por
joseleon71
@ Miércoles, 18. Abr, 2007 - 06:14:35 am
Ensayo sobre la poesía del poeta venezolano
Gonzalo Fragui
Carta de Antonio Mora
“Me falta la ausencia”
Canción ecuatoriana
Por aquí,
salvo el amor,
la salud
y el dinero,
todo bien.
G. F.
¿Existe una familia de poetas que traduce la vida en claves poéticas y viceversa? No es sólo que como poetas ejercen la atención, la concentración y el silencio, sino que practican una suerte de malabarismo vital, una actitud tal vez risueña (más cínica que estoica) como de confianza ante la vida, que los viste de heroísmo y los lleva a gravitar sobre los accidentes humanos, mas no desapegados o indiferentes, lejos de eso, sino como si estuvieran más que otros seres (éstos irremediablemente comunes) sometidos a ellos casi sin misericordia y como orgullosos de ser herederos de Job.
Pero el Job de César Vallejo, por ejemplo, es distinto. En los poetas a los que quiero referirme y a los que pertenece Gonzalo Fragui (Mérida, 1960), no por su vida que no conozco sino por lo que me dice en sus poemas (aunque no pretendo afirmar que los poemas tratan sobre su vida) recogidos en el libro Obra poética (Ediciones Gitanjali-CONAC. Mérida, 2004), ese eco del Job vallejiano es una parodia, no aparece la adustez, el ceño fruncido del peruano, sino algo como una risa y una ternura, no el dolor lacerante sino la dulce desventura de andar como errantes por la tierra, llevados en andas por los amigos hasta el calor de una barra, tras los pasos y la tibieza de una mujer (no obstante la promesa o la espada de Damocles del despecho.)
Job de niño vivía feliz en su comarca de Hus
Tenía todo lo que se puede pedir,
un río, un guayabo,
una mata de chirimoyas
otras tantas de tártago
y ninguna responsabilidad
(…)
Job rompió su ropa
trasquiló su cabeza
y derrocóse en tierra.
Pasó entonces una chica en minifalda,
sin duda otra provocación de Satanás,
y Job dijo:
-El amor sigue siendo una de mis utopías.
(Job, 175, 179-180)
Estos poetas y su poesía (la relación en este caso es necesaria) le deben su gestualidad a esa visión casi arquetípica del poeta juglar. En cierta medida, son como estereotipos del poeta y de la actividad poética. Un lugar común reza que “todos tenemos algo de músico, poeta y loco”, rasgos que en realidad apuntan a una sola característica aunque multifacética: inmadurez, irresponsabilidad, alegría gratuita.
Encuentro un aire de reproche en los relojes
te quejas de mi extraña alegría
y expones tus razones
No tengo excusa
será que comienza un tiempo de tormenta
y no lo intuyo
Yo sólo creo en el Sol luminoso de estos días
(Poema, 40)
El juez propone un horario para verte
Olvida que no se planifica el vuelo de las mariposas
(Confesiones II, 141)
Mucho se ha escrito sobre el principio de realidad freudiano y, en efecto, los poetas de los que hablamos se enfrentan con su poesía, sus gestos y hasta con su parafernalia contra este principio, pregonando la irrealidad o bien, la falta de principios, al menos la falta o la renuncia de aquellos que exige la sociedad, el trabajo y la familia. Nuestros poetas prototipo viven al margen de la sociedad, contemplan el trabajo como la oficialización de la esclavitud y a la familia como una carga insufrible. De ahí la marginalidad (entendida como su renuncia a participar de la instituciones oficiales o establecidas), su apego a los espacios públicos (en la poesía de estos poetas desaparece el espacio privado), su relación con la calle y las plazas (rememoración de aquellas donde ejercía su oficio el juglar medieval), su falta de dinero pero también su desinterés, su insobornable condición de eterno enamorado solitario, de despechado crónico. A esa casta de poetas, repito, pertenece Gonzalo Fragui. Significativamente su nombre “oficial” es Eleazar Molina, de modo que usa Gonzalo (de origen latino medieval, significa “hombre dispuesto para la lucha”) para la batalla poética, es pues, su nombre para el oficio, la máscara, el que recibió en las aguas bautismales de la poesía.
De estos poetas es también la imagen de la poesía como el “peor de los oficios”, título por cierto, de uno de los libros de Gustavo Pereira. Un oficio el poético que sólo deja penas, tristezas, desamores y, aunque hondas, pocas alegrías.
