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Archivos de: Julio 2007, 06

La participación silenciosa

por joseleon71 @ Viernes, 06. Jul, 2007 - 08:22:14 pm

Para Manuela, para sus padres, abuelas y abuelos
Para Berta, porque lo viene diciendo hace rato
mejor que con palabras

I
De la enorme lista de nociones difíciles de atrapar voy a elegir una que mencionamos más de una vez a la semana y que sin duda resulta de vital importancia –al menos como se usa- en el proceso revolucionario que se vive en nuestro país. De más está decir que las nociones de “proceso” y “revolución”, por no hablar de “nuestro” y, lo que es más difícil, de “nuestro país” son de suyo conflictivas y requieren miradas atentas.
Me voy a referir pues, a la palabra “participación”, que nosotros usamos con otra palabra equívoca: popular. Hablamos entonces de participación popular y creo que al hacerlo no tenemos demasiadas dudas a menos que nos acerquemos un poco. Resulta que con pasión enconada admitimos que la revolución bolivariana es participativa y protagónica (¿advertimos que la noción de protagonismo nos viene en mucho de los medios?), pero ¿qué es participación? y, sobre todo ¿quiénes participan? Entiendo por participación lo concerniente a la construcción del poder popular. No es lo mismo por tanto participar “de” que participar “en”: así, participar de los mercados populares no es lo mismo que participar en los mercados populares por ejemplo con nuestros productos; participar de la salud no es lo mismo que participar en el Comité de Salud; y así sucesivamente. Está claro que es mucho más común el “de” que el “en”, y que cuanto más el segundo más revolución.
Ahora bien, participar “de” ofrece también sus peculiaridades, porque no es lo mismo comprar en Mercal o asistir a los centros de salud en los barrios... con cierto sentido político inocultable. Esto es, hay personas que ostentan su fidelidad, digámoslo así, a las políticas sociales del gobierno “participando de” ellas. De todos modos, prevalece la necesidad toda vez que las tales políticas en la mayoría de los casos están lejos de ser superfluas y antes bien buscan remediar necesidades perentorias y urgentes. El todo es que salud, vivienda, educación y alimentación han llegado al grueso de la población venezolana a través de redes que el gobierno bolivariano ha ido construyendo con la participación diversa de organizaciones civiles y militares. Estas redes se han ido sofisticando y están siendo cada vez más y más documentadas y sus experiencias recogidas y sistematizadas (incluso exportadas), y de continuar su expansión y lograrse su consolidación, es posible que en muy pocos años –históricamente hablando- surquen la totalidad del territorio nacional -derrotando definitivamente la pobreza- y, por qué no, estableciendo conexiones más hondas con comunidades más allá de las fronteras –si la integración se deja correr de la mano de los pueblos…

II
Como se ve, hablo de un tipo de participación que no obstante deja invisible la participación –de la cual quiero hablar- de un importante sector de la población que hoy tiene entre 50 y 70 años, constituido por mujeres esencialmente, que no participa de ese modo clásico al cual se hace referencia, pero cuya participación, no obstante, es esencial, yo diría vital. Hablo de una amorosa cantidad de mujeres cuyos hijos rondan los 40 y los nietos todos los rincones de la casa. Son las madres que no se pierden un pestañeo mediático de Chávez, que lloran con sus cuentos, que lo sienten su hijo, que se saben las canciones que canta porque con ellas las enamoraron, que saben (con el corazón, es decir que sienten) que cuando Chávez habla de su madre les habla y cuando habla de su abuela les está hablando de una época, de una Venezuela, de una forma de ser venezolanas, que fue la de la abuela de Chávez pero que es la de sus madres, nuestras abuelas, las madres de nuestras madres.
Esta conexión profundamente sentimental creo que no ha sido considerada sino de manera muy indirecta no obstante su innegable poder. Estoy convencido de que la base del nuevo país se está cocinando hoy en las marmitas de las cocinas venezolanas, en los guisos, en los dulces, en la repostería, en los halagos culinarios para los díscolos nietos y nietas que pululan, saltan, gritan, corren, las casas de las mujeres venezolanas que nacieron cuando terminó la segunda guerra mundial y vivieron la primera escuela del General Pérez Jiménez, que se aprendieron de memoria todos los países y sus capitales, los presidentes y sus años de gobierno, que se sabían de memoria pasajes literarios, párrafos recitados de historia, que cultivaron los lunes cívicos, que iban descalzas por las calles de tierra para no ensuciar las botas blancas o negras, que conocieron los estragos de “la letra entra con sangre”, que amaron para siempre hasta el sol de hoy, que se mudaron de sus pueblos en pos de la fiebre de modernidad que las trajo con sus primeros hijos -algunos en su vientre- a las ciudades que en los años sesenta explotaron demográficamente, con ellas que pasaron a vivir en la pobreza digna de las márgenes urbanas, que criaron a sus hijos –dicho de verdad con todas sus letras- con sacrificio, que trabajaron en sus casas vendiendo dulces, panes, cepillados, que hacían las compras con monedas de milagro, que multiplicaban todos los santos días el pan y los pescados, que cosieron nuestras ropas como hoy las de las muñecas de sus nietas, que nos enseñaron lo que hoy sabemos de la patria y de las letras, que nos enseñaron a leer, a dibujar y colorear los mapas, que hicieron las tareas con nosotros.
Esa multitud de madres nuestras –lo digo como ejemplo y para situarnos- veía un programa –Nuestra mañana- en VTV que las mantenía conectadas al canal del Estado, y prontas por ende a cualquier noticia (son ellas las que nos dan las primicias, por cierto) pero la ceguera de una generación de revolucionarios lo sacó de la pantalla obligando a nuestras madres a buscar alternativas en la televisión española.
Escribo estas líneas para llamar la atención sobre ese sector –que sabe hacer arepas de maíz pilado porque sabe cocinar y pilar maíz, que tostó y molió café, que sabe preparar las hayacas y los bollos, el calentaíto, las tomas y las infusiones- que advertimos es vital para construir la patria y al que no podemos renunciar, negar o simplemente no ver a menos que optemos por el naufragio, por la condena o el infierno de vivir para siempre una suerte de limbo sin más sur que el norte de la muerte-. Su “participación” es de otro tipo, estamos claros, pero en la guerra de todo el pueblo ellas son esenciales como el alma, como la respiración, como la belleza. Su participación es invisible y silenciosa, nos agarra el estómago y tiene mucho que ver con nuestros nudos en la garganta. En el tiempo, y por lo que hacen con nuestros hijos, por sus juegos, por sus rabias, por sus medicinas, por su conocimiento del sol y del sereno, por sus cuentos, por su memoria de un país difícil, por su dignidad y esfuerzos ante su menos larga que trabajosa vida, su participación es la más duradera, la más sólida, la garantía de que nuestros hijos e hijas conocerán de primera mano el amor y la ternura.


 
 

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