Sólo es posible la ética cuando existe autonomía y responsabilidad. Lo digo pensando en la educación y específicamente en la planificación, pues ante una organización del tiempo y del espacio que no piensa en los sujetos, que no los considera en su especificidad, no es posible esperar una adecuación responsable. Si el sujeto no toma decisión alguna con respecto al tiempo y el espacio de su hacer, sencillamente no puede –no está obligado, no podrá- actuar responsablemente. Una orden –abstracta, impersonal- genera respuestas o acciones abstractas e impersonales, y por ende, no éticas. En una institución educativa han de prevalecer las acciones éticas, y por tanto, el régimen administrativo que controla in abstracto la distribución del tiempo y del espacio, heredado de la industria y antes de la iglesia con sus horas canónicas, es una inconsecuencia, y limita seriamente si no impide, la posibilidad de acciones educativas fundadas en la ética. Con todo, se habla mucho de ética, pero estrictamente sólo se puede hablar, no practicar, porque los individuos no pueden tomar decisiones, salvo las que ya están determinadas por los límites del espacio-tiempo. Por ejemplo, no se trata de una decisión ética ir o no a clases, una vez que el estudiante se ha inscrito y tiene un horario donde están fijados el salón y la hora durante un tiempo determinado. Si el estudiante opta por no ir –si toma esta decisión-, sucederán dos cosas, diametralmente opuestas. La institución no lo reconocerá dentro del sistema, simplemente dejará de existir. Por lo demás, no está obligada a conocer las razones, a menos que éstas sean reconocidas por el sistema: salud, motivos de viaje, etc. Las razones “injustificadas” no entran en el sistema. Vemos así como la opción “no voy” soberana, responsable, decisión al fin, no es leída ni interpretada correctamente por el sistema, y la acción del estudiante queda en una suerte de limbo legal. La única opción que acepta el lector del sistema es “asistir a clases”, las demás ocurrencias deben ser y estar justificadas. Como vemos, no hay ética sino coacción. Se manifiesta la ética cuando tomamos una decisión, y una decisión existe cuando nos encontramos solos y desnudos ante el destino, con toda la cohorte de la realidad acechando, es cierto, con los dedos de la realidad tirando de nuestras ropas, halándonos, pero nosotros ante lo incierto o lo vislumbrado tomando la decisión, optando soberanamente, cayendo en el vacío del tiempo y el espacio que fundamos cada vez que decidimos, que decimos sí y no, solos, irremediables. No hay ética sin decisión, y no hay ética colectiva sin colectivo que decida junto. Hasta ahora he(mos) hablado de una ética individual, pero no es el tiempo de lo individual, es el tiempo de lo colectivo. Debemos hablar entonces de tiempos y espacios colectivos. La educación que necesitamos es la que nos encuentra juntos construyendo el destino de todos. Y todos es la comunidad. En la imagen del solitario que ha tomado la decisión (ese solitario sería el “todos a una” de Fuente Ovejuna), encuentro a una comunidad que elige, que toma una decisión soberana, responsable. Las decisiones responsables tienden a comprender (abarcar y abrazar) la realidad, porque nace del debate, del estudio, del sopesamiento no apresurado sino meditado de la realidad. Una decisión no puede ser sino ecológica. De modo que una orden unilateral, arrojada (como) por una máquina, abstracta, impersonal, es necesariamente anti-ecológica, sobre todo porque no comprende (ni abarca ni abraza) la realidad, sino que la abole, la elimina, la niega, la invisibiliza. El orden unilateral y abstracto, impersonal, construye, debe construir, una realidad irreal donde debe y necesita operar. Se trata de una realidad mecánica, sin espesor, sin vida. Sin seres humanos, sensu stricto. El sistema arroja “ordenes” irrebatibles, y cualquier decisión, cualquier “no” “injustificado”, queda “fuera del sistema”. Unos dirán: pero claro, no pueden haber decisiones contradictorias injustificadas, lo que hace evidente la existencia de no-personas que ya han sido absorbidas por la irrealidad, desocupadas de ser y hacer autónomo y responsable y devienen voceros de la nada que genera, que produce órdenes in abstracto. Estos voceros tienen carne y hueso pero funcionan como máquinas, consultarles algo se puede traducir con el verbo “operar”, tal como se opera una máquina, un telecajero, un parqueadero, etc. Antes estas máquinas como sabemos, las respuestas son limitadas, y siempre “funcionan” incluso cuando no funcionan, porque la interface se cumple aunque le caigamos a patadas porque no nos entregó el dinero solicitado o no se quiere tragar el tique. En un ámbito de realidad irreal sólo son posibles individuos, espacios y tiempos irreales. Y como no existen opciones “fuera del sistema” no existe ni es concebible la ética. La ética es propia de lo humano, de la realidad, de la vida, y comprende y abraza “todas” las decisiones posibles. La vida es esencialmente incierta. Podemos sólo con humildad, con resignación, con esperanza, pero también –quién lo duda- con alegría, pisar el futuro. La planificación “real”, la planificación de la vida, no constriñe y acepta todas –las infinitas- respuestas posibles. Prevé, pero su mirada se pierde en el horizonte abierto de las posibilidades. Pero una decisión ética acompaña todas las decisiones, las abraza a todas: lo que queremos hacer, lo que hacemos, favorece a la vida o a la muerte. Pongamos en la balanza de la vida y la muerte cuanto hacemos y la luz de la ética alumbrará nuestras acciones. Esto es posible claro está en el ámbito de la vida. En el de la muerte, impersonal, abstracto, unilateral, mecánico, no hay decisión, porque sólo concibe lo que ya ha sido concebido, porque no acepta respuestas o preguntas fuera de lo estipulado, porque no concibe ni acepta la “libertad”, el azar, la combinación, las infinitas posibilidades de la vida. La educación que requerimos para la vida debe contemplar la ética, el ámbito abierto de las decisiones, el abrazo de lo que no ha sido contemplado, las posibilidades de lo posible.
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