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Archivos de: Junio 2007, 06

ORDEN Y REVOLUCIÓN

por joseleon71 @ Miércoles, 06. Jun, 2007 - 11:41:23 pm

Todo orden es una desnaturalización porque se trata de una intervención practicada por los seres humanos, en el grado que sea, sobre la realidad. Si la naturaleza ofrece a la mirada un proyecto de orden debe entenderse que no es propio de ella, es la mirada –social, histórica, cultural, en fin- la que pone el paisaje en orden.
Pero los procesos de desnaturalización son tan vastos y minuciosos que tendemos a creer que lo desnaturalizado es lo natural, y no sólo eso, hemos asumido como orden natural un tipo de desnaturalización mayoritariamente practicado por factores y elementos propios y exclusivos de la cultura occidental. Es obvio que así ocurra y sería iluso considerar otra cosa, pero en respeto y en rigor a la verdad, a la muticulturalidad, a la diversidad étnica y a las minorías, debemos considerar otros elementos, otras configuraciones.
Esto ya desafía a la cultura dominante que por siglos ha negado la participación a las llamadas minorías, y sólo han participado –de manera mayoritaria y sin discusión- en la construcción del orden (la mayoría no es numérica, por si acaso), los hombres blancos adultos sanos, portadores de rasgos europeizantes. La tendencia natural ha sido la occidentalización: será y estará más o menos ordenado todo aquello que más o menos se aleje o acerque al tipo de orden formulado y practicado en occidente, vale decir en aquellas naciones y culturas que lo formulan y practican digamos de primera mano, y cuyas noticias obtenemos a través de los medios y/o diversos aparatos de producción y difusión cultural (como antes por los viajeros y por las elites sociales que podían viajar por el mundo). Hacer como lo hacen en Europa y Norteamérica ha sido la forma más común de practicar el orden, en todo caso de remedarlo.
¿Tenemos una idea de cómo es el orden fuera del ordenamiento wasp (white-anglo-saxon-protestants)? Luego, todo lo que se aleja o atenta contra dicha noción de orden es calificado ipso facto de desordenado, y cuando el desorden se generaliza se le llega a calificar de anarquía. Lo primero está claro y obvio; lo segundo también, pero bien vale la pena ponerlo en discusión toda vez que a la hora de imaginar nuevas formas de poder no faltan de allá y de acá esos remoquetes, esas des-calificaciones. Por lo demás, es sumamente comprensible. El poder (los medios, las escuelas, la iglesias) no han hecho sino alimentar aquella noción de orden y lejos estamos de actuar (conscientemente, digo, aplicando un programa, una estrategia, en base pues, a un plan, no a la buena de Dios) de acuerdo a otras visiones del mundo.
Un vistazo a nuestras ciudades y a nuestros comportamientos nos descubre, sin embargo, particulares formas de ser y hacer, distintas y distantes del orden hegemónico, mas ciertamente han permanecido invisibles y silenciadas (reprimidas o insultadas), como corresponde a mundos caducos, que deben desaparecer, definitivamente (en el Norte y en el Sur esto se tradujo desde el XV hasta hoy en genocidio, esclavitud y racismo). En todo caso nos revelan como somos, con nuestro muy particular desorden –exactamente, otro orden –. Pero no falta ni faltará quien se alarme y alerte, quien llame al orden (a sus fuerzas), quien conmine a la normalidad y hasta despliegue altisonantes y prepotentes discursos que actualicen y remocen las coordenadas del Poder.
A eso apelan quienes llaman anarquía a las situaciones protagonizadas por sujetos que diseñan nuevas formas de poder, nuevas formas de autoridad (¿entiende Occidente el “mandar obedeciendo” zapatista?) El poder típicamente feudal, como sabemos, se concibe a partir de alguna forma de sumisión o despotismo, naturalizada hasta tal punto que el sujeto oprimido cree ser libre cuando cede a otro o a otros su poder por la vía de la representación. (De ahí que la democracia participativa y protagónica despierte reacciones en los opresores de siempre y en particular en aquellos que han estado dominados pese a creer que eran o podían llegar a ser dominadores, y que, si no, es por alguna mala argucia del destino que los condenó al fracaso). No concibe el poder hegemónico sino el gobierno y el Estado, figuras que reducen al individuo real a un plana individualidad formal, unidimensional y estándar, con la capacidad (limitada, pero ilusamente ilimitada) de desear, modelada por los aparatos culturales. El individuo libre y soberano, en cambio, es un productor de realidad, y desea lo que produce. El representado, el ilota, no desea lo que produce sino lo que jamás tendrá ni producirá, y en esa aspiración pone todo su empeño, de ahí que su sueño, por definición, resulte vacío y sin objeto.
La construcción del poder popular, libre y soberano está constituido por hombres y mujeres libres, productores de realidad, en otros términos, hacedores de historia (esta perspectiva descubre de paso el revés de la Historia, la cual aparece no hecha por los vencedores ni como relato sagrado –propio de una religión laica- de la gesta de los proto-hombres, de los Héroes de la Patria, Historia escrita para elevar al empíreo de la sin razón las formas y representaciones del poder) que dibujan en el escenario social nuevas figuras, nuevas formas de organización, que el poder no sabe leer ni descifrar, que no le interesa por demás ni leer ni descifrar (la cantidad de argumentos, la libertad de palabra le aterra), sino simple y llanamente negar, cuando no destruir, aplastar, borrar (para qué argumentos –dice con visible fastidio- si basta el monosílabo de un insulto, el desprecio, un disparo.) Sabe el poder hegemónico (más lo intuye, que lo sabe) que nuevas formas de organización se traducen en nuevas formas de producción. Ello conduce necesariamente a nuevas formas de ver y conocer. Para que éstas no sean posibles, tratará más allá de todo límite de calificar de “desordenadas”, y, donde prevalezcan y vivan, donde tiendan a fortalecerse, donde manifiesten resueltas el despropósito de negar el poder constituido, de “anárquicas”.
Deberíamos poner en remojo cualquier calificación de desorden o anarquismo referido a grupos, situaciones, movimientos u organizaciones. Se esconde en ello la norma, la normalización, el poder despótico, la opresión. Pero no es fácil, el poder conocido es un nicho muy cómodo, un refugio, y los productos y prebendas de la inercia satisfacen al espíritu desproblematizado, tendenciosamente light. En los problemas se suele alojar el germen de la transformación. El confort, el relax, el estado del bienestar, nortes del Norte, seducen con su ilusión, su modorra, su parálisis.


