Una lectura de La revolución del año mil (Crítica, 2000) de Guy Bois
“…no hay que pensar que una sociedad moribunda se disuelve espontáneamente al término de un proceso de larga duración. Al final, y bajo el efecto de las fuerzas sociales, suele producirse una convulsión, a menudo dolorosa, que deja el terreno expedito para la instalación del nuevo modelo. Eso fue lo que ocurrió hacia el año mil”.
“…la revolución aparece cuando la sociedad, bajo el efecto de desequilibrios múltiples de orden económico, social y político, no puede ser gobernada por más tiempo como en el pasado y se hunde en la anarquía (las violencias de los hombres de guerra)”.
G. B.
Me parece un ejercicio interesante ensayar una lectura de los acontecimientos sociales, políticos, económicos suscitados en la Europa del siglo X, enfocando ese proceso de tal manera que dilucide algunos aspectos de lo que está ocurriendo hoy, mil años después, en nuestro país. Será necesario forzar conclusiones, es cierto, pero lo que ofrezco es sólo una lectura, y no quiere ser más. El método que ensayaremos será el de citar y relacionar una buena cantidad de fragmentos de un libro titulado La revolución del año mil, de Guy Bois (2000).
A partir del estudio de una pequeña aldea francesa, y empleando el acercamiento que ofrece la microhistoria, Bois descubre datos que echan por tierra nociones cristalizadas de la Edad Media y el feudalismo.
En efecto, el sistema feudal se explica a partir del régimen señorial, pero existía también un “poderoso sector de pequeños propietarios campesinos que escapa absolutamente al control de este régimen dominical” (20); ese sector había sido ignorado “pues los humildes siempre dejan menos huellas escritas que los poderosos” (21). Campesinos y propietarios respondían a la descomposición del Estado y el poder central, y fueron ellos con su régimen de producción familiar autónoma y sustentable los que contribuyeron a crear las condiciones para que surgiera el sistema feudal. La descomposición del Estado se compensa entonces según el modelo explicativo de Bois, con la recomposición “que caracteriza a la transición de las estructuras antiguas a las feudales” (140).
Otro rasgo que desmiente la versión común es el que afirma que la esclavitud ya no existía. Bois se pregunta: “¿Es o no cierto que todavía en el siglo X la esclavitud era el modo más común de utilizar la fuerza de trabajo ajena?” (28). El feudalismo fue por excelencia “la era de la pequeña producción –rural o urbana-, la época en que el grupo familiar estricto (la pareja y sus hijos) representa la célula productora básica” (32), pero la tendencia en el feudalismo es hacia la producción cada vez más extensa, que requiere de trabajo ajeno, mano de obra no-propietaria, lo que logrará un cambio en la condición social del esclavo sin que desaparezca la esclavitud. Aparece así la noción de trabajo asalariado. Mas dice Bois: “Del trabajo asalariado no sabemos prácticamente nada. En caso de que se practicara sólo podía ser a pequeña escala, con motivo de trabajos estacionales y utilizando únicamente los servicios de hombres o mujeres acuciados por la miseria” (38). Luego hace esta afirmación contundente: “Porque al hombre libre –el pequeño propietario que trabaja la tierra con su familia y la hace producir para su sustento y para el intercambio de productos en el mercado de la comarca, empleando básicamente el trueque porque el dinero no se requería - le repugnaba manifiestamente la idea de trabajar por cuenta ajena” (38). Ahora bien, el edificio medieval requería de la esclavitud, del “ganado con rostro humano”, de una “herramienta con voz” como lo definía Aristóteles, “para la explotación de los dominios eclesiásticos” (45).
Podemos ir resumiendo sobre esto último de una manera esquemática: a mayor producción a escala familiar (típica producción feudal), menos esclavitud y, por ende, a mayor producción a gran escala (régimen de producción moderno), mayor esclavitud. Para que la gran producción se diera, fue preciso que apareciera un elemento fundamental: el mercado de la tierra. Y con él, aparecen los propietarios. Al respecto dice Bois: “La existencia de un grupo de status integrado por los «ciudadanos propietarios», por encima del mundo servil, ¿no es una de las características principales de estas sociedades (las sociedades antiguas, y por ende esclavistas)?” (51). Más adelante, nuevamente pregunta: “¿Existía un «mercado de la tierra» susceptible de desarrollar efectos de bipolarización (acumulación de bienes en un polo, pobreza en el otro) en provecho de los más afortunados o los más hábiles?” (59).
