realidad, no sólo aquella que poseen un valor meramente estético y permanecen circunscritas al ámbito literario, sino también las existentes dentro del vocabulario científico y que están, por lo tanto, comprometidas con valores estrictamente cognitivos, tales como la búsqueda de la verdad, o, lo que es lo mismo, una descripción “ajustada” a lo que la realidad es”.)
En este sentido, el compromiso de Hesnor Rivera ha sido conferirle existencia (noción, concepto, idea) a la sensación muy moderna, muy contemporánea, de la soledad en la multitud, la soledad humana como condición ante la pérdida de las referencias que nos da(ba)n asidero en el mundo. El poeta se coloca ante el absurdo con un yo desgarrado por los sucesos de un mundo cuya comprensión se disipa:
Todo cambia con la velocidad
que tienen los recuerdos
para convertirse en pasto
de las fieras del tiempo
(1995: 51)
Desde esa intemperancia ve alejarse al otro, cambiar, desenvolverse en desorden y desconcierto. El otro es posibilidad cierta de relación, pero si no está, si es imposible, lo demás, el orden de las cosas, la realidad misma, también se borra.
Resulta obvio que la crisis del sujeto y la realidad afecta la comprensión de la ciudad y de la historia en la que esa ciudad y su devenir se inscriben. La ciudad de Maracaibo es objeto de crítica, de visión y revelación por parte de Hesnor Rivera, quien traduce en clave poética las transformaciones que sufriría a raíz de la irrupción casi súbita y por ende violenta del petróleo, la metamorfosis que sufriría a raíz del cambio del modelo agroexportador al monoexportador de hidrocarburos. Con el petróleo sobrevino pues, un des-orden simbólico, que se traduce en la poesía de Hesnor en un enjambre de signos proveniente de su memoria rural en la que irrumpe la ciudad, la metrópolis, la industrialización, el urbanismo, lo que comienza naturalmente a generar sentidos inéditos, desconocidos, sorprendentes.
Un chorro de petróleo vale
más que una mano –más que un hijo
con su viuda al hombro. Más
que un lago con las bellas formas
de las hojas de la centella mojada.
y allí estaba quitándole
a los lirios y a los gatos
y a los pollos sus semejnzas
con un pollo y un gato y unos lirios
(2000: 61)
También de una suerte de nostalgia mansa, tranquila, decimonónica casi, como un cuadro impresionista:
Ahora te sorprendes caminando libremente
A lo largo
De las calles
De la ciudad
-la misma que viste alrededor de tu infancia
Desenrollando el hilo
Rojo de las leyendas
Sobre el lago que pare sin cesar las tormentas.
Pájaros y relámpagos manejados
Por los dioses mortales
(1995: 84)
Es posible que no exista en la literatura y en otros órdenes del pensamiento un conflicto más intenso que el protagonizado por la ruralidad y la ciudad, enunciado en la antinomia ya clásica “civilización y barbarie”. Ese conflicto nos constituye y atraviesa nuestro ser político, cultural, social. Nuestra historia y proyecto de nación dependen de este trance fundacional, hasta ahora irresuelto. En la poesía de Hesnor aparece puntualmente, con notable intensidad:
Cuando la ciudad y sobre todo
sus gentes dejan de ser tan puros
como el tiempo de la infancia
que se divide en multitudes con alas
y con ruedas de muy lentas provincias.
(1993: 167)
Pero también aparece una suerte de celebración de un tiempo rural que se cuela por entre los hierros y el hormigón del presente voraz. Piratas, indígenas, conquistadores, recorren Venezuela y en especial Maracaibo y el Lago, mezclándose (en) el país campesino y el país petrolero:
Todo esto ocurre en Maracaibo
el sitio de la batalla en el lago.
De los cocoteros con cara
de los que pierden las guerras.
el sitio descubierto por Alonso
de Ojeda –ese gran miserable
precursor de las operaciones
de estafa mercantil vigentes
sobre todo en petróleos
(conozco por lo menos uno
de sus descendientes espurios.
decía ser purísimo pariente
de los libertadores y quería
vender por un millón de bolívares
toda la gasolina a los puercos).
(1993: 195)
El pasado rural permanece en forma de nostalgias, de recuerdos pertinaces, presencias, nombres. También en flora y fauna, en un paisaje que desaparece tras los avances de la industrialización.
Saltaba entre tuberías
y racimos de válvulas.
Allí entretejí ilusiones
bajo el sol horrible
de los mediodías
mientras miraba a las iguanas
vestidas con las cenizas del hierro.
