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Archivos de: Julio 2007, 04

Recuerdos, fútbol y Santaella al fondo

por joseleon71 @ Miércoles, 04. Jul, 2007 - 01:19:50 am

I
En 1998 participé en un encuentro literario en la ciudad de Barquisimeto celebrado en honor a Salvador Garmendia. Un hermano de la vida, José Javier Franco, llevaba una ponencia atípica para esos eventos. Él, para decir la verdad, no estaba muy de acuerdo, pero entre otros, yo le insistí con vehemencia que el tal texto, escrito sin pensar en Salvador Garmendia y en definitiva como un texto de ficción, era un perfecto homenaje para el autor de Los pequeños seres, muy a propósito para rendir testimonio fervoroso a su pasión por el detalle y la vida, que ocurre minuciosa ahí en lo invisible, entre los pliegues del olvido y la rutina. Que leyera su texto, que le hiciera una introducción para que los acostumbrados a la costumbre calmaran su particular hoguera y le hicieran el gesto perdonavidas que deja todo intacto después de la ventolera.
Franco fue vencido por la insistencia, hasta Lidda Franco metió la cuchara, y leyó su texto: un rosario de humores, de excrecencias, de saliva y moco, de legañas y cerumen, de amorosa, lenta, corrosiva destrucción. Una suerte –ahora que lo pienso- de homenaje al tiempo que va tallando el rostro de nuestra muerte. En fin, un texto atípico en esos eventos serios sobre autores y obras literarias.
El hecho fue que Franco despertó aplausos y silencios, como era de esperar, pero llegó el corte de la actividad por el almuerzo y volvimos unas tres horas después. Le tocaba el turno a un escritor venezolano, delicado ensayista que hasta ese momento y todavía después nos mantuvo atentos a sus comentarios sobre el arte de componer versos. Su prosa ensayística era destacada por críticos y poetas, fina e inteligente, esa lucidez sensual que admiramos en Balza, por ejemplo. Hablo de Juan Carlos Santaella, quien introdujo su ponencia, palabras más, palabras menos, así: menos mal que tuvimos que ir al almuerzo después de ese momento tan desagradable. Se refería sí, a la ponencia de Franco y de una vez despertó en nosotros el resquemor. En ese momento teníamos un termómetro oculto y ciertas cosas nos descubrían al tipo de persona que teníamos al frente, en físico o a través de un libro. Y no nos equivocábamos.
Algo que no he contado porque lo estaba reservando para este momento es que durante el almuerzo se nos acercó el poeta Reynaldo Pérez Só y nos hizo gustosos comentarios sobre el texto amén que le sumó una que otra excrecencia que la summa de Franco no había contemplado. Habló de su experiencia con las enfermedades, el cuerpo y la medicina, comparó ciertas llagas con pizzas, y desde entonces la imagen dulzona del pus me acompaña.
Al comentario de Juan Carlos Santaella le respondimos siempre con el espaldarazo poético de Pérez Só.
Era el año 1998, y estaba cerca para nuestra generación el momento de saber quién era quién y dónde se estaba. Lo que sí sabíamos ya era que con sutilezas como la de Santaella no íbamos a ningún lado. El tiempo puso en su lugar algunas cosas y Santaella siguió siendo lo que ya había asomado para nosotros en aquella tarde. Años después supe que escribía notas deportivas, reflexiones que dejaba colar entre noticias de boxeo y béisbol, atípicas también, reflexivas, lúcidas, a la caza de algún lector desprevenido. Un amigo, Joahn Gotera, me hizo llegar algunas que habían despertado su avezado interés.
Pero hoy es el propio Franco y por Internet quien me hace llegar un texto suyo sobre fútbol, el cual transcribiré al final, luego de que descargue sobre él algunas invectivas. Lo hago no por que me interese Santaella, con lo que he dicho ha quedado claro qué lugar me merece, sino como una prueba aislada, pero contundente, de hasta donde puede llegar la demencia de los “intelectuales” de nuestro país.