Se levantó tambaleante
se puso una ramita de ruda en la oreja izquierda
e intentó la escritura
hubiera querido escribir dos versos
dos versos apenas
escribir por ejemplo:
“Hoy quisiera estar
por entre los cermeños de Beatriz”
razón tenía Darío al decir:
“Vendrán, dicen los profetas,
en tiempos que están muy largos
vendrán días muy amargos
para todos los poetas”
(XI, 103)
Un oficio además que va más allá de su práctica objetiva: hacer poemas; que más bien convierte ese acto, que se pudiera creer esencial, en el menos importante (se trata, claro está, de un gesto de desdén muy bien cuidado.) En algunos casos el poeta prototipo ya no necesita escribir, escribió alguna vez y esos poemas fueron suficientes para ganar fama y vivir de y hasta morir con ella. E incluso cuando escribe, como es lo menos importante, lo hace a raptos de inspiración, en cualquier momento y lugar, sobre servilletas, en tarjetas que deja olvidadas, sobre bolsas de papel, con los dedos en superficies empañadas (como en el cuento de Hesnor Rivera y su poema “Silvia”, en un café de Bogotá), en libretas casi imperceptibles. Tal vez una muchacha enamorada los rescate pasándolos a máquina, reproduciéndolos, convirtiéndose así en la silenciosa y discreta albacea del poeta. (Es sintomático de este tipo de poetas y poesía -tal vez se perciba hasta en los propios poemas- que no haya, al menos yo no conozco, mujeres poetas en estos grupos. Casi siempre las mujeres -que regularmente no son lectoras de poesía sino del poeta en cuestión- lo acompañan en un muy callado segundo plano, recibiendo su cariño y atención, componiendo entrambos una escena casi pastoril.) Estos poetas responden también a una visión si no localista de la actividad poética (su nombre e imagen no alcanzan más allá de las fronteras de la ciudad), al menos constreñida al conocimiento que de ellos tenga la comunidad de poetas nacionales o internacionales. Porque estos poetas no son visibles más allá del círculo de amigos y conocidos, y el círculo se cierra o se abre de acuerdo a los encuentros, a la capacidad de movimiento del poeta, a la fama que lo circunde. De hecho, puede ocurrir que no tenga que moverse de su sitio para ser visitado por viejos y nuevos poetas. De modo que eso que parece esencial en el trato con la poesía, como es la lectura de poemas, en los casos de estos poetas también pasa a un lugar secundario. Y no es que no se lean los (sus) poemas, sino que de alguna manera se leen siempre los mismos, tal vez los primeros, los que llaman poemas de juventud, asociados a la libertad y la iconoclastia de esta etapa de la vida, acaso rimbaudiana y en esencia vanguardista, los que se escribieron cuando al ardor de la poesía en ciernes se unió el ardor de la amistad. Curiosamente, nadie los escucha porque son bastante conocidos, incluso los piden a coro, así la lectura –casi declamación- deviene un acto colectivo, recibido y despedido con aplausos y risas. Leer o recitar poemas se convierte en una parte de las fiestas donde sin duda es mucho más importante el poema instantáneo, hecho por todos, ingenios verbales y efímeros, frases ingrávidas y eléctricas que se pierden entre los gritos y la alegría, poesía del carpem diem, goliardesca, resonancias de Carmina Burana. Los poetas de esta corte, que todavía se sientan a escribir, lo hacen recordando aquellos momentos, reviviéndolos, reinventándolos y, al mismo tiempo, escribiendo para esos momentos, son estos poetas precisamente los que llevan novedades a la fiesta, esos poemas recientes o de última hora que acaso no sobrevivan a la intemperie de la noche y la alegría.
Un día salí a pescar con un poeta
en alta mar leyó sus poemas más recientes
me pidió:
“escoge el que más te gusta”
él lo tomó y lo lanzó al mar
ahora te pertenece me dijo
(De Magia inversa, 59)
Se comprende entonces la cantidad de dedicatorias, la abundancia de poemas sobre amigos, sobre fiestas, sobre encuentros poéticos. Son poemas para ser recitados en ese ambiente donde todo juicio crítico ha sido suspendido y donde lo más grave acaso sea un epigrama satírico, un dicterio en endecasílabos. Poemas además donde el ingenio toma la palabra, (“Nací un río de Enero”, 139; “Donde hay piernas/ hay esperanza”, 235; “Apenas dos miradas y jaque pastor”, 200), donde las palabras juegan y en muchos casos devienen juegos de palabras, algunos casi adivinanzas, ejercicios de memoria para los amigos, no para lectores sino para “asiduos”.
