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Archivos de: Octubre 2007, 20

Comentarios a la conferencia de Sergio Ramírez

por joseleon71 @ Sábado, 20. Oct, 2007 - 10:06:29 pm

Ver: Nicaragua: ¿De cuál dictadura nos hablan?

"En el mismo momento en que los apóstoles del neoliberalismo pretenden discutir realmente es el terreno académico es casi imposible que no hagan el ridículo".
Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero (2006) Comprender Venezuela, pensar la democracia. El Perro y la Rana. Caracas, Venezuela.

Comentarios a la Conferencia Perspectivas de la izquierda en América Latina, del escritor Sergio Ramírez en la Universidad Cecilio Acosta –UNICA- en la ciudad de Maracaibo el 17 de octubre de 2007)

1. Situación, digamos, ontológica de América Latina según Ramírez: América Latina es “anormal”. Si el proyecto democrático liberal ocurriera sin sobresaltos entonces sí sería normal, esto es si se adoptara sin réplica “por todos y en todas partes” el “constitucionalismo americano” no cabrían enojosas anormalidades. Ramírez, miope, quiere negar a propósito que el proyecto liberal no puede ser ni pudo ser trasplantado en nuestras tierras, en nosotros, que lo hemos rechazado siempre, y que cuando hemos querido hacer otra cosa, el empeño por aplastarlo ha sido tal, la muerte tanta, como ocurrió en Nicaragua, precisamente.

2. Los escritores latinoamericanos –parece decir Ramírez- escriben anormalidades o viven de “nuestra” miseria, de nuestro tercermundismo. Si el proyecto de democracia liberal burguesa no se enfrentara a nuestra resistencia, si no le hiciéramos frente, si fuéramos lo que no somos, entonces la literatura latinoamericana no existiría. Si fuéramos una democracia normal, pueblos normales, no habría literatura. La teoría literaria de Ramírez es por lo menos pintoresca.
“América Latina se vería obligada -dice Josefina Ludmer citada por Pedro Susz (2005) en La diversidad asediada (Plural, Bolivia)- a quemar años de su historia para entrar en un orden y un ritmo, una temporalidad trasnacional diferente. El salto dejaría un resto histórico, un futuro nacional que no fue. La cultura transforma ese resto en temporalidad perdida porque salta a otro futuro, que es el presente de la temporalidad transnacional” (219).

3. Elogia Ramírez la revolución, para que no quede duda de que es o “fue” un apasionado de la misma. Que no se dude, pues de lo contrario el efecto de descontento y frustración no tendrá la misma dimensión, ni surtirá el mismo efecto. (Le habla a estudiantes universitarios que no pueden sino responder a la tiranía con desafueros de libertad). Si me importó un bledo la revolución aunque estuviera en el gobierno (por cierto, se alió para derrocar a Somoza con la Iglesia y lo empresarios) poco importa que ahora reniegue, igual renegué al principio. Pero no, lo dramático del asunto es el drama del desengaño. Somos caribeños y nos despechamos con el despechado. Nada mejor que conmovernos con el despecho, a nosotros que estamos comenzando a enamorarnos. No te enamores, sufrirás. Es demasiado hermosa para ser real. Detente sombra de mi bien esquivo.

4. La Revolución Sandinista fue derrotada electoralmente, pero no cuenta la guerra; aunque sí, un poco. Ramírez afirma que la gente, cansada de la guerra, fue a votar y votó por una mujer (¿se acuerdan de Irene Sáez?) que les traería la paz. Dice Ramírez que el pueblo votó para sacar a los sandinistas porque de lo contrario no habría paz. Podemos preguntar, ¿por qué no votó que se fueran los contras? Desde la perspectiva de Ramírez eran los sandinistas el motivo de la violencia, y el ejército revolucionario se enfrentaba a los contrarrevolucionarios, quienes de alguna manera fungieron de propagandistas de la llegada de “Doña Violeta de Chamorro” –como de Uribe en Colombia, si a ver vamos-, un gobierno “diferente” –con el beneplácito de los EEUU, virtual ganador de la Guerra Fría- que traería, ya dijimos, la paz.
Ramírez habla de estas elecciones como si los diez años de guerra no existieran, como si el proceso eleccionario hubiera sido un incidente normal, elegir y sustituir un gobierno por otro. Además, no deja de afirmar que el gobierno que se iba aunque aspiraba a la justicia social, no se avenía con el modelo de democracia liberal. Sería interesante averiguar in extenso el concepto de justicia social del narrador Sergio Ramírez, pues le parece incompatible con la democracia. Aquí en Venezuela, por cierto, se introdujo ese sospechoso concepto cuando leemos en el artículo 2 de la Constitución del 99: “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”.
Otro modo de explicar el razonamiento de Ramírez es decir que está equivocado, que los sandinistas fueron sacados del poder por las armas, que los votos por Doña Chamorro fueron provocados por balas contrarias a la paz, votos coaccionados, votos amenazados, balas por urnas. Igual que los votos centroamericanos de hoy son chantajeados por los capitalistas del norte que contratan a los nuevos braceros que hacen el trabajo que los blancos anglosajones no hacen, no harán. Les pagan con dólares y con leyes de migración que los hacen aceptar entre otras cosas cualquier empleo en las condiciones que sea con cualquier paga, de todos modos un dólar (escondido, a todo riesgo, ilegal y para la familia) no se compara con sus devaluadas monedas nacionales, incluso dolarizadas. Ello compensa la desazón, los miedos. Además, ahí está la guerra, e ingresar al ejército patriota norteamericano es, qué duda cabe, un golpe de suerte.

