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Archivos de: Julio 2007, 12

Libro, socialismo y vida

por joseleon71 @ Jueves, 12. Jul, 2007 - 08:13:46 am

Un debate sobre el “Libro Socialista” no puede soslayar el debate sobre el libro como tal, sobre su destino en el horizonte de la civilización occidental. El libro es un artefacto cultural que cuenta con más de 5000 años de antigüedad. Nació en Mesopotamia, hoy el sur de Irak, una “oscura región del mundo” según el presidente de los Estados Unidos. La era digital ha puesto en discusión una vez más la llamada “muerte del libro”, en la que han participado primero la TV y más recientemente el computador y su memoria virtual. Se dice pues que el libro sencillamente desaparecerá desplazado por las nuevas tecnologías.
Palabras más palabras menos eso es lo que finalmente se concluye, lo cual expone los límites del análisis, dado que se considera el libro desde su cobertura física, material, exclusivamente, y no desde las operaciones intelectuales y sensibles, que propicia y sugiere. En efecto, se habla del libro en franca oposición al CD o video, en otras palabras papel y celulosa contra cristales de silicio. Espacio físico contra espacio virtual. Pero no entra en cuestión o se hace a un lado una discusión crucial, cual es las formas de ver y entender la cultura, implícitas en la era digital en oposición a la cultura del libro. Es allí donde yo creo que está localizado el verdadero problema, y no en el hecho de si guardamos o archivamos memoria, saberes y conocimientos en “libros” digitales o en papel. Son indudablemente muchas las ventajas de una biblioteca digital, y quienes argumentan en esta dirección se extienden en los valores propios de la modernidad: compresión y velocidad. La biblioteca digital, además, es aséptica y postula un mundo sin polvo, sin bacterias, sin vida, inodoro e insípido. El libro, ese objeto cultural, nos ha hablado largamente de olores, de tiempo, de suavidades y asperezas. El libro necesita un manejo muy distinto del espacio, pues puede acontecer que en una casa literalmente no quepan los libros, de ahí la necesidad de espacio que una biblioteca convencional trae de suyo. Las bibliotecas virtuales existen en todas partes y en ninguna, es decir no ocupan espacio sino ciberespacio, ese espacio matemático cuyos ladrillos son el 0 y el 1, combinados infinitamente. El espacio virtual es económico, flexible, elástico, invisible, se pueden portar cada vez más unidades de ciberespacio en unidades materiales cada vez más y más pequeñas, cada vez más y más versátiles.
Son muchas pues las ventajas que ofrece la biblioteca digital sin mencionar las ventajas del multimedia, y resulta ocioso comparar de manera proporcional, uno a uno, las ventajas del libro físico o de papel frente a las ventajas del libro digital. Cuando esto se hace el libro (en tanto que objeto que podemos tocar y oler) tiende a perder, desplazado por las ventajas comparativas del cibertexto. Dos formas del mundo quedan al descubierto: uno ergonómico y fundamentalmente analógico, otro digital, fundamentalmente económico, sólo que con esa acepción ultramoderna que combina velocidad (la de la luz, ese instante que nos mantiene interconectados en las redes digitales del mundo) y ligereza: mundo free flow.
