Búsqueda blog.com.es

sobre mí

joseleon71

joseleon71

Calendario

<<  <  May 2007  >  >>
Lu Ma Mi Ju Vi Sa Do
  1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30 31      

Etiquetas

Subscribirse por correo

Puedes recibir los posts de este blog por correo.

Archivos de: May 2007, 05

Te espero allá en el bar

por joseleon71 @ Sábado, 05. Mayo, 2007 - 11:00:48 am

La rokola

Reportaje escrito por Nelson Muñoz, del bar asiduo

“El Güasare”, un bar de puerto en una Maracaibo de puerto.

I. Maracaibo

A lo largo de todo el siglo veinte los pueblos del continente nuestroamericano han vivido significativos movimientos de distintas naturaleza: políticos, sociales, económicos, culturales. Ello, sin intención alguna de justificar hechos históricos puntuales, nos ha definido como sociedad, habla de una manera de entender el mundo y su gente. Nos lleva a entender cómo nos relacionamos y vivimos.

Un pedacito, no de poca importancia, de ese conjunto es Maracaibo: ciudad portuaria, de abundantes reservas energéticas, llegadero de piratas y mercaderes. Se dice que el inicio de este cuento tuvo lugar un día entre los primeros del mes de septiembre (hay quienes afirman con seguridad que fue el 8) del año 1529. Para este tiempo unos señores de otras tierras llegan a lo que hoy es Maracaibo, exactamente “por un pobladito indígena de la punta de los Haticos, que ahora es punta Santa Lucía” como nos dice Regulo S. Díaz, a bordo de una nave cuya tripulación era una parte europea y otra, no menor, del estado Falcón, dirigida por el alemán Ambrosio Alfinger -para algunos Alfingen- hombre nacido a las orillas del río Danubio. Así dieron con nosotros, a partir de allí comienza a formarse una parte de la historia que nos enseñan en la escuela.

Como es costumbre en occidente, fuimos creciendo de forma epicéntrica, en el centro de la ciudad comenzó a gatear el espíritu “modernizador”: En 1918 la construcción del primer edificio de tres plantas del arquitecto Rafael Seijas Cook, hecho de concreto armado; luego en 1922, el templo de San Juan de Dios fue refraccionado y convertido en basílica; en el 23, carreteras como la Unión, Delicias y 5 de julio (hoy Avenidas); en el 25 aparece la primera estructura de cuatro plantas con unos atlantes que hoy vemos entre la dinámica buhoneril. De esta manera comenzó a edificarse una ciudad acalorada donde respiran, entre pocos árboles y mucho concreto, cerca de 1.732.734 “cristianos”, como nos nombra doña Josefina, vendedora de la Plaza Baralt.

Cuando las ciudades crecen sin conciencia los lugares de encuentro comienzan suavemente a desaparecer y los personajes que viven el proceso comienzan a verse descolocados, a destiempo, como si el tiempo, eso innegable que es el tiempo, hubiese petrificado sólo las cicatrices que deja y el resto sigue igual, como si viviese. Así van quedando rezagados los espacios vitales, espacios donde se va a compartir con personas que acompañan espiritual y materialmente, eso es “El Güasare”, un lugar donde se vive sabiendo que el “otro” está allí para hablar y escuchar en un tiempo interno, que pertenece. Un lugar de relaciones construidas a pulso, día a día:
“A veces cuando voy a salir de la casa, dependiendo el día, por lo menos un sábado yo me pregunto quién estará en el negocio… y me vengo…” dice Yolly.

Lugar de encuentros donde las personas se reúnen por el placer de compartir.
“El Güasare” asume el compartir como la mejor de las publicidades, quien abre la puerta por primera vez lo hace por accidente o por que había escuchado recomendaciones.

Como en todo puerto existen espacios tranquilizadores, lugares para tomarse una cerveza o, como diría el poeta, cualquier otro licor más imposible. Existe el bar. A éste se acerca el marinero de otros puertos que, como dice Don José “venía hacía su pecurio y se iba”. Puerto menor donde remojar el alma para seguir un rumbo a veces conocido. Un lugar para vivir y morir junto a personas un tempo intimo, cercano. A eso se va a un bar de puerto, a vivir un rato junto a personas que luego se mantienen en el más largo de los tiempos, el de la memoria.