6. Edgar Chamorro escribió en 1982 algunas de las razones por las que el pueblo de Nicaragua “sacó” –según Ramírez- a los sandinistas del poder: la guerra “ha dejado tras de sí más de 12.000 nicaragüenses muertos, 50.000 heridos y a 30.0000 sin hogar”. Los contras “podrían llegar a una población indefensa, reunir a todos sus habitantes en la plaza del pueblo y proceder a continuación a asesinar –en presencia de todo el mundo- a todas las personas que trabajasen para el gobierno nicaragüense, incluyendo policías, miembros de la milicia local, miembros del partido, personal sanitario, maestros y granjeros; acciones –dice Noam Chomsky (1988) en La quinta libertad (Crítica, Barcelona) “que se llevan a cabo en las cooperativas gubernamentales y que “facilitan la tarea –dice Chamorro- de persuadir a quienes conservan la vida para que se unan” a las fuerzas de la contra. En la misma declaración jurada –dice Chomsky- afirmó que la CIA había aconsejado al FDN “asesinar, raptar, robar y torturar”, así como que había recibido fondos de la CIA para sobornar a 15 periodistas hondureños a fin de que escribieran artículos a favor de la contra e instando al derrocamiento del gobierno sandinista” (27-28).
Por cierto, cualquier parecido con los paras colombianos es mera aterradora coincidencia.

7. A pesar de que el neoliberalismo trajo más y más pobreza para los pobres y más riqueza para los ricos, aunque los Estados se hacían ricos en medio de la pobreza general, la gente votaba. Según Ramírez –que la obvia- la abstención gigantesca en procesos eleccionarios latinoamericanos no es un indicador de la crisis del sistema de la democracia representativa. Que la gente no acuda a votar se lee interesadamente como que quiere una salida de fuerza, que está ansiando una dictadura o simplemente tiene en baja estima la democracia. Al contrario, podemos leer que está asqueada con las elecciones –esa farsa- porque se trata de una “democracia” mentirosa, en realidad ha podido intuir o detectar que se trata ni más ni menos que de una dictadura del capital, que practica el terrorismo de Estado y niega a los pobres, a las mayorías las más elementales libertades.
Para Ramírez, desde su burbuja, todo estaba bien por esa parte, pues la gente votaba, sólo que empezó a votar por partidos de izquierda. Eso también le parece normal, pero sólo si dichos partidos se ajustan a las normas “democráticas” diseñadas por la derecha. No aceptarlas sí que está mal porque son éstas las normas “normales”. Para Ramírez –ex vicepresidente de un gobierno revolucionario- el sistema electoral es un algo abstracto que sucede alejado y extraño a la ideología política en el poder.
Por otro lado, la gente comenzó a votar por la izquierda decepcionada por los errores de la derecha, pero a todas luces trasluce que la solución que acepta Ramírez debe provenir de la misma derecha reconfeccionada, tal vez haciendo alarde -o de verdad verdad- con un capitalismo no tan devorador sino de rostro humano, el mismo que promueve la derecha liberal del tipo Soros (devorador él mismo de capital financiero), con los buenos ejemplos que dan los Yunus, y hasta los Al Gore. Todo ellos que saben hacer mucho dinero y además se preocupan por el mundo. Pero de la izquierda como se ve no es posible esperar solución alguna porque quiere sustituir y arramblar con lo conocido cuando no hay sino un solo modelo capaz de funcionar, que basta con someterlo a unos afeites pero en ningún caso y bajo ningún concepto sustituir. El modelo normal nos espera cuando queramos ser normales.
Pedro Susz en el libro citado arriba nos permite refrescarle la memoria a Sergio Ramírez, afectada por 20 años de neoliberalismo campante cuando el crítico boliviano constata “la palmaria evidencia histórica del modo como la expansión colonial frenó el desarrollo de los países colonizados, circunstancia agravada hoy por la succión incesante de recursos de los países mundializados en el orden impuesto por las trasnacionales” (211-212). La “realidad” de Ramírez pretende negar esta palmaria evidencia, aceptando lo real, el liberalismo burgués, como “destino manifiesto”, tal una verdad incontestable.

8. Según Ramírez el problema no es la economía de mercado sino la “sociedad de mercados” que nace de la falta de argumentos de la izquierda para oponerse al mercado.

9. Si los pueblos eligen la izquierda por estar cansados de los fracasos de la derecha, volverán a la derecha cansados de la izquierda, pero entonces necesitan encontrar el país tal como ellos lo dejaron. Esta idea es de una ingenuidad pasmosa, pero eso es lo que uno logra inferir.
Además, los errores de la izquierda son presumibles, esperables, toda vez que, según Ramírez, los ideales revolucionarios, esos sueños desmelenados de juventud, no se comparecen con la realidad. El romanticismo, dice explícitamente, nada tiene que ver con la realidad, rancio argumento conservador, por demás.
A propósito leamos este comentario de Chomsky tomado del libro ya citado: “Las razones reales del «empeño» en destruir el régimen sandinista no tienen nada que ver con las acusaciones aducidas, sean válidas o sencillamente inventadas. Esto es bastante obvio. Las razones reales se pueden explicar a partir de otras bases: por el temor al éxito de Nicaragua. Lo que inspira un temor real es el informe de Oxfam acerca de los logros sandinistas en el campo social (capítulo primero, sección segunda), y no los tanques. Los motivos reales se basan en un razonamiento que el presidente Wilson consideraba «incuestionable»: los intereses latinoamericanos son «un incidente, no un fin». Lo verdaderamente importante es el interés estadounidense en sentido estricto: «la protección de nuestras materias primas», la «quinta libertad». Así pues, debemos preocuparnos profundamente cuando algún grupo se infecta a causa de la herejía detectada por los servicios secretos estadounidenses: «la idea de que el gobierno tiene responsabilidad directa en el bienestar de la población», lo que la teología política norteamericana define como «comunismo» en nuestras posesiones del Tercer Mundo, sean cuales fueren las lealtades y compromisos de sus partidarios” (132-133). Cualquier parecido con la campaña contra el gobierno de Chávez no deja de ser una comparación insidiosa.

