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Berta en la casa del viento

por joseleon71 @ Jueves, 26. Abr, 2007 - 06:40:32 am

Nota de presentación del libro de Berta Vega Nombre de isla (Ediciones El perro y la rana. Caracas, 2005)

“Vengo cubriendo el papel desde la miseria de la letra.
Desde su poder.
Sin desprenderme de ella compongo los sonidos.
Otra música para hacer el mundo posible”
B. V.

“Vengo abriendo la noche con las formas de la nada” (40). Un libro de poesía es siempre un arte poética, una forma particular de componer el mundo, de crearlo, de modular la vida. “Desde las palabras interpreto el mundo objeto de mis deseos más profundos. Invoco a los dioses antiguos hasta la transfiguración de mi voz” (55).

“Lanzo la red de la palabra durante la noche. Amaneciendo recojo los pedazos de sus hilos. En la playa vuelvo a tejer su presencia para el regreso” (47).

Escribir poesía para llegar al poema supone no sólo revelación sino estrago. Todo se conmueve al interior, nada queda en pie, sobrevive lo vacilante, lo que ondea, lo que se sostiene de milagro, lo que se abisma y desvela. Revelación: la palabra "ambiagua", la forma de lo que nunca permanece, de la errancia. Agua y viento. Qué más intemperie. Pero ¿existe otra totalidad? Agua y viento, metáfora del mar: “Todo un mar ante los ojos” (32), “Todo el mar está en mi casa” (34)

Un libro de poesía postula un tiempo y espacio propios, una geografía del sueño (desafiante de la otra, de la de “barba y bigote/ canosa/ de paso lento” (17), esa que no es responsable de la lejanía, de la distancia, de la ausencia, que todo lo vuelve isla. “De todas maneras uno quisiera que la isla se viniera/ y vos con ella”).

Todo libro de poesía postula una tierra y un mar desconocidos, pero que el poeta y la poeta conocen íntimamente y nos quieren dar a conocer en la intimidad, en esa soledad plural que es todo encuentro con la palabra poética. Las imágenes hacen surgir un ámbito posible, una tierra y una historia, un mar y un cielo. “A lo lejos distingo tu pasado/ tu nombre de isla” (11).

“Vengo soñando el mundo dijo desde las fronteras” (49); ponerse en el límite, al borde, allá adonde sólo llega lo último, lo más íntimo. “Todo este mar ante los ojos/ siempre así/ como si nada fuese a pasar/ puro sol y agua, y más allá/ Cipango, tierra de los Omaguas” (32).

Un libro de poesía cuenta y canta de nuevo la creación de tal manera que su propia creación, su existencia, queda justificada. El universo será entonces a su medida… y habrá tantos universos como libros de poesía. “Al tercer día se hizo el hambre/ con todos sus sueños/ con todos los ruidos/ con todos los ojos…” (27)

En Nombre de Isla todo comienza con el fuego, “un incendio casi geográfico, desde México a la Patagonia”. Y del fuego a las especias y de ellas al oro y de este a la tormenta y con ella un cuerpo que llega, un “nombre encontrado”, luego su construcción, su hacerlo, su nacer a la poesía: “Ya la noche/ la siempre presente/ altiva/ voraz/ presiente tus manos. Un olor a lluvia entra por la ventana/ mientras se rememora el cuerpo”. Luego, ponerlo en un lugar y contar sus afanes y avatares, sus dolores, sus fatigas, sus muertes, “cuerpos recorriendo la historia” (16).Y todo el universo cabe en una mesa, en una mesa sin esquinas, “Redonda/ porfiadamente sol y luna” (18) la mesa plena de la escritura, la mesa de dormir despiertos, de la duermevela. La mesa posibilidad, la mesa donde “caben/ todos los sueños/ desde los otros hasta los míos” (18). Lugar de la lanzadera, centro del mundo. Y la mesa en la casa, casa de la Nueva Venecia, donde no entra el sol y se atrapa la brisa, casa de mar y horizonte.

Un libro de poesía es la memoria de un cuerpo: “parpadeo tu hombro/ tu pierna/ leve/ entre mi rostro/ Desde la piel describo el mapa de tu cuerpo”. Presencia y presentimiento, ausencia y revelación. “Y vos presentido/ vislumbrado desde siempre…” (32). “Un olor a lluvia entra por la ventana/ mientras se rememora el cuerpo/ el barco que podrías llegar a ser/ para viajarte/ para viajarme/ siempre…” (24)

Un libro de poesía es una palabra expandida, dilatada, un cuerpo que es una palabra: “decido que tu cuerpo/ es mi mirada de agua/ mis barcos/ mi equipaje acumulado en la bodega/ hasta puedo decidir que cuerpo/puerto/isla/ son lo mismo” (23). Un cuerpo para ser leído, para ser pronunciado, para ser escuchado: “Tus ojos comenzaron a verme a través de la palabra” (11). Un cuerpo para ser habitado: Casa de viento.

La palabra poética es esa casa “que se mueve con el viento”, que “viaja con la memoria/ de los siglos”, hecha de “pueblos movibles”, adecuados y connaturales al movimiento del viento. La casa de viento, la palabra, la palabra poética, es la casa que se mueve, que migra, que “pasa y deja su sombra”, es un “marinero del alma”. Definitivamente: “La casa del viento/ posee los olores/ del antiguo/ del viento/ Único y múltiple viaje del viento/ en la casa/ entre la casa/ por la casa que se mueve con el viento/ hacia los brazos de los otros, viajeros siempre…” (36-37). Secreto y gracia de la poesía: viajar (a través de los cuerpos “estarse marchando todo el tiempo” (21), recorrer los mares (de la memoria), arribar a puerto (llegar a los brazos, a la rada, a la nada de los otros). “Hoy descubro que mi historia/ es una historia de agua/ ambigua entre agua y tierra/ siempre puertos” (21)

Cuando leemos este libro de Berta, este sí muy particular libro de Berta, es como si estas tierras, estos cielos y sueños que somos, nos descubriéramos de pronto, nuevamente, y naciéramos del asombro, con la primera lluvia y el primero de los soles.


 
 

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