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Archivos de: Septiembre 2007, 18

Sobre el escepticismo

por joseleon71 @ Martes, 18. Sep, 2007 - 06:13:01 pm

Ciertas críticas, creo que con razón, se pueden interpretar como propias de un nihilista o un escéptico. Entiendo sin recurrir al diccionario que el nihilista sencillamente cree en nada (aunque si cree en nada cree en algo, como en aquella paradoja del mentiroso que nunca dice la verdad) mientras que el escéptico ha elevado su capacidad de dudar hasta un límite que se confunde con la lucidez, casi con la iluminación, de la que sólo puede jactarse el cínico o aquel sabio que más allá de la resignación enceguece: el estoico.
Por ahora me quiero detener brevemente en el escéptico. Porque, repito, cierta actividad crítica se puede confundir con esta posición, la cual se comprende a partir de que se reconozca un ámbito de creencias y valores ante los cuales el escéptico reacciona con su endurecida distancia. Ahora bien, ese ámbito es, digamos, compartido por él y por los que tienen fe o creen. Pero visto de cerca observamos que el ámbito existe más allá o más acá del escéptico y que éste le opone su condición, de modo que, lo reconozca o no, se maneja dentro de este ámbito.
Mas existe una forma de crítica que está más allá de este simple dualismo y se funda en el hecho de que no se considera al mencionado ámbito como totalidad, puesto que existen otros ámbitos de creencias y valores a los que el crítico puede corresponder y con respecto a los cuales no ser ni parecer escéptico. Lo que intento decir es que no existe tal escéptico ni escepticismo cuando se atiende a otros valores y creencias, en oposición, por ejemplo, a los que la industria cultural o el sistema capitalista irriga planetariamente.
Me explico, se es escéptico –al menos como conocemos habitualmente el concepto- dentro del ámbito de la cultura y la civilización occidental. Y a lo que me refiero es que no existe tal condición cuando la crítica se hace respondiendo a los valores y creencias de otra cultura y civilización que busca su rostro, su nombre, su encarnadura, que está en(tre) nosotros con su piel, sus huesos y su sangre, con su tierra y su cielo, con su cuerpo, su risa y su gente.
Hay crítica escéptica, claro, pero al menos a mí no me interesa. Hay crítica hobbesiana, quién lo duda, mas lo que pienso, en cambio, está cargado de esperanza y del hondo convencimiento de que nuestro natural es ser y querer ser humanos. La insistencia en la maldad y la crueldad, como signos distintivos del ser humano, es propaganda. No es que no exista, es sólo que es magnificada y amplificada por todos los medios (literal y metafóricamente) para intentar convencernos de que nos queremos, porque nos odiamos, perseguir y matar. Y como no lo hacemos de motu propio con la intensidad con que lo afirman (como lo evidencia la historia y sólo los miopes o perversos niegan, todos los genocidios y masacres tienen a un Estado como responsable. En ningún pueblo adviene la violencia como de la nada –ni en los mitos, porque la violencia fundacional siempre procede de dioses enloquecidos u hombres y mujeres entusiasmados –etimológicamente: endiosados), nos persiguen y matan, organizan policías y ejércitos –dentro del estado y para estatales- para controlar las industrias del robo, el secuestro y la extorsión (con la mampara de políticas de seguridad ciudadana), planifican y ejecutan con los aparatos del Estado sobre el principio del monopolio de la violencia legítima, diversas formas de terrorismo (el terrorismo es, pues, siempre, terrorismo de Estado. Los ejemplos son legión y están asquerosamente a la vista).
Con violencia defienden sus propiedades de los que nada pueden tener. Ya lo dijo en su momento el apóstol Adam Smith: "Los ricos se hallan interesados en mantener aquel orden de cosas que sirve de manera eficaz para protegerlos en la posesión de sus privilegios (...) El gobierno civil, en cuanto instituido para asegurar la propiedad, se estableció realmente para defender al rico y al pobre, o a quienes tienen alguna propiedad contra los que no tienen ninguna" Con la violencia de las leyes, esencialmente redactadas por el Estado (un Estado a la medida de los (sus) propietarios) para salvaguarda de sus intereses. Ya lo dijo Tomás Moro en el siglo XVI: “…un conglomerado de gentes ricas que a la sombra y en nombre de la República, sólo se ocupan de su propio bienestar, discurriendo toda clase de procedimientos y argucias, tanto para seguir, sin temor a perderlo, en posesión de lo que adquirieron por malas artes, como para beneficiarse, al menor costo posible, del trabajo y esfuerzo de los pobres y abusar de ellos. Y así que consiguen que sus maquinaciones se manden observar en nombre de todos y, por tanto, en el de los pobres también, ya las ven convertidas en leyes” (Tomás Moro, citado por Andrés Monares en Reforma e Ilustración, Universidad Bolivariana. Chile, 2005).
Luego, el terror que provocan lo propalan a través de sus medios de comunicación pues los tienen y controlan todos, al menos los que tienen el alcance necesario para esparcir las esporas de la policía imperial, zarandeando al televidente del sexo a la violencia, de la violencia al sexo, hasta convertir toda forma de sexo en violencia y la violencia en sexo. (Acabar y morir, claves de un erotismo bizarro.) Porque la violencia y la propaganda de la violencia, en definitiva, les da torcidos dividendos.
Esta crítica, volviendo al asunto, no es escéptica porque sé que nada se puede esperar de un sistema que así se conduce, que necesita de situaciones terriblemente injustas y excluyentes para seguir funcionando. ¿Avanza o no el proyecto demencial de someter millones y millones de hectáreas a la siembra de maíz para producir combustible, siendo que millones y millones de personas están condenadas a morir de hambre? Cierto que muchos sectores se pronuncian, pero las corporaciones (que han trasnacionalizado el poder económico, militar y político) que dominan el mundo, continúan obstinadamente en la misma dirección, la que ha llevado al genocidio (no de ahora, sino por más de 500 años), a la destrucción de bosques y mares, contribuyendo a la desertificación y progresiva destrucción del planeta. Como escribe Andrés Monares en el libro citado: “Son las sociedades insertas en la Modernidad, con su específica ideología del progreso que mezcla el cientificismo con el economicismo depredador para la total instrumentalización del mundo, las que están poniendo seriamente en peligro la vida sobre el planeta al ser causantes de la actual crisis ambiental” (p. 48)
En fin.
No es una crítica escéptica porque nada se puede esperar –dentro de ese ámbito, en ese modelo cultural civilizatorio occidental.
Otro mundo es posible.
Y sobre y desde la base de ese otro mundo posible es de donde intento (permítaseme esta primera persona) hacer crítica, sondear el desastre, otear la esperanza.
______________________________
Ver:
Esta prohibido soñar, de Frei Betto

Y en torno a las ideas expuestas pero aplicadas a un problema en concreto, ver este artículo de César Hildebrandt "El Apra y la minería"


 
 

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