10. Sobre las componendas de Ortega con Alemán y la descomposición del Frente Sandinista o sobre la situación actual de Nicaragua no tengo ningún comentario. No la conozco ni la he seguido de cerca. De todos modos no aporta nada a lo que quiero mostrar y en cambio, dado el interés inocultable de Ramírez de formar parte de la exorbitante cantidad de voceros del liberalismo que tienen como misión desacreditar la opción de izquierda en Latinoamérica, me llena de nuevas dudas y recelos, de interés.

11. Ramírez aborda “casualmente”, de pasada, como quien está pensando en eso y qué coincidencia –como en aquel fragmento de La cantante calva- las matrices de opinión nacional e internacional sobre el gobierno de Chávez; a saber:

a) Autoritarismo, a partir de la reelección “sin fronteras”. Ahí está el buen ejemplo de Lula diciendo que no se piensa reelegir. No dice Ramírez que tampoco tiene mucho chance de ganar y la verdad que ni para qué. Lula, el pequeño izquierdista amasado (a palos) por el poder del Estado brasileño, que no va a renunciar por un affaire popular a un escaño en el Grupo de los más poderosos. Lula sirvió pese a todo para tonificar el discurso en torno a las operaciones parapoliciales en las favelas, aplacar los gritos de los más débiles dilatando el cumplimiento de la esperanza, restar poder por la vía de la contaminación gubernamental y la desarticulación de los restos movimentales –si los había- del PT, pero, sobre todo, a los Sin Tierra.

b) Autoritarismo también por la vía de “un solo partido”. No cuenta el hecho de que los “otros partidos” no tengan respaldo popular o de electores, sólo el mediático. Que la mayoría que dicen tener (aquí afirman que llega al 80%) no se refrende en la realidad, que intenten ocultar su inexistencia con la patraña de un país sin oportunidades políticas, asediado por persecuciones y violencia “oficialista”.
Cualquier observador imparcial desde Berlusconi para acá sabe que la política en Occidente pasa por y se queda en los medios de comunicación. Sólo que en Venezuela la receta no se cumplió pese a las aspiraciones de Cisneros (hay que incluir en su precampaña trunca y descosida el libro de memorias prologado por el escritor liberal Carlos Fuentes) y Marcel Graniel.
Sobre el partido único y el autoritarismo encontré el siguiente comentario de Pedro Susz a propósito de unas ideas de Alain Finkielkraut. "No existe -dice el filósofo francés- en la lógica de la identidad lugar para el individuo. El gobierno de partido único es la traducción política más adecuada del concepto de identidad cultural". Al apartarse -comenta ahora Susz- de la idea del pacto social como resultado del acuerdo libre de los individuos poseedores de los derechos universales, introduciendo el venenoso criterio de los derechos colectivos o de la noción de lo colectivo en sí: "Los movimientos -sigue Finkielkraut- de liberación han secretado unos regímenes de opresión con una regularidad sin excepciones, precisamente porque, a ejemplo del romanticismo político, han fundado las relaciones interhumanas en el modelo místico de la fusión, y no en el -jurídico- del contrato, y han concebido la libertad como un atributo colectivo, nunca como una propiedad -cursiva de Susz- individual. ¡Ya está!: en el mismo momento en que se devuelve al otro hombre su cultura, se le quita su libertad... semejante xenofilia conduce a privar a las antiguas posesiones de Europa de la experiencia democrárica europea" (192). Finkielkraut y Ramírez, como vemos en la conferencia, coinciden punto por punto. Y en resumen, si nos afirmamos en nuestra identidad, si seguimos creyendo que la libertad es un asunto colectivo, seremos perdidamente unos románticos y nos estaremos perdiendo de la democracia tal como la concibe la Europa y Norteamérica ilustradas. Según Finkielkraut "el laicisimo, la identidad, la descolonización y la diversidad son pues los grandes encausados, por culpables, del desorden contemporáneo del mundo". Anormalidades, diría Ramírez.

c) Reforma constitucional para mantenerse en el poder.

d) Reducción de la jornada laboral, un ideal romántico que no se comparece con las exigencias de la realidad. Ramírez dixit.

12. ¿A quién le habló Sergio Ramírez? En su mayoría, a un auditorio púber, en lo ideológico, en lo político e incluso en lo histórico, para quien de seguro la expresión hace una década le debe sonar a prehistoria (lo que le permite a Ramírez manipular los hechos creando una history en la que a nada hiede la intervención norteamericana) auditorio sobrealimentado con las consignas televisadas de la oposición que se desgañita a toda hora en contra del autoritarismo, el partido único, la reforma y la reducción de la jornada laboral (los tópicos por los que sobrevoló la conferencia de Sergio Ramírez, por cierto), sin contar las críticas de conjunto como esa de que los proyectos de izquierda son idealistas, que la realidad los aplasta (la realidad se llama capitalismo, sociedad de mercado global, por si las dudas), que no hay futuro por esa vía, que el futuro está en la derecha y su promesa de bienestar y prosperidad. Keynes redivivo.


