Para Ángel Oroño.
Porque lo que hemos conversado...
La crisis de la democracia, que se refleja en desconfianza en sus instituciones, es al mismo tiempo una crisis del periodismo, decía Walter Lippmann en 1920. McNair, más recientemente, que es una crisis de la comunicación pública. Tienen razón; pero sólo si se enfoca el problema sesgadamente y desde un punto (mal)intencionado. La democracia moderna, como el capitalismo que le sirve de fondo y escenario, son sistemas precarios y en crisis constante, pues se trata con entrambos de mantener las fuerzas de la sociedad de tal modo contenidas que las elites en el poder puedan ejercer su imperio con un mínimo (soportable y reducible) de alteraciones. En efecto, las democracias occidentales han procurado mantener a raya los levantamientos sociales que puedan hacer explícito el deseo de modificar radicalmente las relaciones de poder, y especialmente al sistema que hizo que ya David Hume se asombrara de “la facilidad con que son gobernados muchos por pocos, la implícita sumisión con que los hombres entregan su sino a quienes los gobiernan” (Susz, 2005). Esta dominación de muchos por muy pocos es posible gracias a las formas de control social, coacción y coerción del Estado, en el cual “se produce el encuentro de los conflictos y donde habita asimismo el consenso, fruto de la renuncia a las peculiaridades a favor de la uniformidad”. Y, para lo que aquí nos interesa, “Para que el Estado pueda ejercer su tarea de arbitraje y concertación debe adquirir el monopolio de la fuerza y ser reconocido como la única instancia legítima para administrar las mentes y los cuerpos, estableciendo los límites del deseo y del sueño” (Susz, 288). Esto es, sin los medios de comunicación, sin el control de las “mentes” es imposible el Estado que conocemos, su legitimidad, aunque su precariedad sea ostensible. Sostener lo insostenible es el proyecto político y económico del capitalismo, insostenibilidad que hoy torna precaria incluso la vida en el planeta.
Los medios deben conseguir “el consentimiento sin consentimiento”, persuadiendo, dice Susz “a los excluidos de la inevitabilidad y de la irrevocalidad de esas estructuras, frente a las cuales no restaría opción o alternativa alguna” (351). Por otra parte, la naturalización del estado de cosas, del modelo imperante, hegemónico, corre enteramente por los medios de comunicación y extensamente por las industrias culturales, que tornan exóticos, raros, en extinción, modelos políticos y, en esencia, culturales, distintos a la modernidad europea y norteamericana. Los medios pues, no apuestan por la diversidad sino por la uniformidad que haga posible la libre circulación de los valores del capitalismo que son los del mercado global.
Ciertamente, el capitalismo-mundo necesita despejar los atolladeros en que se traducen las diferencias culturales, la diversidad, los modos de ser y hacer distintos a los occidentales, y en todo caso, reducir hasta la anomia o hasta límites manejables por el turismo la resistencia residual, indigenismos, autoctonías, nostalgias. Desde esta perspectiva es comprensible el ataque al islamismo como forma de reconducir a los mercados capitalistas formas raigalmente adversas. Que las mujeres afganas usen de una buena vez stee lauder, por ejemplo, pasa por volver absurdas, antidemocráticas, contra los “derechos universales de la mujer” las “burkas”. “La ruta afgana es de crucial importancia para el mercado asiático, los talibanes son un estorbo, separan las antiguas repúblicas soviéticas de Pakistán e Irán; sin un Afganistán colaborador no se pueden llevar a cabo ambiciosos proyectos económicos de los países de la zona en colaboración con las potencias occidentales”, dice Ramón Reig.
Es también desde esta perspectiva global como podemos comprender los modos de operar de los medios nacionales. En efecto, las televisoras y radioemisoras nacionales son las encargadas de traducir a los públicos locales las emisiones del capitalismo global, y por descontado, las formas de ser y hacer de la democracia (capitalista, liberal) global. Que el mercado global requiere de dóciles medios de comunicación social nacionales y locales es más que evidente, y cuando se habla de traducción lo que se busca es acercar a la norma mundo, esto es, no se traduce hacia la diversidad, sino que toda diversidad es allanada en función de equivalentes globales. No se busca diversificar sino uniformar, de modo que los esfuerzos de gobiernos locales por reconocer y construir formas económicas y políticas que reconozcan la diversidad, se constituyen en proyectos adversos al capitalismo global, contrarios a sus intereses, porque la diversidad, la diferencia, extendida, puede devenir en extenso mercado cerrado, en frontera y muro cultural a los productos de la cultura del consumo global (por cierto, donde se construyen muros para las personas fluyen sin molestias los productos del mercado).