(2000: 76)
Sólo permanece la casa, la materna, la de la infancia, o el patio, centro denso donde se obtienen las respuestas más acuciantes, esas que tienen que ver con el ser. Desde sus “ventanas”, desde sus “puertas”, desde su “hoguera viva de palabras”, se atisba un mundo, una realidad que circula, se afirma o desaparece, como sueño, recuerdo, nostalgia, o futuro.
Solía reunirnos el tiempo
De otro tiempo en la casa y sin embargo
Muy fuera de sus ámbitos que iban
Retrocediendo hacia sus viejas formas.
(1993: 147)Todo esto ocurre en Maracaibo
Donde lleno como estoy de pasado
Terrible trato de olvidarme
Hasta por lo menos de la muerte
(1993: 195)
La casa, el patio, la cocina son formas de la memoria; frente a todo lo que desaparece, esos dos lugares atemperan la incertidumbre, sosiegan la angustia de la modernidad, la misma que los niega como resabios atávicos propios de una identidad que es rémora para el progreso. Patio, casa, cocina traen consigo las palabras, un ámbito en el que los hechos establecen hondas relaciones, no esa superficial concatenación de accidentes que configuran la realidad portátil, inestable, que caracteriza la contemporaneidad. (I)realidad integrada por sujetos sin arraigos. Ante ese desalojo, se pronuncia Hesnor con una poesía hecha de memoria, de presente y futuro que no pueden existir sin pasado:
¿Dónde los baúles que seguían
oliendo a rancio pero oliendo
a juventud que no quiere morirse?(…)
Solía reunirnos el patio
como una hoguera viva de palabras
que ardían para guardar silencio
-para hablar del recuerdo de las cosas
y de los seres y los hechos que esperan
por su nombre todavía pendientes.
(1993: 147)
Del arraigo a la tierra campesina, al mundo y al imaginario rural, resulta obvio llegar a la crítica hostil al industrialismo, a los influjos de un mundo moderno que llega con sus encantos, sus máquinas, sus objetos, sus formas de vida. Ese tránsito que para muchos teóricos sociales ha significado el avance de la transculturación, o el nacimiento de las culturas híbridas, es descrito por Hesnor Rivera, en cuyos poemas un mundo de cruces y desfases entre el campo y la ciudad alcanza niveles paroxísticos, sobre todo con la ventaja que ofrece la poesía y en especial, su técnica de composición consistente en unir lo que en condiciones normales no podría estar unido, resultando lo sorprendente, lo insólito, como discípulo que fue del surrealismo. Sólo que ese surrealismo suyo (y lo fue también el europeo) fue una toma de conciencia, una revelación de la realidad, no un escape ni una huida, como la crítica fácil repite. Así lo deja ver en el poema titulado “Apocalipsis” (1952), que además marca el nacimiento del grupo literario del mismo nombre integrado entre otros por Atilio Storey Richardson, Miyó Vestrino, César David Rincón, que vendría a sacudir el adocenado mundo poético marabino y con importante repercusión en las letras nacionales, al menos las capitalinas.
Mi país rumia en secreto
el agua de los desastres
(…)¿Qué manda el amo? gritan niños melancólicos
en las noches de barro. Se escribe M
delante de B y P como en la palabra Constantinopla
(…)
(2000: 53-58)
Realidad, crítica social. La poesía de Hesnor deja asomar su compromiso con la suerte de la población sometida a los embates de la cultura petrolera. Dice explícitamente, sólo que con la musicalidad, el ritmo de poemas coruscantes que no tendrán resonancia parecida sino en los del poeta chileno Rosamel del Valle:
Todo lo que dije antaño
había sucedido hace poco.
Sigue pasando por mis sentidos
como un torrente por los canales
de una ciudad destruida.
Todo lo que digo ahora
está pasando en la memoria
de los deudos perdidos.
¿Dónde están tales tesoros.
Dónde están las sirenas
cuyo canto vinimos a escuchar
para morir amando al mundo?
Tú decías como descubriendo
indicios: un chorro de petróleo
vale más que un canasto de plata.
Y allí estaba corriendo
por acequias como por las redes
de un planeta de luto
(…)
(2000: 59)
La llegada del petróleo significó la desaparición de un mundo lacustre y marítimo redivivo en la poesía de Hesnor a través de nostalgias e imágenes que, tendrán en los viajes, y en los viajes específicamente en barco, una casi obsesiva persistencia evocatoria. Maracaibo fue ciudad portuaria, vinculada al lago vitalmente, pero la ciudad moderna ha crecido de espaldas a esa enorme masa de agua, que es como decirlo de espaldas a su verdadera historia. Vislumbres de esa historia aparece en los poemas de Hesnor Rivera como visajes de un tiempo ido, que ha dejado sin embargo vestigios, reservas, como una suerte de desechos flotantes:
A lo largo de los muelles un barro
de tristeza ha enmudecido
la chimenea de los barcos
-ya no cuentan a pitazo limpio
la aventura blanca y negra
ocurrida entre el adiós y el regreso.
