Estaba justificado decir que en el principio
la materia se encontraba completamente desintegrada.
Todo oscuro en el cosmos.
Ernesto Cardenal
Desde hace algún tiempo pienso que cuando imaginamos la mirada de Dios lo hacemos en términos macroscópicos, es decir, le atribuimos una mirada a Dios semejante a la de los hombres (aquí la crítica de género es absolutamente pertinente).
Estas líneas parten, pues, de una creencia básica: Dios existe, pero no mira, no puede hacerlo, como yo miro.
El antropocentrismo ha distorsionado el pensamiento y la de idea de y sobre Dios. La moral y la ética tienen, naturalmente y no podía ser de otro modo, una medida humana. Pero le hemos atribuido a Dios tal medida y, creo, esto ha generado no pocos inconvenientes, entre ellos, las diferencias digamos fenotípicas de Dios, manifiestas en las diferentes creencias y formas de concebirlo, y, por ende, en las diversas formas de violencia que en un punto tan neurálgico residen. De más está decirlo que pienso laicamente en Dios, no religiosamente. Y doy por descontado que creo en Dios, y que lo pienso incluso desde el catolicismo, no de manera practicante sino en términos culturales; esto es, no puedo ser sino católico.
Ahora bien, estoy ciertamente convencido de que Dios no me mira como yo miro, esto es, no mira macroscópicamente. Dios, si algo “mira” lo hace al nivel de las partículas que componen la materia que, por un azar que no lograremos comprender se organiza en lo que entonces “vemos”. Esta composición es necesariamente invisible a los “ojos” de Dios. Estamos constituidos para ver y sentir tal organización de la materia (los sentidos, la conciencia y la materia son una triada inseparable), pero hemos creído erróneamente que sólo ésta es posible. A nivel molecular “no existe” lo que vemos, ni hay posibilidad de conciencia tal como la conocemos. Me explico: si tuviéramos ojos que captaran las moléculas, nuestros –hoy- cuerpos (nuestra conciencia de cuerpos) no se diferenciarían de lo que ahora llamamos aire, agua, árbol, pájaro; digo, no se diferenciarían de sus constituyentes moleculares, seríamos pues una sola cosa indiferenciada, circulación y flujos de moléculas.
El mundo (que conocemos) es un azar combinatorio. Los elementos que constituyen molecularmente la materia son finitos, no así su combinación. Creo que Dios no nos mira, sino que “mira” molecularmente, es decir, indiferenciadamente. Ni a nosotros, ni al aire, ni al agua ni al pájaro, sino a las moléculas que (sólo) “nuestra” percepción capta y concibe. Hay quien puede calificar esto de “milagro”, y pensar en una especial inclinación de Dios para que pudiéramos percibir y concebir esta particularísima organización de la materia, mas esto no dejaría de ser simple y llanamente una expresión de soberbia. Se entiende que si Dios dispuso que “viéramos” el mundo “tal cual se nos presenta”, entonces Dios prefiere al ser humano –pues lo dotó de “la forma” por él deseada para “ver” el mundo- y no al resto del Universo, o ¿acaso pretendemos que Dios nos prefiere al Universo? La soberbia salta a la vista, pero el hecho cierto es que el pensamiento macroscópico es per se soberbio.
No obstante, esta –nuestra- percepción se la hemos adjudicado a Dios, y ahí reside el error. Estamos constituidos –molecular, genética, fisiológica, culturalmente- para “leer” el mundo; nuestros sentidos y nuestra conciencia perciben, digamos, un “momento” de la organización de la materia, pero Dios no tiene necesidad alguna de ver “desde” esa distancia, posición, u organización. Cierto que para muchos Dios es una fabricación histórica y cultural de la conciencia humana, lo que salvaría el escollo sobre lo molecular de la discusión, pero se trataría sólo de una salida y no de una reflexión.
Con esto último pienso incluso que nuestra conciencia responde a una “mirada” macroscópica, y a esta organización de la materia que perciben nuestros sentidos. Si miramos microscópicamente, la materia como tal desaparece, desaparecemos nosotros mismos y comienza lo indiferenciado. ¿Hay que decir que ahí no reside lo que macroscópicamente llamamos muerte? Incluso una idea tan poderosa como la entropía queda sin efecto, porque ¿qué es lo frío (o el frío) a nivel de moléculas? Todo concepto parte de una particular organización de la materia, y a partir de esa instancia, comienzan a actuar la historia y la cultura, la filosofía y la religión. Nuestros conceptos, nuestra conciencia, son macroscópicos, y morimos –lo que llamamos muerte- “en esa organización” de la materia.
Se dirá que necesitamos una referencia, una perspectiva desde donde ordenar una forma particular del mundo, pero entonces también estemos conscientes de que nada tiene que ver eso con Dios sino con las ideas –macroscópicas- que nos hemos hecho de Dios.
Desde lo indiferenciado no podemos pensar, pero concebirlo –creo- que es posible; de ahí este ejercicio.











