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Archivos de: Julio 2007, 22

Educación y libertad

por joseleon71 @ Domingo, 22. Jul, 2007 - 04:05:53 pm

"Los colonizados y sus opresores saben que la relación de dominación no sólo descansa en la supremacía de la fuerza. Pasado el tiempo de la conquista, viene la hora del control de las mentes, del pensamiento; y este se domina mucho mejor si el dominado se mantiene inconsciente de ello. De ahí la importancia de la presuasión clandestina y de la propaganda secreta, ya que a largo plazo para cualquier imperio que desee perdurar el gran desafío reside en domesticar las almas, hacerlas dóciles y luego esclavizarlas". Ignacio Ramonet. Propagandas silenciosas. Fondo Cultural del Alba, 2006

Hace tiempo escuché una frase: la educación es demasiado importante para dejársela a otros. La recuerdo y comienzo a pensar en otras combinaciones: la salud es demasiado importante…; la vivienda…; la alimentación… Luego pienso en el Estado y en el poder popular.

Con un grupo de estudiantes en uno de los tantos barrios periféricos de la ciudad de Maracaibo hemos discutido sobre ello, y hemos concluido que, ciertamente, la vida de todos en la comunidad es demasiado importante para dejársela a otros. La vida tiene la cualidad de no ser una cosa abstracta sino bien concreta, de modo que no pueden ser abstractas la educación, la salud, la vivienda, la alimentación, ni pueden dejarse en las manos de "nadie" sino en las manos del pueblo y, específicamente, en las manos de la comunidad.

Ese nadie durante siglos ha sido el Estado, depositario y administrador de los intereses de la clase dominante, de las élites. Un nadie que luego fue conocido como la “mano invisible”.

Ese nadie ha instrumentado dos mecanismos para ejercer el poder: las leyes y la violencia, amén de que ha hecho cumplir las leyes con violencia y hasta su propia existencia, la de las leyes, ya es -per se- violenta. Bastaría el sentido común, pero el Estado necesita forjar las leyes para sostener su poderosa nada, los privilegios de su clase, el sentido de sus élites. Considerar que el imperio de la ley es justo es de una inocencia supina, encantadora de no ser una demostración de cómo la clase dominante, hegemónica, ha logrado implantar su imperio silencioso.

En conclusión el poder ha diseñado el estado, las leyes y ostenta el llamado monopolio de la violencia. Este sistema de dominación viene acompañado de una superestructura ideológica que ocupa todos los resquicios, "el hombre -dice I. Ramonet- está cercado por todas partes", todo el tiempo y el espacio, visible e invisible, toda la realidad. O prácticamente toda. Existen grietas ciertamente, fisuras, y por ahí se cuela lo distinto, lo divergente, claro está que expuesto a toda la violencia –sutil, indirecta o aplastante- del Estado.

Hace poco escuché de una estudiante universitaria (no de la UBV sino de otra de las universidades del país) que ella no había recibido “clases de ideología” en su vida, a lo que un compañero replicó: “crees tú”. Y los dos tienen razón: la escuela controlada por las élites no necesita “enseñar” porque todo lo que hace y genera está circunscrito a un determinado marco ideológico, nada le es extraño y todo le pertenece. La joven no puede sino ver lo que le pone el sistema ante sus ojos. En otras palabras, la joven adolece de una educación que no le permite “ver” o “descubrir” sino que llena de seguridades su ceguera. La suya no es una educación que le abre los ojos, sino que se los cierra.

Ver o descubrir lo otro exige amistad con la sorpresa, con la incertidumbre; amar lo inesperado, lo imprevisible. Planificar consciente del descampado, de la intemperie. Sabiendo lo que nuestros abuelos saben: que sólo hay una cosa segura, y es la muerte.

El joven que le replicó lo hizo a su vez desde las fisuras del sistema; logró ver otra cosa aparte de la pantalla que todo lo cubre, fisgoneó por las afueras y atisbó la trampa. Seguirá sentado en los pupitres del poder, pero su mirada conoció otros horizontes. Cultivarla ya es parte de sus asuntos. Desactivar los mecanismos de generación de la trampa será parte de sus esfuerzos.

La Universidad no le suministrará –está de más decirlo- los mecanismos para ello, la universidad los alimenta no los elimina -pues se autoeliminaría. La UBV por cierto tiene la tarea histórica –según lo veo- de ser una universidad para el poder popular, que critica y destruye lo que la pudiera semejar a las universidades conocidas, construidas como sabemos por el poder de las élites para afianzarse y seguir en el poder.

Uno de los elementos clásicos para ejercer la dominación ideológica ha sido, pues, la escuela. En este espacio se educa la elite y también el resto de la población, solo que las dos escuelas son bien distintas. En una se educa para ejercer el poder, en la otra para recibir y obedecer las órdenes que dicta el poder. Pero hay una tarea más sutil en esta última escuela: se enseña a no ver. ¿Qué no se ve, entre otras cosas? Que existe una escuela distinta para las élites, y lo que es peor, que la escuela para el resto de la población es una donde se aprende a respetar el estado y las leyes que las élites han diseñado para mantener intacto su régimen de dominación. También, que todo aquello que pretenda develar este estado de cosas no puede llamarse educación, saber ni conocimiento.

Una escuela para la liberación necesita desmontar la tramoya de las élites, descubrir la injusticia implícita en las leyes y el estado, y educarse a sí misma, esto es, no dejar su educación en las manos de sus opresores históricos.

Descubrimos que necesitamos aprender lo necesario para comer, para vestirnos, para curarnos, para vivir. Sólo que para aprender lo que necesitamos aprender se requiere de una escuela distinta, una escuela que no existe, una escuela que no es precisamente un edificio sino la comunidad toda, una escuela donde todos enseñan sin distingos académicos ni privilegios, una escuela donde todos son y todo es(la) escuela.

Pero para que esta escuela cuente con todos, no pueden irse sus mujeres y hombres “al trabajo” fuera de la comunidad, a ver cómo conseguir el dinero para comprar lo que necesitan para vivir, en el mercado grande o pequeño, en la tiendita del barrio o en el mall. La escuela popular necesita de una economía popular, solidaria y en red, del trabajo de todos para todos. Necesitamos pues, una escuela para el trabajo liberador, una escuela donde aprendamos a producir lo que necesitamos para vivir, y sobre todo a reconocer y romper la estructura de la dependencia, la visible y la invisible, la material y la ideológica.
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Ver:
Guerra simbólica

Ciudadanos de la globalización: Jóvenes por siempre, consumistas, inconscientes y conservadores


 
 

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