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Archivos de: Octubre 2007, 05

La Globalización según Soros

por joseleon71 @ Viernes, 05. Oct, 2007 - 11:51:37 pm

(Nota del libro Globalización, de George Soros. Planeta, 2002)

“Los Estados tienen intereses, no principios”
“…lo cierto es que el negocio del desarrollo es un gran negocio”
“El terrorismo es el enemigo ideal porque es invisible y, por lo tanto, puede no desaparecer jamás” G. S.

Es explícita su definición o alcance del término “globalización”: “desarrollo de mercados financieros globales” y “crecimiento de corporaciones trasnacionales con su creciente dominio sobre las economías nacionales” (19). Desde este punto de vista la considera reciente y no sería sino hasta el año 1990, con el “derrumbamiento del imperio soviético” cuando los mercados se hacen “realmente globales”. Su característica más contumaz: los capitales se mueven libremente debilitando a los Estados y tornando irrisorios los planes de bienestar social; los capitales golondrinos no tienen patria. Con una ironía sencilla afirma: “la gente que necesita de seguridad social no puede dejar el país, pero el capital en que se basa el Estado del bienestar sí puede” (21). A propósito del discurso irónico ¿o cínico?, ¿o cómico?, la cita que sigue lo es en grado sumo: se refiere a las donaciones DEG (Derechos Especiales de Giro), propuesta por la que prácticamente existe el libro, que vendría a sustituir incluso estrategias del FMI o del BM: “Es parecido a una comida gratis; es gratis en tanto no te la comes” (117). La frase se encuentra en el contenido que responde al subtítulo “Méritos de la propuesta”.

Ventajas: la iniciativa privada crea más riqueza que el Estado y la libre competencia a escala global ha acelerado las innovaciones. Ahora bien –y en estas contradicciones se batirá el pequeño navío que es Globalización, de George Soros (Planeta, 2002)- aunque son efectivos los mercados a la hora de crear riqueza, no lo son a la hora de satisfacer necesidades sociales, sobre todo porque satisfacerlas (o intentarlo) no genera riqueza al menos de la que le interesan a las bolsas y los mercados financieros. Alude Soros la dificultad que estriba en medir el impacto de los proyectos sociales, que en efecto no se pueden mensurar ni pesar y por lo tanto, adquieren inexistencia e irrealidad.
A los que promueven un mercado que no escatima en consideraciones sociales los llama “fundamentalistas”, y siguiendo nosotros a Andrés Monares el término es exacto, pues estaríamos ante fieles representantes de la religión reformada de Calvino, con su apóstol a la cabeza, Adam Smith. Como fieles, no dudan. El equilibrio sobrevendrá si se deja al mercado actuar sin intervención profana alguna. Un objetivo claro –afirma sin rubor- en la esfera económica es “eliminar todos los obstáculos que impidan conseguir beneficios” (185). Más adelante receta y describe la proyección internacional de Estados Unidos: “Una postura fuerte en lo militar junto a una fe ciega en la disciplina del mercado (…) es una buena combinación para asegurar la hegemonía global de América” (189).