 
 

La izquierda según Sergio Ramírez

por joseleon71 @ Sábado, 20. Oct, 2007 - 09:47:04 pm

Perspectivas de la izquierda en América Latina

(Conferencia de Sergio Ramírez en la Universidad Cecilio Acosta –UNICA- en la ciudad de Maracaibo el 17 de octubre de 2007)
Trascripción.-

Como se ha querido reflexionar sobre lo que ocurre hoy en América Latina quisiera enterarlos primero de mi perspectiva. Yo salí de la vida militante política en el año 1996, después de una larga historia vinculada a la lucha por derrocar a la dictadura de la familia Somoza, mi participación en el gobierno revolucionario tras el triunfo de la revolución en el año de 1979, primero como miembro de la Junta de Gobierno que depuso a Somoza y luego como Vicepresidente por cinco años hasta la derrota del Frente Sandinista en 1990, cuando yo pasé a la vida parlamentaria como jefe de bancada del Frente Sandinista, como partido de oposición. Y luego un grupo de miembros de estos partidos salimos a fundar un partido diferente, el Movimiento Renovador Sandinista, con el cual yo me presenté como candidato presidencial a las elecciones del año 1996, que obviamente no gané, y esa fue mi última actuación digamos en la vida política activa, y entré o regresé definitivamente a la carrera que yo había abandonado por la revolución, y es mi carrera de escritor a la cual yo estoy consagrado.
En 1996, me gusta repetirlo, yo descubrí que tenía más lectores que electores, de manera que volví a mi vieja carrera de escritor y las reflexiones que ustedes van a escuchar son las reflexiones de un escritor y no de un político. A mí siempre me gusta decir también que la vida de América Latina está llena de anormalidades, y que los escritores vivimos de las anormalidades. Si América Latina fuera un continente normal en términos de la vida institucional, si los gobiernos se sucedieran democráticamente unos a otros, si hubiera verdadera alternabilidad, si un gobierno no llegara a destruir lo que otro hizo, si hubiera proyectos de nación en nuestros países, si se respetaran los derechos democráticos, las libertades públicas, los derechos humanos, si los niveles de ingreso de los ciudadanos correspondiera a la riqueza de nuestros países, si no hubieran tantos abismos e injusticias sociales, tantos desajustes y desigualdades económicas y por tanto, tanta miseria, los escritores en América Latina nos quedaríamos sin oficio, porque siempre en América Latina las novelas se escriben obviamente sobre las vidas privadas de la gente, pero en América Latina es imposible desligar las vidas privadas de los grandes fenómenos de la vida pública y más teñido en nuestros países de esto que estoy describiendo y que yo llamo anormalidades. No hay mejor escenario para un novelista, el peor escenario para una persona, que las erupciones de la vida pública, o revoluciones o dictaduras, muertes, exilios, que colocan a las gentes en escenarios ajenos, en escenarios que no les han correspondido, y entonces entran en este dramatismo que es lo que hacen las novelas en América Latina.
Ese es mi prólogo, las palabras que yo pudiera decir desde mi perspectiva de escritor que opina sobre política porque no me refugio en la escritura como una manera de decir “no opino, yo estoy dedicado a escribir, nada más a escribir”, eso significaría bajar la persiana, quedarse en la oscuridad y nadie puede escribir en la oscuridad. Uno tiene que comunicarse con la realidad, con lo que el continente está viviendo, y yo soy un apasionado en este sentido de la América Latina tal como ya la veo, tal como yo la siento.
Definirse como latinoamericano tampoco es fácil, el método que yo tengo es decir “yo soy primero nicaragüense, después soy centroamericano, después soy del Caribe y por último soy latinoamericano”, como quien deja caer una piedra que abre círculos concéntricos y en el primer círculo obviamente tengo que ser nicaragüense para poder ser por fin latinoamericano y entender los grandes contrastes, los grandes abismos que se abren en los países latinoamericanos.
A mi me tocó vivir la última de las revoluciones en América Latina en el siglo XX, la Revolución Sandinista que triunfó el 19 de julio de 1979, la otra revolución –armada-triunfante del siglo XX fue la Revolución Cubana 20 años atrás, el 1º de enero de 1959, entonces a estos dos fenómenos, sociales, económicos, políticos, de enorme trascendencia, los separan 20 años. No volvió a haber otra revolución ya en el siglo XX. Y la caída, digamos, de la Revolución Sandinista… quizá a muchos de ustedes les voy a hablar de un pasado muy lejano, los que nacieron en 1980, 1985, los que nacieron en 1990, ya deberán ver este fenómeno de la Revolución Sandinista como un hecho muy lejano del pasado, se los cuentan sus padres, y algunos de ustedes seguramente sus abuelos.
Pero fue un hecho muy trascendental, no sólo para Nicaragua sino en mi vida. A mi me gusta decir a veces que me siento angustiado de sólo pensar que si hubiese nacido un poco antes o un poco después me hubiera perdido el fenómeno de la Revolución Sandinista. Para un ser humano vivir una revolución, para un ser humano interesado en los cambios profundos de América Latina, en la justicia tal como muchos de nosotros la entendemos, vivir una revolución es una experiencia inapreciable, y por eso yo así la considero como la parte esencial de mi vida y quizá lo mejor que me ha ocurrido en la vida pese a los desengaños y desencantos que un proceso revolucionario después de diez años de estar metido en él, y de una derrota electoral, como salió el Frente Sandinista del poder, a través de una derrota electoral, trae en la vida de quien se ha metido a fondo, de cabeza a vivir esa revolución con un compromiso total.