El mercado de la tierra trajo consigo una “operación mental que no tenía nada de evidente: la traducción monetaria del valor de un bien raíz” (63). Comienza a circular el dinero, y el “endeudamiento rural” comienza a ser frecuente, con su carga de angustia y precariedad: “crisis de subsistencias cada vez más continuas y más profundas” (65). Los pequeños productores a escala familiar, los campesinos, se enfrentaban al surgimiento del dinero y del mercado, “extraño virus venido de fuera”, traído precisamente por los monjes, mercaderes de la tierra. Luego, “Gracias a la posesión de una cierta fortuna en tierras, y sobre todo, en esclavos (un aspecto comporta el otro), los dueños se beneficiaban de una posición social hegemónica de la que sacaban provecho a costa del campesinado propiamente dicho, al que explotaban de diversas formas, gracias a una especie de efecto de dominio” (72). Con la consolidación del poder y el status por la propiedad de la tierra, los campesinos se vieron forzados a “colaborar en el mantenimiento de las capas sociales superiores” a través del “diezmo”, suerte de impuesto territorial.
Sólo con la existencia de este impuesto se puede concebir la aparición y el sostenimiento de la ciudad, que pasó a vivir principalmente “de las rentas obtenidas en su entorno… que en parte iba a manos de sus funcionarios, de sus soldados, y de su elite, clave del arco del edificio social” (98). De más está decir que las rentas eran proporcionales “a la capacidad de explotación del mundo rural circundante” (98). De ahí la siguiente afirmación: “La ciudad es siempre exclusivamente parasitaria” (101).
Comienza a gestarse una economía urbana que sin embargo depende de la producción rural, lo que da lugar a “una vasta economía subterránea (o «infraeconomía») de dominante agrícola…” (102), dotada de un componente artesanal que dará origen a la diversidad de oficios que compondrían las funciones secundarias y terciarias de la ciudad. Se establecen pues, necesariamente vínculos entre la ciudad y el campo -economía intrarrural emergente y sobre todo, un “lento goteo monetario en el mundo rural” (104). Se va instalando una lógica de mercado, crecimiento agrario, cultivos extensivos y, en la ciudad, circulación de bienes y servicios. Aparece una clave esencial para explicar el feudalismo, bastante distinta a la escolarmente consabida: “un sistema social que se fundamenta en el desarrollo del mercado y que al mismo tiempo lo mantiene dentro de unos límites, gracias a un dispositivo institucional, social e ideológico” (109) Dice Guy Bois: Ha nacido el mercado: “Es un fenómeno perfectamente circunscrito en el tiempo, susceptible de ser datado con un margen de pocos años (hacia 970)” (114).
Se acelera la urbanización a partir del siglo XI, pero también el desequilibrio entre la ciudad y el campo. Ya para el siglo XIII “el organismo urbano deviene una carga demasiado pesada para su espacio nutriente, y el punto de ruptura se alcanza de forma manifiesta cuando las posibilidades de expansión del mundo agrícola se agotan” (111-112).
Con el surgimiento del mercado de la tierra, la circulación de dinero, el crecimiento de las ciudades y la transformación de las formas de producción en el campo, las formas de organización de la vida antigua, las comunidades, resultan impactadas: Comunidad: “…asociación de cabezas de familia estrictas fundada en una exigencia de solidaridad y de ayuda mutua para el control de los términos territoriales; una asociación que ya no tenía su origen en una ascendencia común, real o supuesta, sino que se fundamentaba en las relaciones de vecindad y en una base territorial” (142); así, “Antes del año mil, ni un solo campesino se desvinculaba de las solidaridades del caserío, para instalarse, por ejemplo, en un lugar apartado” (143).
Guy Bois concluye: a mayor comunidad menos Estado; “Cuanto más tendía la sociedad a convertirse en acéfala, más se fortalecían las mallas de la red” (144). A esto sigue una pregunta: “¿Es verosímil una sociedad más o menos igualitaria, integrada exclusivamente por una red de comunidades campesinas?” (152).
