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Archivos de: Enero 2007, 09

EL LIBRO NECESARIO

por joseleon71 @ Martes, 09. Ene, 2007 - 12:42:47 am

Apuntes para una discusión
sobre el libro necesario

Un mundo desechable
No cabe duda de que la información y la velocidad han sido los dos elementos que han dominado la comunicación durante el siglo XX y lo que va del XXI. La noticia al instante es la síntesis de un fenómeno que ha encontrado en la Internet su adecuado soporte. Minuto a minuto, las agencias proveen de noticias a un mundo interconectado, configurando la imagen de proximidad instantánea. Un mundo cercano y al alcance, que establece con nosotros no sólo comunicación sino interacción. Pero la información instantánea adolece de una obsolescencia igualmente vertiginosa. Las noticias pasan, una tras otra, sin que se establezca entre ellas una necesaria conexión o relación. Una no tiene relación con la otra, puede aludir a fenómenos totalmente desconectados en el espacio y en sus incidencias o resonancias, lo que nos confirma que el relato de las cosas del mundo, al menos a partir de estas noticias, se torna sumamente complejo. Nos encontramos ante informaciones que adquieren rápidamente el carácter de material de desecho. Noticias, informaciones, desaparecen sin dejar en el lector u observador huella duradera.
La información convertida en desecho y que desaparece, contamina con su rápida obsolescencia el soporte que la contiene. El periódico, ese ejemplar que adquirimos por las mañanas y que ojeamos sin mucha fe, es un buen ejemplo de material informativo desechable. Condenado a envejecer rápidamente y a morir antes de avanzar bien el día, el periódico es un material obsolescente por excelencia y en ese sentido exhibe sus usos definitivos en el área del embalaje, la limpieza de vidrios, la recolección de basura, etc.
Noticias y periódicos devienen entonces material de desecho, luego es comprensible que suceda lo mismo con los contenidos noticiosos. Salvo algunas secciones seleccionadas por el gusto, realizamos un paneo sobre la casi totalidad del periódico (zapping se denomina esta operación cuando se trata del televisor), un recorrido incesante y hasta divertido, en el que se gastan unos cinco minutos; es presumible que las noticias y el mundo al que refieren comiencen a considerarse desecho, y a importar poco o nada. Resulta comprensible que los periódicos gusten del escándalo y el amarillismo, de las malas noticias y de los tratamientos groseros, no sugestivos sino atropellantes, que buscan capturar al lector y sacarlo de su imperturbable y elaborado desinterés. Reporteros gráficos y redactores apelan a la sentimentalidad del lector, para sacudirla a través del horror, el miedo, la desconfianza, la violencia. La sangre y la muerte se convierten en ganchos publicitarios e inflan las ventas. En ese sentido, el lector como tal no tiene importancia para el periódico, porque mucho antes que lector es un consumidor, no importa lo que haga con el producto, lo importante y decisivo es que lo adquiera, y que su fidelidad contribuya a subir los índices de lectoría que lo convierten en una plataforma publicitaria apetecible. Así deviene desecho la realidad, la noticia y el soporte que la sostiene. Pero ¿qué pasa con el lector? Si el consumidor del periódico es eventualmente un lector, eso poco importa a la hora de la publicidad. Hay un número ínfimo de lectores, no así de consumidores, que reciben por el periódico y por la entera totalidad de los medios de comunicación las ofertas que lo llaman al consumo. El lector entonces es un elemento que comienza a compartir con el mundo, las noticias que lo refieren y el soporte donde aparecen impresas, la obsolescencia.
Ahora bien, si el mundo es desechable, el “informante”, objeto del mundo dador de información, recibe los coletazos de la avanzada del desechamiento. En efecto, el valor de la fuente se subordina a la información, sobrevaloración de ésta última sobre la primera que ha dado nacimiento varias perversiones: manipulación, mentira, creación de situaciones noticiables. Noticia show o show mediático que alimenta las calderas del espectáculo y desaparece tras una noche de fiesta, dejando basura, estropicio y olvido.

