Ver: Laura Antillano (I)
Yo no tengo una noción del tiempo -porque los niños no la tienen- del tiempo que yo pasaba ahí [en casa de la abuela], pero yo creo que pasaba mucho tiempo. Quizá fines de semana, quizá, quizá como el preescolar quedaba ahí entonces mi mamá me dejaba ahí, porque mi mamá y mi papá, mis hermanos vivían en Chaguaramos, vivían en otro lado, Bello Monte y Chaguaramos, y El Silencio queda en otro sector. Yo tengo fotos mías de esa época, incluso de la pelota, porque me quedaron de la muerte de mi mamá, entonces he podido como reconstruir las imágenes que tenía ya dentro diciendo “este es el sitio”, “esta es la silla”, “esta es…”, viendo esas fotografías. Pero tengo como un recuerdo grato, cálido, de la presencia de ella, que ya era una señora bastante mayor, de su soledad, de su tranquilidad y su silencio, y había una cocina muy grande que yo recuerdo que ella siempre me llamaba la atención cuando abría el horno para que yo me pusiera lejos y quizá tengo una imagen del tamaño de la cocina engrandecida porque los niños ven las dimensiones de otro modo. Incluso ya de adulta me compré en Valencia una cocinita de juguete vieja porque me parece que esa era la cocina. La imagen de la cocina que tengo no es de las cocinas modernas sino de una cocina… vieja, con un horno raro, con esas cosas. Y recuerdo muy bien el sitio de la cocina porque ella siempre estaba cocinando u oyendo su radio…Era bastante solitaria. Hoy día me pregunto sobre lo bien que se llevaban ellos dos, pero mi abuelo tenía muchas mujeres, parece, y tuvo hijos en distintos sitios. Eso lo supe por mis tíos después, y ellos eran muy críticos con él, pero mi abuelo conmigo era muy abuelo, y la relación era distinta. Mi abuelo nos reunía estampitas de álbumes, ese álbum de Bolívar que después lo han reeditado, nosotros teníamos uno cada uno, pero cambiábamos con él porque él tenía el de él, y él buscaba los sobrecitos con las estampitas, con las figuras, y él me llevaba a las Torres del Silencio, le encantaba sacarme a pasear niñita, así chiquita, y a los vendedores de muñequitos de esos de cuerda les hacía darle cuerda a todos, no comprábamos ninguno, pero les daban cuerda a todos y yo pasaba mucho tiempo allí agachada viendo los muñequitos que saltaban. Para mí era especial.
Ellos fueron además mis padrinos, fueron mis abuelos y fueron mis padrinos. Yo tengo una foto del día de mi bautizo, que me tienen cargada, ya estoy grande, tendría como cuatro o cinco años, y están ellos dos, son los que me llevan. Entonces para mí la relación con ellos dos fue muy particular, muy especial, y yo recuerdo –eso está en Perfume de gardenia también- porque cuando muere mi abuela la cosa para mí fue así como… mi abuela se enferma y a mí me empiezan a llevar con más frecuencia a la otra casa, que era en los bloques, eran unos bloques del Banco Obrero, que quedan en Colinas de Bello Monte, quedan subiendo. A mí me hacía mucha falta la casa de mi abuela. Yo tenía mucha rabia porque no podía estar allá, entonces mi abuela… mi mamá era la que la cuidaba, la atendía… mi abuela tenía un cáncer, después supe, un cáncer de matriz, estaba siempre en la cama, ahora no se paraba, estaba siempre acostada en una cama. Entonces hubo un día… yo creo… hoy día pienso que a lo mejor mi abuela le planteó a mi mamá que ella tenía que despedirse… Bueno, yo lo recuerdo mucho porque me llevaron dentro del cuarto, mi mamá se salió, me sentaron en una silla y ella pidió la guitarra, ella tocaba la guitarra, entonces ella me cantó unas canciones sentada y en un momento la sábana corrió y a mí me asombró lo blanca que estaba, yo tuve una sensación de niña, yo tenía en ese momento ocho años, de la enfermedad, que no me la había dado ninguna explicación ni nada, pero la blancura de las piernas quizá me llevó a pensar en el tiempo que tenía que no se paraba, que no salía, que no tomaba sol, y ella cantando. Yo sabía que eso era especial, que eso que estaba sucediendo ahí, era como un corte pues, entonces ella me explicó que ella se iba a ir, que yo no la iba a ver más, pero que ella iba a estar muy bien, que ella no quería que yo me preocupara por ella, y que nunca la llamara, ella iba a un sitio muy tranquilo donde ella había querido estar hacía mucho tiempo y que todo iba a estar bien, que era un sitio bello, que iba a estar tranquila. Yo recuerdo eso como si lo viviera cada día, y después con los años he sacado las cuentas y tenía ocho años exactamente, entonces esa fue la última vez que yo la vi, yo no la volví a ver.











