“Estructuralmente reductora, la película publicitaria depende de una industria de la conciencia que suele manejar deliberadamente estereotipos para ofrecer una visión condensada, esquemática, simple, de la vida. Circunscribe conjuntos inmutables en el seno de la diversidad social; funciona como instrumento de sumisión; es normativa, impone modelos de conducta, dicta actitudes colectivas. Ignora los enfrentamientos políticos, niega la existencia de conflictos, euforiza la coyuntura, trivializa los problemas e inspira sin desmayo una transculturación”
I. R.
Con un lenguaje seductor, con ese tipo de lucidez que bordea la revelación a la que nos acostumbran y hasta esperamos de los escritores y críticos franceses, Ignacio Ramonet (Redondela, España, 1943) en su libro Propagandas silenciosas. Masas, televisión y cine (2006) editado por el Fondo Cultural del Alba, en La Habana, desarrolla una serie de planteamientos sobre el poder de los medios, sobre su accionar ideológico el cual, como una “prótesis simbólica”, acompaña, modela, asedia, la sensibilidad colectiva.
El despliegue retórico de la dominación, la sintaxis de la estética visual exclusivamente norteamericana, logra que el público incluso rechace otros discursos, otras búsquedas formales, de tal modo que un “lenguaje original y especial (…) sólo le llega solapado, incomprensible y ajeno” (17). Menciona Ramonet lo que llama “hipos narrativos”, esa lógica de las interrupciones (rápidos cambios de plano, comentarios elípticos, ausencia de relatos continuos y cortes repentinos, parte de la estrategia en la construcción de una “regla dramatúrgica indispensable, universal, casi obligatoria” que permite a la publicidad la hazaña “de modificar, incluso in absentia, la estructura de los relatos televisados” (97)) a que obligan los segmentos comerciales y que trabajan la “americanización de nuestras mentes” (19), situación que le permite decir con Herbert Schiller que “una nación cuyos medios masivos de difusión están dominados por el extranjero no es una nación” (20).
Imperialismo cultural, a través no sólo de unos “modelos de relato” sino más gravemente, de “toda una concepción política de la vida cotidiana” (100), propaganda silenciosa que debe ver limitada su difusión –afirma Ramonet- porque trabaja “la norteamericanización de las mentes, del espíritu” (101).
En beneficio de las manipulaciones ideológicas tenemos la pobreza de la información. Espectacularidad y búsqueda de sensacionalismo, mentira y trucaje, es parte de la deflación en los procesos de construcción y acceso a la información gratuita (o casi) provocados por la expansión de Internet. De cualquier manera los medios no están interesados en transmitir información sino como decía Goebbels, citado por Ramonet, “obtener un determinado efecto”. Además, el mercado de producción de información está controlado por los Estados Unidos, quien pone el vocabulario, los conceptos y el sentido. Obliga este mercado, dice Ramonet, “a enunciar los problemas que crea con las palabras que propone” (29), además, produce leyes y explicaciones sociales y económicas que favorecen a las tesis neoliberales y a la globalización.
La inconsciencia de las mayorías del mundo sobre esta situación alimenta una paradoja, la “opresión afable”, el “delicioso despotismo” que garantiza que el sometimiento y la dominación de nuestras mentes ya no requieran la seducción, las órdenes o las amenazas, sino la activación del propio deseo, de la sed de placer, saciable preferiblemente en el mall, esa “catedral que se erige a la gloria de todos los consumos contemporáneos” (32).
Una de las armas más sofisticadas, afirma el director de Le Monde Diplomatique, es la película publicitaria, que vemos en el cine pero que se difunde ampliamente por televisión.
Importa resaltar una estadística: la ineficacia de un 95% en los spots publicitarios. Lo que nos prepara para el desarrollo de su tesis: la publicidad es silenciosa, velada, melosa, invisible, no necesariamente subliminal, sino oculta bajo el velo del símbolo, del mito.
Existe, claro está, la publicidad que interrumpe la narración de un programa con elementos desconectados y esencialmente arítmicos, esos spots que se imponen porque son “agradables de mirar, fáciles de escuchar y rápidos de comprender” (59), que muestran un mundo y a los personajes que los pueblan en vacaciones perpetuas, sonrientes, despojados de realidad. Pero está la otra, la publicidad encubierta, la que nos provee de un mundo cotidiano pronorteamericano, que nos da pautas y formas de vida cotidiana: “La película publicitaria es un género discreto; no la anuncian en los cines, no la mencionan los programas televisivos (…) Este es el precio que ha de pagar su legitimidad en pantalla pues se trata efectivamente de una propaganda silenciosa” (49).
Participan las “películas-catástrofe” como La tormenta perfecta, de Wolfgang Petersen (2000) o Armageddon, de Michael Bay (1998), que abonan las crisis económicas, sociales, políticas, con sentimientos colectivos de autodestrucción. Catarsis: distracción sin riesgos mientras el status quo continúa intacto. “Si se descompone la máquina civilizadora occidental (norteamericana) –dice Ramonet- es por la existencia según nos dicen esas películas, de una causa precisa; de modo que hay que presentar a un responsable. Las películas-catástrofe se encargan de esta tarea simbólicamente: todo accidente se convierte entonces en un atentado y la verdad es que el mismo azar no es más que subversión” (85). También funcionan las series policíacas, como Colombo o Kojak. En ambos ejemplos sobresale “esa mezcla extraña” de individualismo y civilismo propio de lo que se conoce como “valores norteamericanos”, amén de la tarea restauradora, mítica, reconstructora de la sociedad en crisis, que llevan a cabo la policía, el ejército o la iglesia. No podemos dejar de mencionar la amnesia programada por la proliferación de comedias y musicales que tenían la guerra de fondo, creados para desinformar y crear sentimientos sin referencia histórica, absurdos.