A lo largo de los muelles no
se ven más las camisas con parches
de los muchachos que fijaban
la mirada de sus visiones heroicas
en la picada de las palometas
como labradas con alambres de plata.
(1993: 189)
Con el petróleo llega también un mundo de bajas oportunidades, de conexiones delicuenciales en submundos donde el contrabando y la administración pública intercabian roles, máscaras. Hesnor se vale del discurso poético para mezclar o yuxtaponer momentos históricos donde se verifica el mismo y antiguo pillaje. Piratas y corsos de taquilla y punta en blanco se alían para prevalerse de la misma estafa. El estilo de Hesnor permitirá ir engarzando momentos, culturas, en un mismo plano delirante, ofreciendo vistas que se explican e iluminan unas a otras. Por ejemplo:
El Bandido se desplaza
En automóviles púrpura
-más suntuosos que la quinta
De los mercaderes en apariencia
Quietos pero con apetitos
Fenicios y por herencia asentados
En las orillas arruinadas del lago.
(…)
Y sobre todo el automóvil
Del Bandido es menos cursi
Que el castilo de los usureros
Sin patria siempre chorreaditos
De miedo pero que no tiemblan
A la hora de venderse por el solo
Goce de aspirar los olores del
Ham and eggs que envuelven
A Wall Street o Long Island.
(1933: 194)
Para cierta crítica, el ejercicio que hemos hecho resulta de haber forzado el discurso poético para servir a los intereses de un discurso social ante la condición humana. Pero dudamos de la inconciencia “artística” del poeta, y en cambio nos parece que recoge en su poesía los descalabros, los desconciertos de los sujetos sometidos a los embates de una industrialización y una época en general que destruyó sus amarres a la realidad, que los fracturó y dejó a la deriva en un mundo cambiante y con visos de delirio, pero no ese (o sólo ese) que libera, sino ese que empuja a la desesperación. Cuando Hesnor Rivera recibe en 1992 el Premio Regional de Literatura “Doctor Jesús Enrique Lossada” es explícito al momento de recordar el tipo de olvido al que habían sido sometidos sus entrañables amigos de Apocalipsis: “Ante sus muertes, no han faltado los comentarios de algunas malas conciencias de entre “la gente de bien” de acuerdo con los cuales, se murieron porque esos poetas no eran más que unos locos y unos borrachos, y a lo mejor, sin proponérselo, logran de algún modo un poco de razón, porque en efecto, somos siempre unos locos y unos borrachos, sobre todo si tenemos que soportar los embates de una sociedad en crisis, de un mundo de poder sumergido hasta el cuello en la más espesa corrupción, en el más delirantes despilfarro y en los vericuetos de una audacia siniestra capaz de invertir los valores de la vida en común. Cualquier persona sensible –oriente o no su sensibilidad a la creación literaria- podrá percatarse de que el país donde le ha correspondido vivir, sobre todo en las últimas décadas, es un laberinto alucinante de mentiras, de intrigas, de embrollos tan miserables que son capaces de desquiciar la integridad racional de toda una nación”.
Las últimas líneas explican a su vez el delirio, el surrealismo de la poesía de Hesnor, como resultado de una cultura de la impostura y el crimen. Confrontar la poesía de Hesnor Rivera ante la condición humana supone menos una aventura intelectual que el acercamiento al testimonio de una conciencia y una sensibilidad acuciadas por “las miserias espléndidas/ de los porvenires desde entonces antiguos” de la vida en un país terriblemente dependiente y arrasado en lo que tenía de más suyo.
Referencias bibliográficas
- Puerta de Agua (1993) “Hesnor Rivera: Antología Poética”. Secretaria de Cultura del Estado Zulia.
- Rivera, Hesnor (1995) Endechas del invisible. Dirección de Cultura de La Universidad del Zulia. Maracaibo
- Rivera, Hesnor (2000) Las ciudades nativas. Ediluz. Maracaibo
- María Natalia Zavadivker. http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/zava40.pdf
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Ver:
La gramática del alucinado, un libro que no fue
El Zulia, puente sobre el desvelo poético
Hesnor Rivera y Maracaibo
La persistencia de la memoria