En este puerto algunos lugares se han llamado y se llaman: Bar Restaurante Colonial donde un Whisky 12 años costaba cuatro bolívares y un servicio de tostones real y medio, los mesoneros vestían de camisa blanca manga larga y hallaquita; Bar Quinto Patio, donde se iba a escuchar a Toña La Negra y Julio Jaramillo de la voz de nuestros “músicos de bar”, así llamaban a los bolerista; también, El imperial, Estalingrado, El aurora, entre otros; ocurrió, que el puerto dejó de ser puerto. Los bares pasaron a ser una especie de zona de distensión entre la marea modernizadora del petróleo para quienes hacían de él un lugar de encuentros y reencuentros.

II. “El Güasare”, un bar de puerto en una Maracaibo de puerto.

Al salir de la Av. El Milagro rumbo a la Calle Derecha, luego de la primera cuadra, uno puede ver hacia el sur: el actual Registro Principal, lugar donde funcionaban las antiguas oficinas del diario “Panorama”; hacia el norte, del lado izquierdo: “Restaurante El Güasare”, del derecho: “Hotel Aurora”. Justo en la mitad: una puerta marrón de metal que no asoma ningún indicio sobre la existencia de un bar en cuya superficie se lee: “SI HAY”. Un metro antes de la puerta entreabierta se escucha a Daniel Santos dar luces: “bigote e gato es un gran sujeto…”, indica hacia dónde hay que caminar para entrar: se escucha la voz ronca de la rokola, un piso de mosaico que indica los movimientos que debe hacer cada pie para bailar. Estamos en “El Güasare”. Ubicado en el centro de la ciudad de Maracaibo, este bar es ahora uno de los lugares donde las personas que hacen vida a sus alrededores van a buscar un encuentro con su tiempo y su gente, un espacio donde el sexo y la amistad caminan cercanos, donde los clientes consumen no sólo cerveza sino el placer de sentarse a conversar y escuchar las melodías de una rokola que canta con una voz ensombrecida y afinada por el tempo de una Maracaibo que ya no está, que se ha ido en la dinámica de una ciudad extraña.
Las paredes del bar “El Güasare” han visto morir gran parte de las estructuras de esta ciudad que fueron construidas en su mismo tiempo, sólo basta caminar por las orillas de la Av. El Milagro para observar las ruinas ocupadas por indigentes, en otros casos, sólo lagartijas y mosquitos. Paredes construidas con piedra de ojo de agua con cal y el techo de caña brava. Tres mesas redondas a mano derecha, dos a mano izquierda, la barra al final. Los baños: un olor alucinante, dirigiendo la vista hacia un infinito elevado (conducta particular del orinar masculino) destaca una esvástica y un letrero inobjetable en la puerta, que dice: “no se le fía ni al diablo”. Al salir, encontramos un espacio que hace las veces de depósito junto a la barra: estructura que en forma de “L” aguanta el peso de la movilidad cotidiana, recostadero para el despecho y la entrega, zona de conquistas para otras, con una apariencia lograda por cerámicas blancas de diez centímetros cuadrados y amarillentas de tanto líquido humano que las han acariciado.

La rokola es una de esas cajas donde se nota a simple viste el esmero de su dueño, El Primo, por mantener la música con la que se encendió la primera vez. Sería infantil pensar a estas alturas la posibilidad de mantenerla virgen ante las arremetidas del mercado musical, sin embargo, podríamos afirmar que es la más digna de todos los bares marachuchos, entre su repertorio encontramos algunas manchas nuevas como Los Diablitos y Rocío Dúrcal, pero en mayor cantidad y variedad saboreamos las voces de: Argentino Ledesma, Daniel Santos, Nahomi, Felipe Pirela, Julio Jaramillo, Bienvenido Granda, Los Terrícolas, Orlando Contreras, Roberto Carlos, Blanca Iris Villafañe, Diómedez Días, Julio Iglesias, Leonardo Favio, y Aníbal Velásquez y su “tucu-perro”.