Destaca Ramonet la desinformación campante en torno a los conflictos bélicos, procedimiento dirigido a encubrir los intereses norteamericanos oficializando la información producida por los organismos publicitarios del propio ejército, encargados de “orientar, aconsejar y desinformar” como lo afirmó Peter Davis, antiguo oficial de los Servicios de Información en la guerra de Vietnam, procedimiento que poco se aleja de lo que actualmente ocurre en Irak.
Como sucedió con Vietnam, los y las Cindy Sherman acaso constaten que tampoco la invasión y destrucción de Irak tendrá “su Tribunal Penal Internacional… los verdaderos responsables políticos y militares de las masacres, del napalm derramado (hoy uranio empobrecido), de los bombardeos aéreos contra los civiles y de las ejecuciones masivas de prisioneros y de los desastres ecológicos provocados por el uso masivo de defoliantes jamás [pasarán] ante una corte marcial y jamás serían condenados «por crímenes de lesa Humanidad»” (117).
La guerra de Vietnam duró 15 años, lo peor de la de Irak se alcanzó en tiempo récord: 4 años. Ya no es posible mirar con asombro o desapego el despliegue tecnológico militar que ofuscó a Occidente en la primera guerra del Golfo. Tampoco es posible que “la multiplicación de las distancias tecnológicas entre un soldado y su víctima” suprima impunemente la dimensión política de un crimen de guerra. Tampoco es posible pensar en “ganar la guerra”, con obstinación y obcecamiento patriotero, ni es posible acusar del horror –por más que los Negroponte estén intentando activar hasta ahora infructuosamente los resortes del enfrentamiento sectario- a los propios iraquíes.
No obstante, en varios momentos, Ramonet flaquea. En cierta manera hay un pesimismo casi claudicante, como si ciertamente aceptara la “inexorabilidad” de la globalización como afirmara Clinton, frase que Ramonet cita. En varias oportunidades no concibe otra economía posible que la capitalista, y como Yunus con sus microcréditos, la Tasa Tobin asoma entre las grietas del neoliberalismo y su excedencia se procura en favor de los países pobres. Flaquea también cuando concibe una posibilidad de salida proveniente de los propios Estados Unidos, pues “afortunadamente no es una dictadura, afortunadamente Estados Unidos es una gran democracia” (195), lo que contrasta terriblemente con las leyes y las políticas que han creado no sólo ese “paraíso penal” que es Guantánamo (que Ramonet justamente critica) o las cárceles secretas que alertan a la opinión internacional sobre la expansión de un sistema carcelario global tenebroso donde campean la tortura, la muerte, la desaparición como políticas de Estado de un estado omnipotente y omnipresente, suerte de dios infernal de la religión de las corporaciones cuya furia fue desatada a raíz de la muerte “simbólica” de uno de sus hijos en aquel 11S. Confía demasiado Ramonet en la ley, desconociendo o salvando el no pequeño asunto de que las leyes existen para el poder y no precisamente para proteger a los ciudadanos… de los intereses y el hambre del capital; y, aunque afirma que los movimientos antiglobalizadores son pacifistas, no tiene una concepción pacifista de la política exterior, la cual ve sólo refrendada por un ejército poderoso. Tal vez sea verdad; pero eso indica que no ve muchas posibilidades de salir del círculo hobbesiano de la violencia.
Por otro lado, en 2002 el panorama que muestra de América Latina es desolador, pero repite lo que no merece mayor comentario: “que el único país de América del Sur que, más o menos, está saliendo de la situación con crisis, es Chile” (200). Para finalizar, en un par de oportunidades Ramonet afirma que todo empeoró precisamente con el neoliberalismo o bien desde hace 15 años (¡?), que incluso cuando los Estados Unidos restituyeron, por ejemplo, a Aristide en el gobierno de Haití en 1994 era porque estaban restituyendo la democracia siguiendo el postulado de Clinton de llevar la democracia (pro-intereses norteamericanos, ¿verdad Ramonet?, como la instaurada en Pakistán) a todos los rincones del mundo, como en efecto lo están intentado sin mucho éxito en Afganistán y en el propio Irak. Por descontado habría que recordar que remendaron el descosido mandando a Aristide otra vez lejos del poder, a Sudáfrica, en 2004, en un escandaloso movimiento geopolítico al cual la comunidad internacional le confirió su acostumbrado pero asqueroso silencio cómplice.
El golpe de Estado en Venezuela del 11A resulta según la visión de la política exterior que Ramonet tiene de los Estados Unidos, incomprensible porque se supone que poner o quitar presidentes había dejado de ser parte de su geopolítica.
Lo anterior, aunado a la idea de que todos tenemos derecho a los progresos tecnológicos del capitalismo y al “enriquecimiento que el capitalismo puede producir” (186), y a que el Foro Mundial Social debe contribuir a crear “correctivos” (188) contra la globalización, nos va conduciendo al asombro con que recibimos la increíble pregunta “¿Tendríamos un capitalismo no neoliberal?” (187), formulada por el periodista que lo entrevista en el apéndice del libro, y para la cual preparó y dispuso Ramonet, el escenario para su ocurrencia con comentarios como: “este capitalismo nuevo (el facilitado por las transacciones en Internet) está creando una sociedad nueva, unas aceleraciones nuevas, unos enriquecimientos nuevos y, por otra parte, unas injusticias nuevas” (187). Momentos que constatan la sigilosa presencia del pensamiento capitalista.











