Ver: Nicaragua: ¿De cuál dictadura nos hablan?
"En el mismo momento en que los apóstoles del neoliberalismo pretenden discutir realmente es el terreno académico es casi imposible que no hagan el ridículo".
Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero (2006) Comprender Venezuela, pensar la democracia. El Perro y la Rana. Caracas, Venezuela.
Comentarios a la Conferencia Perspectivas de la izquierda en América Latina, del escritor Sergio Ramírez en la Universidad Cecilio Acosta –UNICA- en la ciudad de Maracaibo el 17 de octubre de 2007)
1. Situación, digamos, ontológica de América Latina según Ramírez: América Latina es “anormal”. Si el proyecto democrático liberal ocurriera sin sobresaltos entonces sí sería normal, esto es si se adoptara sin réplica “por todos y en todas partes” el “constitucionalismo americano” no cabrían enojosas anormalidades. Ramírez, miope, quiere negar a propósito que el proyecto liberal no puede ser ni pudo ser trasplantado en nuestras tierras, en nosotros, que lo hemos rechazado siempre, y que cuando hemos querido hacer otra cosa, el empeño por aplastarlo ha sido tal, la muerte tanta, como ocurrió en Nicaragua, precisamente.
2. Los escritores latinoamericanos –parece decir Ramírez- escriben anormalidades o viven de “nuestra” miseria, de nuestro tercermundismo. Si el proyecto de democracia liberal burguesa no se enfrentara a nuestra resistencia, si no le hiciéramos frente, si fuéramos lo que no somos, entonces la literatura latinoamericana no existiría. Si fuéramos una democracia normal, pueblos normales, no habría literatura. La teoría literaria de Ramírez es por lo menos pintoresca.
“América Latina se vería obligada -dice Josefina Ludmer citada por Pedro Susz (2005) en La diversidad asediada (Plural, Bolivia)- a quemar años de su historia para entrar en un orden y un ritmo, una temporalidad trasnacional diferente. El salto dejaría un resto histórico, un futuro nacional que no fue. La cultura transforma ese resto en temporalidad perdida porque salta a otro futuro, que es el presente de la temporalidad transnacional” (219).
3. Elogia Ramírez la revolución, para que no quede duda de que es o “fue” un apasionado de la misma. Que no se dude, pues de lo contrario el efecto de descontento y frustración no tendrá la misma dimensión, ni surtirá el mismo efecto. (Le habla a estudiantes universitarios que no pueden sino responder a la tiranía con desafueros de libertad). Si me importó un bledo la revolución aunque estuviera en el gobierno (por cierto, se alió para derrocar a Somoza con la Iglesia y lo empresarios) poco importa que ahora reniegue, igual renegué al principio. Pero no, lo dramático del asunto es el drama del desengaño. Somos caribeños y nos despechamos con el despechado. Nada mejor que conmovernos con el despecho, a nosotros que estamos comenzando a enamorarnos. No te enamores, sufrirás. Es demasiado hermosa para ser real. Detente sombra de mi bien esquivo.
4. La Revolución Sandinista fue derrotada electoralmente, pero no cuenta la guerra; aunque sí, un poco. Ramírez afirma que la gente, cansada de la guerra, fue a votar y votó por una mujer (¿se acuerdan de Irene Sáez?) que les traería la paz. Dice Ramírez que el pueblo votó para sacar a los sandinistas porque de lo contrario no habría paz. Podemos preguntar, ¿por qué no votó que se fueran los contras? Desde la perspectiva de Ramírez eran los sandinistas el motivo de la violencia, y el ejército revolucionario se enfrentaba a los contrarrevolucionarios, quienes de alguna manera fungieron de propagandistas de la llegada de “Doña Violeta de Chamorro” –como de Uribe en Colombia, si a ver vamos-, un gobierno “diferente” –con el beneplácito de los EEUU, virtual ganador de la Guerra Fría- que traería, ya dijimos, la paz.
