(Pequeña contribución al debate sobre la Nueva Geometría del Poder)
La lógica del capitalismo diseñó los primeros asentamientos humanos de lo que iba a ser América, como trazó las formas de relación y comunicación entre éstos y la metrópoli. La misma lógica sigue actuando y descubrir su mecanismo acaso nos lleve a producir una nueva situación, un nuevo orden de cosas. En efecto, los primeros asentamientos y las ciudades futuras y de hoy existen y se justifican a partir del flujo fácil, rentable, económico de capital, de riquezas, de bienes, de mano de obra. Y en un primer momento las rutas marítimas fueron las vías expeditas, además las únicas, para conectar las colonias. Nuestras ciudades lógicamente nacieron ligadas al mar y a los puertos, y éstos, su florecimiento, su importancia, su esplendor, dependieron de la cercanía y la facilidad de acceso a las zonas productoras. Nuestro país creció y se multiplicó en ciudades costeras o cerca del mar, hacia el “interior” las poblaciones raleaban, situación que hoy sigue siendo una característica estructural del país. Esta estructura no sólo se verifica entre las ciudades, las rutas marítimas y las metrópolis, sino que se reproduce entre las ciudades que componen el propio país y al interior de las ciudades mismas. Las rutas marítimas conectaban con Europa, serían luego las carreteras, los caminos, en el continente las que unirían a las ciudades con los puertos que se abrían al mar, al océano. Evidentemente ganaban importancia o relevancia las ciudades que tenía un mejor y más rápido acceso a un puerto, o que eran portuarias, y a partir de éstas se trazaban o radiaban las rutas de interconexión. Las capitales gozaban de las mejores rutas de acceso y de salida al exterior. Viajar a la capital y más residir en ella es una forma de aproximarse a (o parecer de) la metrópoli.
Pero esto lo conocemos. Lo importante es reconocer, visualizar, que la lógica que une territorio, comunicación y capital se sigue reproduciendo. Nuestras carreteras existen en función y a favor del capital, por los mejores caminos circularán los más vertiginosos intereses, las autopistas más rápidas aceleran el flujo de los capitales.
Vivir cerca de la carretera era una manera de estar cerca del dinero, pero sólo si esta carretera era principal, es decir, si llevaba o traía a la ciudad. Muchas economías de pequeños poblados del “interior” dependen de las carreteras por donde circulan capitales vinculados a la ciudad, de modo que la estructura misma del pueblo aparece desfigurada, pues adquiere la forma, el sentido, la dirección de los capitales que lo atraviesan. Existe entonces un arraigo cultural al territorio, pero no deja de ser cierto que el capital y sus flujos re (o dimensionan) de manera crucial la apariencia y el contenido de nuestros pueblos y ciudades.
Cambiar la lógica del capital, cambiar de lógica, nos conduce a modificar nuestra percepción de las ciudades y poblados. Si nos sigue interesando el movimiento de capitales de acuerdo a la lógica capitalista, entonces nuestras ciudades seguirán siendo lo que son y cambiarán en la medida en que cambien los intereses del capital, de la manera en que alguna vez fue importante el Puerto (y las ciudades, poblaciones y regiones anejas) de La Ceiba o Puerto Cabello, La Guaira o Maracaibo y hoy, el mal llamado “Puerto de Aguas Profundas” en el Golfo de Venezuela abierto con su boca voraz a los capitales trasnacionales.
Ahora bien, si nos interesa otro tipo de flujo, otro ritmo, si nos deja de interesar el capital, la fisonomía de nuestros pueblos y ciudades cambiarán sustancialmente, pues no mirarán hacia las autopistas terrestres, aéreas o marítimas, sino hacia adentro, hacia el interior de sí mismas y buscarán interconectarse de acuerdo a otra lógica, inédita o recóndita, en todo caso muy distinta, otra. A la lógica del capital le interesan los productos de nuestras poblaciones en tanto atractivos al comercio internacional, son valorados de acuerdo a dicha importancia y en muchos casos su explotación depende exclusivamente de ello. Los productos marcados con el sello de “exportación” han recibido el pláceme del comercio internacional y están negados incluso a la población que los produce y a la del país, y sólo es posible adquirirlos en los Duty Free Shop, o como contrabando, o en los Puertos Libres, de regreso de las aduanas. Lo que es de exportación, aún dentro del país, no nos pertenece.
Quebrar el capital pasa por quebrar la lógica de su circulación. Como el capital es global nuestras carreteras nos conectan a él: todos los caminos conducen a Roma. Aligerar nuestras rutas, limpiarlas, aceitarlas, es decir asfaltarlas, supone acelerar el flujo de capital. Se ansía terrenalmente la velocidad e instantaneidad de los flujos electrónicos, pero la realidad es demasiado pedestre, de ahí la sobreabundancia de capital financiero que circula en el mundo, capital que no necesita arrastrarse (trabajarse, producirse, que no necesita territorio –salvo los “paraísos fiscales”- y está alejado de obreros y huelgas; capital aséptico, quintaesencia del dinero) ni aún por la más veloz de las autopistas.
Construir el socialismo pasa por quebrar el movimiento del capital (de persona a persona, de poblado a poblado, de poblado a ciudad, de ciudad a ciudad, de país a país, las interconexiones, la globalización del capital). Otra cosa es más de lo mismo.
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Ver: La nueva geometría del poder, productividad en la endogeneidad
Las capitales del poder