En aquel tiempo –como dicen los Evangelios-, en aquel tiempo la palabra compromiso era muy importante, hoy es una palabra devaluada, los compromisos se dan alrededor de proyectos de vida que eran también proyectos políticos. Cambiar la sociedad, cambiar el mundo, cambiarlo a fondo, y comprometer la propia vida en ese proyecto. Los que llegamos al poder en 1979 en Nicaragua éramos sobrevivientes, es decir, todos los que habían intentado la revolución habían muerto, y entonces llegamos los de tercera y cuarta fila, los que quedábamos. Ese dramatismo de tantas vidas sacrificadas demuestra cómo lo que animaba a los revolucionarios de aquel 1979 en Nicaragua era un verdadero compromiso, pero ¿en qué circunstancia es derrotada la revolución? La revolución es derrotada tras una larga guerra del Frente Sandinista en el poder en contra de un ejército contrarrevolucionario financiado por el gobierno de la administración Reagan, por el gobierno de los Estados Unidos, una guerra que destruyó totalmente al país, destruyó sus posibilidades ya no digamos de crecimiento sino de sobrevivencia. De manera que para mucha gente a la hora de ir a votar en las elecciones de 1990 la solución que encontró fue sacar al Frente Sandinista del poder para que pudiera llegar la paz, y por eso votaron por una mujer, votaron por Doña Violeta de Chamorro, que ganó las elecciones de 1990. Fue una situación verdaderamente dramática, que en el momento que ocurrió significó para muchos de los que estábamos a la cabeza del proceso revolucionario una verdadera tragedia. Es decir, una revolución que había triunfado por las armas, que había derrotado a una dictadura sanguinaria de medio siglo, una lucha que costó muchos muertos, que tuviera que salir derrotada en unas elecciones. Mi reflexión posterior -yo escribí todo un libro sobre mi experiencia en la revolución que se llama Adiós muchachos, que precisamente ahora va a aparecer en una nueva edición publicada por la editorial Alfaguara-, mi reflexión posterior fue: una revolución que triunfó por las armas y se retira del poder porque el pueblo lo decide así por los votos, es un verdadero triunfo de esa revolución. No cumplir con lo que se empeñó, porque la revolución en Nicaragua se empeñó en la justicia social, en la justicia económica, y no en un sistema democrático de alternabilidad en el poder, de libertades públicas, eso lo dejábamos atrás, lo que queríamos era la justicia social, y de repente viene y es el pueblo el que corrige la plana de la revolución y la revolución se somete a la voluntad popular, los electores dicen no, hasta aquí, ustedes van a su casa, ahora viene un gobierno diferente, y esto es también fruto de la revolución. Es decir, haber podido aceptar un sistema democrático que fuera capaz de quitar al gobierno revolucionario del poder, eso a mí me parece trascendental, y es uno de los pilares sobre los cuales hoy descansa el maltrecho sistema democrático en Nicaragua, que vive bajo muchos acosos. El acoso del caudillismo, en primer lugar.
Pero cuando la revolución es derrotada en las urnas en 1990 el mundo está cambiando profundamente, y quizá es una de las cosas que nosotros no pudimos advertir, nosotros estábamos jugando en la Guerra Fría, sin considerarnos una pieza esencial dentro del juego de la Guerra Fría pero al fin y al cabo, si las armas del Ejército Sandinista las proveía la Unión Soviética, el petróleo, las materias primas, las importaciones esenciales, las armas para librar esa guerra, como dije, y por el otro la Administración del presidente Reagan, proveía las armas y los suministros de materiales al ejército contrarrevolucionario, quisiéramos o no quisiéramos nosotros estábamos dentro de la Guerra Fría. Y cuando la revolución pierde las elecciones en 1990 uno de los grandes polos de la Guerra Fría, que era el polo soviético, se está disolviendo. Como algo paralelo, pero se está disolviendo.
En 1989, cuando nosotros estamos cerrando la campaña electoral porque las elecciones se celebraron el 10 de enero, en enero o febrero de 1990, en cierre de campaña electoral cae el muro de Berlín, en 1989, que significa ya la señal definitiva de que el mundo soviético compuesto por la Unión Soviética y los países de Europa Oriental se está deshaciendo. Desde la llegada de Gorbachov al poder advierte al gobierno de Nicaragua que la Unión Soviética no puede seguir soportando el esfuerzo de guerra y quizá no pueda seguir dando los suministros que hasta entonces ha dado, que Nicaragua tiene que buscar un entendimiento con los Estados Unidos. Es política nueva de un gobernante de la Unión Soviética que quiere deshacerse de los ligamientos del pasado. Y digo esto porque coincide con la llegada de la década de 1990, cuando los filósofos del capitalismo anuncian el fin de la historia, es decir, Fukuyama, en su famoso libro sobre el fin de la historia publicado a comienzos de la década de los 90, proclama con gran solemnidad desde las cátedras universitarias de EEUU que llegó el fin de la historia, que llegó y eso significa que llegó el triunfo definitivo del mercado, que la economía de mercado está indisolublemente ligada a la democracia, y que barrer con los regímenes autoritarios o de un solo partido significa el triunfo de la democracia y el triunfo de la economía de mercado. Y eso para América Latina viene a significar la promesa de que la democracia representativa más economía de mercado da prosperidad económica. Y prosperidad económica inmediata.