Muchas de estas características (lo que tienen que ver con su reacción al principio de realidad aludido arriba) hacen que los poemas se acerquen a cierta fenomenología de la niñez vista desde la edad adulta, y que se relaciona con la idea del paraíso perdido. A estas imágenes se suman las de la niñez en estado de gracia y fantasía, donde son posibles la ternura, la inocencia, la fragilidad, pero también el llanto y la risa. Algo de confetti, dulces y regalos, de nostalgia dulzona, de melancolía crepuscular. La obra y el nombre de Julio Cortázar arrojan su sombra sobre esta generación de poetas y prácticas poéticas descritas.
Al niño lo obligan a ser hombre
le cambian sus pantalones cortos
y lo echan a andar
a recorrer el mundo
el niño insiste en detenerse en el camino
lanza piedras al río
y observa los pájaros
quisiera correr desnudo por las calles
jugar con naranjas
o con carritos hechos con latas de sardina
al caer la tarde
o la vida
el niño regresa aún siendo niño
sólo que entonces
“ya no somos los mismos”
(Ya no somos los mismos, 115)
No dejo nada
nunca tuve nada
ni cuentas de ahorro cuentascorrientes
tarjetas mástercar dáinersclub
nunca gané una lotería
un mísero cuadro de caballos de cinco
nunca tuve herencia de tierras bancos o edificios
sólo me quedan estas ganas de llorar
cuando juego con el carrito de madera de mi niño
(De Testamento, 142)
Por otro lado, y como parte de la juglaría, son comunes (los mejores poetas de esta corte son maestros del “lugar común”, lo conocen al dedillo y saben sortearlo, al tiempo que descubren y explotan como hallazgo sus puntos flacos) las menciones a los cantautores del “momento” (Bob Dylan, Jhon Lennon, Serrat, Sabina, Silvio Rodríguez; o propios de una generación: Beatles, Menudo, Melisa), la mención a sus melodías y, sobre todo, a sus letras. En este prototipo de poeta y poemas, la guitarra es una metáfora tópica.
Un día cuando seas grande tocarás la guitarra para que salga el sol como en el poema de Vinicius de Moraes.
(De Concepturus, 71)
Esta poesía respira localidad, a veces se convierte en una suerte de crónica o descripción de vida cotidiana. Nombres de personas, de calles, de plazas, aparecen para ubicar al lector o al que escucha en el escenario de los acontecimientos. Con estos poemas se pueden practicar cortes que permitirían análisis sociológicos, cuando no históricos, reconstrucciones, itinerarios, biografías:
Librería Kuai-mare
a Yuraima
a Hermes Vargas
(2 pm)
Poeta:
estamos en el bar de enfrente
(4 pm)
Poeta:
estamos en el bar de la calle 23
(6 pm)
Poeta:
Ya no sabemos donde estamos
(213)
Se despertó con sed
había soñado con cucarachas
las cucarachas las trajo Cristóbal Colón de Europa recordó
había dejado de llover
sintió que su corazón latía aburrido
como una perinola
salió a caminar
pensó en el barquito que había hecho en la tarde
el periódico hablaba de unos muertos en Yumare
entre ellos algunos poetas
y en la otra esquina de la primera página
Bárbara Palacios reía feliz de miss universo
es lo que aquí llaman pluralismo
sintió que la tristeza es una mierda
compañera insoportable y oscura
hubiera querido oír una canción
entre la rabia y la ternura de Alí
pero vallejo sentado en una piedra nos decía
“No he venido a cantar, podéis llevaros la guitarra”
(V, 97)
Pero algo decididamente importante que tiene la propuesta poética que analizamos es que la crítica especializada no da cuenta de ella. De ahí que existan y sobrevivan sólo, comentarios de amigos, breves reseñas panegíricas, publicados en periódicos y revistas de escasa circulación y casi siempre afines a la misma corriente poética (las notas son casi cartas dirigidas al autor), la cual además despotrica de la crítica y se burla de lo especializado. La crítica históricamente ha preferido la gravedad del Aristóteles de la tragedia, y la comedia y los géneros menores (esta poesía es considerada en términos generales “menor”) pasan a formar parte de esos lunares difíciles de esconder, circulantes en los ambientes artísticos poco serios, y casi merodeadores de los del arte verdadero. (El recital de poesía, por cierto, es como el invitado de piedra de los encuentros literarios, parte prescindible del decorado, no así el cierre musical y el brindis, que sí son obligantes).