En todo caso, y es lo que importa, con cada retroceso del Estado se fortalece el poder local, sólo que esto no ocurre sin que los débiles detentadores del poder central desaten la violencia: pillajes de guerreros incontrolados, hambre y miseria. Fue lo que ocurrió en el año mil: “Los responsables fueron guerreros (los caballari, pronto milites) surgidos de la capa social de los dueños… Su agresividad se desató repentinamente contra los campesinos y a veces contra las iglesias, en un cúmulo de rapiñas y destrucciones” (159). La estabilidad política vino finalmente con la alianza de los guerreros con la red clerical, y el poder recayó en éstos últimos porque contaron con el apoyo del pueblo “de Dios”: “El pueblo cristiano en su conjunto se había puesto en movimiento: he aquí la auténtica revolución". Sólo que esta revolución instauró un nuevo marco de dominio: el señorío, y una nueva economía: la economía-mundo feudal “rápidamente instalada en posición dominante desde finales del siglo XI” (196)
Tenemos entonces la siguiente secuencia: Declive del Estado, ruralización de la sociedad, anarquía desatada por los señores de la guerra, “paz de Dios” y cristianización del mundo rural, surgimiento de una nueva forma de poder: “…los que iniciaron las hostilidades fueron los depositarios del pasado, la aristocracia local, guerrera y esclavista, que formaba la base social del sistema carolingio y veía cómo sus posiciones se iban desmoronando. Al desencadenar la violencia sumió a la sociedad en la anarquía, forzando a los monjes a hacerse cargo de la esfera social y a definir un nuevo orden: primer esbozo de la sociedad feudal” (178).
Algunas conclusiones y comentarios
1. En Venezuela, como en la Europa del año mil, se han precipitado los cambios en el orden de lo político, una economía distinta comienza a perfilarse, ello en el marco de una inmensa inercia en las mentalidades sociales.
2. Desequilibrios de todo tipo propiciaron la crisis del Estado sobre todo en las dos últimas décadas del siglo XX, germen de la proliferación actual de formas de gobierno local, comunitario y en red, en correspondencia con la retórica oficial.
3. La violencia desatada por los “hombres de la guerra”: paramilitares, medios de comunicación, elites políticas, económicas y eclesiales, reaccionan a la deslegitimación y pérdida de poder.
4. Urge atender según lo visto, a la alianza de poder entre los bellatores, los mali homines y los grupos de poder emergente que han venido estableciendo vínculos cercanos y directos con el pueblo.
5. Con el fortalecimiento de las comunidades, la economía-mundo “feudal” -hoy “neoliberal”- se encuentra cuestionada. Las comunidades y los micromercados en red, cuestionan la economía de mercado-mundo de las ciudades que necesita de la explotación hasta el agotamiento de los entornos naturales.
6. En Venezuela, la pregunta de Guy Bois de si es posible una sociedad organizada en redes, se plantea con absoluta pertinencia. “La hipótesis –apunta Bois- puede resultar válida para algunas márgenes arcaicas de Europa, con sociedades de clanes. Pero, ¿y en los demás lugares?...” (152)
7. ¿Retorno del pasado? La categoría de análisis antigüedad-modernidad fue introducida por la modernidad en el poder. Así se recurre a la descalificación de las formas comunitarias de hacer política y economía (antiguas, arcaicas), opuestas a las economías de mercado (modernas, desarrolladas) y a las políticas de dominación sobre inmensas mayorías por parte de elites ilustradas que tienen el monopolio de la fuerza (democracia formal). Una dominación acompañada de la violencia de las armas y de la ley.
8. Observamos una suerte de continuidad histórica de las formas de esclavitud interrumpidas por períodos de debilitamiento del Estado y del poder de las elites que lo componen, que crean las ciudades y la burocracia para usufructuar el trabajo de los que no tienen tierras ni medios de producción. A las formas comunitarias de vida y producción se las considera antiguas, donde predominan el Estado, el poder de la elites y el régimen de trabajo asalariado y/o esclavista se las denomina modernas, o al menos no se la considera arcaicas.