“La conclusión de que el comercio beneficia a todas las partes se basa en la teoría del equilibrio. Pero el equilibrio es un concepto estático, mientras que el desarrollo económico es dinámico” (74). Otra característica de lo social que pone en cuestión la amoralidad de la mano invisible del mercado es la condición de “proceso reflexivo” que lo hace “no lineal. Lo que es apropiado en un momento dado puede no serlo al siguiente” (89-90).
Soros, pudibundo heresiarca, asoma que “es peligroso confiar excesivamente en la dinámica del mercado”, pues este funciona bien entre participantes deseosos de intercambiar bienes, pero no se cuida de “necesidades colectivas como la ley y el orden o el mantenimiento de la misma dinámica del mercado” (25). No cree pues Soros, que el mercado deba moverse solo, alguien debe dirigirlo y no le parece nada mal que sea Estados Unidos, estimando las ventajas que acompañan al director de orquesta: “tenemos más facultades para decidir cómo queremos que sea el mundo que los demás” (181). Además, “De hecho, son la Reserva Federal y el Tesoro de Estados Unidos los que están a cargo de la política macroeconómica del mundo” (160). No obstante, en un momento afirma que el BM debería negar préstamos a regímenes represivos y corruptos y específicamente a gobiernos implicados en “una clara pauta de violación –como reza la Sección 701 del Acta de Instituciones Financieras Internacionales- de los derechos humanos reconocidos internacionalmente, como la tortura o cualquier otro tratamiento cruel e inhumano, detención prolongada sin cargos u otras negaciones flagrantes de la vida, la libertad y la seguridad de las personas” (132) Abu Ghraib, las cárceles aéreas y Guantánamo, al parecer no aplican.
Luego introduce un elemento crucial: “Los mercados son amorales” (25) y las sociedades –afirma- no pueden funcionar “sin distinciones entre el bien y el mal” (26). Pero no puede ser sino una amoralidad, según me parece, el hecho de que “En la actualidad se dedica más dinero al desarrollo de cosméticos que a la cura de enfermedades tropicales” (71). La amoralidad ha trascendido a los negocios o bien todo se ha convertido en negocio, así pasa con profesiones esenciales como “la medicina, la abogacía y el periodismo” (27). Otra situación amoral sin duda es que las instituciones que sostienen y controlan el comercio internacional y los mercados financieros “operan casi exclusivamente para el beneficio de los países ricos que las controlan, frecuentemente en detrimento de los pobres que se hallan en la periferia del sistema” (30). Finalmente, “Cuando los mercados financieros del centro son amenazados, las autoridades financieras de ese país intervienen vigorosamente, pero cuando los perjudicados son los países de la periferia, contemplan la situación sin rechistar” (161). Más adelante reafirma que “La falta de regulación internacional y los obstáculos impuestos a las leyes locales se combinan para favorecer los intereses de las grandes empresas” (56). Y en otro lugar, insiste: “…en un mundo donde el capital es libre para moverse donde desee, el tablero de juego tiene mejor pinta para los inversores internacionales y las corporaciones multinacionales que para los demás” (71). Con respecto a las crisis, otra vez estas afectan más a los países de la periferia que a los del centro: “Mientras la periferia iba de crisis en crisis, el centro permanecía remarcablemente estable y próspero” (141). Los países del centro, dice más adelante, “están en posición de aplicar políticas contracíclicas” (149). Sin matices, declara: “Es cierto que los mercados se han hecho más discriminadores entre los países individuales, pero la actitud de los mercados financieros hacia la periferia es predominantemente negativa” (154).
También debe considerarse amoral que “los intereses de los donantes son, con demasiada frecuencia, más importantes que las necesidades de los receptores” (133).
Es amoral también, la manera de proceder de los Estados con las corporaciones mineras y petroleras (con el carbón en el Zulia a todas luces -pero en la oscuridad- se debió proceder así): recortes de impuestos y subvenciones, compra ilegal de concesiones. Obtenidas éstas, las compañías se disponen a luchar contra la corrupción, “pero saben bien que a la hora de competir por una concesión, todo vale” (72).
Es posible, para terminar con este aparte sobre la amoralidad, que no exista un argumento más sórdido sobre la mejor estrategia para garantizar la unidad nacional, que el de sostenerla a partir del miedo al terrorismo. A propósito, cito: “Tener un enemigo que ofrece una amenaza genuina y ampliamente reconocida es una herramienta muy efectiva para mantener a la nación unida. Esto es especialmente útil cuando la ideología preponderante está basada en la persecución inapelable del interés propio”.
No obstante, advierte que “Ninguna sociedad puede sobrevivir sin moralidad”, esto es, sin aceptar las responsabilidades que tienen que ver con pertenecer a una sociedad global”, sólo que si vuelvo amoral a la sociedad global mi amoralidad se tornará común, y, paradójicamente, lo moral será visto amoralmente, en todo caso fuera de la norma.