 
 

Por una Constituyente del Habla y la Lengua

por joseleon71 @ Miércoles, 06. Jun, 2007 - 05:16:07 pm

LIBELO

La Real Academia Española de la Lengua (fundada por real célula en 1714) se mantiene eternizada, lejos de los discursos independentistas que reclaman y exigen soberanía. En el propio siglo XIX el maestro Simón Rodríguez alertó sobre la necesidad de separarnos de España desde y a partir de la lengua. Sabía que en ésta viajan las instituciones, y que sin romper los lazos con la lengua del imperio no habría independencia real. Andrés Bello participó en este debate, supo que el Imperio se tradujo en dominio a espada y cruz, y que en los barcos donde viajaba venía también la Gramática de Nebrija (dedicada a Isabel La Católica en 1492). Además, produjo una gramática castellana, norma para un creciente número de escribientes y hablantes del castellano en los rústicos territorios americanos.
La tesis revolucionaria de Robinson aparece hoy como una deuda histórica por saldar, sobre todo en el marco de construir sin sujeciones foráneas nuestra libertad. Y no es poco que nos liberemos de la Real Academia proponiendo una Asamblea Constituyente del Habla y de la Lengua en la República Bolivariana de Venezuela. Constituyente, porque nuestros hablantes y escribientes no pueden seguir sometidos a la férula correctora de los académicos, especialistas elitescos de la lengua, aristócratas del buen decir y lacayos del reino, que ni hablan ni escriben bien (o que sólo eso hacen) y, en cambio, corrigen con saña. Necesitamos que en tal Constituyente participen todos, esto es, todos los usuarios –venezolanos nacidos y nacionalizados- de nuestro idioma. Constituyente del Habla, porque es allí donde se registra la vida del idioma, y no sólo y únicamente en la lengua escrita, que hereda del griego y el latín la paz del diccionario y el rigor mortis gramatical. Constituyente de la Lengua, para que flexibilizada y abierta por el Habla, deje de considerar transgresiones y en el peor de los casos, errores, la impericia de los niños como de cualquier usuario que desconozca, olvide u obvie el uso correcto, peor, la “norma culta”. De hecho y por dar sólo un ejemplo, muchos “errores” ortográficos no son errores fonéticos, lo que nos recuerda nuevamente a Simón Rodríguez cuando llamaba a la eliminación de sonidos que creaban innecesarias ambigüedades y fortalecían la dislexia típicamente latinoamericana (Ángel Rama dixit).
Para refundar la Patria necesitamos de todas nuestras palabras, acepciones, locuciones y giros, y sobre todo, dejar de esperar el ingreso casi inmerecido y a cuenta gotas de nuestro acervo cultural en esa suerte de anacrónico sínodo del idioma.
La norma inhibe y constriñe la expresión (escrita) antes de que esta se produzca, amén de que la escuela ha sido como un campo de concentración lingüístico, con flagrantes discriminaciones (en Maracaibo el “vos” es sustituido por un raso “tú”) y donde el niño es obligado a abandonar sus signos regionales y locales, vale decir, las palabras más suyas, en pro y en defensa a ultranza –mas ignorancia que purismo, ciertamente- de un castellano estándar. Como el que circula en los medios audiovisuales, sin acento y sin persona, que nos conmina a pensar en una política lingüística nacional que corte el paso a valores desapercibidos pero que son, sin duda, avanzadas del neoliberalismo. “El demonio es Legión”, dijo el demonio y Roland Barthes. Tenemos derecho a escribir y a hablar nuestra lengua materna, la que aprendemos en la casa, con nuestros amigos, en la libertad del habla y la calle.
Necesitan nuestros niños hacer uso de todas las palabras que conocen y que pueden conocer, que no sientan discriminación ni presión, que sepan que sus palabras les pertenecen y que son su patrimonio (mejor, su “matrimonio”), su pertenencia más íntima, más sagrada. Ninguna palabra debe estar penalizada, ningún uso sancionado de antemano. Necesitamos para el habla y la lengua, semejante al espíritu que reina en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, una gramática para libertad.

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