II
Yo no sé si en Venezuela el fútbol es una pasión como lo dice la TV. Yo, al menos, que no crecí en San Cristóbal, donde sé que el fútbol es el deporte regional, jugué todas las variantes que ofrecía, desde el llamado de salón -con todas las de la ley- hasta el fútbol en cancha profesional. Es más, yo jugué en el Pachencho Romero de mis 12 años, cuando se nos podía fracturar un pie en los baches, o patear las tuberías que debían regar un pasto reseco. En otros estadios jugué, todos de tierra y calientes, como el de San Jacinto, donde nos entrenaba por puro amor un colombiano. En mi sector jugué futbolito en cancha de básquet los días de mi adolescencia, con esa pelota pesada, sin rebote, hasta la madrugada. Estudiaba para mis exámenes un día antes, una noche antes, el resto era jugar “caimaneras” o campeonatos, con uniforme o sin camisa, tres para tres, con porterías pequeñas o quien le pegue al tubo, todas variantes de un mismo juego. Y cuando viajaba a San Cristóbal, era lo mismo, con los primos y los amigos de mis primos. Y en todas partes conocí excelentes jugadores. Me acuerdo de Juan Carlos, un colombiano que tenía una forma de pegarle al balón que jamás he vuelto a ver. Me acuerdo de la calidad del “viejo Oscar”, del colombiano de los rulitos, del gocho Felix, de su hermano Fernando, que estudiaban medicina en Maracaibo pero que habían aprendido a jugar como los dioses allá en los Andes. Me acuerdo de los chutazos de mi hermano, de Oscar, del juego endemoniado de Julio, de la calidad de su hermano Ale. Fui campeón en la Fundación del Niño, pero no quedó constancia porque no pude jugar la final por motivos de viaje y cuando regresé mi suplente había hecho suyo lo que yo había sudado.
Me acuerdo más, pero creo que basta para decirle a Santaella que no sabe de qué habla cuando quiere cagarse en el fútbol de nuestro país sólo porque se está llevando a cabo la Copa América en unos estadios que sólo una inversión multimillonaria y una política deportiva clara y bien definida, trazada en el tiempo y para durar, podía convertir en estadios para un evento internacional de esa magnitud. Sin hablar del público y de todas las ciudades y sus gentes donde se está llevando a cabo el campeonato. El todo es que Chávez está detrás de su odio como está detrás de la Copa. (Hubo videos que mostraban a grupos de jóvenes estudiantes reunidos los días previos planeando como sabotear los juegos. No pueden tolerar un triunfo evidente del gobierno nacional, recogido a su pesar y sin poder evitarlo por la prensa internacional. Ellos que se han dedicado con todo a evitar que nada se sepa, tuvieron que aceptar que el viaducto era ya inocultable y la Copa también, pero bueno, aunque el viaducto queda la rutina lo borrará, mientras que la Copa es sólo por unos pocos días y todo volverá a la nada de siempre.)

III
Yo pertenezco a una generación que vio caer ante Paolo Rossi al Brasil de Zico, Falcao, Toninho Cerezo y Sócrates. Soy de la generación que vio con sus propios ojos en vivo el gol que la mano de Dios metió por intermedio de Maradona. Soy de la generación que lo vio driblarse a todos los ingleses y comerse la cancha y meter un gol él solo con toda su gracia y petulante belleza.
Santaella, no sabes de qué estás hablando.
Soy de la generación que lo vio jugar en Italia, y la que lo vio caer en Italia. Sí, al Pelusa.
Soy de una generación que se aburrió en el mundial anterior, pero que se trasnochó con el de Japón. Y soy de los que no se está perdiendo un juego de los de la Copa.
Me gusta el fútbol, lo jugué en todas sus presentaciones, y tengo algunos goles en el recuerdo.

Cuando personalizo lo hago recordando a muchos que pudieran ahora mismo recordar conmigo –lo hemos hecho en otros momentos- un montón de cosas que sería bueno en otra ocasión, no ésta, cuando lo que intento es desagraviar al fútbol, que no lo necesita, claro, pero como conozco de antes al personaje, al Santaella, por lo que conté, pues lo intento, no con la prosa del delicado sino con estas líneas escritas al desgaire, de paso y sin otra intención que mostrar hasta donde el odio y el afán de destruir al otro, pueden llegar. Es increíble el racismo y el desprecio que muestra Santaella, visibles en los argumentos con los que descalifica ¿indirectamente? el proceso político que vive nuestro país y a quienes lo conducen, animan y construyen. Vomita sobre ello, pero se pasa un kleenex que ya tenía preparado desde las primeras líneas, no sin antes acusarme de antemano (lo tomo para mí puesto que le “caigo encima”) de izquierdista ortodoxo. Ahí está el texto y dónde lo publicó. Saquen uds., sus propias conclusiones