Globalización es un libro donde Soros divulga algunas proposiciones para atacar las crisis de los mercados financieros. Alude en repetidas oportunidades a su propia experiencia y explica el funcionamiento de sus “fundaciones” encargadas de promover las sociedades abiertas en el mundo. La descripción de las mismas, al menos aquí, debería llamarnos fuertemente la atención. Cito en extenso porque Venezuela tiene un acumulado histórico en los últimos años de denuncias sobre inherencias del gobierno de los Estados Unidos por supuesto no de manera directa sino precisamente a través de organizaciones de rostro “democrático”, que en su modo de operar suponen un estorbo el conceptillo de soberanía:
“Mi red de fundaciones trabaja en diferentes líneas de actuación. Su misión es fomentar el desarrollo de sociedades abiertas (…) En la medida de lo posible, intentamos que sean ciudadanos de esos países los que dirijan los programas. Un comité compuesto por oriundos decide las prioridades. Cuando pueden, trabajan con el gobierno; cuando no pueden, lo hacen independientemente. A veces se encuentran en clara oposición con él. No cabe duda de que, cuando las fundaciones pueden cooperar con el gobierno, suelen ser más efectivas; pero cuando no pueden, su trabajo es más necesario y apreciado porque ofrecen una urgente fuente alternativa de fondos para la sociedad civil. Como regla general, cuanto peor es el gobierno, mejor es la fundación, porque cuenta con el compromiso y apoyo de la sociedad civil” (46-47).
Es de suponer que países soberanos que afirmen la necesidad de un Estado fuerte que se oponga a la libre amoralidad de los mercados no entra en el balance positivo de la agenda de Soros, para quien es “fundamental crear una sociedad que no esté dominada por el Estado, un sector privado que no esté compinchado con el gobierno y una sociedad civil cuya voz sea escuchada en todo momento” (80). Además, como Soros y muchos afirman, el problema de la pobreza reside en los malos gobiernos (81).
Advierte que la amoralidad de los mercados (amoralidad que los hace eficientes a la hora de crear riqueza) no puede sino desencadenar crisis periódicas, y mantener situaciones desiguales o injustas que propenden precisamente a las crisis. Entre éstas, las que genera la necesidad de compensación social. Explica además, que buena parte del problema reside en concepciones anacrónicas que los países que controlan el mercado y las finanzas globales y en particular y fundamentalmente los Estados Unidos no se han puesto a considerar, como lo es el hecho de la existencia de los Estados Nación y de términos tan sofocantes para el libre intercambio como la soberanía. “Mientras los mercados se han hecho globales, los políticos siguen firmemente enraizados en la soberanía del Estado” (28). Más adelante, insiste: “la soberanía de los Estados interpone una cantidad insuperable de obstáculos al cumplimiento de las leyes internacionales” (52). Para solucionar este anacronismo, propone las “sociedades abiertas”, que funcionan en una bien aceitada comunidad internacional, con características que vale la pena ir enumerando porque contradicen la política internacional de EEUU, país al cual Soros amonesta con guante de seda:
- Primero, que en dichas sociedades los conflictos de o entre Estados deben “dirimirse en contextos internacionales e instituciones destinadas a resolver esos conflictos” (39). Pasar por encima de la ONU, entonces, y autorizar y ejecutar bombardeos, ocupar un país y matar a civiles especialimente niños, mujeres y ancianos, todo ello a partir de informes falsos contradicen flagrantemente esta noción básica de sociedad abierta.
- Segundo, “La democracia y la apertura de la sociedad no pueden ser impuestas desde el exterior porque el principio de la soberanía no permite las injerencias” (40). Lo que no excluye que se les apoye con financiamiento y logística desde el exterior a través de fundaciones que operen con personal nacional, como quedó visto en cita anterior.
Cualquier alusión, por cierto, a la situación actual de Irak o a lo que se supuso en Afganistán nos debe llevar por lo menos a la extrañeza.
- Tercero, los países acuerdan y cumplen sus compromisos. EEUU, que sólo ha estado dispuesto a subordinarse a la OMC, “ha ratificado sólo 13 de las 182 convenciones de la OIT y sólo 2 de sus 8 proposiciones fundamentales” (61), no firmó el protocolo de Kioto y sus operaciones militares están a salvo del Tribunal de la Haya. Etc.
Aunque es imposible –según Soros y creo que acierta por lo que estamos viendo- “mantener la hegemonía si el miembro dominante no presta adecuada atención a los intereses de los otros miembros (…) tarde o temprano los demás se unirán para acabar con ella” (199). Pero no importa, en la misma página, casi en el mismo párrafo, Soros afirma: “Podemos permitirnos comportarnos irresponsablemente porque se tardará décadas antes de que los demás Estados sean capaces de contrarrestar nuestra fuerza”.

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Ver:
Filantropía sin vergüenza
"ALCA es una extensión del neoliberalismo, pero con propósito de dominación política"
Saqueo y Pobreza en Latinoamérica
Los intelectuales de izquierda y su desesperada búsqueda de respetabilidad

Sobre la OMC
La OMC y un imperio sin consenso
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Ver:
Reforma e Ilustración
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Bush defiende método de interrogatorio


 
 

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