Nota sobre el libro El juego de lo posible de François Jacob
“…el hombre occidental ha logrado hacer de sí mismo un objeto científico a través de su propio cadáver. Para conocer su cuerpo, tiene que destruirlo primero”
F. J.
Si no cabe duda de que la acción de investigar implica el descubrimiento de lo nuevo, no podemos dudar igualmente de que no hemos hecho lo suficiente para actuar en consecuencia. Y esto ha sucedido porque las condiciones para la investigación requieren de unas premisas que nuestras escuelas y universidades no contemplan. En efecto, la educación que conocemos se detiene sin avizorar siquiera lo incierto, es más, le teme hasta el punto de crear estructuras de espacio y tiempo (administrativas y pedagógicas) que hacen imposible teóricamente la noción de incertidumbre. La llamada planificación previsible, dispone de tiempos y espacios limitados y cerrados, que necesariamente aíslan el hecho educativo y a la institución misma, y la alejan de la realidad. El tipo de educación que conocemos transcurre entonces en un tiempo espacio detenido, y a lo más construye modelos de realidad distantes y extraños a la realidad concreta.
François Jacob (Francia, 1920), premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1965, en El juego de lo posible (Grijalbo Mondadori, 1997), así lo refiere: “…el proceso científico supone un esfuerzo para eliminar cualquier emoción de la investigación y del conocimiento. El científico intenta sustraerse al mundo que intenta comprender. Pretende situarse en un segundo plano, en la posición de un espectador que no perteneciese al mundo que está estudiando. Mediante esta estratagema, el científico espera analizar lo que considera «el mundo real que le rodea» (…) En definitiva, ese mundo científico u «objetivo» se convierte en algo totalmente disociado del mundo de nuestra experiencia cotidiana al que estamos acostumbrados” (33)
Hemos aceptado pues, como real, ficciones de la realidad, teorías sobre la realidad, y la ciencia y tecnología que conocemos está articulada precisamente a estas ficciones, como lo estamos nosotros mismos cuando renunciamos a nuestra subjetividad y nos convertimos en objetos de la educación, de la política, de la economía, de la cultura. El sistema capitalista y la cultura hegemónica nos borran en tanto que sujetos (personas, seres humanos) porque para funcionar nos requiere en tanto que consumidores (despersonalizados, autistas). El sujeto emancipado, libre por conciencia de las ergástulas de la cultura del consumo, el rebelde, no le sirve a los intereses capitalistas, tanto como no le sirven al “mercado de trabajo” los sujetos emancipados del empleo en su forma capitalista, explotadora y negadora del ser humano.
Sobre la investigación y lo incierto (ojo: pienso en proyecto y en lo que toca a la UBV, universidad que ha de empeñarse en la construcción de una educación popular, robinsoniana y liberadora) explica: “La investigación es un proceso infinito del que no puede decirse cómo evolucionará. Lo imprevisible forma parte de la propia naturaleza del proceso científico. Si aquello con lo que vamos a encontrarnos es verdaderamente nuevo, entonces, por definición, es algo desconocido de antemano. No hay forma de anticipar a donde conduce una investigación determinada” (131). No se puede prever además, porque el tiempo y espacio real es irreversible, esto es, no podemos experimentar en un momento dado, replantear las cosas y retornar a la experimentación en el mismo momento, es evidente que el tiempo pasó y que el espacio sufrió modificaciones. La postulación teórica de un universo reversible (como el que conocimos en nuestra educación aislada de la realidad) supone procesos lineales de principio, desarrollo y final, como lo concibió Aristóteles, pero la vida no (se) desarrolla (en) secuencias lineales. Como explica Jacob, los estudios sobre genética se desarrollaron en un plano unidimensional de secuencias lineales (como las que trazan las proteínas y el ADN), pero resulta imposible desentrañar el misterio del embrión porque este se desarrolla “en un mundo que ya no es lineal”, y con una claridad poética que habría de entusiasmarnos, afirma: “Los biólogos conocen con gran detalle la anatomía molecular de una mano humana, pero ignoran por completo la manera en que el organismo se dicta a sí mismo las instrucciones para construir esa mano, el procedimiento para esculpir una uña, el número de genes que intervienen, las interacciones de esos genes, etc.” Se arriba entonces a un campo de “decisiones” y “posibilidades”, abierto, de combinaciones binarias -“variaciones de temas conocidos” (78)-, un campo de selecciones azarosas, donde fluye para que sea posible la vida “materia, energía e información” (110). La selección, dice Jacob, “no trabaja como un ingeniero, sino como un «experto en bricolaje» (…) El ingeniero pone manos a la obra cuando ha reunido los materiales y los instrumentos que requiere su proyecto. En cambio, el experto en bricolaje se arregla con lo que le viene a mano. En general, los objetos que produce no responden a ningún proyecto de conjunto, sino que son el resultado de una seria de acontecimientos contingentes, el fruto de todas las ocasiones de enriquecer su instrumental que se le han presentado”. Y algo más, que me parece fundamental a la hora de planificar en educación: “Como ha indicado Claude Lévi-Strauss, las herramientas del experto en bricolaje, a diferencia de las del experto en cuestiones de ingeniería, no pueden estar definidias por programa alguno” (72-73).
El temor que sentimos ante lo indeterminado o incierto, y más técnicamente ante los sistemas abiertos, que como se ha visto corresponden a la vida y a la realidad, provienen de la imposición hegemónica (colonialismo epistémico, lo llaman) del modelo anglosajón de conocimiento. El afán de controlar de antemano procesos tan complejos como los de la realidad de nuestras comunidades no es más que el reflejo de nuestros temores a lo indeterminado, de ahí que los contenidos programáticos cerrados, hechos ex profeso para realidades controladas y del tamaño del salón de clases, corresponde a un modelo de realidad y conocimiento que sólo prevé (y no puede otros) resultados cuantificables. Este modelo de conocimiento se ajusta, por cierto, a la estructura del mito judeocristiano, base de la ciencia moderna; afirma François Jacob: “…la ciencia occidental se basa en la doctrina monástica de un universo ordenado, creado por un Dios que permanece al margen de la naturaleza y la gobierna mediante leyes accesibles a la razón de los hombres” (28). Sólo se controla lo único, lo unificado, lo estandarizado, de donde se sigue la importancia de la diversidad, siendo que la realidad es diversa requerimos de prácticas de construcción de conocimiento en y para la diversidad, sin formulas ni formulismos pre-establecidos, sin recetas, sin conclusiones a priori. La realidad es diversa y de suyo sorprendente. Como bien lo advierte Jacob: “La diversidad es una manera de afrontar lo posible. Funciona como una especie de seguro para el porvenir” (129)











