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Archivos de: Octubre 2007, 08

¿QUÉ PERIODISMO ESTAMOS HACIENDO?

por joseleon71 @ Lunes, 08. Oct, 2007 - 08:39:49 pm

Palabras para meditar

Por
Vidal Chávez López

Siempre será una buena ocasión para analizar el tipo de periodismo que se ha venido haciendo en Venezuela en los últimos años, sobre todo a partir de 1998. Basta repasar los grandes temas de la actualidad política local, regional y nacional, para darnos cuenta que la prensa venezolana ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin. De tal modo, eso también es bien sabido, la prensa dejó de ser un medio imparcial, para convertirse en un medio supremamente tendencioso y manipulador.
En consecuencia, desde esta perspectiva, la degeneración de la profesión del periodista resulta prácticamente inevitable. En primer lugar, los medios convencen a sus lectores y usuarios que la sociedad está endemoniada. Después, se quita su capucha de embaucador mediático y “se erige en el exorcista capaz de salvarla del diablo que la ha poseído”.
Sólo hay que revisar las ediciones de los medios impresos y audiovisuales de los días previos y durante dos hechos bien conocidos: el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y del paro petrolero. En el caso del sabotaje terrorista contra la industria petrolera, una investigación realizada por el Observatorio Global de Medios sobre la manipulación informativa en las primeras páginas de los diarios determinó que “las informaciones fueron, a menudo, suplantadas por mentiras o por verdades a medias, orientadas siempre en el sentido de demostrar el éxito del paro, la irresponsabilidad del Gobierno y el fervor de los opositores”.
Esta investigación también pudo determinar que “al comenzar las primeras medidas de normalización de la industria petrolera y la recuperación de los tanqueros petroleros inmovilizados en el Lago de Maracaibo y en otros puertos venezolanos, la campaña se orientó a propagar noticias alarmantes en cuanto a los graves accidentes que, supuestamente, se habían producido o se podrían producir debido a que los tanqueros y, en general, las instalaciones de Pdvsa, sobre todo las refinerías, serían conducidos por personal sin experiencia y sin calificaciones”. Ante tantas mentiras, el tiempo se encargó de demostrar que las noticias sobre el paro petrolero, se le escaparon de las manos a los medios.
Lo insólito es que el derecho garantizado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela a recibir información veraz no existe para los dueños de los medios de difusión. Por eso, el escritor Luis Britto García, en el libro Venezuela: investigación de unos medios por encima de toda sospecha, denuncia la perversa desnaturalización que sufre la prensa cuando “tergiversa la información haciendo pasar suposiciones, opiniones o deseos por noticias, omite hechos y suplanta a los actores políticos clausurando de hecho la democracia”.

Este punto de vista también lo sostienen investigadores de la comunicación muy respetados, “si cabe comparar a los periodistas con los magos es precisamente por el poder mediático, que les permite manipular las apariencias como prestidigitadores para modificar la definición social de la realidad”.

Para sorpresa de muchos, en el corto análisis que presentaremos sobre cómo la prensa en las últimas dos décadas, para sólo fijar un lapso de manera caprichosa, ha ido construyendo un planeta de mentiras rodeado por una asfixiante atmósfera de contaminación construida desde la manipulación y la tergiversación informativa, citaremos algunos artículos de la reputada profesora Marta Colomina publicados en su columna Feedback, que aparece cada domingo en las páginas de opinión del diario El Universal.

Aunque reciba una irónica rechifla general de los lectores, que tal vez bien me la merezca, como paradoja usaré palabras de la profesora Marta Colomina para hacer un diagnóstico y efectuar un crítico rechazo al papel que han jugado y juegan los medios de difusión y los periodistas como manipuladores de la realidad, entre los cuales, por cierto, hay que incluirla a ella, por cortesía, encabezando esta lista. La propia Chacumbele.