Siempre es igual
Uno propone un amor platónico
y ellas responden con un odio aristotélico
(Las mujeres y la filosofía, 199)
La poesía seria, incluso aquella que se burla o mejor, ironiza de y sobre lo poético desde la poesía (el caso de Nicanor Parra, por ejemplo) es asunto de la crítica, pero el poeta que cita a sus amigos, que habla de sus asuntos íntimos, que intima con el lector, que escribe versos para enamorar y con los que enamora, que juega con los artefactos de la industria cultural, con el pop, el rock, con lo cursi, pero que además se ríe de ello y con su risa denuncia al sistema, en fin, este poeta y su poesía que no compran (ni venden) y en cambio promueven una sociedad y un sistema de cosas donde se rechaza el consumismo compulsivo, (ex)ponen demasiado cerca del vulgo el o un arte poética (según la crítica sólo lo pretende), la terrenalizan o la humanizan hasta un límite que la crítica no acepta y repele.
La crítica afirma que el poeta es un ser extrañado de la humanidad y su poesía un testimonio de ese extrañamiento. ¡Cuántos quedan por sorprenderse de que a Rafael Cadenas le guste el béisbol y que aúpe a su equipo en los estadios!, práctica por demás, antípoda de su decir poético amén de que el bullicio de las gradas jamás ha hollado su emblemático silencio.
La crítica ha hecho del poeta un ser especial, o por lo menos, alguien que no está muy preocupado por la cuenta de luz, del colegio de los hijos (si los tiene) o del teléfono. La diferencia con los poetas amigos de la vida cotidiana es que todos estos problemas y asuntos familiares, personales, de trabajo, aparecen en los poemas, reclamando su lugar, su poetización. Y son ellos los que afirman que el ser (si existe) se hace en y con la realidad, en el día a día.
Necesito abrazar a mi mujer de una manera extraña. Es como hacer el amor mirando hacia atrás como si alguien nos persiguiera.
Abrazar ese pedacito de tiempo que comparto con mi hijo o con algún amigo o con mis familiares. Constatar con el alma la entidad de cada uno de ellos. Este momento es irrepetible. dentro de años alguno de ellos no estará o quién sabe si yo sea el que falte. Nosotros los efímeros. Lezama. Esta mujer es irrepetible aunque duerma conmigo todas las noches. Esa otra también es irrepetible aunque no duerma conmigo nunca.
(De Diario trunco, 226)
El poema del poeta “cómico” es parte de su vida cotidiana y no requiere para llegar a él de torres de cristal ni de cualquier otro espacio o ensimismamiento particular. Los escribe en el aire y al voleo, al ritmo vertiginoso de la ocurrencia. Los poetas serios, según la crítica, viven obsesionados por la realidad, sin embargo los poetas cómicos hablan de escapar del día y sus tribulaciones, evadiendo deliciosamente ebrios (¿baudelaireanamente?) la realidad. ¿Una paradoja? No lo es si observamos la realidad o las realidades que tratan. En efecto, los primeros optan por la realidad, es decir, por una realidad abstracta y abstraída; los segundos, por su realidad y la de los otros. El “otro” de los primeros puede estar dentro y manifestarse desde la oscuridad, desde las fuentes eleusinas del yo, casi siempre con algún rasgo manifiesto o proclive a la violencia. El “otro” del poeta cómico tiene nombre, está presente, existe, y esta cercanía propicia el diálogo. El “otro” del poeta serio es un enigma y presupone el silencio. En efecto, cuando habla, hace ruidos, grita, no articula palabras sino oscuridad y niebla, lenguaje esencial, la idea de (un) lenguaje. El poeta cómico, en cambio, dialoga, jamás recurre al silencio salvo como situación natural del intercambio, de la interacción social y de la naturaleza propia del lenguaje y la comunicación. El lenguaje no es sólo un sistema de signos sino también un hecho social y cultural, no sólo una gramática sino también una pragmática:
Hay un extraño aleteo en el lenguaje
sacudimientos
vértigos
como palabras venidas del silencio
palabras vírgenes
tibias
serenas
prontas a estrenar
(T. S. Eliot, 148)
El frío se ha hecho insistente con su daga
me decido por pedir una cerveza
la camarera no entiende
lo he dicho desde lejos
está doble este café
espero que no hayan oído
en la mesa de al lado
y comiencen los murmullos:
“pidió una cerveza y le trajeron un café
y se lo está tomando”
salpico de café esto que escribo
(como para que no quede duda)
y no deja de llover
y falta como una hora
creo que me está mirando
apuro el último trago
(De Día libre, 29)
Esta diferencia esencial cambia la perspectiva y el planteamiento de la situación: los poetas serios al buscar la realidad abstracta escapan o evaden lo real; los cómicos, al tratar con lo real, buscan evadirse dentro de lo real con procedimientos humanos y a la mano: amor, alcohol, olvido momentáneo, muerte. No quiere decir esto que el poeta que hemos llamado serio no guste del amor, del alcohol o sienta en algún momento debilidad por la muerte real, vale decir, la suya, es sólo que todo lo trasmutará en claves, en símbolos, en definitiva en un lenguaje oblicuo, pasto del desciframiento, incluso sus poemas nada tendrán que ver con, ni aludirán a esos momentos de evasión de lo cotidiano salvo traducidos a metáforas, a verdades trascendentales, más que humanas, en todo caso de una condición que va más allá de lo humano, herederas de una aristocracia de hondo y vasto linaje. Su poesía, en fin, busca otra cosa y a eso que busca se debe. El poeta cómico en cambio, asume que su vida es el poema de la vida. Una cosa espejo de la otra, trasunto, correlato.