Advierto entonces que el debate y la oposición no están planteados en lo esencial, esto es en la forma de leer en Occidente. Hasta ahora la discusión se ha centrado fundamentalmente en los tipos de soportes, pero no en algo más sutil, como es la recepción de las formas de los contenidos. La lectura es siempre un acto integralmente semántico, y lo que se ha obviado en la discusión es precisamente la lectura. No me refiero aquí al acto de leer un libro físico, de cartón y papel, y la lectura de un libro digital, en la pantalla de un computador. Me refiero a las operaciones de lectura que están implícitas en nuestra forma de leer. En efecto, la cultura del libro (en papel o digital) requiere la existencia de un mundo secuencialmente ordenado, un mundo histórico, que transcurre y que requiere del transcurso, del paso del tiempo, de las épocas, de los años, del tiempo que pasa y se acumula, que luego se salva, se protege, se preserva del paso invisible que deja sin embargo huellas en forma de vestigios, de ruinas, de polvo. La escritura se opone como sabemos al mundo oral en tanto que ofrece una forma alternativa de conservar la memoria de los antepasados. En efecto, la oralidad ofrece un pasado que se actualiza en el presente; la escritura, un pasado que reposa en el sistema de la lengua, esté viva (existan hablantes) o no. Incluso pueden nunca haber existido hablantes. La escritura entonces, distinta de la oralidad, puede prescindir de los seres humanos para durar en el tiempo. Que los signos sean descifrados o descifrables es otra cosa.
La escritura entonces supone un sistema, una serie de normas que actúan sobre la forma de ordenar los signos, las cuales quedan al descubierto con la lectura. Leer entonces siempre ha sido un acto profundamente hermenéutico. Pero lo que también queda implícito es que la lectura supone un orden, dominado por una racionalidad que requiere de la secuencia, de los órdenes, de grados y jerarquías, de valor y posiciones. La lectura que conocemos está basada en una lógica secuencial y lineal del tiempo y el espacio. No podemos sino leer de izquierda a derecha, un signo después del anterior, uno tras otro, hasta los límites de la página, hasta los bordes que fijen la estética, el diseño. Un pasaje, un fragmento de un libro nos puede llevar a hacer relaciones y conexiones con otros pasajes y fragmentos del mismo, o bien, sacarnos fuera de sus límites y llevarnos a otro, o bien a nuestros recuerdos, a nuestras sensaciones o experiencias. Leer es una metáfora de la palabra metáfora, que significa “ir o llevar más allá” Es decir, podemos salir de las relaciones lineales y secuenciales y arribar a un espacio tiempo no lineal, como el de los recuerdos o la imaginación. En otras palabras, podemos salir de una racionalidad del medio-fin y llegar a la racionalidad circular de la vida real.
Debemos recordar aquí la otra diferencia esencial de la escritura con respecto al mundo oral, pues la oralidad responde a la circularidad de la vida real, opuesta como sabemos a la secuencia lineal de la escritura, como producto cultural e histórico de la racionalidad medio-fin occidental. Sobre esta diferencia se sostiene un antiguo debate, que subyace a este planteamiento sobre el libro socialista.
En efecto, lo que está en discusión son las formas de la racionalidad, sea ésta de medio-fin, cuando una cosa lleva a la otra, la racionalidad de la causa y el efecto, o la circular, en la que todo se hace presente en el presente del sujeto, de los sujetos, la infinita presencia de la vida. La oralidad no puede por ello hacer un valor de la actualidad, como sí lo hace la escritura, que oscila entre el prestigio del pasado, el arrebato del presente y la imaginación del futuro. No obstante, es esta secuencia y linealidad, aristotélica por demás, la que está en crisis. El mundo de la escritura está siendo sometido a una alternativa que cuestiona su principio ordenador. En efecto, la escritura que postula el ciberespacio responde a una lógica, tradicionalmente hablando, no escritural que dibuja una estructura circular y aleatoria, abstracción de la oralidad. En otras palabras, la lectura digital (no siempre la escritura) está más cerca de la oralidad que la lectura sobre papel. Leemos, para decirlo de otro modo, en soportes digitales con unas técnicas que semejan a las formas orales de producción de lenguaje, que semeja a la divagación, al cambio de tema, al fantaseo de la conversación.
