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Archivos de: May 2007, 24

Pasquali ayer y hoy (I)

por joseleon71 @ Jueves, 24. Mayo, 2007 - 04:56:25 am

Hace escasos días tuve la oportunidad de ver y escuchar a Antonio Pasquali en un programa de televisión. Era entrevistado por Nitu Pérez Osuna y le bastó menos de una hora para reconfirmar que su pensamiento y reflexiones sobre la comunicación han dado un viraje asombroso. Escucharlo y leerlo es una operación de absoluto desencuentro, y sin duda un caso digno de considerar a la hora de tener buenos ejemplos sobre la inherencia de los capitales privados en la confección del pensamiento intelectual progresista. Escritores, filósofos, que encabezan o son abanderados de las causas más justas, actúan (como lo deja ver el tiempo) como ventanas de escape de las muchas presiones que ellos ayudan con su “lucidez”, con su “virulencia”, con sus “verdades descarnadas” a desahogar. Que el sistema respire por ahí, que por sus bocas se desfogue, pero con cuidado que el desencanto cunda y se les vaya de las manos. De ahí la copiosa desesperanza, las cifras demoledoras que practicamente dejan (dejaban) al lector con la sensación de que esto era irreversible, de que nada o muy poco se podía hacer a menos que... ocurriera un milagro.
Lo que sigue es simplemente una contribución al caso de RCTV pero con 9 años de desfase, que publicó Pasquali en su libro Bienvenido Global Village, editado por Monte Ávila en 1998. En realidad es un fragmento entre muchos que nos dan luces sobre la necesidad de no renovar la concesión al plutócrata Marcel Granier, para decirlo con un calificativo que emplearía Pasquali hoy si no hubiese dejado de ser tan drásticamente el de ayer.
De aquí hasta el 27, acometeré el ejercicio de que desfilen las razones de Pasquali en contra de un canal como RCTV, conspicuo representante entre otros, de la telebasura que con tanto ahínco el comunicólogo venezolano pidió defenestrar con conciencia ciudadana, moral y firmes decisiones políticas.

Citemos in extenso:

“Visto desde el espacio exterior, el cuadro latinoamericano y caribeño en el campo radioeléctrico (radio y televisión) luce color de rosa, casi de sociedad posindustrial: para finales de 1989, cerca de seis mil emisoras de radio y 502 estaciones de televisión, 126 de las cuales (25%) creadas entre 1980 y 1989 (Inciso: aquí es bueno recordar que para el pueblo venezolano existió un “Viernes Negro” -1983- y un “Caracazo” -1989-.) Desde una órbita más cercana, el cuadro cambia de color: la gran mayoría de aquellas emisoras radiales forma abigarrados archipiélagos alrededor de los grandes centros de consumo, mientras que la TV va concentrándose en grandes oligopolios nacionales y últimamente trasnacionales. Apenas 9% de esas plantas asegura alguna cobertura nacional; sólo 10,5% del kilowataje radial y 19% del televisivo es empleado para la prestación de servicios públicos; y sin en términos de potencia instalada la relación Servicio Público/ Radiotelevisión Comercial fue en Latinoamérica, en su mejor momento, de 13 a 87, en términos presupuestarios esa misma relación fue de 6 a 94 en la mejor de las hipótesis. Estos datos técnico-económicos tipifican dos grandes realidades: la inexistencia, en la región, de grandes servicios públicos cuya alta calidad balance la baja calidad de los servicios comerciales

(en Venezuela, una encuesta de la Asociación Nacional de Televidentes reveló en 1991 un índice de insatisfacción hacia la TV comercial de 97,7%)

y –en términos de supervivencia de la democracia- el grado de manipulación a que son sometidas las opiniones públicas nacionales. La expansión de la TV en la región, como vimos, ha sido explosiva: su violencia, su pacotilla comercial y sus manipulaciones reinan soberanas en el tiempo libre del latino. Pero visto desde un ángulo suficientemente comprensivo, ese crecimiento es, propiamente hablando, indicador de subdesarrollo y dependencia. En Japón, primer fabricante mundial de televisores, los hogares con televisor representan apenas 0,51% de los hogares con teléfono; pero en América Latina y el Caribe existen 2,55 hogares con televisor por cada hogar con teléfono. Todos los países de la región disponen desde hace más de un cuarto de siglo de estaciones terrestres que facilitan los enlaces vía satélite; pero esas grandes parabólicas no han hecho más que añadir armas al arsenal masoquista de la dependencia comercial, ideológica y cultural, y de nada han servido para la integración regional. En 1988, la estación rastreadora venezolana de Camatagua trabajó 81.313 minutos para servicios televisivos. Lo hizo no sólo a tarifas que eran verdaderas regalías del Estado a los concesionarios; lo más sintomático es que su tiempo de recepción fue treinta y dos veces superior al de transmisión. Facilitó pues enormemente una mayor, más barata y rápida dependencia de la comunicación nacional ante los proveedores foráneos. De sus escasísimos contactos intrarregionales, los más significativos fueron de 194 minutos con Brasil (2 milésimas del total), de 108 minutos con Colombia, de 91 con Costa Rica (1 milésima), y de 28 minutos con Nicaragua (4 diezmilésimas).

Y si desde la órbita cercana fuéramos a aterrizar en el patio trasero de “nuestra” radiotelevisión, allí donde se cocinan sus programas, tendríamos entonces la confirmación definitiva (pero esta es la parte más conocida del discurso) de que la gran mayoría de sus gerentes –verdaderos colaboracionistas de las potencias centrales- trabaja denodadamente para asegurarle a la región abundantes noticias del Imperio y para incomunicar entre sí a los latinoamericanos.
Apenas superada por África, nuestra televisión importa, a nivel regional, 55% de los programas que difunde (basta sumar 20/25% de publicidad, para calcular el espacio que le queda al producto endógeno), en sus tres cuartas partes comprados a Estados Unidos, y relegando el programa intrarregional al 12% en sus mejores momentos, principalmente telenovelas. La televisión latinoamericana y caribeña, prototipo de comunicación comercial, urbana, heterodirigida de facto, divorciada de las metas nacionales de desarrollo y asidua practicante de la incomunicación entre países de la región, es pues la versión contemporánea, en clave comunicacional, de los imperios metropolitanos que en época colonial obligaban a sus colonos ultramarinos a consumir trigo castellano o sal londinense.
Un día quizás, cuando la situación se haga extremosa, algún Bolívar o algún Ghandi de la era electrónica saldrá a proclamar la guerra a muerte o una resistencia pasiva que acabe con esas restricciones chocantes
” (pp. 223-225)

(...Continuará)


 
 

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