Reconociendo que Marta Colomina es una de las periodistas más emblemáticas de la oposición mediática, antes de comenzar a citarla, tomaremos una frase de Luís Britto García para señalar que en su caso “si la lengua es el castigo del cuerpo, las comillas son el de la palabra escrita y la imagen grabada”.

Jugando posición adelantada a la Ley Resorte, Colomina en 1997 exigía a los dueños de los medios su responsabilidad social y planteaba dejar a un lado los pingües beneficios que genera el comercionalismo periodístico, cobijándose con el manto de una supuesta libertad de expresión.

Para concretar el castigo del cuerpo y de la lengua, abro comillas: “El recelo que los gobiernos tienen respecto a la prensa en general y la arrogancia expresada por ciertos voceros de los medios de comunicación (MC) cuando, frente a su concepción de libertad de expresión como mera libertad de empresa, se les recuerda su responsabilidad social y el derecho que tenemos los ciudadanos a una información al servicio del bien común y no sólo de los propósitos mercantiles de quienes la controlan”, escribió Colomina el 6 de julio de 1997 en su columna de El Universal.

Para mantener prensada a la prensa, Colomina ataca como un lobo feroz al poder que tienen los periodistas para transformar con las apariencias hasta convencer a la opinión pública de la veracidad de los espejismos que se construyen en las páginas de los diarios, en las pantallas de la televisión y en los estudios de las emisoras de radio.

En tal sentido, Colomina el 17 de agosto de 1997 escribía que “un lector se quejaba el pasado jueves de los excesos a los que podemos llegar los periodistas al amparo de la libertad de expresión. (…) Comparto su preocupación en torno a las presiones indebidas que con frecuencia ejercemos voluntaria o involuntariamente los periodistas para influir o torcer decisiones institucionales que afectan nuestros intereses o los de nuestros allegados, sean éstos afectivos, políticos o comerciales. Nos convertimos así en un suprapoder amparado en un derecho constitucional que confiscamos al resto de los ciudadanos en virtud del ejercicio corporativo de nuestra profesión”.

Siempre se ha cuestionado el poder tiránico que ejerce la prensa, a través de escándalos provocados deliberadamente, para dañar injustificadamente la reputación intachable de cualquier persona o funcionario público. Sobre el papel escandalizador y el uso distorsionado de la libertad de expresión que hacen los medios, Colomina expresa el siguiente punto de vista:

“De modo que más que libertad de expresión que exige participación ciudadana algunos medios y periodistas se inclinan sólo por los temas y enfoques que les resultan rentables: por una parte, la información como espectáculo, y por la otra, las denuncias de las que sólo importa el escándalo, no el seguimiento informativo o el derecho de réplica. Ante un escenario en el que sólo las malas noticias son noticia, algunos usuarios de los medios se preguntan: ¿Libertad de expresión para qué y para quién?”. (El Universal, 7 de agosto, 1997).

¿Y qué sucede con la audiencia de la prensa sensacionalista y con los receptores que contemplan embobados la magia de la televisión, tomando por auténticos y reales sus espejismos mágicos? Colomina despeja nuestra incógnita así:

“Comúnmente, bajo el disfraz de la atención a las necesidades del perceptor, camuflamos nuestros intereses. ¿Cómo explicar, si así no fuera, la avalancha de programas bazofia como Cristina y Ocurrió Así o la conversión de los espacios de opinión de nuestra TV en espectáculos que ocultan los verdaderos problemas del país, donde brujos, modelos, faranduleros, espiritistas y otros personajes de parecida ralea pontifican sobre banalidades o asuntos que desconocen y en los que, cuando se lleva a políticos y gobernantes, es para ajusticiarlos frente a sus audiencias?”. (El Universal, 7 de agosto, 1997).