Ramírez habla de estas elecciones como si los diez años de guerra no existieran, como si el proceso eleccionario hubiera sido un incidente normal, elegir y sustituir un gobierno por otro. Además, no deja de afirmar que el gobierno que se iba aunque aspiraba a la justicia social, no se avenía con el modelo de democracia liberal. Sería interesante averiguar in extenso el concepto de justicia social del narrador Sergio Ramírez, pues le parece incompatible con la democracia. Aquí en Venezuela, por cierto, se introdujo ese sospechoso concepto cuando leemos en el artículo 2 de la Constitución del 99: “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”.
Otro modo de explicar el razonamiento de Ramírez es decir que está equivocado, que los sandinistas fueron sacados del poder por las armas, que los votos por Doña Chamorro fueron provocados por balas contrarias a la paz, votos coaccionados, votos amenazados, balas por urnas. Igual que los votos centroamericanos de hoy son chantajeados por los capitalistas del norte que contratan a los nuevos braceros que hacen el trabajo que los blancos anglosajones no hacen, no harán. Les pagan con dólares y con leyes de migración que los hacen aceptar entre otras cosas cualquier empleo en las condiciones que sea con cualquier paga, de todos modos un dólar (escondido, a todo riesgo, ilegal y para la familia) no se compara con sus devaluadas monedas nacionales, incluso dolarizadas. Ello compensa la desazón, los miedos. Además, ahí está la guerra, e ingresar al ejército patriota norteamericano es, qué duda cabe, un golpe de suerte.
6. Edgar Chamorro escribió en 1982 algunas de las razones por las que el pueblo de Nicaragua “sacó” –según Ramírez- a los sandinistas del poder: la guerra “ha dejado tras de sí más de 12.000 nicaragüenses muertos, 50.000 heridos y a 30.0000 sin hogar”. Los contras “podrían llegar a una población indefensa, reunir a todos sus habitantes en la plaza del pueblo y proceder a continuación a asesinar –en presencia de todo el mundo- a todas las personas que trabajasen para el gobierno nicaragüense, incluyendo policías, miembros de la milicia local, miembros del partido, personal sanitario, maestros y granjeros; acciones –dice Noam Chomsky (1988) en La quinta libertad (Crítica, Barcelona) “que se llevan a cabo en las cooperativas gubernamentales y que “facilitan la tarea –dice Chamorro- de persuadir a quienes conservan la vida para que se unan” a las fuerzas de la contra. En la misma declaración jurada –dice Chomsky- afirmó que la CIA había aconsejado al FDN “asesinar, raptar, robar y torturar”, así como que había recibido fondos de la CIA para sobornar a 15 periodistas hondureños a fin de que escribieran artículos a favor de la contra e instando al derrocamiento del gobierno sandinista” (27-28).
Por cierto, cualquier parecido con los paras colombianos es mera aterradora coincidencia.
7. A pesar de que el neoliberalismo trajo más y más pobreza para los pobres y más riqueza para los ricos, aunque los Estados se hacían ricos en medio de la pobreza general, la gente votaba. Según Ramírez –que la obvia- la abstención gigantesca en procesos eleccionarios latinoamericanos no es un indicador de la crisis del sistema de la democracia representativa. Que la gente no acuda a votar se lee interesadamente como que quiere una salida de fuerza, que está ansiando una dictadura o simplemente tiene en baja estima la democracia. Al contrario, podemos leer que está asqueada con las elecciones –esa farsa- porque se trata de una “democracia” mentirosa, en realidad ha podido intuir o detectar que se trata ni más ni menos que de una dictadura del capital, que practica el terrorismo de Estado y niega a los pobres, a las mayorías las más elementales libertades.
Para Ramírez, desde su burbuja, todo estaba bien por esa parte, pues la gente votaba, sólo que empezó a votar por partidos de izquierda. Eso también le parece normal, pero sólo si dichos partidos se ajustan a las normas “democráticas” diseñadas por la derecha. No aceptarlas sí que está mal porque son éstas las normas “normales”. Para Ramírez –ex vicepresidente de un gobierno revolucionario- el sistema electoral es un algo abstracto que sucede alejado y extraño a la ideología política en el poder.