Es decir, que si la década de los 80 fue la década perdida, como se le llamó, la década de los 90 va a ser la década del rescate, de la prosperidad económica y de la democracia. Y se vuelve a usar esta vieja figura que dice que en una economía de mercado cuando los barcos grandes suben en la bahía porque sube la corriente marina y sube el agua, también suben los barcos chiquitos. Y si es cierto que los grandes capitales se van a beneficiar con la economía de mercado, también los pequeñitos, los botecitos que están allí al lado, cuando suba el agua, también van a beneficiarse. Esto, como ustedes han visto, ha resultado una falacia.
América Latina probó a lo largo de los años 90, toda la década, a elegir gobiernos de derecha, porque economía de mercado más democracia significaba gobiernos de derecha, mientras los gobiernos de izquierda y los partidos de izquierda quedaban proscritos e indefensos. Ningún partido de izquierda podía alegar nada contra la economía de mercado, no tenía argumentos, y esto hizo que de la economía de mercado comenzara a evolucionar hacia esto que (XXX) uno de los dirigentes del Partido Socialista francés llamó la evolución hacia las sociedades de mercado, que es diferente. Es decir, una economía de mercado puede responder a los impulsos esenciales del ser humano, de competir en todos los niveles, pequeñas y medianas empresas, la libertad de precio, la competencia la oferta y la demanda, pero convertir la libre oferta y la demanda en sociedad de mercado, que sea la sociedad organizada políticamente la que se rija por las leyes del mercado ese es un salto ya de otro tipo y es lo que viene a confirmar el fracaso de este modelo, un fracaso que no es teórico, un fracaso que se demostró a finales de la década de los 90 y a comienzo del año 2000, cuando el electorado que había aprendido a elegir y había rigurosamente ido a votar por las opciones conservadoras, de repente comienza a elegir gobiernos de otro signo político. Es decir, pienso yo, bajo la presión y la provocación del desencanto, de la frustración, de ver que en esta década de recuperación de los años 90 en América Latina, mientras es cierto que las economías de desarrollaban, mientras que se habían dado procesos brutales de privatización de las empresas públicas, puestas al peor postor y vendidas como decimos en Nicaragua a precios de water mojado, es decir, a precios muy baratos, había creado grandes fortunas en América Latina pero los pobres no dejaban de ser pobres, los pobres se volvían cada vez más pobres. Y esto eran evidencias que estaban en todos los registros económicos del Fondo Monetario, del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo, los ricos se habían hecho más ricos y los pobres cada vez más pobres.
Pero la democracia representativa había funcionado. La gente había aprendido a ir a votar, la gente elegía, y de repente empezó a elegir opciones diferentes. Y este fenómeno con que de pronto nos encontramos, fenómeno de cambio político radical, no a través de revoluciones armadas como 1979 en Nicaragua, sino a través del voto popular.
En Chile, en Brasil, en Argentina, en Uruguay, en Bolivia, en Ecuador y en Venezuela. No podemos hacer una suma homogénea de todas estas experiencias, son absolutamente diferentes, y que si tienen un vínculo es la frustración y el agotamiento de los sistemas políticos. Los sistemas políticos tradicionales se agotan, se deshacen en escombros, quedan grandes vacíos institucionales en algunos países que yo estoy mencionando y en otros comienzan a surgir opciones que hasta entonces no tenían legitimidad ni tenía fuerza, que eran la de los partidos sostenidos por ideologías indigenistas, o indígenas, o como en el caso de Brasil un dirigente sindical que llegaba al poder tras muchas veces intentarlo…
Digo esto porque quiero marcar desde ahora la diferencia, nada tiene que ver Lula Da Silva con Evo Morales, así como Evo Morales nada tiene que ver con Kichner, ni Daniel Ortega en Nicaragua tiene nada que ver con la señora Bachelet. Son fenómenos y experiencias que obedecen a circunstancias y experiencias particulares de cada país, muy diferentes, aunque la ola que se produce si tiene rasgos homogéneos, la ola que cambia en términos ideológicos el signo de los gobiernos de América Latina.
Si los electores habían decidido primero elegir gobiernos de derecha bajo la promesa de la prosperidad económica inmediata, y después comienzan a elegir gobiernos de otro signo, pues este es un derecho de los electores, y me parece que nada puede alegarse contra este derecho de los electores. Hasta aquí me parece que el cuadro, para mí, no debe presentar ni angustias, ni sorpresas, ni sustos, de ver como los electorados cambian de signo. Pero el problema comienza a darse cuando los proyectos que en términos políticos se presentan a los electorados comienzan a hablar de alterar las reglas del juego democrático, y es allí cuando aparecen, cuando entramos en un riesgo en América Latina como nunca antes se había vivido, es decir, la legitimación de formas de poder que eliminan la alternabilidad, que sacrifican la libertad de prensa, que restringen los derechos políticos, y que nos lleva al viejo cuadro del autoritarismo que ya era parte de la historia de América Latina desde antes de estos cambios. El autoritarismo de derecha o el autoritarismo de izquierda que, al fin y al cabo, viene a ser el mismo autoritarismo.
Y yo lo quiero ejemplificar con el ejemplo que yo mejor conozco, el ejemplo de Nicaragua. El regreso del Frente Sandinista al poder se produce en el año de 19… perdón en el año de 2007, Daniel Ortega gana las elecciones el año pasado en el mes de noviembre, el primer domingo de noviembre y es instalado en el poder el 10 de enero de este mismo año. La gran pregunta en el exterior y en Nicaragua fue quién está regresando al poder. ¿Es el mismo Frente Sandinista? ¿Es el mismo Daniel Ortega? Y estas preguntas comienzan a responderse por sí mismas a través de la experiencia de apenas menos de un año que tenemos en Nicaragua.