III. El visitante y el habitante
Cuando conocí la dinámica del bar “El Güasare”, me acerqué a retazos a la vida de algunas putas de la Plaza Bolívar y otras que no son de la Plaza y miran con distancia a aquellas, o mejor, como dice el señor Manuel: mujeres de la buena vida.
“Yo vengo y trabajo, vos sabéis…. Así… como… como dama de compañía”, ¿Aquí en el bar?, pregunté ” yo trabajo aquí mismo en la plaza y vengo pa’ ca’ de vez en cuando a ver qué consigo, así me rebusco”, ¿pero trabajáis sólo por los cobres?“ yo no te puedo negar que a mí me gusta culiar, pero casi siempre lo hago por los cobres”, me dijo María con una picardía sublime.
Al bar asisten personas que hacen vida en el centro de la ciudad, muchos de los visitantes entran en varias oportunidades un mismo día, eso según avance la jornada de trabajo; Ramón, por ejemplo, cuida los carros del Registro Principal y entra de vez en cuando al bar habla un rato y vuelve a salir a trabajar, al terminar el día cierra su estuche de kinos y entra al bar a beber y a conversar hasta que cierre. Lugar plural de múltiples rostros, cueva de despechados solitarios o simplemente solitarios:
“uno viene pa’ ca’ porque es tranquilo, se puede tomar uno dos o tres, tranquilo, sin problemas…” ¿esa tranquilidad ha sido siempre? “bueno, no siempre, hubo un tiempo que esto por aquí era candela, venían muchos malandros de por aquí, maginate que yo siempre he venido solo y una vez hasta me atracaron y me dejaron sin pasajes”. Dijo el señor Andrés.
Las personas que hoy visitan el bar lo hacen desde algún tiempo no cercano, ellos han involucrado el bar en su rutina de trabajo, han aprendido a vivir visitándolo sin que entorpezca su cotidianidad. Entre otros, asisten los servidores públicos de la Gobernación, la Alcaldía, la Secretaría de Cultura o cualquier otra institución ubicada en el centro de la ciudad:
“yo trabajé 25 años en el hospital central, trabajé en el departamento de Rayos “X” y desde ese tiempo vengo pa’ ca’, pal’ Güasare“. Se venía al terminar de trabajar, pregunté: “sí, ya golpe seis, seis y media, me venía, me tomaba unas cuantas y me iba a acostar”. Así cuenta el señor pedro mejía parte de su relación con el bar.
Los pasapalos son itinerantes, por el bar pasan muchos de los vendedores que caminan entre las calles del centro mostrando el producto en coloridas cestas y bandejas, ofreciendo su mercancía gritando pequeñas canciones, pronunciando rápidas retahílas: tengo despertadores, pilas, champú, bolígrafos, polvo pa los pies, qué queréis, decime. Con frecuencia vemos abrirse la puerta y entrar una señora indígena ofreciendo: cigarros, fósforos, tostones, chocolates de fabricación colombiana y bolibombas, sin decir palabra alguna y preguntando con un suave movimiento de cabeza a cada posible cliente si desea comprar.
Algunos de los vendedores que entran al bar son antes amigos que vendedores de sus clientes: “yo tengo mucho tiempo viniendo, ya todos aquí saben quien soy yo” dice el señor Atilio, agarrando con la mano derecha una cava de anime donde guarda papas de yuca con queso y pasteles de papa con queso: ¿Usted mismo prepara todo esto?: “no, las papas las hace un hermano mío y los pasteles sí los compro ya hechos a una señora por allá”, ¿por dónde?, “por allá cerca de donde yo vivo…” ¿y además del Güasare en qué otros lugares vende?: “bueno, por todo esto, a mi me compran: los de la alcaldía, los de la gobernación y… toda la gente de los otros bares por aquí” ¿como cuáles?, pregunté: ”El Aurora, El Colonial, ahí siempre me compran, en el Colonial…, también en las Palmas…” ¿y cuántas veces llena la cava? “eso depende, si la vaina está buena voy, lleno y vuelvo, si no está muy buena una sola vez”. El señor Atilio era un cliente fijo de “El Güasare”, ahora sólo entra a vender habla un rato y se retira debido a que tiene problemas circulatorios: “me estoy tomando unas aspirinas que me dijo un doctor, me dijo que eso es bueno pa’ la circulación”. ¿y cómo le va?: “bueno, más o menos, las empecé hace poco, el problema es esta pierna que me duele” dijo, sobándose la pierna izquierda con la palma de la mano.
Un persistente conversador es el señor que vende medicinas naturales, quien además ofrece viagra y sugiere tranquilizantes recetas: ¿no tiene algo por ahí para el asma?, “ahorita no tengo nada bueno pa’ eso, pero te voy a dar la cura pa’ el asma, ¡y no vaya a pensar mal!, ¡mi respeto!: lo mejor pal asma es fumase un tabaco de marihuana, ¿usted ha habéis visto a alguien que fume marihuana, asmático? ¿no verdad?”, respondí moviendo la cabeza haciendo una señal negativa, “¿está viendo lo que le digo?, eso es lo mejor pa’ el asma” dijo de forma tajante. ¿Antes de vender medicina a qué se dedicaba? “yo era boxeador en San Antonio del Táchira” ¿profesional? “sí, hay un amigo que dice que yo pelié 58 veces, perdí 57 y la única que gané fue porque el contendor no fue, si no la hubiera perdido…” dijo entre risas.
Judith, quien ha frecuentado durante treinta años el bar, (en estos momentos lo administra) es la mujer que más tiempo tiene visitándolo, de su mano conocieron el bar muchas de las que ahora entran y se quedan, lleva tatuado sobre el seno izquierdo un corazón con una “H” en el centro, el motivo: “eso me acuerda al hombre que yo más amé en mi vida, no joda…, lo amé por 15 años”. Eterna chalequeadora de su amigo Ramón, alias “güevo caído”, quien grita en el climax de la rasca apuntando con la mirada fija y el puño alzado hacia el cielo raso deteriorado que hace las veces de primer techo: “viva el enviado de Dios, Chávez…”.