No permitirá pues el mercado (específicamente su brazo militar) el apego de millones a sus culturas, toda diversidad será destruida y reducida hasta hacerla manejable por el mercado. Cuando las culturas musulmanas sean reducidas, si ello a ocurrir llegare, las burkas se conseguirán en Zara y su público consumidor, de más está decirlo, no será exclusivamente musulmán. (No olvidemos que las caderas de Shakira y los prostibularios de fantasía aladinesca ya han hecho lo suyo, en esto de tornar mercadeables las formas del Oriente no judeo-cristiano).
Desde esta perspectiva es que debemos mirar la actividad de los medios de comunicación –así llamados- del país. E igualmente como existe sólo una cultura global que traduce allanadas y sin filos sus diferencias, igualmente sólo existe una manera (traducible al capitalismo) de democracia. Son los medios nacionales los encargados de negar toda forma de diversidad política, toda diferencia, y concentrar toda su furia mediática en el propósito de torcer y reconducir al público, al mercado, a la opción política que no ponga en cuestión los intereses del mercado. El ataque cesaría de considerar aquellos que el capitalismo y sus estructuras continuarán intactas, pese a la retórica socialista –como esa de “pobreza cero”, que se parece tanto a la consigna de Bratton- que drene sin violencia las angustias, los recelos, de millones. Los medios de comunicación globales, y sus capítulos locales, continuarán en su accionar hasta reducir todo vestigio de diferencia, o hasta que esta sea traducible a los digestos relatos de National Geographic o Discovery Channel.
Ahora bien, el sistema que conocemos está efectivamente en crisis. Ya dijimos que lo ha estado siempre o que es su “estado natural”, precisamente por su naturaleza intrínseca: desequilibrio, inequidad. Pero la crisis actual tiene unos rasgos que la hacen particularmente interesante (no voy a decir que peligrosa) para los intereses capitalistas globales. El supuesto viraje a la izquierda, como se ha señalado, responde a movimientos del electorado (que es a fin de cuentas un consumidor orientado), hacia formas más participativas. Hoy se encuentra el sistema mundo rediseñando sus formas de “participación”, y en este contexto los reality shows, los paparazzi (que nos ponen frente a los ojos intimidades sin interioridad –y sin ropa interior), los videos caseros, etc., son formas de acercamiento a la realidad que alejan el sentimiento de mediación y lejanía, propia de la atmósfera mediática. Hoy, la aproximación, la instantaneidad, el tiempo real, el “estar ahí, en la noticia” son formas exigentes, lo que no excluye –lo sabemos desde la primera guerra del Golfo- construir noticias para las cámaras, pues estas se encuentran listas –tramoyescamente levantadas- para “capturar” y difundir al instante preferiblemente en “todo horario”. El viraje a la izquierda es asimilable por el capitalismo porque este contiene elementos de aproximación a los sujetos sociales que el capitalismo intrínsecamente desdeña, pero con los cuales –qué duda cabe- aprenderá a convivir, por lo menos hasta que el modelo de vida capitalista sea posible en el planeta. Si el modelo de participación política no pone en crisis, en cuestión, o en otras palabras, si no destruye los modos de propiedad privada que garantiza los privilegios seculares de elites en el poder (el privilegio de hacer circular y retornar acrecidos sus capitales), entonces las democracias sociales tendrán oportunidad en la tierra. Por el contrario, si estos intereses se ven afectados, los medios no descansarán hasta reducir a niveles tolerables las diferencias, y por ende las fuentes de toda diferencia, la fuentes de la diversidad.
Se comprende la beligerancia de los medios de comunicación en el 2002 a raíz de la promulgación de una “Ley de Tierras” y hoy, cuando la Reforma apunta a una modificación sustancial de la forma de concebir el Estado, trascendiendo o derivado del Estado Nación sin eliminarlo (como el apetecido proyecto del Estado Global Neoliberal) sino conduciéndolo a otra forma que atiende o busca atender a diferencias demasiado locales para ser inteligibles (traducibles, equiparables a las formas conocidas, se entiende) para los medios del mundo. Si los medios aguantan (si esto aguanta) hasta que las formas de participación política, las formas de producir, las formas de mantener en circulación los flujos de capital, sean traducibles para los medios del mundo, si estos logran traducir lo que aquí pasa y descubren que no afecta los intereses del mercado, la beligerancia se reducirá hasta límites tolerables y la “gobernabilidad” que permite, por ejemplo, jugosas inversiones de capital, tendrá acaso otro signo, estará alimentada de otros componentes, será incluso más exótica, pero en definitiva potable, consumible por los medios, por los amos del mundo.
