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Archivos de: Octubre 2007, 22

Justificación de la muerte

por joseleon71 @ Lunes, 22. Oct, 2007 - 01:30:49 am

brueghel_triunfo_muerte

I
Nosotros aquí abajo no sabemos de justicias infinitas. Podemos pensar lo absoluto, no comprenderlo. Escribo esto pensando en aquellos que han sido condenados a morir en un lapso de tiempo perentorio. Al hacerlo creo que coincidimos en que nada importa la duración del lapso, la muerte por decirlo así ya es un hecho, consumatum est. El condenado, por intermedio de sus abogados puede acaso dilatar la ejecución, introducir moratorias, pero la muerte acaecerá tal como fue fijada en la condena, no el mismo día, pero qué importa el día si desde la condena misma, incluso con la condena misma, los días previos a la ejecución, los que separan la condena de la ejecución, en cierto modo ya no existen, no cuentan.
Se puede decir que de la condena a la ejecución no pasa el tiempo, que los dos actos se suceden en instantes sucesivos. Todo porque la vida, ese proyecto, se vive justamente porque no se vislumbra la muerte. Se dirá que no es así, que la muerte es lo único seguro, y es verdad, sólo que no sabemos cuando. Si lo supiéramos de seguro nos acometería la parálisis, la suspensión, el rigor vital que acomete, presumo, al condenado.
Vivimos en efecto, como si la muerte no estuviera allí, con nosotros. Lo que torna absurda la vida es la condena, la ejecución fijada en un día y una hora exactos.

II
Pienso en Sócrates, aprendiendo en la víspera a tocar la flauta.

III
Se puede tomar una decisión de tal magnitud (hacer coincidir lo absoluto, lo infinito, en lo finito y corrupto) sólo si se está fuera de la vida. La vida vista desde lo absoluto es incomprensible. La vida es fundamentalmente tiempo, y en lo absoluto el tiempo no existe. Todo cuanto hacemos sucede en el tiempo y nuestras acciones transcurren. Sustraer el tiempo súbitamente con una condena a muerte es de una vez y para siempre interrumpir la vida.

IV
Las leyes absolutas son inhumanas. Humano es el perdón; sí, la otra mejilla. Sólo los Estados (que dictan y ejecutan sus leyes sin correspondencia, lejos, sin considerar y en definitiva sin importarles las vidas concretas de las personas) no perdonan, son absolutos, intemporales. Son arrogantes porque asumieron el lugar de la justicia divina. Absoluta ésta (no la de Jesús que está fundada en el perdón), absoluta la suya.
Perdonar es poner nuestras acciones y las de los otros en el tiempo, que es un río.

IV
Lo Absoluto no es por nadie ni nada condenado porque lo ocupa y es todo. El juez que dialoga con lo absoluto es ya lo absoluto, subsumido en él emite su sentencia. No discute argumentos porque lo absoluto no escatima en detalles, los detalles definitivamente engorrosos están saturados de tiempo. La sentencia está pues, emitida de antemano, desde antes de que ocurra en la vida, el crimen.
El crimen preexiste, y, lo absoluto, con un bostezo parecido a la eternidad, pronuncia la sentencia.
En realidad es una ruleta, un azar escoge al sentenciado y lo conduce a la muerte. A través de sus emisarios (puentes de carne) lo Absoluto en la tierra asume el control de la muerte (condenas y ejecuciones), réplica en pequeña, en ínfima escala de lo que acontece en la vida, sólo que –es aquí donde comienza el terror- hace explícito su mecanismo.

V
¿Quién es el condenado? Cualquiera. ¿Cualquiera? No. Aquel que sólo puede vivir en el tiempo y no puede acceder de ninguna manera y en ninguna de las formas a lo absoluto, y ser él mismo absoluto. Quien se absolutiza queda fuera del tiempo y es como si la muerte ya se hubiera hecho en él. Condenarlo a muerte es una torpe redundancia.
Pero, ¿cómo se puede ser o llegar a ser absoluto? En primer lugar, saliendo del tiempo. Dejar de vivir es una manera, pero eso no quiere decir estrictamente morir, basta con salirse del tiempo, con renunciar a vivir y negarse a poner la vida en las manos del tiempo como quien se deja llevar por el río.

VI
Como se ve, condenado y condenante comparten absoluta condición. Los dos están muertos. Pero, ¿cómo llegan a estar juntos? Está visto que el Juez es un absoluto, pero el condenado lo es sólo en el instante de la condena, antes no. Cuando cae sobre él la condena, el tiempo se le retira y la muerte adviene, como ya se dijo, al instante siguiente.
¿Qué lo llevo a tan extrema situación? ¿Qué lo colocó cara a cara frente a lo absoluto? Lo absoluto no puede discriminar, porque el hacerlo implica tiempo, de modo que su absoluta decisión (la condena) es un hecho que responde al azar. Lo absoluto no decide, la muerte es para todos, absolutamente, y antes y después (en términos de tiempo, se entiende) nada dicen. Pero el hecho es que lo absoluto se ha hecho carne entre nosotros y comienza a repartir muerte. Si discrimina deja de ser absoluto, y por lo tanto su condena resulta injusta y la muerte del condenado (injustamente) un asesinato. Cuando no discrimina y mata a ciegas, digamos, entonces se absolutiza y copia a Dios (su Dios).
Si discrimina (si evalúa razones, si revisa expedientes, si juzga de acuerdo a la razón) entonces introduce el tiempo en la decisión y ésta deja de ser absoluta. Luego, no puede emitir condena a muerte porque tales condenas (necesaria, lógicamente) son irracionales en tanto suceden en un tiempo absoluto, despojado de tiempo que transcurre, y, en realidad, tomadas como en el inicio del mundo, de una vez y para siempre. No son pues asesinatos porque no transcurren en el tiempo, sino sacrificios, muertes absolutas en un tiempo sagrado.
______________________________________
Este texto surgió al leer
Se acaba el tiempo para un hermano y su hermana, y por supuesto, para tratar de explicarme la irracionalidad de la muerte ejecutada por Estados arrogantes y soberbios a través de sus jueces, ejércitos y policías.


 
 

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