Tal como lo ha develado Marta Colomina, no desde ahora sino durante toda su existencia, los medios de difusión impresos y radioeléctricos de Venezuela se han revestido de poderes especiales y dotado con la capacidad para denunciar y conjurar escándalos, catástrofes y malas noticias, manipular las apariencias para jugar con la opinión pública derribando presidentes, imponiendo sus sucesores y adquiriendo una decisiva influencia sobre el entorno de las élites de poder bendecidas mediáticamente.
“Aunque un discreto protagonismo es legítimo, nunca debe confundirse con el papel del político o del declarante. Un profesional puede aspirar al Premio Nacional de Periodismo revelando la verdad documentada sobre un caso de corrupción, pero su objetivo no debe ser el de provocar la caída del Presidente de la República y mucho menos convertir su oficio en una representación que le haría fuerte aspirante a un premio de farándula que bien podría llamarse El Simulador de Oro”, escribía Colomina a mediados de los años 90.
Quitándole el derecho de palabra a la profesora Colomina, tal cual como se escribió, copiaré una joya de puro estilo antidemocrático que, bajo el título de “Chao, Hugo”, un ahora ex precandidato oposicionista, que no voy a nombrar para no afectar sus contundentes “mentiras blancas”, escribió en su diario el 12 de abril de 2002. ”Aquí no hay manera de resolver institucionalmente el cambio político habido. Vicepresidente, presidente de la Asamblea, presidente del Tribunal Supremo, no sobreviven al colapso del chavetazo. Esa línea de mando institucional murió con el régimen, ya se verá cómo se resuelve el problema de las formas”.
¿Quiere la SIP y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA más pruebas contundentes de la vocación antidemocrática de la prensa venezolana? Después de la experiencia del imperialismo mediático que se ha pretendido imponer en el país desde 1998, cuando fue electo el presidente Hugo Chávez, habría que preguntarles a todos los dueños de los medios: ¿cómo se resuelve el problema de las formas en la prensa nacional?
A todas estas, cabe hacerse una pregunta que toca las puertas de una burda parodia bufonesca: ¿Por qué muchos periodistas se han entregado en cuerpo y alma al poder manipulador de la prensa, convirtiéndose en sujeto y objeto a la vez de la información que difunden?
Para no ir tan lejos, aunque parezca excesivamente reincidente, Colomina también tiene una respuesta a la anterior interrogante: “Nos convertimos en un suprapoder amparado en un derecho constitucional que confiscamos al resto de los ciudadanos en virtud del ejercicio corporativo de nuestra profesión” y “bajo el disfraz de la atención a las necesidades del perceptor, camuflamos nuestros intereses”. Gracias profesora Colomina, con sus 39 palabras basta y sobra.

Ante esta terrible realidad que presenta el periodismo que se hace actualmente en el país, el reto que tenemos los venezolanos, incluyendo periodistas y usuarios de medios, es el de repensar la prensa para ponerla al servicio de los verdaderos y genuinos intereses de la nación.