IV. De la corte del indio
Otra persona que visita el bar, que es como del bar, es Yolly, una india de ojos profundos y voz rokolera, aprendida de la vida por haber vivido, caminante solitaria y amante complaciente, cuando así lo quiere. De Guayana, San Félix Edo. Bolívar, estudió en su tierra hasta tercer año de bachillerato, viajó a Caracas seis meses y se mudó a Maracaibo hasta el sol de hoy, conoció el bar a través de Judith, vivían en el mismo barrio:”un día me dijo: vamos pa que conozcáis un bar, y me trajo pa’ ca’ ”. Ha vivido varios trabajos además del de mujer de la buena vida: “yo culeo porque me gusta y con el que me gusta, si no arranca… y es triste, oíste?... el que me deje a mí, triste por él…”.
“¡Machete a gritos y lengua a rencor!”, ese es su grito de guerra. ¿Cómo es eso Yolly? Pregunté. “¿Cómo es qué? Ya te voy a decir… cuando una anda prendía y cachua eso es lo que pide: machete a gritos y lengua a rencor.” ¿Y por qué rencor? “Porque lo que uno siente es rencor cuando no me hacen acabar… ¡brindo por eso!” Hace un gesto imperativo con la mano izquierda y levanta la cerveza con la otra.
Yolly y Judith comparten una vida familiar más allá del bar: la hija de Judith fue pareja del hijo de Yolly, de la unión nacieron dos hijos, una hembra que es criada por Yolly y el varón que está bajo el cuidado de Judith; sin embargo, tienen muy poco contacto fuera del bar; digamos, entre ellas hay criterios distintos sobre la crianza de los nietos.
Yolly mira la vida con una fuerza particular, entre los trabajos que desempeña se encuentra la venta de cosméticos, además es espiritista de la corte de San Juan del Indio, pero trabaja con las 177 cortes existentes. Hace trabajos espirituales, preferiblemente a sus amigos. Celestina sabia: “yo te voy a dar el secreto pa` que encabronéis a las mujeres: vos tenéis que aprender a adaptarlas a como sois vos, no váis a creer güevonadas por ahí, si dejáis que ella te adapte, te jodiste, y no váis a creer güevonadas de que pueden mandar los dos, eso es mentira del diablo, manda uno solo y pa` que sea ella… que siáis vos, además cuando una anda encabronaita más… por eso aquí me tenéis a mi solita sin ningún güevón que me venga a joder”.
Muchas de las relaciones que mantiene son visitantes del bar, por ejemplo, con Vanesa comparte domingos de cocina y parranda en el barrio. La mayoría de los viejos clientes del bar han sido sus amantes y el que no, conoce su historial. Cuenta que una vez tuvo un novio con el que llevaba 2 años “y un buen día me fui pa Guayana y no lo vi más, cuando llegué a los seis meses, un sábado igualitico, volví a llegar y nos fuimos pal` hotel como si nada, igualitico me pagó”. En algún tiempo breve acompañó a Judith con la administración del bar, asegura que pocas cosas en esta vida no se hacen por interés: “nada en esta vida es gratis, y lo que aquí se hace aquí se paga”. Cuenta que ella vio cómo las administraciones anteriores se han destruido producto del brollo y la intriga, sin embargo, “aquí de frente nadie dice nada”, le pregunté: ¿pero vos creéis que aquí te pueden hacer algo? A lo que respondió con aire sobrado: “no, aquí nada, más bien aquí te cuidan, la verga son las güevonadas que hablan”. Viene al bar cuando le provoca y está el tiempo que ella decida.
En “El Güasare” los billetes de baja y mediana denominación se guardan en la parte inferior de una máquina registradora, los de alta denominación se guardan en los senos. Cerca de la barra, un cuadro: “ese es Don Juan del borracho de la corte de los Sanjuaneros, él está en todos los bares, así como hay San Juan del Dinero, San Juan del Chaparro, bueno, él es San Juan del Borracho. A él le llaman así porque lo único que él disfrutaba en la vida y lo mantenía vivo era el aguardiente”. Me aclaró Yolly al preguntarle sobre el personaje de la pintura, obra que está presente en todos los bares del país donde se retrata un abuelo con la copa de vino en la mano apoyado sobre una mesa y que sin duda ya es parte de nuestro paisaje báquico.