4 / El Mundo / Lunes / Caracas , 02 de Julio de 2007
Los idiotas del fútbol

Aclaro una cosa de entrada. Éste no es un artículo político y tampoco debería contener, solapadamente, elementos de opinión que apunten hacia cuestiones ideológicas. Me curo en salud antes de que algún fanático de la izquierda ortodoxa y de la derecha fascista me caiga encima como ya es habitual. Veamos. Venezuela se ha convertido, de un tiempo a esta fecha, en un país "futbolístico" y esa religiosa conversión no tiene nada de extraño en una nación que se ha venido acostumbrando al uso sistemático y riguroso de las patadas como manera de entender la civilidad. Es por ello, entonces, que en el fútbol las masas criollas encuentren una metáfora perfecta para expresar una conciencia nacionalista hecha por "patanes" de cualquier ralea.

Mi ex esposa, científica social al fin y al cabo, decía una cosa que es bastante cierta: ¿cuál es el sentido de ver a unos tipos medio imbéciles correr detrás de una pelotica para intentar meterla en un hueco? Es obvio.

Habría que ser un idiota redomado para tomarse tan en serio un deporte cuya única gloria que reivindica es la violencia, el nacionalismo, el chovinismo, el etnocentrismo, el racismo y el militarismo entre otras mediáticas virtudes públicas. Stubbesen, en su legendario libro titulado Anatomía de los abusos, consideraba al fútbol como un juego sanguinario y asesino, observación que la historia se ha encargado de corroborar punto por punto. El fútbol es para depredadores y caníbales, tanto quienes lo practican como, asimismo, sus fervientes y animalizados seguidores.

Por fortuna, los eventos futbolísticos (el mundial y el resto de las copas) son transitorios estados de estupidez colectiva cuya duración, en suerte, dura pocos días. Sería inaguantable un país sumergido -como los frívolos españoles y los insoportables ingleses- todo el año, embobados y hasta histéricos por causa de un equipo al cual le deben una emocional y ridícula obediencia. En España, las mujeres sensatas terminan divorciándose de sus megalómanos maridos, a quienes una insufrible e incurable devoción hacia el fútbol los ha transformado en auténticos idiotas. Todo esto por no hablar de los famosos "hinchas" y de las tristemente "barras bravas", expresiones dramáticas, patéticas, de la conducta animal convertida en espectáculo. Es ridículo tener como ejemplo de heroísmo a un tipo como el cabeza rapado francés Zidane, cuyo cabezazo de toro amargado fue objeto de frívolas alabanzas. Lo mismo hay que decir de ese mito glorificado por las mafias y el poder político llamado Maradona. Se ha querido ver en Maradona a una especie de rebelde, a una figura de la contracultura deportiva, cuando en realidad no es otra cosa sino un caprichoso tipo millonario, a quien le gusta meterse coca de la mejor calidad. La dictadura militar argentina lo usó al máximo y luego, en Nápoles, se incorporó a la célebre "Camorra" dentro de un contexto caracterizado por el tráfico de putas (por quienes yo siento un gran respeto), el contrabando y las apuestas en torno al fútbol. Hay un lumpenaje de lujo y un hampa "dorada" que gira alrededor del fútbol y todavía hay quienes creen que éste es un deporte "sano". Volviendo al país de los patanes que es Venezuela, su afición por el fútbol es verdaderamente melodramática y, por lo mismo, falsa. Y está también el obsesivo tema de la "vinotinto".

¿Con qué se come eso? La oposición política la quiere convertir en pendeja bandera de la resistencia y el Gobierno en trapo teñido de reflejos socialistas, cuando es un equipito más en un país donde predomina el gusto por los toros coleados, las peleas de gallo, el 5 y 6, los terminales y triples y el béisbol canalla. Los neoyupies que se reúnen todas las tardes a tomar güisqui de 18 años en el San Ignacio se vuelven con el fútbol unas maricas furiosas y exaltadas y en la avenida Baralt los camaradas de barrio adentro se emborrachan bebiendo lo mismo y celebrando a una suerte de vinotinto revolucionaria.

Un deporte, en fin, de delincuentes para un país de eternos delincuentes y advenedizos truhanes escondidos en los arrabales del poder.


 
 

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