¿Por qué Daniel Ortega puede regresar al poder? Daniel Ortega ganó las elecciones en Nicaragua con el 38% de los votos en la primera vuelta. Y esto se debió a una reforma a la constitución política pactada con Arnoldo Alemán que es el máximo líder de la derecha en Nicaragua y no sólo el máximo líder de la derecha sino juzgado y condenado a 20 años de prisión por lavado de dinero, por operaciones ilícitas efectuadas mientras estuvo en la presidencia de Nicaragua entre 1996 y el año 2001. Y este es el principal aliado de Daniel Ortega.
Me parece que el Frente Sandinista que está hoy en el poder y que no es el que triunfó en 1979 y tampoco el que aceptó la derrota electoral en 1990, ha sacrificado algo que para mi sigue siendo muy importante desde la perspectiva de la izquierda. Yo hablo aquí como un hombre de izquierda, quiero adelantarme a confirmarlo. Es la ética. A mí me parece que sin ética no hay izquierda. La ética es esencial al pensamiento de izquierda, cuanto yo siempre he considerado que la izquierda es una ideología humanista, que no puede sobrevivir con los juegos tradicionales de poder que sacrifican la ética por el poder mismo. El hecho de que se produzca un triunfo electoral de un partido supuestamente de izquierda como el Frente Sandinista en Nicaragua, con apenas 38% de los votos sólo porque hubo de por medio una reforma electoral que a cambio de rebajar la cantidad de votos necesarios para ganar en primera vuelta hasta el 35%, porque Daniel Ortega nunca logró pasar de esa cantidad de votos, a cambio de poner en libertad a Arnoldo Alemán, sacarlo de cárcel, llevarlo primero a la casa por cárcel, después darle la ciudad de Managua por cárcel, después darle el Departamento de Managua por cárcel, hoy en día de acuerdo con las disposiciones judiciales últimas el país por cárcel, a mi me parece que eso violenta los mínimos principios de la ética sin la cual un gobierno, un partido de izquierda verdaderamente para mí no puede sobrevivir. Y eso le ha permitido a Daniel Ortega junto con Arnoldo Alemán controlar no sólo la Asamblea Nacional, controlar el Poder Judicial, manipular políticamente las resoluciones y sentencias judiciales, controlar el Consejo Supremo Electoral, para hacer ajustes de repartición y asiento en la Asamblea Nacional cuando son necesarios, controlar la Contraloría General de Cuentas de la República, que es la que expide los certificados de buena conducta en el uso de los recursos públicos. Y es bendecido por el cardenal Miguel Obando que fue el enemigo acérrimo que tuvo la revolución en la década de los 80, y hoy es miembro del gobierno de Daniel Ortega, como presidente de una Comisión de Reconciliación que se inventó para (XX) con el cardenal Obando, en una comisión gubernamental para reconsiderar a Obando cuando están reconciliados desde hace 20 años, porque la guerra terminó en 1990. Y esto llevó también a Daniel Ortega a escoger como vicepresidente en la fórmula presidencial triunfadora en las elecciones del año pasado a uno de los antiguos miembros del directorio de la contrarrevolución que funcionaba desde Miami a sueldo de la CIA.
Esa es la situación que para mí no tiene asidero ético, y que me hace dudar si estamos frente a un gobierno de izquierda, o frente a un gobierno que quiere –y aquí vuelvo a mi propuesta anterior acerca del autoritarismo- quiere quedarse en el poder a través de nuevas reformas a la Constitución. Como quizá resulta un poco chabacano en Nicaragua hablar de una reelección sin fronteras, porque eso fue lo que hizo Somoza en Nicaragua, reelegirse una y otra vez, o sentar en la silla presidencial a sus hijos y después a los nietos del primer Somoza, pues ahora están intentado una reforma para crear la figura del Primer Ministro, que es lo último que está haciendo Putin en Rusia, es decir, Daniel Ortega sale de presidente y una vez que sale de presidente asume las funciones de primer ministro forzando un régimen parlamentario que es ajeno a la realidad política de Nicaragua, que siempre se ha regido por regímenes presidencialistas como los demás países de América Latina a lo largo de toda su historia.
Como les decía, esta es la experiencia que yo mejor conozco, es la manera como yo la puedo juzgar. Hay diferentes experiencias en América Latina, repito las reacciones de los electores han buscado corregir injusticias del pasado, repito que para mi el gran riesgo que se presenta es el reforzamiento del autoritarismo a través de reformas constitucionales, de cambios en las leyes, no en todos los países, por supuesto, porque vuelvo a repetir que las experiencias son diferentes. Yo he oído al presidente Lula después de cumplir su segundo mandato que un tercer mandato lo acercaría a lo que él siempre ha rechazado, que es el autoritarismo y la violencia contra los derechos políticos de los demás. No pienso que el presidente de Uruguay esté buscando reelegirse, me perturba que el presidente kirchner vaya a ser sucedido por su propia esposa, porque eso está en contra de lo que deberíamos considerar las esperanzas de una democracia sin contaminación familiar en América Latina, la contaminación [de] familiares en la política, esposos, hijos, sobrinos, parientes, siempre ha sido nefasta para la transparencia democrática a la que siempre nosotros hemos aspirado en América Latina.
Yo antes de terminar estas palabras y darles a ustedes las suyas para que puedan preguntar lo que quiera, quiero advertirles que no voy a tocar preguntas concretas sobre Venezuela, por la simple razón de que me parece que está entre el mínimo respeto de un visitante no hablar en concreto sobre la situación del país que está visitando, creo que los mejores expertos sobre la situación venezolana son ustedes. Muchas gracias.