Ya decía Marta Colomina, aunque se le haya olvidado, que “el periodista y el periodismo están sometidos a revisión y debate en todo el mundo (…). No son pocos los que abogan porque esta profesión sirva de mediadora (no de instigadora) de las tensiones existentes entre las fuentes, los medios y los ciudadanos y para ello el periodista debe renunciar a ese protagonismo que exacerba los conflictos y convierte los más graves problemas sociales en un espectáculo”. ¿Por qué a Colomina se le olvida diariamente lo que aquí sostiene?
Para concluir, quiero presentar algunas interrogantes, cuyas respuestas nos permitirán repensar sobre el tipo de periodismo que debe hacerse en Venezuela. Si la prensa está valorada por los ciudadanos como el lugar central para mantenerse informados, cabría preguntarse: ¿qué espacio le asigna la prensa a los ciudadanos en la elaboración de un grupo de noticias? En este caso, hay que destacar que los diferentes grupos de ciudadanos organizados valoran a los medios como el espacio más importante para difundir sus objetivos y actividades, pero encuentran dificultades para acceder a ellos con una palabra propia y no a partir de opciones como la denuncia, que muchas veces son utilizadas para escandalizar, tergiversar y la realidad de los hechos.
¿Están dispuestos los medios a dejar a un lado la práctica mediática la experiencia y la intuición del periodista, para comenzar a desarrollar mecanismos concretos que permitan conocer las verdaderas necesidades informativas de los ciudadanos? ¿Se habrán dado cuenta los medios que desde 1998 el país vive un proceso de permanente cambio y que en los últimos años se han sumado nuevos protagonistas que aún no han encontrado espacio en la prensa, pero que gozan de una alta credibilidad en las comunidades y tienen una fuerte influencia en los diversos temas de la agenda pública?
En lugar de seguir partiendo de su propia autorreferencia a la hora de informar, ¿los medios han estudiado la posibilidad de que las comunidades organizadas puedan participar en la elaboración o construcción de su agenda informativa?
¿Qué están haciendo los medios para comenzar a articular con los nuevos actores en cada una de las noticias? Esta articulación periodista-comunidad organizada cumpliría con el doble propósito de fortalecer la democratización de los medios y lograr que el periodismo pueda evolucionar al mismo ritmo que lo hace la realidad social, económica y política del país.
¿Están dispuestos los empresarios mediáticos abrir el juego informativo para que la producción de noticias no se quede encerrada entre las paredes de las salas de redacción? ¿Puede haber un periodismo que no sólo le brinde a la gente noticias e información, sino que también le ayude a cumplir su tarea como ciudadanos? ¿Será posible que los medios no sólo informen de manera descontextualizada sobre el espectáculo insólito del día, sino que logren desafiar a la gente a participar e intervenir y asumir responsabilidad por sus problemas?
Exigimos unos medios que dejen de considerar a sus usuarios como simples espectadores, sino que entiendan a los ciudadanos como participantes activos de una sociedad que está aprendiendo a autogobernarse desde los consejos comunales.
Entre estas interrogantes también queremos incluir al Colegio Nacional de Periodismo. ¿Llena el CNP las expectativas de representatividad que exigen y esperan los periodistas venezolanos? ¿Qué tipo de CNP queremos para que sea cónsono con los nuevos tiempos que se viven en Venezuela? ¿Debe ser modificada la Ley del Ejercicio de Periodismo para ajustarla a los requerimientos de la nueva concepción del periodista que están exigiendo las grandes mayorías del país?

A pesar de violar reiterativamente el Código de Ética, ¿muchos periodistas seguirán prefiriendo ser llevados a los tribunales acusados por difamación y calumnias, antes que tener que aceptar arrogantemente que han manejado las informaciones de manera poco profesional? ¿Si los periodistas realizaran su labor de una manera diferente, se desempeñarían los ciudadanos de un modo distinto?
No creo que hayamos hecho todas las preguntas necesarias para obtener todas las respuestas a los males que afligen actualmente a la prensa venezolana. Sin embargo, entendemos que las respuestas y las preguntas relacionadas con el ejercicio del periodismo, recogen una problemática que no sólo debe ser resuelta por los dueños de los medios, sino también por los periodistas que a diario deben cumplir con la responsabilidad social de informar y por las organizaciones ciudadanas que activan en las comunidades.
Desde esta perspectiva, cuando el periodismo venezolano se encuentre a si mismo, porque se trata de salvarse, algún día veremos periodistas que comenzarán a redescubrir sus comunidades, con lo que también se comenzarán a derribar y romper algunos viejos paradigmas del periodismo que hacemos hoy día y que le deben avanzar quines se forman en las escuelas de comunicación social de las universidades veenzolanas.
A pesar del cuadro sombrío que hemos dibujado, no podemos decir que todo está perdido en el ámbito del periodismo venezolano. Por eso creemos, como recomendaba San Pablo, que necesitamos "probar todas las cosas y retener con fuerza todo lo que es bueno". Que sea esa parte buena que aún queda entre muchos periodistas, la que salve definitivamente al periodismo venezolano.
¡Viva el periodismo identificado con el pueblo!
Muchas gracias.


 
 

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