Para la cultura del libro he aquí un límite, acaso una vuelta de tuerca determinante. Pero en lo que he dicho reside una sutileza, cual es que al leer desde la cultura del libro las relaciones que establecemos en los contextos visibles o invisibles del libro, de la página, responden a la lógica circular de la vida. Se trata de una lectura que reproduce las formas de hacer presente el pasado y el futuro. En otras palabras, cuando leemos imaginamos, construimos imágenes que siempre van más allá de las palabras. La escritura y la lectura son siempre (o pueden resultar) un pre-texto para saltar fuera de la racionalidad medio-fin. Por eso un libro siempre nos dirá algo distinto, porque no somos los mismos siempre. Nos movemos en el tiempo y nuestro mundo sensual e imaginario se mueve con nosotros, nuestros contextos son pues flexibles, ágiles, vivos. Leer siempre es más gratificante mientras más relaciones, mientras más conexiones, variadas, ágiles, podemos hacer, esto es, mientras más diversificada, variada y viva sea nuestra vida. Lee mejor quien vive más, por eso es particularmente estéril esa imagen de la lectura que nos muestra a un lector solitario y encerrado, aislado viviendo en un mundo que deviene alucinación. La locura del Quijote no le vino de leer demasiado, sino de vivir lo que leía, con una intensidad que borró los límites entre la vida y la escritura, de modo que no era locura lo suyo sino metáfora llevada al límite de la lectura fuera del libro, de la lectura circular, hecha de contextos vitales, vivos y vívidos, lectura que sueña la vida y que vive la vida como si fuera un sueño, como lo confirma el hecho de morir lúcido –sin leer, sin libros- cuando ya el cuerpo no pudo llevarlo por los caminos de La Mancha desfaciendo entuertos por el puro amor de Dulcinea.
La lectura digital y de los llamados cibertextos ponen en crisis la lectura fuera de la página porque todo su afuera, su contexto, es un estar dentro, es decir, su contexto es un texto cibernético. En otras palabras, no hay afuera. De modo que imaginar en las márgenes, soñar en las afueras, se cuestiona profundamente ante la lectura del texto digital, porque su contexto es de la misma naturaleza que el texto, de modo que no hay contexto sino texto únicamente, sin principio ni fin, un presente que se hace de pulsiones instantáneas, sin más continuidad que el momento presentificado de la lectura, siempre sometido a la posibilidad de saltar a otro texto, que será el mismo, porque la unidad de producción está en los lectores, no en quienes escriben.
Pero a diferencia de la lectura a partir de libros de papel y cartón, la lectura digital nos fabrica los contextos, convirtiéndose en un simulacro de memoria universal. En efecto, el contexto se construye en base a nuestra memoria y cuando dije que se lee mejor mientras más se vive es porque vida y memoria van de la mano. La intensidad de la primera tendrá mucho que ver con la intensidad de la segunda, de ahí el hermoso título de las memorias de Gabriel García Márquez Vivir para contarla.
El problema de la lectura digital es que el contexto es exactamente cibertexto, de modo que no existe, como ya dije, contexto sino que todo cuando leemos frente al ordenador conectado a esa memoria virtual del mundo que es Internet, es texto. Internet o el libro digital nos fabrican el contexto que es como decir que nos fabrican nuestro pasado, nuestra memoria, es decir, el acumulado de experiencias de vida que nos hacen sentir que vivimos, que estamos vivos. El libro digital con su contexto tiende a borrarnos el contexto que nosotros lectores nos hacemos cuando relacionamos, cuando establecemos conexiones de acuerdo a nuestros reales saber y entender, soñar e imaginar. Contexto prefabricado, enorme y vasto y cada vez más y más enorme, pero jamás infinito, aunque el número de combinaciones no quepa en ninguna cifra humana, pues siempre será infinitesimalmente pequeña frente a Dios, esa hermosa metáfora de los límites humanos.
Lo que quiero decir es que el libro digital nos ofrece si no un futuro deshumanizado, al menos una metáfora muy concreta de lo que significa no tener otro contexto que el prefabricado, otros sueños, otras relaciones y conexiones, que las que arroja el sistema. Exactamente hablamos de “memoria virtual”, “realidad virtual”, realidad pre-diseñada, pre-existente, que bien puede prescindir de nosotros, como ocurre en las ficciones recientes que postulan un mundo sin humanos.