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Preguntas del público

Hace siete año visitó la ciudad también…

- S. R. Estuve en un seminario patrocinado por esta misma Universidad pero en el Hotel del Lago…

En ese entonces manejó una idea acerca de las leyes. Decía que las leyes no crean la libertad total de una sociedad, basado en que una realidad que produjo la revolución en Nicaragua, la reducción de la jornada laboral, creyendo que eso iba a ser la solución de los desequilibrios internos, el campesinado sufrió una alienación y se creyeron protegidos por un Estado padre de todos… Podría explicar

S. R. Sí. Debo recordarles que cuando la revolución triunfó en Nicaragua, quienes llegamos al poder teníamos las edades de la mayoría de los que están sentados aquí. Quienes habían tomado las armas y derrotado a la Guardia Nacional en los combates más trascendentales eran muchachos de 25, 24, 23 años, los más veteranos andábamos por los 30. Yo era de los más veteranos. Nuestro primer embajador en los Estados Unidos tenía 18 años, y tuvimos dificultades de que lo aceptaran. De manera que quiero decirles esto porque todo lo que ocurrió en los primeros años de la revolución fue el fruto de una aventura juvenil y eso ayuda a explicar mucho de lo que hoy puede verse como absurdos. Efectivamente, nosotros una de las primeras leyes que dimos fue acortar la jornada laboral en el campo, bajo un transparente sentido de justicia, los más explotados a lo largo de la historia de Nicaragua, los peor pagados eran los campesinos. Yo recuerdo haber visitado los campamentos bananeros en el occidente de Nicaragua y los que llevaban a cortar el banano vivían en lo que llamaban barrecas que eran unos cajones –no sé si ustedes han visto en los cementerios que las (¿urnas?) están unas sobre otras- pues eso es algo parecido sólo que de madera, entonces los campesinos se metían allí con sus hijos, sus mujeres, en esos cajones, ese era su hogar mientras trabajaban como braceros del banano, y esa imagen nos llevó a dictar ese decreto que reducía la jornada de trabajo y además obligaba a los dueños de las plantaciones de café, de las plantaciones de banano, a otorgarle a los trabajadores una dieta que tenía carne, que tenía huevo. Eso fue, lo que pasa es que la realidad no lo sostuvo. No lo sostuvo la realidad porque lo los ideales muchas veces no se comparecen con la realidad, pero no dejan de ser ideales por el hecho de que la realidad no le responde de la manera que los ideales quisieran, y muchas veces es la realidad la que se encarga de corregir a los ideales de primera intención.

En ese entonces también dijo que los mesías no traería prosperidad a América Latina. ¿Hay mesianismo en América Latina?

S. R. Sí claro. Eso es uno de los males del siglo XIX. El mesianismo en América Latina, difícilmente el mesianismo puede producir prosperidad… Yo estoy hablando de un tipo de mesianismo juvenil, el mesianismo nunca es racional, es romántico, pero no es racional, nada de lo que es romántico llega a ser racional, son valores contradictorios lo romántico y lo racional.

Como hombre de poder, como hombre de gobierno, con muchos sueños e ilusiones, anhelos, querencias, muchas ganas de satisfacer demandas y sueños de personas del pueblo cuando le tocó gobernar, ¿pudo darse cuenta de que no era a través del aparato normativo, del ordenamiento jurídico como se puedan regular esos sueños, querencias y anhelos de los pueblos y los gobernantes?

S. R. Sí, claro, obviamente. Pero el plano de los ideales en la revolución en Nicaragua iba extendido no sólo a los decretos para que los campesinos trabajaran menos y comieran mejor, un decreto que hasta ahora no ha dejado de producir efectos en Nicaragua. Es decir, la baja del rendimiento laboral en el campo se volvió indómita, esa presunción de que en lugar de trabajar más en un estado de emergencia se debe trabajar menos, se vio como un derecho al cual no se puede hoy renunciar, pero bueno, no sólo en el plano de los decretos. Nosotros queríamos una transformación radical e inmediata del país y eso nos llevó –yo lo explico muy bien en el libro Adiós muchachos- (…) Nosotros llegamos a intentar lo que yo llamo en este libro “catedrales de la selva”, ustedes recordarán la historia de Garraldo, este alemán que se empeñó en edificar una ópera en Manos, en media selva, un teatro de la ópera en medio de la selva, y eso fue lo que ocurrió en Nicaragua, nosotros intentamos proyectos inmensos, un aserradero y una fábrica de laminación de madera de conglomerado en media selva donde no había carreteras, había edificios para meter la maquinaria pero no había carreteras. Inventamos también los primeros días un banco aéreo, una avioneta que iba a los pueblo donde no había carreteras a entregar los préstamos porque los campesinos no podían venir a la ciudad, lo que a nadie se le ocurrió pensar es cómo íbamos a sacar las cosechas si no había caminos, si para llevar los préstamos a los campesinos se necesitaba un avión, como se iba a sacar las cosechas. No es sólo asunto de las leyes, sino de la voluntad que quiere transformar y no se para a considerar qué cosa es la realidad y cuáles son los impedimentos de la realidad.

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