En la ponencia “Ética, globalización y democracia” (compilada en el libro Ética y Democracia, Monte Ávila, 2000), presentada por Heinz Sonntag ( http://www.asovac.org.ve/elecciones/2006/cv/heinzsonntag.html ) en el evento denominado Jornadas de Reflexión sobre Ética y Democracia, el cual tuvo lugar entre el 28 y el 31 de octubre de 1997, sí, hace diez años, el autor hace una serie de planteamientos que bien vale la pena traer a colación.
En primer lugar define la palabra “crisis” como un “proceso de transición de un sistema histórico-social a otro” (4). Según Sonntag, esta crisis comenzó en el período que siguió a la Segunda Guerra Mundial y continuaba para el momento de sus reflexiones. La crisis le descubrió dos cosas fundamentales: que la armazón socioinstitucional era incapaz de resolver los problemas “pese a todas las políticas de ajuste estructural” y que “se están abriendo caminos para ir construyendo o creando un nuevo sistema” (5)
En esta dirección, Sonntag cita fragmentos de un documento reciente: La Declaración de Margarita ( http://www.analitica.com/va/hispanica/cumbre_iberoam/6354939.asp), texto oficial redactado en el marco de la VII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, reunidos entre el 8 y el 9 de noviembre de 1997, evento al que asistieron para dar una idea de las “largas e intensas negociaciones” Menem y Castro (11). Por cierto, Rafael Caldera, para ese entonces presidente de Venezuela, había solicitado que la Declaración se refiriera con claridad y sustanciosamente, afirma Sonntag, al derecho de los ciudadanos a un “acceso ilimitado a la información”, pero esto no fue posible “debido a la presión de los propietarios de los medios de los países iberoamericanos” (10).
El documento reclamaba una “revalorización de la política en la vida diaria de nuestros pueblos” y el fortalecimiento “desde la más temprana edad escolar de los programas de formación ciudadana y de educación para la democracia y la participación” (6-7), (¿ideologización?). Esta revalorización de la política apostaba por hacer a un lado posturas tecnocráticas, sostenidas en el “mito de que todos los problemas deben solucionarse técnicamente mediante procedimientos gerenciales”. Sonntag afirma que ello niega “la naturaleza estrictamente política de la inmensa mayoría de ellos (de los problemas), esto es: su ubicación en el campo de la relaciones sociales y de poder, y su vinculación con determinados intereses particulares y públicos, enfrentados o no” (7).
Sobre la justicia social la Declaración “exige medidas de compensación a favor de aquellos que requieran un tratamiento especial y diferenciado y que no pueden representar o hacer valer de forma efectiva y pública sus intereses, necesidades y aspiraciones” (9), en otras palabras, políticas dirigidas a los más pobres, a los más desfavorecidos.
El autor afirma que la globalización “es un síntoma de la crisis de transición”, toda vez que responde a una nueva fase del capitalismo (para algunos terminal): la del capital financiero. En efecto, “al alcanzar el capitalismo su estado de mayor pureza, con el dinero como mercancía dominante, llega al mismo tiempo a sus límites, puesto que la llegada al capital especulativo « puro » marca el límite de la acumulación. Podrá sobrevivir un rato, incluso prolongado, pero no cabe duda de que la transición desembocará en la construcción de un nuevo sistema social” (18).
Que no recordemos como sociedad los pormenores de la crisis es un efecto de la crisis, la redundancia aplica porque desde entonces la desmemoria, el olvido y la instantaneidad efectista forman parte del programa del capitalismo, el mercado y la sociedad de consumo. Para tal efecto, el posmodernismo junto a la globalización plantearon, según Göran Therborn, citado por Sonntag, tres cosas capitales: que la estructura no tenía historia, que la historia no tenía sujeto (recuerden la frase de Fukuyama, ¡y su retractamiento!, ahora podemos hacerlo), y que el conocimiento podía existir sin preocuparse por la verdad (19).
Ante este programa de olvido y arrasamiento del tiempo y del espacio, de los contextos, de las circunstancias sociales, políticas, culturales, que son la vida misma, Sonntag, hace diez años, animaba a “recuperar un sentido de sociedad”, negado entonces por el postomodernismo, refractario a cualquier idea de acción colectiva: “la visión individualista y el hedonismo marcan las pautas a seguir por todos los ciudadanos (que es, por lo demás, un concepto que no tiene espacio en el posmodernismo, precisamente porque niega la posibilidad de que el individuo tenga deberes, derechos y obligaciones para con su sociedad)” (19).
Animaba también a “volver a creer en la práctica, que es la acción humana la que hace la historia, esto es: el redescubrimiento del sujeto social”.
Finalmente, como programa de acción práctica y concreta, “montar una estrategia de los pequeños pasos”: “una praxeología inspirada en la deseabilidad y la viabilidad de proyectos societales, pequeños y grandes” (20).
Nos recomienda desde aquella barda histórica a no tener miedo a pensar lo impensando, a organizarse y participar en la vida pública, a luchar contra la politiquería y en cambio a hacer política, a diseñar planes y políticas de desarrollo para combatir la pobreza, la exclusión, a divulgarlos y discutirlos. En fin, asumirnos “como guerreros de la utopía históricamente posible” de construir un “nuevo sistema histórico social”, porque la humanidad necesita “una nueva razón, no la de la racionalidad tecnoinstrumental” (21).
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Ética, democracia y proyecto revolucionario
por joseleon71
@ Miércoles, 25. Abr, 2007 - 06:41:22 am