V. Suena el último tango

La dinámica relacional del bar “El Güasare” da muestra desde la cotidianeidad, la amistad, las relaciones sexuales y la noción de familia de una parte de la sociedad que vive al margen del desarrollo consumista del poder y sus espacios. Cuando hablamos de “relaciones sexuales” me refiero también a la relación que antes del sexo se establece. Las personas que visitan el bar, antes que el sexo, se relacionan: hablan, beben, echan chistes, se arrechan y se contentan. Los presentes saben qué se va a consumar al salir del bar cuando una pareja se levanta de la mesa, en algunas oportunidades aparece la broma: pa’ dónde vais si ya a vos no se te para, una mujer que los conoce a ambos y seguramente la capacidad sexual del hombre, grita: tendréis que hacer milagro pa’ levantar ese muerto, el resto de las personas ríen y se asume tácitamente el humor, sin necesidad de creer que sea cierto el comentario.

Como a las siete y media de la noche comienza Judith a recoger las botellas de las mesas: “pasame ahí gordo, ayudame verga que no queréis servir pa’ nada”, tranquila… ya voy, respondió alguien, “gracias mi amor”. Se levanta un hombre de la barra como mejor se lo permite la rasca y haciendo equilibro para no caerse camina hacia la rokola dispuesto a seleccionar las últimas canciones del día, las que íbamos a escuchar maquilladas con el tono ronco de aquella caja. Una por una, las personas presentes comienzan a preparar la retirada, cada quien con su tambaleo a cuestas; Judith con el lápiz sobre un papelito arrugado de un lado y una paquita de billetes del otro comienza apoyada sobre la cava a contar la venta del día, se esmera por cuadrar el dinero con las cajas de cervezas vendidas: “gordo cuánto es… doscientos treinta y tres, ya, gracias gordo”, al terminar, se mete los billetes de alta denominación entre los senos y sale de la barra para gritar la frase que levanta a los pocos mareados que permanecen sentadas en las manchadas mesas: ”vay salgan pues, ¿qué están esperando la mamaita?”. Se tranca el candado de la puerta y comienzan a caminar Judith acompañada por Pachi, su novio, hacia la Av. Libertador para montarse en un carrito que los llevará hacia donde ellos lo decidan.
cristal baila


 
 

Pie de página

El contenido de esta web pertenece a una persona privada, blog.com.es no es responsable del contenido de esta web.