(Texto del catálogo de la exposición "Crónicas de Calle y Bar" del fotógrafo Alejandro Vásquez, que abrió hoy 28 de octubre en el CAMLB - Lía Bermúdez)
Serán pedazos más tendrán sentido, fragmentos no arrancados por efecto de la foto, ese recorte (como los de las paredes) que se llena con lo que no está, con lo que le ponemos, con nuestro mucho de ansia y anhelo, sino que ya están así, ahí donde están, girando sobre un mismo eje delirante, planetas de un universo paralelo que pulsa al filo de una esquina, de una acera que se abre de pronto después de un zaguán húmedo, abombado por el olor a cebada, curtido, con su luz propia, rancia, robada de la noche a toda hora.
Los pedazos del mundo girando, no con el ritmo aburrido de los recuerdos sino cada uno haciéndose un lugar, un hueco en la pared, en la silla, un comido en los bordes, nacido en las superficies, abscesos de nada murmurante, un hongo seco que ha ido creciendo pero todos sabemos que ya estaba ahí, que vino con nosotros (no exactamente tu y yo sino con todos) y se fue haciendo, buscando acomodo, y cuando por fin, cuando apareció, ya era costumbre, lo vemos ya sin ver, la mancha de un codo, de una mano, lo mismo siempre, o ese pie que busca el tubo, la misma mujer y el mismo hombre que cruzan el tiempo y los espacios sobre pisos de cemento, losetas de colores, amarillas casi siempre, caminando de través, de lado, siguiendo los acordes de una canción que se escurre por las grietas de la puerta como luz de otro mundo.
Ese fetiche nuestro de la composición. Nada puede contra el tiempo y su sabiduría de bicho que se arrastra, que se acumula hasta configurar y darle costra, concepto, al pringuete, al pegoste, esa materia que es exudación de la materia, emplasto, bizma, que no se barre jamás, que resiste a los trapos, que se pega pero es invisible y que sólo el tiempo nos pone frente a los ojos.
Que se escurre pero inmóvil, imperceptible, la paradoja de Zenón echa con instantes de mugre, superficies chacoteadas de nosotros, de nuestras risas y chasquidos, de nuestras voces cortadas y nuestra saliva.
Lo que se acumula hoy es invisible pero no es hoy lo que cuenta, la cuenta es al final y viene con la última, con la del estribo, la que nos lleva de vuelta al mismo sitio, al de siempre. Lo visible vendrá en el futuro pero no lo veremos, vemos lo que el tiempo hizo sin nosotros, tal vez lo que hizo gota a gota nuestra orina, el despecho canturreado en esa silla roja, sobre esa felpa. Pero esto es posible si somos el habitual, el cliente, un pedazo de costumbre.
No es fácil ser el de siempre, tenemos que tener ganas de morir en el sitio, de caernos muertos sobre el único lugar posible. Entonces, sólo entonces la cuenta no cuenta y será la misma. Siempre. Como si no existiera. Invisible.
Así pasa con el dolor en nosotros, lenta punzada del hambre de todo que se infla y abotaga en el centro de los barres del centro, ahí donde se resumen las aguas de muchas madrugadas con sus zapatos que se escuchan y se dejan de escuchar en el fondo. Pero si ocurre al mediodía el calor se enchumba como una madrugada instantánea, un vermú que se hace con nuestros pasos y nuestra sed, y esas ganas de parar y entrar que son ganas de hundirnos, de girar en otra dirección, no recta sino circular, para ir a otra parte, tan otra que cuando salimos, cuando emergemos, desorientados, encandilados, es sin nosotros bajo un sol que ciega y nos borra y nos escuece con sus estrías de lagarto.
Pero nuestros ojos se quedan allá, en esa sombra de agua, y por ahí nos vamos arrecostados, con el nombre resbaloso y el cuerpo mal atado a cuestas.
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La frase del título “No pises a la gente cuando vayas subiendo” está tomada de un cartel que aparece en una de las fotografías.











