Por: Javier Biardeau R.
Fecha de publicación: 23/10/07
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"La extinción del Estado se llevará a cabo no ya por el debilitamiento
de su poder, sino por su máximo fortalecimiento, lo que resulta
indispensable para acabar con los últimos restos de las clases
expirantes y para organizar la defensa contra el cerco
capitalista."(Stalin; 1930)
Dondequiera que se ha implantado el socialismo
burocrático-autoritario, es decir, el sistema del comunismo de aparato
estalinista, ha habido ciertamente una liquidación del capitalismo
tradicionalmente entendido, de las antiguas clases dominantes y
dirigentes, pero no se ha construido ningún socialismo, ni poder
popular autónomo, ni democracia protagónica ni liberadora, en el
sentido de su definición originaria y fundamental. Se trata de un
fraude revolucionario, que en nombre del socialismo participativo y
liberador ha dado vida a un régimen neo-oligárquico y despótico. El
llamado "socialismo real" del siglo XX, no fue mas allá de un
populismo despótico de partido único, una farsa democrática dirigida
por una elite revolucionaria, por lideres indiscutibles, sumergida en
la exaltación del imaginario jacobino. Por ello, el sentido del
sintagma "revolución socialista" debe escindirse completamente del
magma de significaciones que ha acompañado a las revoluciones
reaccionarias del siglo XX.
El rapto de las revoluciones en el siglo XX por parte de las fuerzas
reaccionarias solo puede comprender desde una verdadera ruptura con el
comunismo de aparato, con el mito jacobino de la revolución y con
cualquier figura de bonapartismo plebiscitario. El fraude a las
aspiraciones legítimas de quienes sufren la opresión, la aspiración de
la humanidad plural a la emancipación, lo cual significa mayores
espacios de libertad y liberación, y no la el culto a la sumisión,
implica romper con el fraude de las revoluciones que han transformado
las aspiraciones en ilusiones, las ilusiones en fanatismo, y los
fanatismos en crímenes psicológicos y físicos.
Por todas partes, la miseria - y no solo material – exige una gran
revolución. Por todas partes aparecen energías que exigen sacudir
yugos y cadenas. Pero hay que evitar que las energías revolucionarias
sean capturadas y confiscadas en nombre de dispositivos ideológicos y
mediaciones políticas, que las manipulan, recuperan e invierten su
sentido. El camino de la esperanza de los socialismos participativos,
liberadores y democráticos pasa necesariamente por la destrucción de
las ilusiones de las revoluciones reaccionarias, con todos los
semblantes de sumisión que las acompañan.
El desarrollo del socialismo, como nos lo dibujó la herencia de Marx,
como una comunidad libre de individuos libres, constituye la crítica
más efectiva para superar el capitalismo y las figuras despóticas del
colectivismo oligárquico. Quienes desprecian e invisibilizan la
cuestión de la libertad y de la liberación en Marx son aquellos que
confiscan la revolución en nombre de ideas y valores reaccionarios. El
pensamiento crítico socialista, los enfoques contra-hegemónicos, no
son siervos de la política oportunista de quienes depositan la energía
revolucionaria en la forma-estado o en el mito-cesarista. El
pensamiento crítico no le teme a la lucha de las ideas, a los
desacuerdos, a la potencia del pensamiento subversivo, el que plantea
como requisito formas radicalmente democráticas de gobierno, a
diferencia de toda la tradición jacobina y blanquista de la
revolución, como por ejemplo, los bolcheviques rusos, que despreciaron
la democracia radical, y el reconocimiento de tendencias socialistas,
asumiendo el elitismo, el vanguardismo y la verdad autoritaria,
consolidando a la postre las formas de gobierno burocráticas y los
privilegios de la nomenclatura.
Por esta razón, sin pensamiento crítico no habrá revolución
democrática y socialista. Habrá vanguardismos y masas a las que se les
confiscaran sus aspiraciones de emancipación, habrá cesarismos, gestos
jacobinos, anhelos de terror frente a la diferencia, el desacuerdo y
la alteridad, habrá policías culturales y pensamientos domesticados;
en fin el camino de construcción del socialismo será cada vez más
lejano, mas falsificado y más abyecto.
El pensamiento crítico no puede ser siervo del poder del estado, ni
del Líder, ni del partido único, ni de la línea política general. La
auto-emancipación humana es obra de comunidades de liberación, de
socialismo radicalmente libertario, de comunidades libres de
individuos libres, sin chantajes, sin intimidaciones, sin coacción,
sin comités de salvación pública, si amenazas ni presiones. El
socialismo del siglo XXI está por construirse, porque el socialismo
del siglo XX y sus inercias del presente, fue y será siempre
reaccionario. En fin, cualquier invocación al estado socialista sin
democracia radical ni poder popular autónomo es un fraude
revolucionario.