Por otro lado, la gente comenzó a votar por la izquierda decepcionada por los errores de la derecha, pero a todas luces trasluce que la solución que acepta Ramírez debe provenir de la misma derecha reconfeccionada, tal vez haciendo alarde -o de verdad verdad- con un capitalismo no tan devorador sino de rostro humano, el mismo que promueve la derecha liberal del tipo Soros (devorador él mismo de capital financiero), con los buenos ejemplos que dan los Yunus, y hasta los Al Gore. Todo ellos que saben hacer mucho dinero y además se preocupan por el mundo. Pero de la izquierda como se ve no es posible esperar solución alguna porque quiere sustituir y arramblar con lo conocido cuando no hay sino un solo modelo capaz de funcionar, que basta con someterlo a unos afeites pero en ningún caso y bajo ningún concepto sustituir. El modelo normal nos espera cuando queramos ser normales.
Pedro Susz en el libro citado arriba nos permite refrescarle la memoria a Sergio Ramírez, afectada por 20 años de neoliberalismo campante cuando el crítico boliviano constata “la palmaria evidencia histórica del modo como la expansión colonial frenó el desarrollo de los países colonizados, circunstancia agravada hoy por la succión incesante de recursos de los países mundializados en el orden impuesto por las trasnacionales” (211-212). La “realidad” de Ramírez pretende negar esta palmaria evidencia, aceptando lo real, el liberalismo burgués, como “destino manifiesto”, tal una verdad incontestable.
8. Según Ramírez el problema no es la economía de mercado sino la “sociedad de mercados” que nace de la falta de argumentos de la izquierda para oponerse al mercado.
9. Si los pueblos eligen la izquierda por estar cansados de los fracasos de la derecha, volverán a la derecha cansados de la izquierda, pero entonces necesitan encontrar el país tal como ellos lo dejaron. Esta idea es de una ingenuidad pasmosa, pero eso es lo que uno logra inferir.
Además, los errores de la izquierda son presumibles, esperables, toda vez que, según Ramírez, los ideales revolucionarios, esos sueños desmelenados de juventud, no se comparecen con la realidad. El romanticismo, dice explícitamente, nada tiene que ver con la realidad, rancio argumento conservador, por demás.
A propósito leamos este comentario de Chomsky tomado del libro ya citado: “Las razones reales del «empeño» en destruir el régimen sandinista no tienen nada que ver con las acusaciones aducidas, sean válidas o sencillamente inventadas. Esto es bastante obvio. Las razones reales se pueden explicar a partir de otras bases: por el temor al éxito de Nicaragua. Lo que inspira un temor real es el informe de Oxfam acerca de los logros sandinistas en el campo social (capítulo primero, sección segunda), y no los tanques. Los motivos reales se basan en un razonamiento que el presidente Wilson consideraba «incuestionable»: los intereses latinoamericanos son «un incidente, no un fin». Lo verdaderamente importante es el interés estadounidense en sentido estricto: «la protección de nuestras materias primas», la «quinta libertad». Así pues, debemos preocuparnos profundamente cuando algún grupo se infecta a causa de la herejía detectada por los servicios secretos estadounidenses: «la idea de que el gobierno tiene responsabilidad directa en el bienestar de la población», lo que la teología política norteamericana define como «comunismo» en nuestras posesiones del Tercer Mundo, sean cuales fueren las lealtades y compromisos de sus partidarios” (132-133). Cualquier parecido con la campaña contra el gobierno de Chávez no deja de ser una comparación insidiosa.
10. Sobre las componendas de Ortega con Alemán y la descomposición del Frente Sandinista o sobre la situación actual de Nicaragua no tengo ningún comentario. No la conozco ni la he seguido de cerca. De todos modos no aporta nada a lo que quiero mostrar y en cambio, dado el interés inocultable de Ramírez de formar parte de la exorbitante cantidad de voceros del liberalismo que tienen como misión desacreditar la opción de izquierda en Latinoamérica, me llena de nuevas dudas y recelos, de interés.