Informante e información
Si el mundo deviene material de desecho, al pasar éste por el filtro de las noticias y llegar al lector que apenas si le dirigirá una mirada, resulta plausible esperar que los elementos que lo componen y que participan del circuito informacional como informantes, devengan igualmente desecho. La noticia borra el informante, que puede o no aparecer señalado, que puede o no existir siquiera. En realidad, importa poco el informante, no es de él de lo que trata la noticia, pues tan sólo funciona como el portador de una información que es del interés general, y el hecho de que sea él el portador es un hecho circunstancial y accidental. En otras palabras, importa la información, no el informante. Importa el impacto, la resonancia, la agitación que suscite su información.
Pero esta dinámica no es exclusiva de la prensa, acontece en las ciencias sociales y en otras áreas del conocimiento. Por ejemplo, cuántos estudios existen sobre lenguas indígenas ágrafas, que concluyen con traducciones y diccionarios y procesos bilingües de escritura. En investigaciones de este tipo nada más halagüeño que los “informantes”, en este caso los hablantes, desaparezcan, pues la lengua estudiada necesariamente se paraliza, y si esto no sucede el diccionario funciona como si. Una comunidad que cede su lengua y sus saberes ancestrales a la ciencia, deviene material de desecho. Pero lo mismo acontece con los bosques y selvas, con los ecosistemas, de donde los científicos extraen información genética. El bosque, la selva, devienen material de desecho, puesto que el zumo de su información ya se encuentra en bancos y bases de datos donde serán estudiados y procesados con tecnología molecular.

Conocer occidental
Esta forma de conocer que precisa la detención, es particular de occidente. Un diccionario, como sabemos, pierde sentido ante la oralidad, que pone en movimiento constante las estructuras fijas de la gramática y moviliza los sentidos de las palabras. Una palabra es en su uso y contexto; si el uso cambia como cambian los contextos, es de una lógica elemental que el sentido se modifique, aunque en su memoria, la memoria de la palabra, sobrevivan las trazas de los anteriores sentidos, algo de lo cual la poesía da buena cuenta. Lo mismo la información genética, sujeta a la vida, a los cambios, a los contextos. Pero occidente no concibe el conocimiento sino en la detención, que es como decir en la muerte o paralización de los procesos, de modo que la vida se le escapa.

Información y memoria
La ciencia occidental trabaja y produce información. Sus resultados tienen carácter acumulativo y en su “memoria” se advierten capas, estratificaciones, pasibles de ser segmentadas y estudiadas “fuera de contexto”. Se trata de una memoria que se puede detener, que puede cristalizar, a la espera de nuevos “descubrimientos”. La noción misma de descubrimiento está sujeta a esa idea de la acumulación porque lo que se descubre pre-existe, y sólo aguarda que los procedimientos tecnológicos, por ejemplo, lo hagan resurgir. Se descubre lo que ya existe, y lo nuevo no es más que una actualización de las leyes de la naturaleza. En este sentido, la memoria acabada sería aquella que ya no se encuentra sometida al transcurrir, al tiempo. Variarán las interpretaciones, pero no la realidad que aguarda la hora de su cifra, la categoría universal que la nombre, ordene y clasifique para siempre.