La realidad virtual nos prepara entonces para una “sociedad virtual”, y sociedades y comunidades virtuales comienzan a proliferar en la red. En la soledad de mi habitación establezco relaciones y conexiones con un número indeterminado y creciente de personas (¿son personas? no necesariamente, porque la interfaz podemos establecerla con máquinas), que están del otro lado, creando un nuevo concepto de vecindad, pues están en un aquí y ahora sin más tiempo que la velocidad de la luz y sin más espacio que la pantalla del ordenador. No necesito de la realidad para vivir la ciber-realidad, en esa medida leer prescinde radicalmente del contexto que durante 5000 años hemos necesitado. Está naciendo un nuevo contexto, el propio de una realidad virtual.
Una realidad que tendenciosamente prescinde, eso sí, de los seres humanos, que no los necesita para existir, para producirse. Estamos ante una realidad que en términos humanos no necesita de los humanos. ¿Para quién o para qué se está produciendo realidad? La pregunta es escalofriante pero más lo es la posible respuesta: para nadie.
Salir de esta lógica de la muerte es lo que nos ofrece, desde siempre, el libro. Y un libro socialista es casi un oxímoron, pues no hay libro que prescinda de la sociedad o que pueda prescindir de ésta a menos que elija la muerte. En ese caso la lectura y el libro se tornan profundamente irracionales, actos y productos que adolecen de una carencia radical de sentido. No obstante esta irracionalidad no borra el hecho de que “existan” tales libros y tales lecturas, como de hecho, lo que nos debe advertir sobre el crecimiento, la avanzada de la muerte.
La escritura y la oralidad se encuentran, creo que quedó dicho, en la libertad, en las relaciones, en las infinitas conexiones que lectores y escritores establecen en la minuciosa vida. Se encuentran, en otras palabras, en los contextos, hechos siempre de azar y necesidad, como lo descubriera para siempre Demócrito.
Si un sistema comienza a generar el contexto, un único contexto (necesariamente finito aunque con una capacidad combinatoria humanamente incalculable), entonces comienza a acecharnos la nada, la inercia de la irrealidad, la parálisis absoluta. El contexto de un libro –socialista, social- es la vida; el contexto del libro digital es la muerte. Podemos leer sin caer en ello, esto es, sin caer en la trampa del cibertexto, si leemos en la pantalla del ordenador sabiendo que la vida nos aguarda, que los amigos, que el amor, que la vida con su todo nos esperan más allá, al apagar la computadora, al desconectarnos, al no confundir la realidad mediática con la realidad real. Don Quijote vivía un sueño vívido en un espacio real, La Mancha sin nombre pero España, el cibernauta vive un sueño artificial en un espacio virtual sin nombre y en ninguna parte.
El libro que necesitamos nos necesita. Nos necesita vivos, amando, construyendo en colectivo. Necesita contextos, es decir, sueños y realidades individuales y colectivos.
No importa si leemos en ordenador o en papel, eso es lo de menos, importa que advirtamos que no podemos dejar de construir las relaciones, las redes del sentido que son las redes de la vida. Importa que advirtamos y luchemos para que nuestra vida sea la que reproduzcan nuestras relaciones azarosas y necesarias con la vida y entre todos, no la generada por defecto en las máquinas de la realidad virtual, que tanto se parece por cierto, a la famosa no-vida de la burocracia –que prescinde de los humanos convirtiéndolos en cosas luego de robotizarlos- y que comparte con ella, con estos, su esterilidad y su nada.
La lectura y el libro no pueden ser sino sociales, en tanto que requieren de nosotros y de la vida. La lectura además siempre será un acto de libertad, porque toda coacción –es decir, toda forma prefabricada de realidad y contexto- es opresión y esclavitud.


 
 

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