Será distinto si los mercados son taponados, si deja de correr el dinero. No es lo que está pasando en Venezuela, precisamente. Los capitales del mundo siguen fluyendo y un barril de petróleo cercano a los 100 dólares y en alza, no vaticina un cambio en las políticas económicas. Venezuela es atractiva para los capitales del mundo, no para los financieros, ciertamente (aunque la bolsa de Caracas regularmente me desmienta), sino los vinculados a la inversión para la producción. Que hoy sean los capitales financieros los que dominen la escena mundial, hace que democracias capitalistas (en las que funciona y no se ponen trabas al flujo de los capitales), donde se promueva la inversión con el fin de estimular el trabajo y la producción, sean poco atractivos, o de un keynesianismo demodé. La virulencia de los medios se comprende porque son intolerables a todo vestigio o sombra de diferencia, que suponga la alteración en los flujos del capital, que torne irrespirable la atmósfera del mercado local, y no descansarán hasta traducir las formas políticas del “chavismo” a una participación sin posibilidades de tomar decisiones en los puntos neurálgicos del sistema.
Tiene, con todo, que parecerles demasiado peligrosas las comunas y estas ciudades comunales demasiados “territorializadas”. Saben que los mercados no fluyen donde hay “resistencias culturales”, y este gobierno, en cambio, las promueve. No se nos debe escapar el hecho de que el flujo de capitales exorbitantes que se traduce en un crecimiento en prácticamente todos los sectores que hacen bailotear de contento a las economías del mundo está irrigado por la producción petrolera, y es en este marco, en este compás, donde se nos permite ensayar formas distintas de hacer las cosas. Hasta ese punto es tolerable lo que en Venezuela ocurre. En otras palabras, la economía enclave del imperio, la petrolera, permite la existencia, la cohabitación de formas políticas de participación y protagonismo locales, que no atentan, no rozan la macroeconomía, es decir, las economías de los países del G-8 (+ China).
Si los Consejos Comunales no rompen con la racionalidad socioproductiva del occidente liberal, no habrá revolución. Si los Consejos Comunales traducen la crisis de la democracia liberal, creando formas de participación que drenen la angustia de no existir de individuos sin sueños ni deseos distintos a los fabricados por el mercado, entonces no habrá revolución. Si no torcemos la ruta del capital hasta hacer posible por contagio la abolición del dinero, no habrá revolución. “Atacar al neoliberalismo (que no es una política, sino el capitalismo del fines del siglo XX) es atacar el mando del dinero: no de los bancos, no de un grupo de capitalistas financieros, o de un partido o una camarilla política, sino del dinero. Mientras el dinero (capital) no sea atacado, ninguna toma del poder, ninguna victoria electoral eliminará su violencia. Mientras el dinero mismo no sea atacado, ninguna liberación ni nacional ni de otro tipo es posible” (Holloway, 2005: 150).
Los medios de comunicación alternativos deben salirse necesariamente de la agenda de los medios globales, a menos que su agenda sea la traducción del mercado mundo a los intereses locales, a la diversidad, cada vez más asediada por la uniformidad, cada vez más allanada, hasta ser reducida a diferencia residual comestible por el mercado del turismo. La diferencia que han de construir los medios alternativos pasa por construir un tipo de comunicación social, popular, que tuerza el camino del capital a escala local. Que construya un modo de producir distinto a los modos del capital. Si el cobertor del petróleo alcanza para eso, si el mundo no se acaba antes, si sobrevive la vida, entonces acaso nos encontremos en otro mundo, ahora sí, posible.
Referencias bibliográficas
1. Galdón, Gabriel (2002) Introducción a la comunicación y a la información. Ariel. España.
2. Holloway, John (2005) Keynesianismo una peligrosa ilusión. Vadel Hermanos, Caracas.
3. Exeni R., José Luis (2005) MediamMorfosis. Plural. La Paz, Bolivia
4. Reig, Ramón (2004) Dioses y diablos mediáticos. Urano. España
5. Susz, Pedro (2005) La Diversidad Asediada. Plural. La Paz, Bolivia