Por lo que llevamos dicho, al abstraer la realidad el poeta serio de alguna manera reflexiona sobre Dios y construye una idea sobre un ente abstracto y único. El poeta cómico cuando menciona a Dios siempre lo hace y lo trata como a un igual (recordemos al “Chino” Valera Mora: Esos cuatro son panitas burda.) El poeta cómico no se hace una idea de las cosas, las nombra y juega con ellas, o toma el nombre que les da la circunstancia. No tienen las cosas por eso, nombres únicos, sino intercambiables, móviles, dinámicos, en todo caso nombres que no están fijos y predeterminados. De ahí también que los temas del poeta cómico sean tan distintos y tan disímiles, aunque el espectro de situaciones humanas que le preocupa sea en esencia el mismo de Aristófanes.
La crítica hizo ver que en un poema había un grado de perfección tal que, si una palabra era sustituida por otra, todo el edificio se desplomaría. Más allá del fetiche que lleva a pensar sólo cosas absurdas a la hora de las versiones o traducciones de poemas, se advierte que la perfección diamantina del poema serio, es parte integral de un sistema todo de perfección que incluye al poeta, el poema y hasta al lector, o sea, al esclarecido, al iluminado crítico, porque está claro que tanta profundidad no se puede desperdiciar en lectura ociosa, placentera, cervantina. En ese sistema, que no queda otra que considerar marmóreo, una palabra ocupa en el poema el lugar predeterminado y predestinado, y el poema necesariamente tiene que pre-existir, como pre-existe Dios, el Conocimiento y hasta el Poeta mismo. (En este orden de cosas hasta el lector pre-existe.) El poeta cómico naturalmente se burla de ello, ironiza y parodia, y en el fondo le importa un pito la palabra insustituible, la que derrumbaría todo el edificio si llegase a faltar.
Dios viaja conmigo
Con El comento el estado del tiempo
la subida del dólar
a veces hablamos de alguna guerra
alguna epidemia
aunque su tema favorito sea El Amor
Como es de suponer
también hablamos de poemas
es que con Dios no tengo temas prohibidos
El apenas sonríe un poco apenado
cuando buscando complicidad le digo:
¡Mire esas piernas, poeta!
(A propósito de Dios, 182)
Por otra parte, cuando el poeta serio reflexiona en el poema sobre su oficio, es la escritura y su misterio el objeto de su ensimismamiento; en el poeta cómico, en cambio, la reflexión apunta más allá de la escritura en sí, en definitiva secundaria, y en cambio aparecen en primer plano el lector (provenzalmente prefiere a la lectora, cuyo modelo siempre será Beatriz –mas habrá quienes prefieran a Dulcinea porque comparan los avatares de sus vidas con las desventuras del Quijote), los críticos, los otros, los amigos. No le interesa tanto escribir el poema como el poema mismo, tanto es así que muchos de ellos no necesitan papel y son llevados en la memoria, mantenidos a tiro, aguardando el momento de ser soltados en la mesa, en el bar, en el oído de la muchacha más cercana.
Conocí y me parece emblemático el caso de un poeta Gilberto Ríos, que por el testimonio de quienes lo acompañaron en sus últimas horas murió con la conciencia expandida, haciendo suyo, él que renunció a todo lo mundano y se entregó a la palabra y a la vida pasajera, el sayo de santidad conque son recubiertos los caballeros andantes. Su libro, por demás extraordinario, Los Wendall, dulces parientes de la luz, nació –según tengo entendido- de una recopilación hecha entre los amigos y conocidos que tuvieron la suerte y la esperanza de guardar algunos papeles donde el poeta escribía al paso y tal vez sin ninguna fe (está visto que estos poetas no piensan en el futuro) esos poemas que obsequiaba como quien da lo mejor de sí y lo único que tiene.