11. Ramírez aborda “casualmente”, de pasada, como quien está pensando en eso y qué coincidencia –como en aquel fragmento de La cantante calva- las matrices de opinión nacional e internacional sobre el gobierno de Chávez; a saber:
a) Autoritarismo, a partir de la reelección “sin fronteras”. Ahí está el buen ejemplo de Lula diciendo que no se piensa reelegir. No dice Ramírez que tampoco tiene mucho chance de ganar y la verdad que ni para qué. Lula, el pequeño izquierdista amasado (a palos) por el poder del Estado brasileño, que no va a renunciar por un affaire popular a un escaño en el Grupo de los más poderosos. Lula sirvió pese a todo para tonificar el discurso en torno a las operaciones parapoliciales en las favelas, aplacar los gritos de los más débiles dilatando el cumplimiento de la esperanza, restar poder por la vía de la contaminación gubernamental y la desarticulación de los restos movimentales –si los había- del PT, pero, sobre todo, a los Sin Tierra.
b) Autoritarismo también por la vía de “un solo partido”. No cuenta el hecho de que los “otros partidos” no tengan respaldo popular o de electores, sólo el mediático. Que la mayoría que dicen tener (aquí afirman que llega al 80%) no se refrende en la realidad, que intenten ocultar su inexistencia con la patraña de un país sin oportunidades políticas, asediado por persecuciones y violencia “oficialista”.
Cualquier observador imparcial desde Berlusconi para acá sabe que la política en Occidente pasa por y se queda en los medios de comunicación. Sólo que en Venezuela la receta no se cumplió pese a las aspiraciones de Cisneros (hay que incluir en su precampaña trunca y descosida el libro de memorias prologado por el escritor liberal Carlos Fuentes) y Marcel Graniel.
Sobre el partido único y el autoritarismo encontré el siguiente comentario de Pedro Susz a propósito de unas ideas de Alain Finkielkraut. "No existe -dice el filósofo francés- en la lógica de la identidad lugar para el individuo. El gobierno de partido único es la traducción política más adecuada del concepto de identidad cultural". Al apartarse -comenta ahora Susz- de la idea del pacto social como resultado del acuerdo libre de los individuos poseedores de los derechos universales, introduciendo el venenoso criterio de los derechos colectivos o de la noción de lo colectivo en sí: "Los movimientos -sigue Finkielkraut- de liberación han secretado unos regímenes de opresión con una regularidad sin excepciones, precisamente porque, a ejemplo del romanticismo político, han fundado las relaciones interhumanas en el modelo místico de la fusión, y no en el -jurídico- del contrato, y han concebido la libertad como un atributo colectivo, nunca como una propiedad -cursiva de Susz- individual. ¡Ya está!: en el mismo momento en que se devuelve al otro hombre su cultura, se le quita su libertad... semejante xenofilia conduce a privar a las antiguas posesiones de Europa de la experiencia democrárica europea" (192). Finkielkraut y Ramírez, como vemos en la conferencia, coinciden punto por punto. Y en resumen, si nos afirmamos en nuestra identidad, si seguimos creyendo que la libertad es un asunto colectivo, seremos perdidamente unos románticos y nos estaremos perdiendo de la democracia tal como la concibe la Europa y Norteamérica ilustradas. Según Finkielkraut "el laicisimo, la identidad, la descolonización y la diversidad son pues los grandes encausados, por culpables, del desorden contemporáneo del mundo". Anormalidades, diría Ramírez.
c) Reforma constitucional para mantenerse en el poder.
d) Reducción de la jornada laboral, un ideal romántico que no se comparece con las exigencias de la realidad. Ramírez dixit.
12. ¿A quién le habló Sergio Ramírez? En su mayoría, a un auditorio púber, en lo ideológico, en lo político e incluso en lo histórico, para quien de seguro la expresión hace una década le debe sonar a prehistoria (lo que le permite a Ramírez manipular los hechos creando una history en la que a nada hiede la intervención norteamericana) auditorio sobrealimentado con las consignas televisadas de la oposición que se desgañita a toda hora en contra del autoritarismo, el partido único, la reforma y la reducción de la jornada laboral (los tópicos por los que sobrevoló la conferencia de Sergio Ramírez, por cierto), sin contar las críticas de conjunto como esa de que los proyectos de izquierda son idealistas, que la realidad los aplasta (la realidad se llama capitalismo, sociedad de mercado global, por si las dudas), que no hay futuro por esa vía, que el futuro está en la derecha y su promesa de bienestar y prosperidad. Keynes redivivo.











