Ideas sobre el desarrollo de la ciencia, la técnica y la modernización
Habló Úslar de dos Venezuela, una tradicional, real, y otra superficial, irreal. La primera corresponde al país agroexportador, cafetalero y cacaotero; la segunda, responde al país del petróleo. Este país que se sobrepuso a la Venezuela real distorsionó cualquier intento de crecimiento racional, y su impacto progresivo destruyó las bases de un tejido empresarial e industrial capaz de hacer frente a las exigencias de la economía de mercado. El capitalismo de Estado resultó profundamente ineficiente, y totalmente alejado de la realidad, alimentó la burocracia y la corrupción, el peculado y el parasitismo. La renta petrolera, así lo advirtió Úslar en la década de los cincuenta, entonces contribuía a la creación de una Venezuela fingida, con una economía artificial, subvencionada. Venezuela, que aun antes del petróleo no era capaz de autoalimentarse, con éste redujo al mínimo la producción agropecuaria de exportación y condenó a los campesinos a emigrar de sus tierras, a abandonar los campos. El petróleo le dio un vuelco al país, desfigurándolo y dejándolo inerme ante la precariedad de un mercado tradicionalmente volátil, inestable. El criollo, según la tesis propuesta por Úslar, aunque suele acudir solícito para la gesta heroica, para lo grande, en tiempos de paz, de esforzada y laboriosa construcción cae en la molicie, en una pesada monotonía en la que rumia sus pesares.
La Venezuela agraria no contó con el reforzamiento tecnológico que habría sido necesario para producir los alimentos que requería una población que, con la explotación petrolera, comenzó a crecer exponencialmente. Esa Venezuela fue olvidada por el país oficial, por el país del petróleo. Languideció y precariamente ocupó las peores y más lejanas y más abandonadas tierras, como estampa viva de la Venezuela del siglo XVI. Dos Venezuelas irreconciliables, comenzaron entonces a toparse violentamente en los cruces decisivos de la historia contemporánea del país.