Ciencia para la vida
Precisamos de formas de conocer que no precisen la detención, la paralización de los procesos. Métodos flexibles y ágiles, dinámicos, móviles, que persigan lo que cambia, lo que desaparece, lo que se transforma. Categorías, nombres que capten la fugacidad, lo que se desvanece, lo que se borra y reaparece pero distinto. Sin duda quedarían atrás algunas prácticas propias de la ciencia occidental, como por ejemplo, la tendencia siempre insatisfecha de crear sistemas categoriales inmovilizadores, que conciben que la teoría más exitosa sea aquella que por más tiempo mantiene detenidos, incuestionados, los axiomas en su área de conocimiento. En este escenario es lógico que se acreciente la rivalidad, la enemistad entre colegas, también los peligros de robo, plagio, competencia desleal. Llegar primero supone acumulación de títulos, no importa cómo. La investigación reposada amerita tiempo, seguramente años de trabajo, pero en ese lapso puede suceder cualquier cosa y es mejor asegurar el espacio adelantando las conclusiones, tomando las aproximaciones como hipótesis confirmadas. A fin de cuentas no importa el artículo ni la investigación, sino el capital curricular, la acumulación de prestigio académico.
Necesitamos una ciencia para la vida, que su fin último no sea la parálisis sino el movimiento, que subordine el producto de la investigación a la realidad y no intente someter ésta a aquella. Una ciencia que no finque su rigor en el desapego de la realidad que enturbia, interfiere y desactualiza las cifras, las apreciaciones, sino que se empeña en moverse al ritmo de la vida, que somete las categorías al discurrir del tiempo, que actúa sobre los contextos, que los modifica, porque de suyo es el cambio, la transformación. Una ciencia subordinada a la vida, respetuosa y maravillada de los cambios, de las metamorfosis.
Claro está, la ciencia que conocemos funda su poder en el control de los procesos, dictaminando sus ciclos, definiendo sus etapas. Así estudiamos, ese fue nuestro modelo de educación. El proceso estaba prefigurado y en él no habría de ocurrir otra cosa salvo lo ya dispuesto. En un escenario como éste, resulta imposible la investigación, el descubrimiento. Y lo que se instala de manera definitiva es la imitación como paradigma. Se imita lo detenido, lo finito, lo concluido. Por eso la fascinación del libro, como imagen y metáfora del conocimiento inmodificable y sagrado. No es casual que la Biblia, por ejemplo, escrita por Dios, se considere el Libro de los Libros, el Libro sagrado por antonomasia. Mas así ocurre con los libros de texto, las guías escolares, los libros de los expertos. Los expertos mismos, aunque sólo se pronuncien oralmente sobre un tema, digamos en una entrevista, suponen la culminación de cualquier debate, el punto final, la última palabra.
En este sentido y en aras de un libro infinito, desespecializado, in-experto, abierto a las consideraciones y a las especulaciones de todos, de los escritores y lectores, es que necesitamos replantear nuestras formas de proceder ante el conocimiento y la realidad. En ninguna ciencia, como en ningún lenguaje, cabe el universo, pese a José Antonio Ramos Sucre que lapidariamente escribió: “Un idioma es el universo traducido a ese idioma”
Se precisa abrir el espacio y el tiempo, hasta ahora controlados por el poder, que no concibe que algo pueda funcionar fuera de su control. Ninguna gramática puede controlar el fluir de la palabra, y sólo puede ejercer control a través de la violencia de la norma. En ninguna escuela de hoy cabe la enseñanza y el conocimiento. Nunca ha cabido, por demás, y sabido es que la investigación y el conocimiento ocurren fuera de esas instituciones, diseñadas para el control y la domesticación. El Poder es tal cuando controla el tiempo y el espacio de los hombres, pero si es nuestra intención construir un país distinto sobre las bases de un modelo civilizatorio distinto, preciso es romper las unidades de tiempo y espacio diseñadas por el poder, inaugurar formas distintas de relación y de contrato social. Abrir la escuela, contextualizar los problemas, abrir la misma práctica educativa, desespecializarla, activando mecanismos de investigación colectiva, de construcción en comunidad del conocimiento que necesitamos. No se requieren expertos, y estos no existen a la hora de inventar lo nuevo.
No se trata de borrar el pasado, de desconocer lo anterior, se trata de incorporarlo a un proceso propio de sistematización en lo que aquellos, estos y otros conceptos sean pertinentes y no impuestos por nociones abstractas y extrañas basadas casi exclusivamente en diversas formas de coacción y en el prestigio del conocimiento elaborado, especialmente en el extranjero.
Necesitamos un libro que no cierre, que abra, que someta a la discusión, a la palabra liberada sus aproximaciones, sus ensayos, sin imposiciones ni sometimientos, que no lo tiente lo eterno ni lo sagrado. Que reconozca, feliz, su infinitud, su nada.


 
 

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