400 años de la caída de Nigale
El maestro Alciro Amado Pereira nació en el caserío Las Palmitas, en Isla de Toas. Impartió clases en Sinamaica y en su isla natal. Fue presidente de la Federación Venezolana de Maestros del Municipio Almirante Padilla, diputado suplente de la Asamblea Legislativa del estado Zulia y alcalde del Municipio. Cuando arribamos a su casa estaba concentrado en la tarea de registrar el patrimonio cultural de su región. Es autor del libro “Historia viva del municipio Almirante Padilla” (2002), el cual nació tras cuatro décadas de afanosa y autodidacta investigación: “Cuando llegué a ser educador –nos dijo- los días de vacaciones me ponía a visitar bibliotecas, archivos, me fui a Mérida, Falcón, buscando. Vi que la mayoría, casi todos los historiadores, fueron centralistas y que solamente miraron capitales de estado.” Para Alciro, sólo el Libertador intentó revertir los estragos del desarrollo, cuando en 1828 decretó “que todas las rentas provenientes de las caleras fueran para el sostenimiento de los enfermos de lepra en la isla de Providencia”.
Tres siglos de explotación en Isla de Toas
“La Corona española –nos cuenta- ordena a los alcaldes ordinarios Gaspar de Parra y Argüello que describan el Lago de Maracaibo. En esa descripción, ellos dicen que al norte de la laguna está una isla que los nativos llaman To’u (Isla de Toas), donde hay piedra caliza que muy bien se puede extraer para hacer edificaciones más sólidas y proteger la laguna; eso fue en 1529. Pero vienen finalmente a explotar los cerros en 1643, para mí la fecha de fundación del Municipio. Entonces ordenan al español Diego Espina hacer caleras en las riberas de la isla y comenzaron a explotar los cerros, aunque ya se había dado a explotar una parte por orden del Virreinato de Santa Fe de Bogotá a una familia que se introdujo en Maracaibo, y viendo ellos la necesidad de hacer un hospital construyeron lo que sería el Hospital Central, al lado construyeron La Ermita de Santa Ana, ese fue el primer pedazo que le quitaron a los cerros de Isla de Toas. Estoy hablando del año 1608. Luego, donde está hoy el edificio de la Caja de Ahorro de los Educadores, frente a la plaza Bolívar, estaba el cementerio de niños que también fue hecho con tierra de acá, y al lado, donde está el restaurante Las Palmas, estaba el cementerio de adultos. Todo eso fue demolido. Con los cerros, en 1610, construyen la Catedral. Antes se había construido la de Cristo de Aranza, que es la más antigua. Pero la verdadera explotación comenzó en 1643 con Diego Espina cuando empiezan a extraer la piedra para la construcción de las cinco fortalezas que se levantan en Zapara, para las dos en San Carlos, y para todas esas construcciones de la Colonia que tienen ustedes en Maracaibo, en los Puertos de Altagracia, en el Sur del Lago, en Gibraltar, en Mérida, en Trujillo, porque las piraguas llevaban cal y piedra hacia los puertos de La Ceiba y Gibraltar”.
Un símbolo de la destrucción
“Yo digo que nosotros tuvimos una maldición, porque los españoles no dejaron aquí ninguna obra colonial. Lo único fue lo que yo llamo el símbolo de la destrucción: un horno de cal. Todo lo repartieron a otras partes y es lo mismo que está ocurriendo ahora con las compañías que están explotando la piedra. Todo este producto que ustedes ven allí en Maracaibo, no solamente de la Colonia, sino también de la época republicana, hoteles como el Granada donde cantó Carlos Gardel, en todas esas edificaciones que ustedes ven ahí, la construcción es diferente a la actual, y es porque están hechas con lo que se llama hormigón. ¿Qué es el hormigón? una mezcla de cal, arena y agua. Y entonces esa cal llevada a los puertos de Maracaibo era más resistente, ese hotel que está ahí en ruinas y que debían recuperar, está viejo pero no agrietado, todas las construcciones de ahora se agrietan, entonces yo le estoy diciendo a mi esposa, vamos a hacer nuestra casa de hormigón, cal y arena, como hacían los españoles. Nos dejaron, pues, el símbolo de la destrucción, el horno de cal. Aquí solamente quedan tres, dos en el caserío Las Palmitas, de 1845, y uno en El Toro, el más antiguo, que data de 1840.”
Nigale, muerto en Maracaibo en 1607, fue el último cacique que resistió la colonización española. En 1598, con 35 indios, tomó un barco español, y luego de dar muerte a toda la tripulación, reconquistó Zapara, punto estratégico para mantener vigilada y controlada la entrada al Lago de Maracaibo.
Como Moisés
“Los españoles –afirma el maestro Alciro- dejaban escritos solamente donde conseguían riquezas, la riqueza que consiguieron en nuestro territorio insular fue la piedra caliza y la sal, pero esa sal estaba en los pozos de Zapara y Orivor donde comandaba el cacique Nigale. La historia del cacique viene siendo como la de Moisés. Nació en la isla Zapara en los años 1500, cuando el segundo fundador de la ciudad de Maracaibo, Alonso Pacheco, lo tomó siendo niñito. Aprendió a hablar el castellano y aprendió las costumbres, pero cuando fue creciendo y llegó a ser un adolescente y se dio cuenta del maltrato que le daban los españoles a los nativos, a sus hermanos, regresó a Zapara y cogió las armas y tocó a pelear contra ellos, haciéndose muy poderoso.”
Zapara teñida de rojo
“El español necesitaba la sal para conservar los alimentos. Entonces la Corona española ordena apresar a Nigale, y para apresarlo envían de Mérida a un hijo de Alonso Pacheco, Pacheco Maldonado. Cuando llegó, Nigale estaba pescando y allí tuvieron una conversación. Pacheco lo invitó a tierra a comer y Nigale aceptó porque lo trató bien y después que estaba en tierra le dijo vamos a ir sin armas, sin nada. Ellos se escondieron sus cuchillos, y se fueron. Dice la historia que el almuerzo fue bizcochos, desconocidos por nuestros indígenas, y después que estaban allí los españoles hicieron lo que llaman en el ejército el “santo y seña”, entonces salieron y tocaron a matar. Fue la batalla más sangrienta que se ha dado en el Lago de Maracaibo. Dicen que toda la costa de la isla de Zapara estaba teñida de rojo. A Nigale y a otros que huyeron los apresaron después entre los mangles y se los llevaron a Maracaibo, allí en donde está hoy la Catedral. Dice la historia que allí estaba una ceiba muy frondosa. Ahí lo ahorcaron, pero de los restos no se sabe si los arrojaron al mar, o si fueron enterrados junto con otros. Avisaron entonces que ya se podía entrar al lago y dieron también, la orden de explotar los cerros de Isla de Toas. Necesitaban salir de Nigale. Esta es la historia de estos pueblos olvidados”.











